En una semana gris para el policial latinoamericano y con horas de diferencia del patriarca del género en Basil, Ribem Fonseca, el pasado jueves 16 fallecio también en Brasil Luiz Alfredo Garcia-Roza.

Carioca, licenciado en Filosofía y Psicología. Ex profesor de la Universidad Federal do Rio de Janeiro (UFRJ), tras publicar ocho libros de filosofía y psicoanálisis, Garcia-Roza abandonó la vida académica y se consagró como autor de ficción policial. Dio vida al comisario Espinosa, personaje central de casi todas sus historias. Su primera novela, Silencio de la lluvia, recibió los premios Nestlé de literatura y el Jabuti. En homenaje a su memoria y con la esperanza de difundir su obra por estas latitudes compartimos a continuación su relato El botín, parte de Rio Noir, una aproximación a la ciudad de Río de Janeiro a través de la literatura negra brasileña. El libro, editado por Maresia Libros, recoge catorce relatos del género, cada uno ambientado en un barrio de la ciudad.

 

El botín

Le decían Ratón. Bajo, flaco, la cabeza con forma semejante a la de un roedor. La gente lo encontraba repulsivo. No era por las prendas que usaba o por la higiene personal. Vestía siempre de traje y corbata, ambos de segunda mano y bastante usados, aunque de buena calidad. Los zapatos y la ropa habían pasado por varios remiendos, algunos hechos por él mismo, pero los conservaba limpios y pretendía mantenerlos en uso el mayor tiempo posible. Hasta hace poco usaba sombrero de fieltro de ala ancha, regalo de un asiduo de Cinelândia. Era un sombrero bonito, pero Ratón acabó convenciéndose de que lo hacía parecer incluso más pequeño de lo que era, con todo y que tuviera la ventaja de esconderle el rostro, éste sí repulsivo debido a los dientes finos, puntiagudos y separados. Esa apariencia general provocó que desde chico buscara lugares sombríos y poco iluminados, lo que no siempre es fácil en una ciudad solar como Río de Janeiro, a menos que se convirtiera en un tipo solitario y nocturno. Lo que de hecho sucedió, no por culpa de su apariencia desagradable, sino de la policía.

 

Sucedió cuando vivía todavía en el centro de la ciudad, para ser más exactos en la región que va de Cinelândia a Lapa. Durante el día circulaba por Cinelândia y por las calles estrechas, casi callejones, que salen de la plaza en dirección a Lapa. Durante la noche frecuentaba los bares de Lapa. En Cinelândia organizaba y daba protección a menores que practicaban pequeños robos a transeúntes; en Lapa también organizaba y daba protección a las prostitutas, no a todas, claro, pero sí a un número suficiente para mantener su estilo de vida. En estos dos negocios, él mismo se encargaba de la contabilidad, era bueno en eso. Contaba también con Japa, un abogado inteligente y astuto que resolvía sus problemas con la ley, y cuyo trabajo, a pesar de ser un alcohólico incorregible, era satisfactorio. Además de ellos dos, había tres matones que se iban relevando en el mantenimiento del orden y en la protección contra la pasma. Finalmente, había una red de ojeadores, menores de edad, que funcionaban como radares de corto alcance, pero bastante eficientes. Ratón nunca había tratado con drogas y traficantes, los consideraba gente muy violenta y con el inconveniente de que atraían a la policía. Tampoco tenía ni usaba armas. Acostumbraba decir que sus armas eran su pequeña estatura, sus dientes afilados y la capacidad de desaparecer casi instantáneamente cuando era necesario. Siempre se consideró un emprendedor. Los chicos a los que protegía estaban obligados a ir a la escuela, de lo contrario no podían formar parte de su equipo; las mujeres tomaban regularmente clases de inglés básico, lo que facilitaba el contacto con los turistas extranjeros. Y, cuando era necesario, mandaba tanto a los niños como a las mujeres a un servicio de atención médica itinerante que recibía una contribución mensual de la pareja de socios a título de ayuda por servicios prestados a la población desasistida del centro de la ciudad.

 

Las cosas iban bien, sin mayores conflictos internos y sin problemas con la ley y el orden, hasta el día en que los polizontes se dieron cuenta de que todo le iba demasiado bien a él y a su socio abogado, y que hasta entonces no habían sacado ningún provecho de eso.

