CAVANDO EL VERSO

Recientemente, desde Evaristo Cultural, hemos ofrecido una modesta reseña de la obra de Paul Bénichou, La escuela del desencanto. Ahora, siguiendo el mismo criterio de presentación, nos importa sugerir la lectura de otro título: El siglo de Baudelaire, de Yves Bonnefoy.

Ambos volúmenes integran la Selección de Obras de Lengua y Estudios Literarios que promueve el sello Fondo de Cultura Económica.

Así seguimos en Francia y accedemos a la obra de Baudelaire; a su herencia.

El descreimiento. Y la próxima generación. Mallarmé, Valéry, Laforgue…

El ideal y el deseo. La decadencia. Del romanticismo a las escuelas pesimistas.

De la gesta romántica al desencanto y la desgracia. Una insatisfacción por “el orden creado”.

Los símbolos “catastróficos” de lo inalcanzable del ideal.

Y una tentación, la de ignorar ese ideal, privilegiando la acción.

Los poetas y una manera de imaginar y percibir la trascendencia.

Cobra fuerza aquel rechazo a la posibilidad de esperanzarse, pisando sobre un terreno fértil en el que se siembran dudas. La fe se debilita entre falacias sutiles y persuasivas. Es entonces que surge el dilema: ¿Creer en la divinidad, o dejar de hacerlo?

Yves Bonnefoy, poeta, crítico y ensayista, en esta obra suya, nos invita a pensar en aquella poesía, a descubrirla y sentirla en su profundidad y en su relación con la realidad.

“Pensar en  la poesía es tener necesariamente que internarse sin tardanza en una de las cuatro vías que de manera instintiva sentimos que van hacia su centro: el símbolo, la metonimia, la metáfora incluso y la alegoría”. ¿Una de las cuatro? No, está mal dicho. Tanto se cruzan y se entrecruzan estas pistas, en encrucijadas vacilantes, en el enmarañamiento nunca del todo desentrañable de sus relaciones. Sin embargo, una de ellas nos solicita con su  acrecentamiento de enigma, como si las ambigüedades de su sentido fueran redobladas por una promesa…”

Bonnefoy atraviesa las batallas de ese tiempo del romanticismo “traumatizado”- al igual que el historiador de la literatura francesa, Paul Bénichou -. Ambos, con el propósito de entrar en lo epocal para indagar detrás de las palabras y así llegar a una verdad poética.

Un encuentro con lo esencial mediante la palabra. La expresión elevada y su relación con el tiempo.

Uno de los ejes, que evidencia la obra de Bonnefoy, apunta a desaprobar la práctica del discurso conceptual y su acumulación de nociones. Él celebra el poder de las palabras que enfocan imágenes.

“Pero va de suyo que existe una clase de habla distinta a la del discurso todo-conceptual; la que constantemente y en todas partes presente en los niveles elementales de la existencia – emociones, sentimientos, sufrimientos, alegrías – no se rehúsa a las intuiciones que trastocan las palabras, las imágenes que las fracturan, los recuerdos que interfieren con los razonamientos. El habla de nuestros momentos de silencio. Cuando abrimos nuestros brazos a los que llegan, a los que parten. Un habla frecuentemente elaborada, trabajada, y eso son obras, pero muchas veces más todavía completamente espontánea, a la vez consecuencia y causa de acontecimientos y de situaciones de los más simples de la existencia como solo podemos vivirla en este irreversible del tiempo que va del nacimiento a la muerte.

Y lo que hay más importante para decir, de este empleo de las palabras que, en efecto, es el primero, el más inmediato, el más natural en las dimensiones de la vida sobre la tierra, es que este no puede tomar conciencia de sí sin sentir la voz de un exiliado. Por más que desborde de visiones, de sueños, de presentimientos, sigue estructurado, en efecto, por las redes de los grandes conceptos y de las categorías sintácticas que construyeron el ser en el mundo propio a su  lengua, y comprende que estas representaciones, que son de la generalidad, de lo intemporal, no saben encontrar en la existencia efectiva del tiempo, como es bien necesario que esta lo realice, en lo irreversible, dije, a menudo en lo irreparable, el sentimiento de la finitud y el saber, la clase de saber que puede nacer de este. El concepto nos separa de nosotros mismos…”

Vemos que otro tema fundamental es el de la lengua. Las diferentes lenguas que se cruzan y conviven entre sí, proponiendo y logrando un contacto poético.

Virtuosa comunión, las traducciones.

“El existente humano habla una lengua que, en sus aspectos conceptuales, no puede conocer nada de lo que le es más espontáneo, más inmediato y, con frecuencia incluso, no lo desea. Siente que ese desacuerdo entre lo que experimenta que es y el discurso del exterior de las palabras lo priva de una síntesis, entre inmediatez y valores, que habría podido ser “la verdadera vida”. Este es su exilio, su insatisfacción, su pesar”.

