Segunda entrega de las crónicas chilenas que nuestro colega y amigo Diego Alfaro Palma publica desde su página https://diegopersonae.wordpress.com/

Cecilia Morel y los alienígenas en vivo

 

25/10/19

 

En su última carta antes de ser ejecutada María Antonieta dice declararse inocente, tranquila “como lo está uno cuando no tiene nada que reprocharle a su conciencia”. Esto me lo recordó mi amigo Horacio Esber desde Buenos Aires, cuando me instó a no desechar las declaraciones filtradas de la primera dama, Cecilia Morel: “escuchalas bien, analizá su discurso: ahí tenés a alguien que no cuestiona la legitimidad de sus privilegios, que se pone sobre los demás, que se considera de otra clase de ser humano: tal como pasa con la esclavitud o como pasó en la conquista de América donde los indígenas eran considerados “seres sin alma”. Pensalo bien, dale una vuelta”.  La misma Morel dice en el audio sentirse ante una “invasión alienígena” y en donde la clase gobernante “no tiene las herramientas para combatirla”, por lo que la “gente de buena voluntad” deberá disminuir sus “privilegios y compartir con los demás”, como en un especie de gran acto solidario intergaláctico. Ayer, esos alienígenas que estaban sueltos, llegaron a sumar más de un millón en las calles, en la marcha más multitudinaria que haya atravesado Santiago y que, sumando a las regiones, deja una marca del tamaño de Chile en cualquier libro de historia.

 

¿Pero a qué se dedican los alienígenas? ¿Qué exigen, qué es lo que cantan? Para empezar, la mayoría de estas fuerzas viven con un sueldo que no se corresponde con la realidad, con los costos de la realidad en este planeta. Alegan que la constitución que los reúne proviene de tiempos dictatoriales y que no asegura un estado de bienestar ni nada parecido, sino un extractivismo a mansalva, pocas defensas para los trabajadores, un desentendimiento del estado respecto a lo público, en fin, un abandono. También gritan al cielo con sus trutrucas y cornetas al paso de los helicópteros de la policía y de los militares; estos alienígenas están más que superados con las continuas violaciones a los derechos humanos que han ocurrido en este falso “estado de emergencia”, en donde sin legitimidad alguna se ha secuestrado, se ha acosado, se ha golpeado y se ha asesinado: las fuerzas armadas de este país no han aprendido absolutamente nada desde 1973, absolutamente nada, mientras los medios difunden el encarcelamiento de un conscripto se negó a participar de esta cacería. En fin, señora Cecilia Morel, venga, acérquese, porque la palabra que más va a ver y escuchar es “dignidad” y eso es algo que su clase y los partidos de todos los colores le han perdido el rastro, como quien mira fijamente a una estrella y luego la pierde al pasar de una nube.

Yo me uní como un alienígena más a la salida del trabajo, como muchos luego de sacarse la camisa o la blusa y ponerse unas zapatillas más cómodas. Desde Manuel Montt se podían ver esas masas de oficinistas, jóvenes, ancianos llegar desde todas partes de la ciudad, bajándose desde las antiguas naves espaciales del transporte público o desde las habilatadas estaciones de metro. En el camino había poemas visuales pegados, banderas negras de Chile, una gran pizarra donde cada uno escribía su deseo de mundo y una extraña sesión de electrónica a la que uno que marchaba gritó: “¡esto no es nada una fiesta, cuicos culiados!” y ahí varios explotaron en aplausos al tiempo que las barras del Colo-Colo, de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica se mezclaban gritando a un solo pulmón. Nunca se vieron tantos lienzos mapuches, tantos en algarabía y en unidad, las estatuas de bronce tomadas hasta la última oreja de los caballos, ventas de sandía, choripanes, agua, limones, chocolates, tabaco y al rubro de la salud con sus delantales no tan blancos tras semanas de marchar contra el desvalijamiento de los hospitales y la reducción de los presupuestos –en todos estos días vi a mi hermana salir orgullosa de su profesión levantando esa misma pancarta. Un poco más allá los profesores con su ropa gastada, sus lentes grandes y su energía inagotable, a unos metros los artistas callejeros interviniendo los muros, los guitarristas afuera de la Biblioteca Nacional cantando “El derecho de vivir en paz”, quizás la canción más escuchada en las radios. Todo el Parque Forestal era un continuo interplanetario de gremios, asociaciones civiles, de ciudadanos gritándole al presidente su ineptitud, a los partidos su pésima comprensión lectora de la contingencia: exigiendo la devolución de la libertad y la construcción de una dignidad urgente.