 

—Proxenetismo, prostitución y corrupción de menores, creación de banda organizada… Crímenes graves, ya que el segundo es considerado «crimen hediondo» y sin derecho a fianza. ¿Sabes lo que significa eso, Ratoncito de mierda? Significa que vas a pasar el resto de tu vida entre rejas, igual que tus hermanos animales que sirven de cobayas en los laboratorios de investigación. Con la diferencia de que tú, ni de lejos, tendrás el mismo tratamiento que ellos. Los investigadores que te van a cuidar serán tus compañeros de celda, y ellos no tendrán la delicadeza de los científicos de los laboratorios. Por la naturaleza de tus crímenes, puedo llevarte derechito de aquí al trullo. Ni sueñes en que vas a pagar la fianza y regresar a tomar una cerveza. Tu delito no tiene derecho a fianza. Te dicen Ratón y tú mismo te haces llamar así. Vas a tener envidia de los ratones que se pasearán por encima de tu cuerpo cuando estés durmiendo… Si consigues dormir algún día.

 

Ése fue el discurso del madero, que por su físico debía de pertenecer a algún batallón de la policía de choque, que fue a hablar con Ratón por la noche, en una calle de Lapa, cuando no había nadie cerca a quien pudiera pedirle ayuda.

 

—¿Qué podemos hacer para que nada de eso suceda? —preguntó Ratón en voz baja.

 

—No hables en plural. Aquí tú eres el ratón y yo soy el gato. Te espero mañana, a la misma hora; preséntate con el cincuenta por ciento de tus ganancias del mes pasado. Pon atención, no te estoy exigiendo tal o cual cantidad, te estoy exigiendo un porcentaje, cincuenta por ciento, la mitad del dinero recaudado el último mes… que de hecho será tu último mes, en caso de que intentes engañarme. Si tienes alguna duda sobre la posibilidad de que te convierta en un ratón de laboratorio, pregúntale a tu socio y abogado, que, por cierto, debería llamarse Zarigüeya.

 

Ratón no tenía intención de regresar la noche siguiente con la mitad de lo que habían recaudado el mes anterior para entregárselo a aquel policía. Pero tampoco pensaba seguir deambulando por Cinelândia o Lapa. Nunca tuvo vocación de ratón de laboratorio. La única solución era desaparecer. Llevándose su parte del dinero recaudado el mes anterior, naturalmente. El madero había acertado en la cantidad, «la mitad del dinero recaudado el último mes», la otra mitad Ratón la metió dentro de un sobre de papel de estraza muy resistente, pasó cinta adhesiva alrededor y se la entregó a su socio. A partir de entonces, se convirtió en un fugitivo, por lo menos en su cabeza. No era que toda la policía anduviera tras él «vivo o muerto», pero bastaba la existencia de aquel gorila y de sus cómplices para que se esfumara. La mañana siguiente, al amanecer, todavía estaba oscuro cuando dejó su sombrero de fieltro sobre el banco en el que acostumbraba sentarse en la plaza Floriano, en Cinelândia. Un recuerdo de Ratón para los que se quedaban.

 

El día ya había clareado cuando salió de la estación de metro de Siqueira Campos, en Copacabana, el único distrito que conocía tan bien como el centro de la ciudad, aunque no conociera a nadie. Como un ratón, conocía la geografía del barrio, no propiamente la geografía de la superficie y de sus habitantes diurnos, pero sí la geografía subterránea y a algunos de sus pobladores nocturnos eventuales. Por precaución, y por miedo al policía y sus compinches, empezó a moverse por el verdadero submundo de Copacabana. La baja estatura y la delgadez facilitaban su rápida desaparición y desplazamiento por la trama de galerías pluviales del subsuelo de Copacabana. Para eso, tuvo que librarse del traje y de los zapatos —todo cuanto había podido llevar consigo en la fuga— y hacerse con ropa usada de empleado de la alcaldía. El siguiente paso fue alquilar un cuarto en una pensión de mala muerte en la ladera de los Tabajaras. En realidad, no era ni un cuarto, sino la mitad de un cuarto dividido en el medio por un tabique de contrachapado. En cada mitad cabían apenas una cama individual y, debajo de la cama, un baúl pequeño con candado para guardar la ropa y las pertenencias del inquilino.

 

El tabique de contrachapado que separaba el cuarto en dos mitades no llegaba hasta el techo, sino hasta la altura de la puerta de entrada, donde se bifurcaba, permitiendo el acceso a las dos divisiones de la estancia. No obstante, para alguien que se desplazaba a través de las galerías de aguas pluviales y pasaba las primeras horas del día en la boca de ellas, aquel medio cuarto era un hotel de por lo menos una estrella.

