Camino en cuatro patas por debajo de la mesa. Busco el fideo que se me cayó mientras comía. Me topo con un montón de pelos, tierrita y una fortaleza arácnida prendida a la madera.

Por suerte no hay huevos. Me impresionaría mucho pensar que una araña culona podría merodear por mi departamento y, quizás, trepar a mi almohada… ¡Cuando tenga la cara apoyada!

Una vez dormí en un auto horrorizada frente a esa posibilidad. A las dos de la mañana me encontraba ovillada en el asiento trasero, abrazada a una almohada y envuelta en una manta. Mi novio dormía plácidamente en la cama, como si nada, mientras yo no podía pegar un ojo tampoco en el garaje. Y todo había sido su culpa.

“Por favor que le camine por la cara, que le haga cosquillas en la nariz con una de sus patas”, rezaba, y me irritaba al recordar la estúpida manera en la que invitaba a la araña gorda y peluda (que habrá medido casi igual que la palma de mi mano) a meterse en la bolsa que él había dispuesto como una cueva a su paso. Pretendía atraparla para luego liberarla afuera del departamento, con vida, por supuesto.

Desde la puerta de la habitación miraba la escena. “¡Dale con el zapato!”, “Dale con el zapato”, le gritaba susurrando para no avivar a la bestia (a la que estaba prendida a la pared). Pero él no estaba dispuesto a sacrificar al animal que, dicho sea de paso, cuando se cansó de reírse de nosotros, saltó y en cuestión de segundos desapareció.

La buscó entre las sábanas revueltas, agitó cada ropa amontonada en la silla, corrió la mesa de luz, la cama, la cómoda, nada… Yo, desde mi posición en la puerta, revoleé la bola del ojo para todos lados, pero tampoco la encontré.

Esa noche, acurrucada en el auto, me dije que los defensores de animales no eran para mí. Como tampoco los cuasi comunistas, militantes de izquierda o los muy espirituales: implican demasiadas incomodidades.

Sigo desplazándome en posición cuadrúpeda para chequear debajo de los demás muebles. Solo telaraña, no hay huevos. Puedo dormir tranquila una noche más. La inspección me dejó las manos y rodillas negras de mugre.

Trato de recordar cuando fue la última vez que barrí y reparo en que hace más de tres semanas que no limpio ni tampoco hago la cama. Pienso que no importa total estoy sola y a mí no me incomoda, que podría seguir así un tiempo más, ¿total?

El de la araña decía que la tierra era algo natural y, como tal, no podía considerarse mugre. A su casa había que entrar sin zapatos para conectar… supongo que con el cosmo. Una vez preparamos un guiso vegetariano e invitamos a cenar a nuestros padres.

Me dio pena ver a mi papá, que no usa una remera ni pantalón corto (sólo en situaciones muy puntuales), descalzándose para entrar. Para tomar les ofrecimos agua con sol, habíamos dejado una jarra todo el día en la ventana para que absorbiera los rayos, y sus energías positivas, claro.

¿Estaré depresiva? Pero no me siento mal, sólo que no veo la importancia de limpiar. Así como cuando me separé dejé de cocinar, como una suerte de liberación. Aunque ahora que lo pienso nunca lo había sentido como una carga y creo que hasta incluso me gustaba.

Justo hoy volví a hacerlo. Un impulso me llevó a la verdulería: compré champiñones, cebollas, morrón. Me preparé una salsa para comerla con fideos. Pensé en invitar a alguien pero al final decidí que sería un autoagasajo para mí.

Después se me cayó el fideo y descubrí la mugre. Sí, tal vez sea momento de limpiar el departamento. De abrir ventanas, puertas, sacar telarañas, barrer recuerdos… que entre un poco de aire nuevo.

Sobre El Autor

Es periodista y trabaja en un diario, pero sólo escribe los obituarios. Sueña con ser escritora. Es una eterna enamorada del amor, pero tiene más de treinta y sigue sola. Después de su segunda separación decidió retomar un hábito que había abandonado en la adolescencia: arrancó un diario personal. Bueno, en realidad un blog, en el que cuenta sus aventuras y desventuras amorosas, entre otras intimidades. Quería ponerle un nombre y pensó en algo que resuma su historia: “Me quiere, no me quiere”, se dijo. Aunque claro, su vida no es la de una chica que deshoja margaritas. Pero, fanática del amor romántico, decidió pasarlo por alto.

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