Nos importa el inconsciente, ese mundo nuestro, intangible, que atesora y libera deseos y fantasmas.

Y nos detenemos en las alegorías soñadoras. En una lectura, en un ejemplo; en otra reflexión.

“La poesía recurre a la alegoría, sueña por su medio, ¿no hace así más que soñar, no encontrará jamás ahí algún recurso más verdadero? Dicho de otro modo, ¿no es ella esta ilusión que se puede llamar lírica y que está, por cierto, muy difundida en la poesía de Occidente, en particular en los tiempos modernos? Difundida y en seguida reconocida. Es sorprendente ver que no es poeta serio quien no elabora alegorías en las cuales se inscriba primero un sueño de elevación, es la palabra de Baudelaire esta vez, tras lo cual aparezca la constatación de que nada de la vida ha sido cambiado. Pensemos, esto bastará, en el “Barco ebrio”. Este barco que se creía de pronto libre de “viejas esclavitudes”  habrá vivido apenas algunos días de ilusión, y va menos a hundirse que a revelar su naturaleza: nada más que un poco de papel plegado lanzado en el agua de una charca, el endeble juguete de un niño destinado a permanecer “lleno de tristeza”. Una alegoría permitió a Rimbaud la expresión de sí mismo…”

La propensión a soñar. El material para la alegoría; los simbolismos.

“¿Sobre el “nuevo Carrousel” Baudelaire dejará triunfar esta vez su “melancolía” de emociones, aspiraciones, impulsos de afecto que sin embargo lo invaden ciertos días? Podemos temerlo tanto más cuanto que al pasar “antaño” por ese lugar una ocasión extraordinaria se le presentó para ridiculizar su propensión a soñar.

Se sabe hasta qué punto el cisne es material para la alegoría soñadora. Cuán fácil, incluso naturalmente, diríamos, su blancura a menudo inmaculada, su indiferencia aparente por lo que le rodea, sus vuelos repentinos a veces, su largo cuello tendido hacia delante corroboran la idea de que existe en la enigmática realidad “un más alto cielo”. Este cisne es el analogon de la hermana evocada en “La invitación al viaje”. Además, está tan ausente como esta primera suerte de alegoría en la pronta evolución de los poemas de Baudelaire; porque lo que Baudelaire vio aquella mañana cerca de la “ménagerie” -pensamos en aquella que en su dedicatoria “Al lector” llama “infame”- es otra cosa que una figura al mismo nivel de abstracción feliz que el cisne meramente simbólico al cual volverá Mallarmé.  Antes bien, es el que ayudaría al autor de “La Beatriz” a continuar polemizando contra su propensión a soñar…”

Recuerdos, obsesiones y presentimientos.

Destrucciones y construcciones.

“…¿Por qué el extraordinario cambio que veremos producirse tras la primera parte de “El cisne”, esa donde el pájaro de antaño no es todavía sino un recuerdo? Aunque este recuerdo obsesiona ya a Baudelaire, él lo constata, lo dice, al presentir que no le llega simplemente por azar en ese cuadro -¿es en verdad parisiense?- de destrucciones que lamenta y de construcciones que le parecen sin razón de ser…”

Las afinidades.

“El poema de las Flores del mal más íntimamente emparentado a “Correspondencias” es, probablemente, “Armonía de la tarde”. Volvemos a encontrar aquí la idea de las afinidades armónicas entre los perfumes y los sonidos. Y si los colores no están mencionados de forma expresa, se los siente sin embargo omnipresentes…”

La preocupación estética. La belleza en su relación con el poeta. Las percepciones del artista.

“…Baudelaire dijo y hasta proclamó, no lo olvido, que el poeta puede, e incluso debe, alcanzar una belleza superior a este triste mundo por un trabajo sobre las percepciones del artista solo consigo. Pero por lo mismo tomó conciencia de los límites de esta belleza específicamente estética y descubrió que no hay completa realidad sino en la persona humana, tan desprovista de belleza como esté: es el pasaje que se cumple de las páginas de “Spleen e Ideal” a las de los “Cuadros parisienses”. Conviene agregar que no se trata de una evolución, cronológica, con un antes y un después bien marcados, sino de una exploración de los basamentos de la relación con el mundo, que se lleva a cabo en todos los poemas desde los más antiguos. Una de las funciones, precisamente, de la poesía era, “cavando el verso”, desenterrar las necesidades, las pulsiones, las aspiraciones que se sustraen en el poeta a su conciencia de sí….”

En síntesis, he aquí, en estos libros, en sus páginas: Una parte importante de la historia del espíritu.

Título: El siglo de Baudelaire

Autor: Yves Bonnefoy

Traducción: Carlos Riccardo

Editorial: Fondo de Cultura Económica

páginas: 236

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integra el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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