Hacía dos días que me había mudado a la casa del barrio privado, que fue nuestro remanso los fines de semana. Todavía no había comenzado a desembalar los canastos de la mudanza, que se amontonaban en la galería como un abandonado nido de abejas gigantesco.

Preparé café y me serví una taza.  Esperaba la entrega de la heladera usada que había comprado en una feria americana el día anterior, un aparato sofisticado, de doble cuerpo  vertical, con dispenser de agua fría, hielo y hasta control remoto para programación a distancia.

Apuré un sorbo, y me pregunté que debía cambiar para que Maru volviera a aceptarme. Como todo macho pavote, creía vivir algo transitorio, y haber comprado esa enorme heladera se fundaba en esa convicción. Era ideal para cuando volviéramos a estar juntos. “Cuando fracasa la relación de pareja, es necesario hacer el duelo” me había advertido mi analista y agregó, como leyendo el futuro, “Deberías poner la cabeza en hielo por unos días. Estás demasiado caliente aún”.

En soledad y con la vista perdida en esa gramilla, ya amarilleando con la llegada de abril, tendría la tranquilidad para hurgar en el cómo y el por qué del desencuentro con Maru, y también pensar como encaminar y recomponer nuestra relación. Interrumpió mi tribulación el frenazo de un camión, y un grito,

-Jefe, ¿usté es Marzotto?

-Si, soy yo. ¿Trae la heladera?

-Claro, siviá venir por turismo. Vai tener que darme una mano, porque me falló el pion.

Gracias a que el cordobés tenía oficio y maña pudo, con mi poca ayuda, bajar el armatoste, y juntos logramos ubicarlo en el lugar que yo le había destinado. Cuando se fue, enchufé la heladera y la abrí. ¡Confieso que pegué un alarido! Me asusté. En el segundo estante había una cabeza cortada de cuajo pero, por suerte, sin sangrar.

Tras la impresión inicial, que en verdad fue mutua, comprobé que hablaba, pues se presentó. Me dijo su nombre, Benedict, pero me aclaró que todos lo llamaban Ben.  Me preguntó el mío, y se lo dije. Tenía una tez muy morena, barba y bigote bien recortados y aparentaba unos treinta y pocos. Pese a haber sufrido una  decapitación,  su aspecto era bastante bueno.  También era muy hablador.  Me informó de su origen, había nacido en Guyana, pero tenía un buen manejo de nuestro idioma,  y su conversación era amena.

En las semanas siguientes me aficioné a acudir a la heladera para charlar con Ben sobre las cosas de la vida. Nunca contaba nada de su pasado, pero no me importaba ni se lo pregunté. Lo que tenía que decir lo decía, sin rodeos ni anécdotas personales. Un día me comentó que, a veces, la luz interna de la heladera parpadeaba, aún con la puerta cerrada. Si durante las veinticuatro horas del día no está dentro de la heladera una cabeza que habla, jamás se descubrirían esos detalles.

El mayor problema que teníamos para charlar era el tiempo. Es obvio que yo no podía estar largos ratos con la puerta de la heladera abierta. Tampoco era lógico dialogar con la puerta cerrada. Cualquiera que me viese hablándole a un artefacto podría pensar que estaba loco, ¡y ni les digo si contaba que adentro guardaba una cabeza humana que, además, hablaba!  Jamás pensé en sacar a Ben de allí. Él se mostraba contento con su sitio, el segundo estante. Era “mi amiga, la cabeza” y, poco a poco, nos hicimos íntimos.

El tema de Maru saltó como al pasar. Yo nunca lo hubiera mencionado a sabiendas, pero mi convicción de que se recompondría mi pareja me tenía obsesionado y, de improviso, un mediodía al buscar en la heladera la salsa curry encontré al envase vacío. Le pregunté a Ben, y me contestó que la había probado, que le había resultado sabrosa y se la había comido toda.

– ¿Y por qué no me avisaste? Hubiera comprado otro frasco – le dije. No obtuve respuesta.

– ¿Ves? Esas son las actitudes que siempre le reproché a Maru…

– ¿Quién es Maru? – me interrumpió.

Ante esa simple pregunta de Ben, se me soltó la cadena. Empecé a hablar y hablar, y le conté todo. Desde el principio. No quedó nada en el tintero. Cuando terminé la historia, callé. Ben reaccionó en una forma inesperada. Hizo un ruido muy grosero con la boca. En ese instante me di cuenta de mi metida de pata, pero estaba muy fastidiado conmigo mismo, tanto como con él, y le cerré la puerta en las narices.

A partir de ese momento, no dialogamos más. Cuando iba a buscar algo, solamente nos cruzábamos un “hola” seco y cortante. Y a veces ni eso. Los días de compartir experiencias habían terminado. ¡Que incómodo vivir en una casa en donde abrir la heladera me angustiaba! Me aficioné a las latas de conservas.

Una tarde fui a buscar una jalea. No estaba el frasco, pero tampoco mi amiga, la cabeza. ¡Ben se había marchado! No me dejó ni un rastro ni una pista de  adonde se fue. Desde ese día no he vuelto a saber más nada de él. A fuer de sincero, lo echo de menos, pero por otro lado su partida me hizo repensar y apurar mi decisión con respecto a mi relación con Maru. Yo había comprado esa heladera para cuando volviéramos a estar juntos. Esa idea se convirtió en mi obsesión desde el momento que ella cambió la cerradura de nuestro piso, y decidí vivir aquí.

Pero Maru se negó a contestar mis llamadas;  la intervención amistosa de mi analista no consiguió ninguna aproximación, y las charlas con Ben me abrieron una perspectiva para explorar. Decidí cortar por lo sano, y lo hice.

Ustedes dirán que Maru no dialoga conmigo. Es verdad,  su cabeza está en el freezer, congelada, pero antes de degollarla la grabé horas y horas, justificándose por haberme echado y pidiéndome clemencia.

Ahora al abrir la heladera enciendo el grabador, la escucho y la miro. Me conformo con eso.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Roberto Tchechenistky

Roberto Tito Tchechenistky nació en la ciudad de Buenos Aires y cursó su formación universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Univ. de Buenos Aires, graduándose como Licenciado en Administración. Se desempeñó en la misma Institución como Profesor Ayudante de la Cátedra de Lógica y Metodología de las Ciencias. Después de integrar distintos Estudios Profesionales de relevancia, se independizó para dedicarse a la consultoría y asesoramiento en organización y equipamiento industrial en la industria de la confección de indumentaria y textiles para el hogar. Comenzó a desarrollar su actividad literaria en el año 1999, dedicándose al relato corto y a la poesía, y también al estudio del lunfardo rioplatense, léxico que ha utilizado para redactar algunas de sus producciones.

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