Luego de separarme de unos conocidos afuera de la librería Qué Leo que da al parque, seguí mi caminata hacia la Alameda, viendo a las feministas sobre las paradas de micro, a señoras que portaban un cartel que decía “me cansé de esperar los tiempos mejores”, junto a una muchacha hermosísima que salió en su sillas de ruedas hasta el centro de la ciudad, acompañados todos por los motociclistas que impedían el paso de la policía y un gran manto con los colores de la bandera que decía “No estamos en guerra”. Vi a alienígenas disfrazarse de alienígenas, a madres con sus coches, a niñas vestidas de princesa, a los otaku, a la gran compañía de Ballet Nacional en el Paseo Bulnes bailando poemas de Gonzalo Rojas, de Violeta Parra y de Pablo Neruda; vi a unos muchachos recitar “El canto a su amor desaparecido” de Raúl Zurita, versos de “La ciudad” de Gonzalo Millán, fotos en homenaje a la consecuencia política de Gladys Marín, un intocado mosaico que celebra a Pedro Lemebel, a taxistas levantar las manos, a Los Jaivas caminar con el aplauso público, a las barras haciendo de esto algo parecido a la toma de la Bastilla, al tiempo que en Valparaíso se reprimía con la misma furia de todos los días, cerca y lejos del Congreso: la unanimidad de que en este país se pasa a llevar el estado de derecho.

Esta desobediencia civil ha presionado más de lo habitual a esta élite que defiende a regañadientes su origen y sus bienes adquiridos por ese mismo origen. Desde el Palacio de la Moneda se ve a un cada vez más avejentado Piñera intentando poner la oreja en la tierra, pero imposibilitado de restringir su propia interferencia mental. En el congreso –más allá de la aprobación de algunas leyes necesarias, pero no todavía contundentes- se ve un gallinero que tiene una agenda acaloradísima y llena de plumas: desde la fascista Camila Flores a los desplumados del Frente Amplio, el temor ante los alienígenas es inminente. Por eso es que esta marcha, la más grande de todas las marchas, no tuvo otra bandera sino la de una primavera negra, una primavera que tiene que ser un motor para la reconstrucción de un tejido social, una obligación a trabajar más por estas demandas, por lograr una nueva manera de tratarnos: ahora pareciera que todos nos saludamos, que nos damos la mano, que hablamos en el transporte público, que estamos ante un florecer de la política, en este país donde antes todos éramos unos extraños, unos extraños venidos de la más blanca de las estrellas.

 

El pulso salvaje

28/10/19

A Maxi y Sofi

Escribo esto y mis vecinos barren la vereda; yo también barro, lavo mi ropa, preparo comida. A media cuadra un grupo se reúne a rezar el rosario: ave maría purísima, sin pecado concebida, repiten. Al frente alguien cuelga a secar sábanas, llega el pan a la panadería, se riegan plantas. Las micros son desviadas y en las plazas se comienzan a preparar para los cabildos. Anoche me junté con unos amigos luego de que se levantara el toque de queda. La 106 avanzó lo que más pudo por la Alameda donde el ambiente está más tóxico que nunca, tras una semana de agentes químicos arrojados sin descanso. Siguen las marchas y las banderas. Las murallas hablan con sus graffitis. Bebimos cervezas y celebramos entre risas “que el presidente nos diera permiso para carretear”. Habían poco temas, todo obviamente giraba en torno al calor de los eventos. Inevitablemente volvíamos a caer, por más que quisiéramos distendernos por un segundo, la política llegó para quedarse: “¿cómo no va a renunciar ese hueón de Chadwick?”, “¡aún no hemos logrado nada!”, “¡¿cómo es eso de gente muerta calcinada en un supermercado?!”, “¡Piñera pidiendo un minuto de silencio por los muertos!”, eran algunas cosas que se podían escuchar.

