Un pueblo fantasma que se alimenta a base de conejo. Un periodista en busca de una nota. Un policía que escribe haikus. Una curandera que viaja en el tiempo. Una laguna seca a la que el agua ya no habrá de volver. Una prostituta que vende bonsáis de sauces llorones. Y la niebla –sempiterna– que se disipa para dar lugar a la llegada de un misterioso barco.

Marcelo Rubio nació en Argentina en 1966, es Licenciado en Comunicación Social y conductor del programa “Kriminal Mambo” en AM530. Publicó los libros de cuentos Fútbol sin tiempo, Nueve relatos atravesados en la garganta, Bajo el signo de Eva y Cuentos de la Strada.

En Lo que trae la niebla, su primera novela, publicada este año por Indómita Luz, el fantástico y el absurdo construyen una realidad en ruinas –cerca, muy cerca de la nuestra–, y conviven entre la decadencia y la esperanza, haciendo de la espera tamaña vía de escape. Pues la gloria puede acuñar un sinfín de inimaginables formas.

¿Cómo nace Lo que trae la niebla?

Hacía tiempo venía con la idea de contar una historia, sin tener definido el formato, sobre un hombre que debía buscar a otro, y en ese encargo plagado de dificultades algo de su vida cambiaba.

El mundo del box aparece como un disparador, una excusa quizás, pero sin embargo impone también un tono. ¿Qué te atrae de ese universo?

Exacto, el mundo del box fue la excusa; en toda la novela hay solo un dato real, y es el motivo por el cual Alí cambió su nombre. Ese dato fue el que inclinó la novela para que el hombre buscado fuera un boxeador. De chico veía mucho box, mi viejo en los veranos sacaba la televisión al patio trasero y ahí veíamos boxeo; eran épocas de grandes boxeadores. De ese universo me atraen varias cosas, pero voy a centrarme en dos: en lo guapo que hay que ser (o loco) para subir a ser molido a golpes, y, por otro lado, la belleza estética del movimiento de piernas y brazos de los buenos boxeadores.

“Yo creo que el arte debe ser así, breve, efímero. Las estatuas deberían ser de hielo, ser contempladas una sola vez. El artista podría volver a hacerlas, pero no serían iguales. Los libros, escritos en barras de jabón o en tabletas de barro, para leerse una sola vez. El arte siempre es mejor cuando uno lo recuerda…”, sentencia el comisario poeta de esta historia. ¿Coincidís con él en esta concepción acerca del arte?

Creo en lo efímero, sospecho que la eternidad es una trampa de la que pocos sacan provecho. Pero estoy seguro de que el arte se agranda con el tiempo, con la distancia. Uno recuerda textos y estoy convencido de que ese recuerdo supera lo escrito. Puede pasar con un lugar, con una comida, con un amor. Ya sabemos eso de que uno no es el mismo con el correr del tiempo, pero en la vida la memoria es selectiva, elige qué retener y qué olvidar, incluso en el dolor y en el miedo, no solo en el placer.  Sospecho que ver todos los días la Gioconda debe aburrir, pero si uno la ve una vez y luego debe evocarla, el disfrute es mayor. Equivocado o no, prefiero a veces no releer algunos textos y pensar que son de una belleza increíble y olvidar si tienen algún párrafo poco feliz.

 

“Conejos, lo único que abunda en este pueblo. Hay más conejos que gente, que agua, que árboles”. ¿Por qué tantos conejos?

Más allá de la explicación que existe en la novela, los conejos son para mí la soja, representan ese desborde que termina por arruinar todo y se transforma en un regulador económico. Además, en la novela son la excusa para introducir al personaje del cazador y las contradicciones pseudoecologistas que todos tenemos.

Casi como un Godot del subdesarrollo, aunque con desenlace opuesto, la llegada de un particular barco se anuncia a lo largo de toda la novela. ¿De qué modo concebís la presencia de la espera en estas páginas? Y en cuanto al absurdo, ¿pensaste la historia en esos términos?

El barco nace por el absurdo mismo; tenía una laguna seca y me parecía absolutamente irónico la llegada de una embarcación por allí. En la novela la espera funciona, creo, a modo de tensión, se vuelve insoportable la necesidad de saber más sobre ese barco y la información llega con cuentagotas. Pero a la vez, teje cierto paralelismo con nuestra sociedad: somos un país que vive esperando eternamente y olvidamos que vivimos de esa manera. Lo dice el tango: “No ves que vengo de un país que está de olvido siempre gris…”. Ese olvido es el esperar sin saber qué. Y además somos un país que ha crecido en y desde los puertos. Venimos de generaciones que llegaron aquí para hacerse la América y esperando, justamente, volver a su Europa.