 

Pasaron dos meses sin que tuviera noticias del policía y sus compinches. Ratón creía que no operaban en la Zona Sur, área de actuación de los maderos enchufados. Felizmente, aún no había sido descubierto por ninguno de ellos, si bien era cierto que durante el día sólo andaba vestido con el mono de empleado de la alcaldía, y que su miedo era ahora que algún vehículo municipal lo detuviera y le pidieran que se identificara. Por supuesto, no tenía ninguna identificación. Antes de ponerse a conseguir una, cosa que le costaría algún dinero, necesitaba ampliar su equipo de trabajo. Tenía dos mujeres que lo cuidaban y a quienes él cuidaba, el mismo tinglado de Cinelândia, y también algunos chicos que le proporcionaban algo de pasta con los objetos que sustraían a los turistas extranjeros, objetos que él se encargaba de vender. Había pagado los dos meses de hospedaje por adelantado y no pasaba hambre. Los ratones son así, pensaba. En el horóscopo chino está escrito que el ratón siempre encuentra el camino en los laberintos de la vida. No sabía si era exactamente eso lo que estaba escrito, pero era algo parecido.

 

Una noche en la que ya se había quitado el mono de la alcaldía, se había duchado y vestido con el traje nocturno, las dos chicas que trabajaban con él trajeron a una tercera. Joven como ellas. Tenía la apariencia de quien ya rodó lo suficiente como para tener estampado en la cara y en el cuerpo que no era una santa. Tenía la misma altura que él, lo que era raro, el cuerpo bien formado, a pesar de algunas marcas infligidas por la vida, y ojos atentos, expresivos e inteligentes. Cuando hablaba con él, la voz se volvía melodiosa.

 

—Mucho gusto, señor Ratón —dijo, en cuanto fue presentada.

 

—Querida, quien se llama Ratón no puede tener «señor», «don» o «licenciado» antes del nombre. Dime Ratón. Así es como me dicen. Y a ti, ¿cómo te llaman?

 

—Rita.

 

—¡Rita! Qué curioso, Rita y Ratón. Estamos hechos el uno para el otro.

 

Rita sonrió. Juntos, uno al lado del otro, parecían una pareja de hermanos circenses: misma altura, mismo tipo de físico, mismo color del cabello, sólo que no eran parecidos en las facciones. Rita no tenía cara de ratón.

 

Pasaron otros cuatro meses —seis en total desde que saliera de Cinelândia—, y Rita no se despegaba de Ratón. Era observadora, estaba alerta de todo aquel que se aproximara y tenía una inteligencia que sorprendía a Ratón un día sí y otro también. Sin que él se lo pidiera, Rita comenzó a cuidarlo, no sólo emocionalmente, sino también físicamente, y si bien era cierto que la muchacha no disponía de un físico de guardaespaldas, sus dos amigas aseguraban que Rita dominaba diversas técnicas de ataque y defensa personal, y que las haría servir sin dudarlo en caso de ser necesario.

 

Ratón quería llevar a Rita a conocer el Centro. Él mismo empezaba a extrañar la plaza de Lapa, los amigos que se quedaron allá sin que él tuviera tiempo de despedirse. El policía seguramente continuaba vigilando la zona, pues era ahí donde conseguía dinero y alimentaba su fama de tipo duro. Ratón estaba seguro de que si éste lo pillaba dos cosas podían sucederle: su cuerpo aparecería flotando en la bahía de Guanabara o despertaría encerrado en una celda después de pasar la noche en un hospital. De una cosa tenía plena certeza: el policía no lo olvidaría, y él era fácil de ser recordado. Antes de arriesgar la vida apareciendo por Cinelândia, lo mejor sería entrar en contacto con su amigo Japa para saber cómo estaba el patio.

 

La noche del miércoles, buen clima, temperatura agradable, llegó a Lapa por la calle más concurrida, vestido con la ropa de Rita y maquillado sin exageraciones para disimular la sombra de la barba, usando un gorro femenino con visera, gafas graduadas y zapatillas. No era llamativa como mujer, pero lo que importaba era no llamar la atención como hombre. Llamó a Japa desde la calle. El teléfono sonó hasta cortar automáticamente. Pasó por el bar que frecuentaban y preguntó al camarero que conocía dónde podría encontrar a Japa.

 

El camarero tardó un poco en dar la respuesta:

 

—Por lo que dicen, en el cementerio, Ratón.

 

—¿Asesinado?

 

—Es lo que dicen.

 

—¿Quién fue?

 

—Sólo sé que lo mataron. Cómo o quién fue, no lo sé.

 

—¿Cuándo fue?

 

—Poco después de que desaparecieras. Pensamos que tú también…

 

—Ocúpate de que lo sigan pensando.

 

Dejó una buena propina al camarero y trató de esfumarse de la zona. Para no correr el riesgo de darse de bruces con el policía, en vez de tomar el metro en Cinelândia, a una calle de donde estaba, caminó hasta la estación de Glória.

 

Llegó a la pensión mucho antes de lo esperado. Se quitó el vestido de Rita y los accesorios, se puso el mono de empleado de la alcaldía y aguardó a que Rita volviera, lo que dependía de la suerte y de la capacidad de seducción con la que hiciera su trabajo en la avenida Atlântica. Con el tiempo había aprendido a vivir aquella espera llena de conflictos y había aprendido también por qué los chulos golpeaban con frecuencia a sus mujeres. No era porque no les gustaran, sino porque les gustaban. Estos pensamientos fluían al mismo tiempo que el recuerdo de Japa. Un tipo muy enrollado, inteligente, un colega… El policía debía de haber golpeado mucho a Japa para tratar de descubrir su paradero, que ni el propio Ratón sería capaz de concretar… No estaba en ningún lugar, o, más bien, estaba en un no-lugar. Además, el hijo de puta del madero había matado a Japa. Si Ratón no hubiera huido, aunque hubiera avisado al amigo, el policía no habría tenido motivo para hacer lo que hizo. Pero la vida de los maleantes es así. Una cosa era segura, el policía había decretado que el plazo de vida de Ratón en la Tierra se había terminado. A partir de aquel momento podrían matarlo sin ningún aviso previo. Por el mismo motivo, Japa, hacía tiempo, vivía en permanente estado de anestesia alcohólica. Rita llegó cuando Ratón ya estaba durmiendo. Al despertar, la golpeó sin hacer ruido. No quería interrumpir el sueño de quien fuera que estuviese durmiendo al otro lado del tabique. Y tampoco quería lastimarla. Rita le pidió que no volviera a hacerlo, «no es necesario», le dijo, «estaré a tu lado mientras eso sea lo que quieras».

 

Vida de mierda. Tenía que largarse de la ciudad. No podía esconderse indefinidamente. Cualquier persona que lo hubiera visto aunque fuera una vez sería capaz de reconocerlo en medio de una multitud. Tenía que cambiar de ciudad o incluso de estado. Los ahorros que guardaba junto con Japa en la Caixa Econômica, y que ahora eran todos suyos, debían de ser suficientes para reiniciar la vida en algún lugar donde no tuviera que vivir escondido durante el día y abandonar su escondrijo nada más que de noche. No era un murciélago, a pesar de que suele decirse que los murciélagos y los ratones son parientes. En caso de que lo fueran, por lo menos él se había quedado con la mejor parte. No volaba, pero tampoco era ciego.

 

A la mañana siguiente, después de reconciliarse con Rita, decidió salir a verificar cómo estaba la cuenta bancaria que tenía con Japa. La sucursal estaba en la calle Catete, cuatro estaciones de metro después de Siqueira Campos. Acudió duchado, con un traje limpio y planchado, camisa formal y corbata, documento de identidad y tarjeta de la Caixa. Bajó la ladera de los Tabajaras como si fuera a coger su coche estacionado en Siqueira Campos, pero en lugar de subir al auto, que nunca tuvo, entró en la estación del metro, compró un billete de ida y vuelta, y en pocos minutos se bajó en la estación de Catete. Dependiendo del saldo total en la cuenta, si fuera alto o bajo, iría a São Paulo o a Vitória. No sabía explicar por qué una u otra. Tal vez el número de habitantes, la cantidad de gente en las calles, el modo de actuar de la policía…

 

—¿Señor? —Era el vigilante de la entrada que entregaba los turnos de espera.

 

—Quiero verificar el saldo de mi cuenta de ahorros.

 

—Para eso no necesita turno, puede consultarlo en el cajero automático. Cualquiera que esté libre. Ahí, en aquella hilera de cajeros. Basta usar la tarjeta.

 

Sacó la tarjeta del bolsillo, confirmó la contraseña en un pedacito de papel que guardaba dentro de la cartera y se apostó frente al cajero disponible más cercano. Escogió de entre las opciones aquéllas que precisaba, tecleó las dos contraseñas que el cajero le requirió y retiró el impreso con el saldo. No entendió de inmediato lo que estaba escrito. Retiró otro impreso, buscó al empleado que estaba orientando a los clientes y le consultó qué significaba lo que estaba escrito en la hojita de papel amarillo.

 

—¿Qué es lo que desea saber? —preguntó el empleado.