Escribo esto y en el diario oficial de la república (del sábado 26) se anuncia sin asco que el ministerio del interior otorgará una gratificación a personal de carabineros de un 30% de su sueldo y a las fuerzas especiales de un 20%, por sus “operaciones”, en otras palabras por acciones represivas: siguen apareciendo más videos y fotografías de miembros de la policía y militares permitiendo saqueos, organizándolos, lanzando bombas, golpeando indiscriminadamente, incluso robando con mobiliario de la institución. Según la última encuesta CADEM el apoyo al presidente se desplomó al 14%, el más bajo que haya obtenido un mandatario desde la vuelta a la democracia. Más allá de que el mismo Piñera pidió la renuncia a su gabinete aún no se ve a nadie levantando la mano. La oposición sale a un debate con el oficialismo en televisión: se tiran una pelota con fuego en temas de alta importancia como la creación de una Asamblea Constituyente, el fin a las Administradoras de Fondos de Pensiones, la reforma tributaria, etc. Ni los socialistas ni la ultraderecha de Kast salen bien del paso, aunque todos se quieran colgar del resultado de la gran marcha del viernes. Un botón de muestra de la incomprensión del momento es el intelectual Carlos Peña, que luego de haber vapuleado el movimiento como inconsistente, hoy sale a decir: “los partidos ya no conducen, son impotentes”, como si no lo supiéramos hace un par de años o no lo hubiéramos visto en las marchas donde hasta las banderas de los comunistas fueron bajadas por la presión popular.

 

No hay una sola micro en la noche. En Irarrázaval están encendidas las barricadas. Uso una aplicación para llegar a casa. El conductor es un mendocino que vivió muchos años en Buenos Aires y luego se instaló en Santiago. “Admiro el coraje de la gente”, me dice mientras esquiva otra barricada en Vicuña Mackena y se ve al fondo a la policía con los lanzaguas. Le escribo a un poeta joven de Rancagua que me cuente qué está pasando por allá; ahora habla él:

 

“Tanto mi mamá como varios amigos y amigas corroboran que cierto día los milicos sobrevolaron el sector alumbrando las casas e incluso lanzando bombas lacrimógenas a las villas. Mi madre me habló de algo como miedo pero que no era miedo y que se sentía adentro en el cuerpo cuando escuchaba el helicóptero. Un amigo me dijo que estaba cansado de salir todos los días pero muy feliz de estar todas las tardes con la gente en la calle, conversando. Y que no podía dormir, que no tenía pena, pero que no podía dormir. […] (el día sábado) la gente de la U siguió su camino por la calle Independencia mientras todos los locales bajaban sus cortinas metálicas. En la plaza se encontraron con la barra del Colo y comenzó una fiesta. Por mi parte busqué algún conocido entre la gente. Me encontré con un amigo que esperaba solo sentado en el pasto. Reconoció estar igual de nervioso que yo, pensaba que nadie marcharía y que todos estarían descansando para empezar el lunes con normalidad. En ese momento se realizaban dos cabildos abiertos en la comuna: uno en el Parque Koke y otro en la Plaza El Corregidor. Conversamos sobre la importancia de estos, pero ambos sentíamos que particularmente este día era más importante salir a la calle para que la tele nos grabara como multitud y nos mostrara en la pantalla para que mi abuela y el colectivero de la mañana dijeran: así que todavía hay marchas. Nos acordamos de los cabildos del 2016, donde las resoluciones terminaron como sugerencias que nunca se tomaron en cuenta, y concluimos que si Piñera nos está matando no tendría problema alguno en no considerar nada de lo que pensáramos sobre el país”.

 

#estonopara dice un hashtag y mi amigo Jorge tampoco para. Me encontré con él hace un par de días cerca de metro Salvador y continuamente nos llamamos. “Esto es un flujo que no debería detenerse, nace del flujo y se mueve con él”. Dicen que se lo vio el día viernes montar el caballo de Baquedano en Plaza Italia, sosteniendo un libro de Maiakovski. Nunca me deja de sorprender. Y me dice que lea un poema que se llama “Los ancianos” y que parece resumir esta intensidad:

 

Y yo,

buscaba enloquecido,

el pulso salvaje de la ciudad

acostándome con “La Pasión” de sus plazas.

¡Entren pasiones!

¡Trepen con amor!

¡Desde hoy no soy dueño del corazón!

En los demás -yo sé-,

el corazón está en casa,

en el pecho,

lo sabe cualquiera.

Conmigo,

se volvió loca la anatomía,

soy todo corazón,

y palpita en todas partes.

¡Oh! Cuántas primaveras tuve

en veinte años encendidos y plenos.

El corazón tiene su apéndice,

y su carga sin gastar,

es simplemente insoportable.

Limpio el baño, duermo siesta, salgo a oír los cabildos. Trato de leer y no puedo. Afuera, confirma el Instituto Médico Legal, hay cien personas con trauma ocular severo por los balines de goma (con punta metálica) disparados por agentes del estado. Me mantengo atento a las elecciones en Argentina: el neoliberalismo abandona el país, vuelve el peronismo con Fernández. En Uruguay hay ballotage. Llamo a mi papá en Ecuador: ¿cómo van las cosas allá, viejo? Me envían un video de Viña del Mar nuevamente conectándose con Valparaíso en una marcha histórica, mucho más grandes que las anteriores; un periódico a esta hora cuenta: “Las miles de personas que avanzaron sin disturbio alguno por avenida España fueron atacadas con gases a pesar de la presencia de niños, adultos mayores, y familias completas”. El alcalde del puerto reclama: “Lo que hizo el gobierno fue encender la mecha”. Vuelvo al departamento y en el camino compro el pan, se escuchan aislados cacerolazos. En este país no hay normalidad, no hay nada de normalidad. Es posible que nos estemos preparando para otra semana intensa, otra semana para saber la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos, otra semana de asambleas, otra semana de sobrecargo de información y poca humanidad en los medios, otra semana para pulular en las calles como el polen que surge desde las flores y flota con el viento.

Primavera negra

29/10/19

 

La muchacha se desvaneció, perdiendo el color en el rostro y desplomándose lentamente sobre el piso de la micro. “¿Alguien tiene algo dulce?”, gritó una de sus compañeras y, en cosa de segundos, una chica sacó un paquete de galletas que compartió, yo pasé mi botellón con agua, otro una caja con leche y una joven dominicana –la reconocí por su acento- que vestía de enfermera la asistió. “Es que no toma desayuno y tampoco almorzó”. “A ver, sentémosla ahí, con cuidado”. Lentamente volvió en sí, con dificultad. Los pasajeros no prestaban atención al panorama exterior: una cuadra completamente calcinada.

 

Me quedé pensando en esa niña todo el día, en su uniforme raído, es sus zapatillas negras, en por qué no tomaba desayuno. Durante años fui profesor de muchachos de la misma edad y tal vez en peores condiciones en una escuela pública de Santiago. Muchos de esos chicos llegaban cada mañana por su caja de leche, su manzana y su pan con mortadela. Muchos de ellos repetían estas frases: “oiga, profe, si yo vengo aquí no más por la comida”, “vengo aquí porque aquí hay algo de orden y gente que me cuida”, “estoy aquí porque estoy cumpliendo condena y me tengo que portar bien”. Varios tenían una rabia incontrolable contra cualquier tipo de autoridad, capaces de prenderle fuego a una sala, robar o amenazar de muerte a un profesor o simplemente no dejarlo hacer clases. La mayoría de sus apoderados (no hablemos de padres en estas circunstancias, los hay pero son pocos) era gente de escasísimos recursos, que ganaban con dificultad el sueldo mínimo y sobrevivían con las también mínimas coberturas ofrecidas por el estado. En las reuniones aparecían no más de diez o quince –con suerte- de un curso de cuarenta y siete alumnos. De esos cuarenta y siete, quince necesitaban terapia psicológica urgente, diez tratamiento psiquiátrico, cinco un programa de integración y, en general, bastante cariño y atención. En sí hacía falta un docente –y un equipo- menos preocupado por las tediosas labores pedagógicas o de adaptar el currrículum, ese mamotreto imposible de seguir al pie de la letra cuando hay niños de trece años que no saben ni leer ni multiplicar: Chile es el fracaso de cualquier práctica elaborada en los laboratorios de los “paneles de expertos”, a todo nivel: político, económico, en la salud y obviamente en el transporte: la gota que quebró el vaso bajo la cascada.

