Al maestro Tito

Conocí a un hombre de calle que me explicó una tarde, el porqué de los males de la Argentina. Faltaba poco para irme del país y entenderlo, es decir, poder meramente escucharlo resultó como un extraño bálsamo. Eran días de ir y venir. Aún recuerdo cuando hice los papeles para rajarme. ¿La casa de copias laburaría bien? No lo sabía, hasta que vi que me entregaban los escaneos a color como un extra, algo gratis. Un abrazo de despedida. Un algo indescriptible, de algo que te ve al límite, que sabe que te vas, por apátrida, te rajas. Y no deseas volver más. En el momento visualicé todos los archivos bien y me quedé en silencio. Como si hubiese deseado poder maldecir, algo como: me cagaron hasta en el tiro del final. La verdad fue bien diferente. Vi que el color rosado salía más y solo había pagado por blanco y negro. Era una forma de desearme bien, de regalarme algo después de tantas heridas. Heridas que el terruño me hizo. A pesar del tono rosa, era a color. En fin: me sentía un poco ninguneado y culpable a la vez, culpable por sentir así.

Eran días de pasar por Farmacity, una voz me llamaba la atención al salir. Unos tipos en la esquina. Su exposición continuaba, metafísica o a veces esotérica, explicando que las almas territoriales, es decir, las que nacían estaban mezcladas entre sí, y que en gran parte los que nacieron no hace tanto fueron los mismos boleta de aquel exterminio de habitantes originarios, asesinados por las movidas de Roca, y dado el maleficio impartido por los poronga del gualicho, la Argentina estaba destinada a perecer para siempre. Si bien Laureano a veces trastabillaba y en casi un ataque epiléptico gritaba que el hombre es tan sólo un forúnculo que el pene tiene para entretenerse, no se trataba que el único método de socialización porteño sea la discordia o un verso así, se trataba de que la Argentina estaba meada por Godzilla. Laureano se las sabía todas, era como un pontífice de los reventados, en sus buenas mejores épocas había dirigido una PYME y por el caso de la mafia del oro (había salido su nombre en Diaro Popular) fue quedando en bancarrota y como muchos, terminó en situación de calle.

 

Regrese al exterior hace cinco años. Aún recuerdo la tarde en que leí para Laureano un cuento, titulado El asado, era de Roberto, un autor a quién yo había podido conocer, alguien que me había enseñado mucho, sin si quiera proponérselo. A veces los ojos de Laureano quedaban como detrás de un vidrio, de ser honesto, en el ínterin quizá también alguna flatulencia le surgía. Al leer el cuento El asado, lo vi permanecer algunos segundos callado, como si el lunfardo del cuento le costara procesar más. Una divertida sonrisa surgió de su rostro y a poco de eso le entregué la bolsa de papel con croissants duros que dos o tres veces le di. La semana pasada me llegó un whatsapp de mi hermano diciéndome que una vieja chiquita en la esquina le dijo que según había escuchado Laureano se tiró al río una noche de invierno. Hace poco hubo elecciones, pudo tratarse de alguien más, respondí.

 

Conocí a Laureano en la esquina de un Farmacity en Flores. Hablaba solo pero nadie parecía notarlo. Al caer el sol se acercaban a él un linyera y un homeless con rasgos similares a los típicos del nazareno, y de simpática presencia, vagabundos que se inmutaban por completo ante él. Luego de las cinco de la tarde, Laureano se paraba y comenzaba su discurso metódica y conclusivamente cada día, como si entrara en trance: “¡Bajen la bandera, decídanse! ¡Éste país no va más, hermano!” Gritaba para comenzar a llamar la atención. Su cantata de predilección era una que basaba sobre una yuxtaposición entre el orden de la vida. Parecía todo diagramado sobre el esquema del Árbol de la vida, o las emanaciones del Sephirot. Un aura científica le rodeaba por momentos. Era gracioso que luego de sus postulaciones el tono de algunas frases parecía adosar un cántico poético, como cuando decía: El dolor mata, amigo, la vida es dura, y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa: eche veinte centavos en la ranura si quiere ver la vida, color de rosa.

Sobre El Autor

Ex docente FFyL UBA; Traductor en Japón desde 2007.

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas