El autor de esta obra se pregunta quiénes, efectivamente, buscan el encuentro anticipado con la muerte. ¿Por qué una persona decide terminar con su propia vida? ¿Valentía, cobardía, depresión?

Todo indica que cualquier respuesta, por sí sola, no alcanzaría a descubrir un fenómeno que cruza las barreras del tiempo, extendiéndose aunque con matices, desde siempre.

Importa, entonces, recorrer etapas de una historia que reconoce la tendencia al suicidio; los motivos aparentes, las verdaderas razones.

La mitología, la filosofía, la religión y la literatura.

Bauzá en este libro suyo, en el que las formas de morir se exhiben entre formas literarias, acredita el hecho de haber leído tan variada bibliografía acerca del tema: Las reflexiones de Séneca; el parecer de Sigmund Freud; las páginas de Karl Menninger; los suicidios narrados por Fiódor Dostoievski; la condena sobre el suicidio que expone Camus en El mito de Sísifo; los trabajos de Erwin Stengel, de Émile Durkheim, de Alfonso Reyes; las páginas de William Styron, de Henri Michaux, las de Antonin Artau -sobre la muerte de Vincent van Gogh-….

Miradas sobre las muertes autoinfligidas. Los principios de la filosofía estoica (una virtud).

El suicidio en la mitología clásica (un gesto heroico).  El suicidio en la cultura posthomérica.

El “suicidio lógico”. Por otra parte, la merecida condena, la excomunión, la exclusión post mortem.

Bauzá investiga cómo fue leído el suicidio a lo largo del tiempo. Se apoya en ejemplos literarios y reúne testimonios que parten, en principio, de la Antigüedad clásica, y se continúan en una sucesión de tantos otros que, finalmente, empalman con registros de la actualidad.

(pág. 17) “En los últimos tiempos, el tema del suicidio en el campo de la literatura volvió a cobrar notoriedad merced a la biografía novelada de Delphine de Vigan, Nada se opone a la noche; en ella, su autora -finalista al Premio Goncourt- relata el suicidio de su madre, Lucile Poirier, a la que halló muerta en su casa varios días después de su trágica y voluntaria partida. Este motivo aparece también en la novela En el café de la juventud perdida, una de las obras del premio nobel Patrick Modiano.

Hay un parecer de la poeta estadounidense Sylvia Plath referido al suicidio. Víctima de repetidas depresiones y tras dos frustrados intentos de suicidio, terminó su vida asfixiándose con gas. En la composición `Señora Lázaro´, había anticipado:

Morir

es un arte, como cualquier otro.

Yo lo hago excepcionalmente bien.

Poco antes de darse muerte, Sylvia había concluido la novela semiautobiográfica La campana de cristal, donde prenunciaba su trágico deceso…”(pág. 18).

Un ensayo en el que la sociología y el psicoanálisis también ofrecen sus respectivas miradas.

Freud -dice Bauzá- “recuerda que los melancólicos raramente matan a otras personas, aunque los mueva el deseo de hacerlo. Su eventual accionar en contra del prójimo se ve reprimido por normas morales, religiosas, sociales, jurídicas; de ese modo, imposibilitados de refrenar el impulso tanático que los domina, en lugar de dar muerte al prójimo optan por matarse a sí mismos. De ahí que para el psicoanálisis muchos suicidios sean vistos como asesinatos disfrazados, debido a una suerte de introyección. Pero hay otras causas…”. Y hay otros aspectos a tener en consideración, tal como lo propone el autor de Miradas… a lo largo de estas más de 400 páginas de investigación y análisis.

No sería honesto de mi parte iniciar esta entrevista sin decirle a usted que, tanto mi abuelo paterno como mi padre, ambos decidieron quitarse la vida y, así lo hicieron. Ninguno de los dos “canceló” a temprana edad. Y creo que estuvieron convencidos de hacerlo a tiempo.

En lo que hace a mi padre, su suicidio, a los ochenta años de edad, fue asumido como un acto voluntario, consciente y cabalmente estudiado. Una suerte de “eutanasia” por mano propia.

El dolor radica en lo que quedó pendiente, en lo que faltó decir; en la despedida amorosa, que no pudo ser.

Le confieso que me resistía a iniciar la lectura de su libro. Estaba esperándome entre tantos otros apilados que no le cedían el paso. Un día, sin más excusas, lo tomé, le dí vueltas y más vueltas a sus páginas, hasta que lo sentí amigable. Recién entonces me animé a leerlo. Y, no me arrepiento de haber juntado valor para hacerlo.