Por años los gobiernos han hecho oídos sordos a estas complejidades, con infinitas soluciones parches, continuando con los endeudamientos de las familias de los estudiantes y perseverando en los vacíos formativos. De izquierda y de derecha –que aquí son lo mismo- sentaron por tres décadas a los profesores en esas “mesas de diálogo”, esa gran foto, mientras que el negativo de la imagen decía otra cosa: un sistema educativo que desfallecía y con él el marco general que sostiene a todo el país. Pero había también otra foto, una que a esta altura ni los más rebeldes quieren ver: una turba llena de ira que va a quemar lo que haya a su paso. Esa foto es el comienzo de la ultraviolencia. Me refiero a que en este minuto están los que asisten a las marchas pacíficas en el centros de las ciudades y por el otro una masa que no posee ni un ápice de educación cívica, y que a esta altura tampoco la quiere, salvo el deseo incontenible de reducir a cenizas un sistema que los violentó desde el nacimiento. Del otro lado, del lado de los uniformados, la reacción es genéricamente la misma: capaces de incendiar un parque, acosar sexualmente en las detenciones, desplegar el carro hidrante sobre tías de jardin infantil, incentivar la cacería de quienes defienden la democracia.

 

El retroceso de los militares ante el desembarco de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el fallido cambio de gabinete del gobierno, la continua decadencia de la clase política desenfocada, la efectiva represión (con muertos, heridos graves y desaparecidos), hicieron que esta tapa de olla que voló por los aires en la periferia se trasladara en las últimas fechas hacia el centro de la capital, con un único llamado a la venganza y al todo por el todo. Así lo he visto en las últimas movilizaciones que más que ser una celebración, se tornaron en una lista de audio para un concierto de grindcore o black metal o un hip-hop creado en una fundición de cobre. Anoto esto último en mi cuaderno, salgo del banco de plaza donde estoy sentado, camino cuatro cuadras y veo un grupo avanzar sobre un móvil de la policía al grito de “¡a quemar la yuta!” y los cascotes de piedra sobrevuelan el espacio. De la contraparte la consabida respuesta lacrimógena, el balazo limpio, la luma en el cuerpo. Ayer en la tarde algo parecido: me despego de la marcha con una sensación incómoda, dejo a los cantan, porque en el fondo veo a las barras preparando una gran hoguera. Minutos después aparece en la tele de la verdurería arder un centro comercial en pleno centro. En esta etapa en que se procede a la formación de cabildos y asambleas lo que hace desfallecer, es esa falta de desayuno del debate de estos grupos que lo que menos quieren es diálogo; están más cerca del narco que de la revolución armada, más cerca de la piratería o del robo institucional que del asalto al poder; muchísimo más cerca de la piromanía, el desborde psíquico y la ultraviolencia de carabineros. Son ellos la mejor postal para los medios y el cultivo el terrorismo de estado.

La educación política faltante en este minuto es ley mayor, como la gravedad para la física moderna, sin ella cualquier proceso constituyente se complejiza aún más. Otro punto: la formación de cuadros y las redes que en cualquier otro país de Latinoamérica es un elemento fundante del campo de acción. Pero en Chile no, ese tejido es otra foto de una pierna asaltada por los balines de la policía, la tortura y el miedo alimentados durante 17 años de dictadura. La Primavera negra está inconfundiblemente teñida por el hollín de las barricadas y por el grito incesante de las demandas sociales, por las guitarras, los delantales, los sin miedo, el entusiasmo de los que siguen adelante a pesar de las mil lacrimógenas del Apocalipsis, pero debe ser sustentada en la épica de un estallido que supere la violencia como único medio para tapar ese vacío: la venta de la educación, la salud y los recursos naturales, la dislocación de todos los valores de lucha, el insulto continuo a los trabajadores y a su futuro. En fin, el levantamiento será docente o no será.

 

Este es el momento

3/11/19

Escucho el canto de los cachuditos y zorzales. Son los aromos los que traen su perfume y abejas desde lejos. Al fondo, entre los troncos de las encinas, un grupo se reúne a conversar. En la feria se exponen tomates, albahacas, romero y limones. La vida pasa tranquila en Limache, mucho no cambia. La alarma de los bomberos sigue marcando el mediodía, pero sí los postes de luz del parque cargan carteles con los datos entregados por el Instituto de Derecho Humanos sobre el número de desaparecidos, muertos y heridos en estos ya quince días de movilizaciones. Increíblemente mientras esto ocurre –y una brisa fresca mueve las hojas de este cuaderno- hay un imitador de Michael Jackson, vestido como en el video “Bad”, que practica sus movimientos al ritmo de un parlante portátil; uno que estaba por ahí sentado, se le acerca y le pasa un billete de mil pesos y lo aplaude.

