–Ayer conocí a la mucama de los Monte –, dijo Luis.

Mónica estaba distraída leyendo una carta de lectores. Había pasado los últimos cinco minutos sosteniendo el diario en alto, con los brazos bien abiertos, como escondida detrás de una pared. La voz de su marido la desconcentró, y recién entonces notó que le dolían los brazos. Dobló el diario en cuatro y lo dejó sobre la mesa.

–Rica chica –siguió diciendo Luis mientras mojaba la medialuna en el café con leche.

Mónica tomó un poco de té. Estaba frío.  

–Tiene ojos claros –agregó.

Mónica le raspó lo quemado a una tostada y empezó a untarla con queso crema.

–Si te gustan anchas como una heladera –suspiró ella.

–No seas así –se rió él. –¿Te pone celosa una mucamita? –mordió la medialuna y el café le chorreó la bata.

–Sacátela. Que María la ponga en remojo –dijo ella.

Él colgó la bata sobre el respaldo de la silla. Después encendió un cigarro.

–Sabés que me revienta que fumes en la mesa –dijo Mónica.

Luis sopló el humo largamente. Se levantó y se cambió de lugar.

–Acá estoy contra el viento.

–Igual me viene el olor. Apagalo –dijo ella.

–Che, no es para tanto –, dijo Luis mientras le ofrecía una tostada con dulce de leche.

Ella dudó un segundo. El dulce de leche engorda. Pero aceptó.

–¿Y? ¿Te la vas a coger? –preguntó con la boca llena de dulce.

–Tenés dulce de leche en la pera –dijo él. Mojó su servilleta con la lengua y le limpió la cara.

–¿Salió?

–Sí, estás beautifull –contestó él y volvió a chupar el cigarro. –Se vino el calorcito por fin. Podríamos ir a tirar unas pelotas al driving.

–No sé si tengo muchas ganas. Prefiero quedarme y tomar sol.

–Vamos en la semana entonces.

Mónica terminó el té.

–No me contestaste al final –le dijo.

–¿Qué? ¿Lo de la mucama?

–¿Te la vas a coger o no?

Luis demoró un momento la respuesta. Tenía la mirada perdida en el fondo del jardín.

–Sí, supongo que sí. Lo tengo que hablar con Juan, a ver si me la presta.

–¿Qué decís?¿Cómo no te la va a prestar? –Mónica levantó la voz.

Luis llevó el hombro a la oreja. Fumó y sopló el humo. Seguía con la vista clavada en los rododendros.

–No sé qué le pasa últimamente –contestó por fin. –Está raro.

–Si te dice algo, hacele acordar que nosotros le prestamos a María hace dos semanas –dijo Mónica. Después gritó –María.

María se apuró en salir a la terraza. Traía una bandeja con dos vasos de jugo de naranja recién exprimido.        

–María, ¿no es cierto que hace dos semanas te mandé una noche a ayudar a lo de los Monte? –preguntó Mónica.

Los vasos de jugo chocaron entre sí sobre la bandeja y casi van a parar al suelo.

–Sí, señora –María dejó los vasos sobre la mesa y empezó a irse.

–María –llamó Mónica.

–Sí, señora.

–Llevate esa bata y ponela en remojo, por favor.

Mónica esperó a que la mucama entrara en la casa.

–Siempre nerviosa y despistada esta chica –comentó.

–No digo que se vaya a negar –dijo Luis. –Solamente me parece que está raro. Como si estuviera enojado por algo.

-Si querés puedo hablar con Juliana, a ver si le saco qué le anda pasando al marido.

–No hace falta. No creo que sea conmigo la cosa. Escuché que Pedro le cantó las cuarenta, no sé por qué. Tal vez sea eso.

–Bueno, ¿pero no es mejor sacarnos la duda? Dejame a mí, que entre mujeres nos entendemos.

–Si hablás, ya que estás, me gustaría pedirles a la piba para mañana o pasado a más tardar.

 

***

 

–Te noto preocupado –dijo Juliana levantando la voz sobre el zumbido incesante de la caminadora.  

Juan todavía estaba envuelto en las sábanas y miraba fijo el techo.

–Estoy bien –contestó.

–Te conozco. A las cinco me levanté al baño y ya estabas despierto mirando el techo. Algo te tiene mal –apretó unos botones en la pantalla y la cinta aceleró. Ella empezó a trotar más rápido. Eran los primeros calores de la primavera. Tenía que subir el ritmo si quería llegar flaca a Punta.

