Estaba  muerto. Lo supuse porque cuando pasé con el colectivo, lo vi tendido en el mismo lugar que el día anterior. Me paré, toqué timbre y bajé. Volví media cuadra caminando y me acerqué a él. No estaba dormido, porque su panza y pecho no se movían en señal de respiración. Me quedé mirándolo. El olor era insoportable, la mezcla de basura y podrido inundaba todo el perímetro que ocupaba el hombre. Tenía la piel húmeda, grasosa tal vez; la luz del sol hacía brillar esas partes que estaban descubiertas de sus ropas sucias y despedazadas. No tenía calzado, y en sus pies podían verse las uñas amarillas y tan largas que, incluso de haberlo tenido, no le hubieran entrado.
Lo llamé: “¡Ey!” un par de veces, pero no contestó. Pensé en moverlo y ver si reaccionaba. Me acerqué a él y dejé de respirar por la nariz, el vaho estaba por descomponerme. Corrí los cartones, papeles de diario, miguitas y botellas que lo rodeaban, con el pie. También una frazada que me impedía el paso. Cuando estuve cerca, extendí la pierna y le empujé el hombro, y retrocedí un poco por si se despertaba. Sin querer empujé a un señor que pasaba caminando por atrás mío. Le pedí disculpas, pero no me respondió.
Volví la vista al hombre que yacía en la vereda. No se había movido un centímetro, y sus ojos seguían cerrados. Agarré mi botella de agua y le tiré un poco en la cara. Fue mi última esperanza. No se movió.
Tomé mi celular. Contactos, Fran. Esperé.
-Hola, ¿Ro?
-Te necesito- dije.
-¿Qué pasó?
– (Me quedé en silencio).
– No… No, Ro.
-Por favor, no lo puedo dejar acá.
-¿Dónde estás?
– Córdoba y Scalabrini.
– Bueno, en una hora estoy- y cortó.
Me senté a esperar en las escaleritas de entrada a la iglesia, a sólo unos metros del cadáver. Los minutos pasaban volando. La gente también. Ni un desvío de mirada, ni alguien que agachara la cabeza. Nada. Diecisiete personas pasaron. Y absolutamente nada.
El sol fue bajando. El auto de Fran apareció por la esquina, y estacionó delante de la iglesia. Me subí al asiento del acompañante.
-Gracias- lo saludé. Me dio un abrazo, porque sabía que yo necesitaba llorar. Después de un rato me soltó y me dijo:
-No podés seguir haciendo esto.
-Tampoco puedo no hacerlo- le contesté-. La puta madre. ¿Tenés un pañuelo?
Estuvimos estacionados una hora y media más, hasta que se hizo de noche. Hablamos entre poco y nada. Cuando vimos que no venía nadie por la calle, nos bajamos del auto y nos acercamos al hombre. Fran lo agarró por las axilas y yo de los pies. Su piel estaba pegajosa. Pesaba mucho.
Abrimos el baúl del auto, y lo metimos. Nos subimos de nuevo y arrancamos. Esa sí fue una hora de viaje en completo silencio.
Al llegar, atravesamos el portón oxidado y entramos a la fábrica; como siempre, estaba vacía y silenciosa. Sólo se escuchaba el río corriendo a pocos metros.
El auto entero empezaba a llenarse de olor a podrido. Bajamos y sacamos al hombre del baúl. Lo fuimos llevando hasta la orilla, esquivando los escombros como podíamos, con la poca luz de luna que había. Antes de soltarlo, miré al hombre a la cara. Pensé que tal vez había tenido unos lindos ojos.
Juntos dejamos al cadáver en el agua. Lo vimos alejarse con la corriente, hasta que ésta lo hizo desaparecer de nuestra vista.
Me acerqué al paredón de la fábrica que daba al río. Fran iluminó los ladrillos con su celular y yo agarré una piedra del suelo, al lado del 30 escribí:
“31.
4 de agosto de 2016.
Alrededor de 40 años.
Tal vez llamado Pedro, u Omar.
QEPD”
Me quedé mirando la pared por unos segundos.
-¿Vamos?- me dijo Fran.
-Vamos.
Pero antes me dio un abrazo. Fran sabe que me gusta que me abracen cuando estoy por llorar.

Sobre El Autor

Nació en Buenos Aires en 1996. Se mudó a Bariloche cuando tenía 8 años, y regresó a Bs As a sus 18 para estudiar. Fue una de los ganadores del concurso literario del Centro Ana Frank 2014 y también del concurso de proyectos educativos del mismo lugar. Actualmente trabaja com educadora y asiste a talleres literarios.

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