foto de Pablo Rivera

A pesar de esta aparente “normalidad” alrededor de la región de Valparaíso se organizan cabildos, charlas y asambleas autoconvocadas; algunas librerías abren sus puertas al debate, un grupo de manifestantes marcha desde este mismo Limache hacia el palacio de La Moneda para entregar una carta-petitorio al presidente, subiendo una cuesta de 1.500 metros altura y bajo el calor semidesértido de Til-Til. Los valles que forman la cuenca del Aconcagua y la cordillera de la costa han pasado a transformarse en “zonas de sacrificio” con desastres ecológicos irreversibles: la contaminación producida por la refinería de carbón de Ventana, los derrames de petróleo en Quintero, la prolongada sequía de Petorca y alrededores -que avanza a medida que se liberaliza aún más el monocultivo de paltas y coníferas-, la instalación de torres de alta tensión y de plantas termoeléctricas para solventar las demandas de la minería. La flora y la fauna autóctonas corren el grave peligro de ser reducidas a su mínima expresión, al igual que la larga tradición agrícola; la población ha salido a exigir en todos los términos posibles una respuesta –con estudios, advertencias y demandas- recibiendo únicamente el constante ninguneo de las autoridades, pero también de una parte de la ciudadanía completamente apática. Hoy en Chile la mayor batalla es la del individuo contra los medios y una clase política que invisibiliza, en una “guerra psicológica”, para desgastar los movimientos populares, en especial este, generando una confusión entre la manifestación y el saqueo.

foto de Pablo Rivera

El imitador de Michael Jackson revisa cada una de las coreografías del rey del pop. Una señora que vende plantas medicinales me dice “con todo esto no he podido salir a dar mis cursos, la gente está en otra, pero es mejor, este es el momento”; al lado una artesana comenta “mi hijo ha estado todos los días en las manifestaciones y ayer, que se quedó en la casa, hizo la manifestación desde su pieza”. Me cuentan que en la mañana el profesor y musicólogo Gastón Soublette –uno de los traductores más importantes del alma profunda de Chile- ha salido a la pérgola a dar una charla. Los chilenos somos un pueblo que le ha costado 17 años de dictadura y 30 de democracia salir de la criminalización de la expresión pública, un pueblo que le ha costado volver a reunirse y conversar, por lo que ahora los invito a dejar este ambiente de árboles frondosos para asistir a una reunión, a unas cuadras de aquí, a asistir a una reunión sobre la constitución, una de las más de 12.000 que se celebraron en estos días en el territorio nacional. Vamos entonces a la ONG Trekan de Limache donde el abogado Patricio Bravo nos pasa a explicar:

 

“Toda constitución tiene por misión organizar un Estado y al mismo tiempo brindar un catálogo de garantías mínimas para los ciudadanos. En sí, es un texto político y jurídico, pero especialmente es también un texto cultural, es decir, es el reflejo de la cultura política de una época. En este sentido uno de los grandes problemas de la constitución de 1980 –articulada en plena dictadura- es la existencia de un principio de subsidiaridad, que quiere decir que el estado sólo puede actuar cuando los privados no pueden o no quieren. Este principio es la base que sustenta el sistema económico neoliberal instalado en la misma época en este país: promueve la privatización y la acción de grupos intermedios, separa al individuo del estado y ese es uno de los puntos que más nos aquejan hoy, con nuestro sistema de pensiones, de defensa de los recursos naturales, nuestro acceso a una educación gratuita y de calidad y a una salud digna”.

 

Esto lo transcribo a partir de mis notas, Patricio es mucho más práctico y recurre a su memoria de códigos y artículos para hacernos entender que un cambio en la constitución no será un cambio en lo inmediato de las demandas actuales, sino que será una transformación a largo plazo en la cultura política del país, en su manera de interrelacionarse y llegar a una instancia más justa corparticipación. Los asistentes levantamos las manos y preguntamos, otros miran la señal por internet. Los asistentes somos trabajadores, personas de la tercera edad, estudiantes. Hay demasiadas dudas, pero logro percibir que nos vamos con más certezas. Sabemos que las reformas constitucionales son difíciles, ante todo en la que hemos tenido que convivir desde 1980 y que es un candado cerradísimo; hoy sólo contamos con nuestra presión hacia los representantes para llamar a las asambleas. Entendemos entonces que es nuestra responsabilidad la que nos puede llevar a formar una agenda única basada en un grito tan postergado. Nos despedimos de besos y apretones de manos, cada cual ofrece continuar la próxima semana, se abren posibilidades para llevar esto a comunidades más alejadas del valle y a otros centros de vecinos. Esto es algo nunca antes visto ni hecho en la historia de Chile, pero nadie quiere perdérselo. A mí me recuerda a las unidades de trabajadores filmadas por Patricio Guzmán en su documental “La batalla de Chile”, pero pronto me doy cuenta de que los años setenta aunque estén ahí con sus canciones, ya no lo están como una repetición cíclica, sino al contrario, están ahí desde su espíritu más participativo, desde una extraña sensación de unidad. Camino a través del pueblo donde nací y crecí hace 35 años y tal vez ya no es el mismo, aunque aún nos miren las montañas cada vez más secas y un cielo ya sin nubes.