A los ocho minutos sintió que se ahogaba y frenó la máquina. Juan seguía en la misma posición.

–¿Me vas a decir qué te pasa? –jadeó ella.

–Te vas a reír –contestó Juan.

–¿Cómo se te ocurre? ¿Cuándo me reí de vos? –se miró al espejo. La transpiración le había achatado el pelo.

–Tiene que ver con Marta.

–¿Nuestra Marta? ¿La mucama? –Juliana seguía tratando de recobrar el aliento. Estaba en peor forma de lo que pensaba.

–Ayer pasó Luis a dejarme unas cosas y la conoció –, hizo una pausa para tragar saliva. –Se lo vi en los ojos, Juli. Se la va a querer coger.

–¿Te parece? –ella se sentó sobre la alfombra y comenzó a elongar.

Él no contestó. Siguió mirando el techo.

–Bueno, es lógico –dijo Juliana al rato. –Vos te cogiste a la inservible esa de María que tienen ellos, ¿no?

–Es distinto –dijo Juan y se incorporó un poco para ver a su mujer estirarse.

–No me vas a decir que te enamoraste de Martita ¿no? Y que ahora no se la querés prestar a tus amigos –Juliana ya estaba de pie elongando los gemelos.

–Dejate de joder –se rió él. –Sabés que yo sólo te amo a vos.

–Más te vale.

–Si fuera otro, no tendría problema. Sabés que no soy mezquino. Pero Luis, qué se yo.

Juliana se arrimó a la pared para apoyarse mientras elongaba los cuádriceps.

–Prestásela, ¿cuál es el problema? –dijo. –Ya veo que la voy a tener a Mónica tocándome el timbre en dos minutos, si no se la prestás.

–Te las arruina.

Ella dejó el stretching y se sentó en el borde de la cama.

–¿Cómo que te las arruina? ¿Quién?

–Luis. Te las arruina. Les quita las ganas –contestó Juan.

–Pero qué, ¿es muy malo? –se rió ella mientras miraba el reloj y se tomaba el pulso.

–O muy bueno, no sé. La última, después de que se la cogió él, no quiso saber más nada con nadie. Cuando se la presté a Pedro, me la devolvió enseguida re caliente.

–¡Qué! –Juliana pegó un salto y colgó los brazos en jarra. –¿Cómo no me dijiste nada? ¿Quedamos mal con los Serone?

–¿Por qué te crees que la eché a la mierda? Pedro se puso como loco, pensó que le estaba tomando el pelo.

–Ok, basta. Si te llama Luis para pedírtela, pasámelo a mí que me va a escuchar.

***

 

El teléfono sonó con insistencia hasta que Juliana lo atendió.

–¿Cómo estás? –dijo Mónica.

–Hola, ¿qué tal? –Juliana fingió sorpresa. –¿En qué andás?

–En un rato ya vamos a almorzar. Luis está preparando el fuego. ¿Ustedes?

–Acá con Juan terminando de desayunar.

–Qué bueno.

–¿Te puedo ayudar en algo? –preguntó Juliana.

–Sí, en realidad te llamaba por la chica esta nueva que tenés.

–Martita, sí, una divina –Juliana le hizo señas a Juan para que se acercara al auricular.

–Quería ver si la dejaban venir a casa un par de horitas mañana a la noche.

–Pero ¿no tendría que llamar Luis a preguntar? –Juliana se hizo la ofendida.

– Estos hombres son como chicos. Me siento como una madre que llama a los amiguitos del hijo para invitarlos a jugar. ¿Qué se la va a hacer?.

–Decímelo a mí. El tema es que justo mañana a la noche tengo gente a comer –mintió Juliana.

–Ay, qué macana –se lamentó Mónica.

–¿Por qué no los llamás a los Serone? Juan me comentó que la mucama de ellos es fantástica. Parece que Pedro la entrena noche por medio. La tiene mejor que a un pura sangre.

–¿Te parece? Luis dice que Pedro es medio calentón.

–Es un divino –dijo Juliana.

–¿Segura? Escuché que si no le caes bien, mejor que no aparezcas más por el club.

–Olvidate. Dame diez minutos así yo hablo con su mujer para hacerte el entre y después llamalos. Van a estar encantados.

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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