Antes de embarcarte en un viaje de venganza,

                                                                                 cava dos tumbas.

                                                                                 Confucio

 

Por años había sufrido en silencio los celos, envidias y otras vanidades que se urdían en esa oficina inútil. Trabajaban allí mujeres cuyo único cometido era sellar el reverso de la primera hoja de las Libretas para que la Jefa, con molicie y sin revisarlas siquiera, las firmara luego.

La Jefa era un problema, pero no el único. Ni siquiera el principal. La cosa pasaba por los acomodados. Familiares suyos a los que, gracias a sus contactos políticos, había hecho entrar por la ventana.

Nunca pudo digerir esa intolerable falta de ética.

La alcahueta de la hermana era la peor, sin duda. Tenía todos los cables en cortocircuito y todos los días revisaba cada uno de los escritorios. Pasaba el dedo sobre ellos como una suegra histérica y vigilaba que no hubiese nada ajeno a lo que exigía el trabajo cotidiano. Si su obsesiva inspección la llevaba a encontrarlo ¡pobre de aquella infractora!, le arderían los ojos por el llanto. Esa Jefa, mala onda, consignaría en su legajo el borrón que, junto a la segura suspensión, demoraría cualquier oportunidad de ascenso.

Un lunes negro fue ella la sancionada, lo que anulo su promoción. Su edad no dejaba lugar a la esperanza.

Cuando recibió la noticia de que le habían otorgado la jubilación decidió que había llegado el momento para llevar a cabo su desquite. El lapso previo al retiro no alcanzó para pergeñar una revancha acorde a las indignidades sufridas. No por ello sintió mellada su determinación de llevarla a cabo.

Como buena correntina era devota del San La Muerte, lo que hacía que todos los agostos se convirtiera en una promesera más, allá cerca de Empedrado, en Corrientes. Frente a él, en su santuario, le rogó por su protección e hizo votos. Le prometió que se vengaría antes de la próxima visita, costare lo que costase.

En pocas semanas su plan tomó forma, y en otras que le siguieron lo tuvo listo para ejecutarlo.

Los días anteriores al elegido la ansiedad le produjo dolor de cabeza. Pensaba en la Lic. Nélida Porteus de Corral, la Jefa, y Graciela, la correveidile hermana, y como el plan siniestro que había diseñado para hundirlas las alcanzaría dentro de pocas horas.

Por fin, la noche de las vísperas pudo dormir tranquila. Su conciencia se sentía satisfecha. Lo había prometido y, con la protección del Santo, cumpliría su voto.

Por la mañana fue difícil abrir los ojos y fue peor aun cuando, en su interior repleto de demonios, sonaron unas campanitas recordándole que durante esa tarde tendría la autoimpuesta obligación de visitarlas en la oficina para disfrutar de la premeditada vindicta.

Una superficial tranquilidad disimulaba esa inquietud por llevar a cabo lo prometido a San La Muerte. Ese propósito había llenado todo su tiempo desde aquel último día de trabajo allí, dándole a su vida un único sentido.

Recogió el periódico que el diariero había deslizado por debajo de la puerta y comenzó a recorrerlo.

Empezó, como siempre, leyendo la última página, sonriendo con las historietas bañadas de humor moralizante que la hicieron olvidar durante unos pocos instantes el gusto agridulce del elixir que había elegido apurar por la tarde.

Al voltear la hoja encontró las noticias policiales. El encabezado atrajo su atención. A tres columnas, en letra de molde, leyó «COLISIÓN FATAL”.

La nota, abajo, seguía, “La Lic. Nélida Porteus del Corral, Jefa de la Oficina Nacional de Libretas, junto a su hermana y colaboradora, Graciela, han fallecido en la noche pasada por causa de un terrible accidente vial en la Autopista. Las causas, aún desconocidas, están investigándose…»

Su corazón dio un vuelco. Sintió un ahogo.

– ¿¡Qué hiciste, Santito!? ¡Era mi venganza! ¡Era mía, mía!, gritó.

Sus pulmones explotaron. Literalmente.

Sobre El Autor

Roberto Tito Tchechenistky nació en la ciudad de Buenos Aires y cursó su formación universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Univ. de Buenos Aires, graduándose como Licenciado en Administración. Se desempeñó en la misma Institución como Profesor Ayudante de la Cátedra de Lógica y Metodología de las Ciencias. Después de integrar distintos Estudios Profesionales de relevancia, se independizó para dedicarse a la consultoría y asesoramiento en organización y equipamiento industrial en la industria de la confección de indumentaria y textiles para el hogar. Comenzó a desarrollar su actividad literaria en el año 1999, dedicándose al relato corto y a la poesía, y también al estudio del lunfardo rioplatense, léxico que ha utilizado para redactar algunas de sus producciones.

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