 

Nosotros, los anarquistas

8/11/19

 

Salimos, hacemos dedo, alguien para, “buenas tardes, compañero ¿para dónde va?”; nos abren las puertas y subimos dos, tres, conversamos, damos las gracias. En otras ocasiones hacemos parar un bus y levantamos la voz para decir “hermano, ¿nos lleva?” y pasamos obreros, estudiantes, profesionales y ancianos, no hay diferencia entre nosotros; ya arriba uno me pregunta “¿de dónde viene caminando?” y el fluir de las palabras nos lleva a la contingencia y a darnos la mano con un grito al bajar “¡hasta la victoria, siempre!”. Así somos, los anarquistas.

Nos juntamos en espacios amplios o estrechos, en casas, en centros culturales, librerías, organizamos y participamos de las asambleas. Se discuten procedimientos sobre un cambio en las reglas del juego. Se discute: unión vecinal, seguridad y acciones contra la represión de carabineros. Se discute: bases del sistema neoliberal, cómo nos afecta, cómo nos ha carcomido por dentro, cómo es la vida en otras partes del mundo, qué es lo que merecemos. Se alzan manos, ninguna pregunta es más inteligente que las otras, hay consensos, se liman asperezas. Así nos reunimos, los anarquistas.

Estamos en las calles, con lienzos, con banderas negras con una estrella blanca. Creemos en el sustrato de nuestra tierra, honramos el valor de nuestros ancestros portando banderas mapuches. “A mil la bandera”, gritan, “dos pañuelos a quinientos”. En comunidades, en gremios marchamos, en comunidades y en gremios queremos contribuir a la construcción de una nueva sociedad. A una librería entra un profesor de Punta Arenas, lleva 4 libros sobre asambleísmo: “Los llevo para discutirlos con mis vecinos y con mis alumnos, hay que fijarnos en el cómo, eso es muy importante para que nadie se reste, para que haya verdadera representación”. En su gran mayoría despreciamos completamente la intromisión de fuerzas políticas clásicas, ante todo de los partidos políticos y sus visiones verticalistas; en la brisa que pasa todos abogamos por horizontalidad. “Esto lo construimos todos o no se construye” grita un jubilado en el Paseo Ahumada, el mismo lugar donde el poeta Enrique Lihn proclamó en plena dictadura su “desencanto general”.

Nuestras armas son las ollas, nuevas o viejas, en donde alimentamos a nuestras familias. Eso hacemos los anarquistas. Somos el gran enemigo de un tirano piscópata que detesta la alteración de la “normalidad” en la que estábamos sumergidos. Ante su eclosión psíquica, las brigadas de artistas intervienen las paredes con el rostro del perro Matapacos, ícono, emblema y mascota de nuestra unidad: un quiltro, un animal de la calle que ladra y muerde al poder sin una pizca de miedo. Pero nos han detenido, nos han golpeado con carabinas, nos torturado y desparecido, nos han asesinado ¡Nos han asesinado! Y el rostro de cada uno de los caídos puebla las calles; cerca de casa un muro los sostiene en toda su extensión; un vecino, un señor de edad, cargando un carro lleno de cosas me dice “estos son los muertos del terrorismo del estado; todos ellos murieron por unos mugrientos pesos”; él se queda ahí, contemplándolos como si fueran sus nietos y otros encienden velas en las veredas de todas las ciudades.