Usted reconoce ciertos hechos que, de alguna manera, lo fueron llevando a interesarse en el tema y, finalmente, a escribir acerca de estas  Miradas. Me refiero a la historia del carpintero, a la pérdida del hijo; y al final de esa tía abuela que le pedía perdón a Dios mientras se tiraba sobre los rieles de la muerte. Son recuerdos que lo ubican en su infancia y al comienzo de la adolescencia; dos escenas, dos experiencias previas a las lecturas sobre suicidios. Aquí me interesa preguntarle por la mirada del niño que ha sido, y por la de aquel adolescente: ¿Cómo fue cambiando la mirada? ¿Cómo miraba antes la muerte y cómo la mira ahora? Me refiero, tanto a la muerte ajena como a la muerte propia.

El tema del suicidio me inquietó desde que tengo conciencia -¿conciencia?- sobre la idea de la muerte. Comenzó a tener entidad concreta siendo niño cuando supe el motivo de las lágrimas de un carpintero que, mientras trabajaba, lloraba: se le había suicidado un hijo, su único hijo, según me reveló mi padre tiempo después. Más tarde, a ese hecho aciago se añadieron otras experiencias de personas que voluntariamente habían decidido quitarse la vida por razones múltiples siendo en la mayor parte de las veces, creo, una fuerte depresión, de rasgo existencial. Se sumó a esos hechos trágicos la lectura de Werther, la célebre novela epistolar de J. W. Goethe, obra clave sobre esa cuestión que gozó de fama y que, en una suerte de depresión espiritual del centro europeo de entonces, provocó una ola de suicidios motivo por el cual durante un tiempo esta novela fue prohibida.

Esos hechos me llevaron a leer sobre el suicidio y a ver por qué causa se desfiguraban las muertes voluntarias. La interpretación sociológica propuesta por Durkheim me hizo considerar que esas muertes voluntarias no eran problemas estrictamente individuales, sino sociales, como si la sociedad (familiares, amigos, conocidos del suicida) no se hubiera percatado de la gestación de esa resolución extrema y, en consecuencia, no hubiera hecho nada por impedirla. Sinteticemos diciendo que para la sociología el suicidio era visto como un problema social. Y ya que cité a Durkheim debo referir que, si bien su trabajo sobre ese tema es valioso, no participo totalmente de sus ideas sobre el trabajo de campo que hizo sobre muertes voluntarias. Hay muchos aspectos no considerados en su estudio que, entiendo, debieron ser tenidos en cuenta. Su apreciación, con todo, sirve especialmente para comprender suicidios provocados por depresiones que tienen origen en cuestiones sociales pienso, por caso, el número respetable de suicidios ocurridos en Europa tras la segunda guerra mundial o, en nuestro país, los que se dieron luego del luctuoso episodio de Malvinas.

¿Qué puede adelantarle a los lectores acerca de la manzana envenenada que mordió Turing?

Le ha llamado la atención el hecho de que el volumen esté dedicado a Alan Turing, el famoso matemático y criptógrafo británico cuya inteligencia ayudó a la victoria de los aliados en la Segunda guerra. Este “genio” decidió voluntariamente provocarse la muerte con una manzana envenenada para escapar de una condena tan arbitraria como aberrante debida a su homosexualidad, entonces penada por las leyes británicas. Su muerte fue un llamado de atención en contra de la condena social referida y una forma de concientizar sobre la injusticia implícita en ciertas leyes que es preciso modificar.

Cuando Freud recuerda que: “los melancólicos raramente matan a otras personas, aunque los mueva el deseo de hacerlo”… Y, agrega que: “Su eventual accionar en contra del prójimo se ve reprimido por normas morales, religiosas, sociales, jurídicas…” ; explicando así, en razón de un impulso tanático y de una introyección, la opción del suicidio. Ello me lleva a preguntar si ¿no son también normas sociales, morales, religiosas…, las condenatorias del suicidio?  Siendo así, no parece que tales normas sean óbice, para nada. 

Sobre suicidios “preparados” largamente, me sorprendió el caso de la poeta Sylvia Plath y, sobre él, las profundas y sentidas reflexiones nacidas de la pluma de Al Álvarez, quien fuera su amigo y estuviera con ella la noche previa a que tomara esa resolución extrema. La obra de A. A. es de profunda densidad y sacrosanto respeto; más aún, una especie de dolorosa exculpación acerca de por qué no pudo acompañarla esa noche y con ello, tal vez, la posibilidad de disuadirla de esa catástrofe.

 

Imagino que la etapa de investigación de la que se nutre este ensayo ha llevado un tiempo. ¿Cómo describiría, hoy, el proceso de escritura?