“Este es un pueblo de ausencias”, se atreve a decir el conserje del hotel, y presenta así un escenario físico y emocional que resulta ser personaje central de este relato en el que la niebla permanente y la nostalgia gobiernan: un pueblo abandonado en el tiempo, como tantos han quedado abandonados en períodos lamentables de nuestra historia. “Uno advierte, a medida que pasan los días, cómo la esperanza se marchita, que el agua no vuelve, y nunca más conjuga en futuro el verbo ‘volver’”. ¿Cómo se constituye este escenario?

No sé si este fenómeno se repite en otros países, pero aquí uno se adentra en rutas y comienza a ver, allí, apenas alejados, estaciones de tren derruidas, vías mudas y pueblos agonizantes o muertos. Allí está el germen de esta novela (germen que utilizo para otras dos novelitas fundadas en escenarios similares, en cuanto a lugares abandonados). Cuando veo esos lugares me pregunto cómo viven sus habitantes, de qué viven. Sé por qué se mantienen allí, o lo sospecho: primero porque uno ama su tierra, su lugar en el mundo; y segundo (y esto es una trampa del neoliberalismo) la vida de un sitio, de un país, no mejora por el hecho de que uno se vaya. Cuando dicen: “La solución de este país es irse”, es una mentira, una falacia, la solución es quedarse y pelear. Irse es solo la opción para los que tienen dinero y no aman lo propio.

Entre otras, hay una imagen sutil y perturbadora en la novela, la de un cuadro que de ser pintado se titularía “Las espaldas dobladas”: hombres con barbas y pantalones arremangados que observan el suelo y remueven piedras en busca de esqueletos de peces… ¿Dónde surge esa imagen?

 Es pasar las imágenes que vemos a diario en la ciudad, gente revolviendo en la basura, buscando algo de comer, buscando algo que les de un momento de placer. Solo pasé esas imágenes a un sitio un poco menos miserable. Pero el hecho de ingresar a un lago seco a buscar, de alguna manera, la superviviencia, no difiere de ver lo que sucede con la gente de nuestro país en el día a día.

No quisiera espoilear el final de la novela: secreto, noble, luminoso. Pero sí podemos hablar de esa otra figura que también es central en esta historia: la esperanza. “Cuando perdemos el rumbo, lo único que nos ata a la tierra es lo cotidiano, esa abulia de la que tratamos de huir hasta que se nos vuelve indispensable. Los hombres no hacían más que tratar de no perder aquello que los mantenía vivos. Es necesario atarse a una esperanza, para sobrevivir, para apostar por otro mañana”. ¿En qué términos concebís eso que llamamos “esperanza”? ¿Cómo se accede a ella en tiempos difíciles?

No soy de los que viven con esperanzas, no sé por qué y tampoco me siento en una etapa o nivel superior por no tenerla. Sí creo que todos necesitamos de ciertos rituales que nos mantienen en un equilibrio a veces precario, pero nos mantienen. Un hombre o una mujer todos los días se levantan a x hora para ir a trabajar, y penan por tomar un colectivo, y sufren trabajar por poco dinero, pero todo eso lo repiten porque los ata a ser, a sentirse útiles. Por esto, creo, estar sin trabajo te anula como persona, te hace notar que esas costumbres, aburridas y pocos felices, te hacen un ser humano, te dan forma y te nutren. No por ser un número en la economía, es porque la economía no sería tal sin nosotros. Un jefe necesita de sus empleados para sentirse jefe, pero un laburante no necesita de nadie para tomar conciencia de quién es. Pero volviendo a la esperanza y estos tiempos, supongo que si no hay lucha, no hay combate intelectual y físico, no hay esperanza. No hablo de matar, no hablo de muertes, hablo de movilizarse, de no conformarse y no resignarse. Los libros, la música, no generan cambios solos, ni esperanzas, pero acompañan. El lugar del artista tal vez no sea simplemente el de acompañar, sino el de colaborar en exigir siempre algo más.

Para cerrar, ¿alguna idea acerca de cómo era el sueño que volvía tristes a los bonsáis de sauces?

Sería genial saber los soñares de los otros, soñar el sueño de otro. Despertar en mitad de la noche justo en medio de un sueño ajeno. Soñar la tristeza, sospecho, debe ser una pena inmensa, implica no saber bien que es ese sentimiento. La felicidad es necesaria sin dejar de conocer que un día, entre todos los todos, volveremos a ser inevitablemente tristes.

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Roxana Artal

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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