La primavera del anarquismo es intensa y llena de hélices, de sirenas que cantan, de medios y enteros a los que nadie cree, de bocinazos, de gases tóxicos arrojados día y noche sobre las poblaciones. Pero tenemos otra arma ante ello: la antipoesía, no la de Nicanor Parra, sino la que siempre estuvo, con su sin respeto, con su posibilidad de ironizar todo, con los carteles que claman “son tantas cosas que no sé qué poner”. En los bares algunos llaman a beber a una cerveza y a dar un salud al grito de “¡Piñera conchadesumadre!”; las farmacias ofrecen el famoso mentolatum, ungüento con el que la policía justificó un video en que algunos de los suyos eran mostrados inhalado cocaína. La antipoesía se ríe de una alcaldesa que corre frente a la televisión con memes infinitos, se ríe de los intentos desesperados de la ultraderecha de formar movimientos de choque que defiendan sus privilegios de clase. La antipoesía se ríe del hackeo de Anonymous al sistema de carabineros; queda en evidencia que durante años han perseguido cientos de actores sociales, pero jamás a un narcotraficante.

Algunos de nuestros anarquista creen en la acción directa, en el ataque decidido a las estructuras simbólicas del poder: vandalizar bancos, romper farmacias, apedrear oficinas privadas de pensiones y edificios corporativos, y también a monumentos, como el huracán humano que arrasó con el memorial al teórico de la dictadura y su sistema político y económico: Jaime Guzmán. Pero como dijo una psiquiatra interpelada en plena calle por un periodista: “sé la situación, el saqueo que viene de años y de cómo le han robado al pueblo de Chile; por supuesto que no valido la violencia […] pero han sido muchos años de abusar de la gente. No avalo la violencia, pero la entiendo. Y el antisocial que nos está gobernando es el más antisocial de todos. No empatiza, no escucha, miles de personas le están diciendo por favor haz cambios, ayuda a la gente. Él se está rifando este país”.

De la saga “Cecilia Morel y los alienígenas” viene también Man in Black con privilegios.

Piñera cree que con más apriete apagará esta llama anarquista, pero los gremios están ahí para cortar los accesos a la capital y a las ciudades grandes; los camioneros, los portuarios, agricultores, médicos y enfermeros que defienden a sus pacientes del desabastecimiento del servicio público, profesores que se interponen a la policía para que no baleen otro liceo como el Liceo 7 de niñas, cobardemente atacado. Piñera cree que con apriete esta barricada se va a apagar, pero la insurgencia llegó para quedarse con sus gritos: ¡Piñera escucha, ándate a la chucha!”, “¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!” “Vecino, escucha, únete a la lucha!”

En fin, somos y no somos los anarquistas. Lo somos en el encanto del trabajo comunitario, en la colectivización de confiar en nuestros almacenes de la esquina, al momento de darnos una mano, de organizarnos como en los viejos ateneos de principios de siglo XX donde se jugaba la formación política y ética del pueblo. No somos anarquista porque aún pagamos cada mes las deudas que nos persiguen, las tarjetas de crédito que abundan, los altos alquileres y servicios, los intereses de los intereses, imponemos a las AFP y nuestras jubilaciones y sueldos resultan escuálidos, por más que el gobierno y el congreso realicen reformas a todo vapor (y con letra chica). Esta es nuestra duplicidad de mezclar hoy la lucha, el pan, el amor, el dolor y la deuda, el débito y la ira contra el actuar desmedido de la policía, la ira contra la estupidez de nuestros representantes, pero la confianza en que la bandera negra y su poesía se quedarán aquí plantadas por un buen tiempo.

 

Sobre El Autor

Diego Alfaro Palma (Limache, Chile, 1984) publicó los libros de poemas “Tordo” (Ediciones del dock 2016, Cuneta, 2014 / Limache250, 2013) y “Paseantes” (Ed. Temple, 2009). También realizó la antología de la “Poesía reunida de Cecilia Casanova” (Ed. Univ. de Valparaíso, 2014) y reeditó la “Antología de Ezra Pound en Chile” (Universitaria, 2011). Tradujo “El pensamiento zorro”, prosa de Ted Hughes (Limache250, 2013). Sus ensayos han aparecido en “El horroroso Chile. Ensayos sobre las tensiones políticas en la obra de Enrique Lihn” (Alquimia, 2014) y en varias revistas de Chile y el extranjero, entre ellas la importante revista alemana Alba. Su libro “Tordo” recibió el prestigioso Premio Municipal de Santiago en 2015 y anteriormente una mención por su borrador en el Premio Nacional Eduardo Anguita en 2013.

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