“Virtud”, “gesto heroico”, “suicidio lógico”, “merecida condena”… Trazar una evolución histórica en la materia, implica reconocer el fenómeno en su dimensión cultural, la que, como tal, deja de ser estática, salvo en lo que concierne a la rigidez religiosa. Le pido una breve síntesis de la tendencia al suicidio en los distintos tiempos, y le pregunto, ¿hasta qué punto seguiría pesando sobre el ser humano el temor reverencial a la “Ley” de Dios?

Acerca de cómo y por qué surgió este libro, como todo libro tiene su historia. Mi formación profesional tiene que ver con el mundo clásico, particularmente con Roma y la literatura latina. En ese orden me interesó en especial el momento en que declina la República y adviene el Principado; momento clave para la futura historia de Occidente en el que, tras la batalla de Accio, muchos republicanos que participaron de la muerte de J. César, tras el magnicidio, se dieron voluntariamente muerte. Se sumó a esa circunstancia que luego, durante el Imperio, varios intelectuales de valía -todos ellos estoicos- no aceptando un orden político opresivo, optaran por el suicidio: el caso del filósofo Séneca sería uno de los ejemplos más conspicuos. Eso me llevó a investigar, contrario sensu, acerca de tendencias espiritualistas que rechazaban el suicidio, pienso en órficos, pitagóricos, platónicos y luego, ciertamente, el cristianismo. Ofrecí ese trabajo al FCE donde soy autor de dos volúmenes (El mito del héroe y Qué es un mito); su entonces Director, el señor Alejandro Archain, me sugirió, con muy buen criterio, que sin dejar de considerar lo ya trabajado llevara esa problemática a tiempos más modernos, y así lo hice. Resultado es el volumen Miradas sobre el suicidio sobre el que hablamos. Un detalle menor, mi idea era titularlo Cuando la noche avanza, último verso de una composición de una joven poeta argentina que, voluntariamente, cayó en el abismo de una noche sin mañana. Los editores atendiendo a razones comerciales, que escapan de mi inteligencia, me sugirieron cambiarle el título, a lo que asentí.

Pongamos el foco en los estudios literarios, ¿puede ser?

En cuanto al tópico del suicidio en nuestro pasado reciente me han llamado la atención dos novelas valiosas: Nada se opone a la noche, de Delphine Vigan y En el café de la juventud perdida, del premio Nobel Patrick Modiano, ambas atrapantes. También, ciertamente, las páginas de Antonio Di Benedetto, de valía por lo testimonial.

Convengamos que, no todos los suicidios impactan, en la sociedad, con igual intensidad. A ver: los ex combatientes de Malvinas; el Dr. René Favaloro con su carta de despedida -una crítica socio-política-; el suicidio que pactó un matrimonio de ancianos hace unos meses en Gijón- la nota que lo justifica-; el joven que se quitó la vida, a fin del año pasado, porque no soportó el hecho de haber sido víctima de una denuncia falsa de abuso sexual -un nuevo tema social-. Por último, no quiero pasar por alto el caso del médico forense, Osvaldo Raffo, quien se quitó la vida recientemente por razones de salud; no olvidemos su intervención en el caso Nisman, cuya muerte es causa de debate- para muchos fue un crimen, y para tantos otros, un suicidio-.

Tomando estos ejemplos conocidos, le pido una reflexión, si es posible, sobre cada caso.

En cuanto a los suicidios de Favaloro y Raffo sobre los que me pide opinión, le diré:

Nunca es posible saber qué ha pasado por la mente (o el alma) del suicida en el momento previo a la toma de esa decisión capital de la que, ciertamente, no hay retorno. La muerte del doctor Favaloro parece estar provocada por una desilusión radical referida a la crisis que socavaba -y, entiendo, sigue socavando- a nuestro país. Su muerte no fue solo una cuestión personal, sino también un llamado de atención para ver si con ese acto pudiera alertar respecto de graves injusticias que obraban en perjuicio de inocentes. En tal sentido el recuerdo del doctor Favaloro y su trágico final deben ser tenidos como actos de grandeza. En cuanto a la del ilustre médico legista doctor Raffo, él mismo en una carta consignó que optaba por esa decisión por propia voluntad debido a que no podía soportar más los dolores, que no había ningún “culpable” más que sí mismo. No creo que se vincule con la trágica muerte del fiscal como algunos pretendieron relacionarla.

En todo momento de mi trabajo, puse especial cuidado en no volcar valoraciones de tipo moral. Sólo me permití recordar que los suicidas son personas por las que debemos guardar el mayor de los respetos.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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