 

—Quiero saber mi saldo.

 

El empleado agarró el papel. Miró durante algunos segundos y dijo:

 

—Su saldo es cero, señor. Su cuenta de ahorros fue dada de baja.

 

—¿Saldo cero? ¿Dada de baja? Yo nunca la di de baja. ¿Dónde está mi dinero?

 

—Es mejor que hable con el gerente. Yo sólo oriento a los clientes en el uso de los cajeros.

 

 

 

Era un piso en la planta baja, al fondo, con las ventanas hacia ningún lugar a no ser a un muro que se caía a pedazos a dos metros de distancia de la ventana de la sala. La puerta del piso no había conocido la pintura y el timbre colgaba fuera del agujero en el que debía estar metido. Al menos funcionaba. Al segundo toque, una mujer de edad mediana abrió la puerta a la mitad y se quedó agarrando el pomo con una de las manos, mientras con la otra regulaba el vano de apertura.

 

—Buenas noches, mi nombre es Rita, soy…

 

—Ya sé quién eres —dijo la mujer de manera claramente antipática—. ¿Vienes en busca del botín o de tu hombre?

 

—¿Quién eres?

 

—No me tutees. Trátame de «señora». Soy hermana del socio de Ratón. Y repito la pregunta: ¿vienes a buscar el botín o a Ratón?

 

—¿Sabe dónde está?

 

—Claro. En el mismo lugar adonde él mandó a mi hermano.

 

—¿Está preso?

 

—No. Está muerto.

 

Se quedaron en silencio. Las dos mujeres seguían en el umbral de la puerta, una del lado de adentro, agarrando el pomo y la puerta, la otra del lado de afuera, los brazos sueltos a lo largo del cuerpo. Ningún ruido llegaba del interior del piso; un ruido indiferenciado llegaba de la calle, como si estuviera muy distante.

 

—¿Muerto?

 

—O desaparecido, que es lo mismo.

 

—¿Y esa otra cosa que me preguntó si venía a buscar?

 

—¿El botín? ¿No sabes lo que es? Es lo que se roba a los pringados, el producto del trabajo ilícito, del hurto. ¿O crees que lo que Ratón hacía era trabajo legal?

 

—Ha dicho que su hermano y él eran socios.

 

—Mi hermano era abogado. Se dedicaba a sacar a tu hombre de la cárcel o a evitar que lo enchironaran. Ratón le pagaba a mi hermano por sus servicios de abogado. No se dedicaban a lo mismo.

 

—No sé su nombre.

 

—Zilda.

 

—No sé por qué me habla de esta manera. Yo no conocí a su hermano, ni te conozco a ti, o a usted, como quiera. Vine aquí porque Ratón me dijo que, si tenía problemas, buscara a su socio, y me dio esta dirección. No vine a discutir ni a pedirle nada a nadie. Sólo quería que alguien me dijera qué le habían hecho a Ratón.

 

—Ya te lo he dicho. Probablemente lo mismo que le hicieron a mi hermano. Lo golpearon hasta matarlo, después tiraron el cuerpo en un agujero cualquiera.

 

Rita se quedó mirando a Zilda sin saber qué decir. Esperó a que la otra dijera o hiciera algo, pero ella continuaba agarrando el pomo de la puerta con las dos manos. Como nada sucedió, Rita giró el cuerpo y salió en dirección a la portería del edificio.

 

 

 

Muerto. Cada día que pasaba aquella palabra significaba cosas distintas. Algunas veces significaba hasta su opuesto, vida, pero ésta también perdía valor, para significar apenas «no-muerto». La cabeza de Rita no había sido alimentada lo suficiente con ideas capaces de colmar el vasto vacío que sentía desde que Ratón desapareciera… o muriera, como había dicho Zilda sin ninguna delicadeza, sin diferenciarlo del hermano «que había muerto de la misma manera que Ratón». Ni siquiera había hecho distinción entre la muerte de Ratón y la de su hermano. Eran muertes baratas, muertes de segunda categoría, sin ceremonias o emociones. Tan pobres que ninguno de los dos portaba un nombre. Uno se llamaba Ratón y el otro Japa.1

 

Rita no sabía qué decir y tenía dificultad para saber cómo expresar sus emociones, como si hubiera catálogos de sentimientos para las clases privilegiadas, uno para cada situación, y ella no tuviera referencias personales o literarias que la ayudaran en esos momentos. Por eso no sufría, por vergüenza de sufrir de forma equivocada. Ratón era su único referente para situaciones como ésta.

 

Se puso a caminar sin saber qué camino tomar. Ratón hablaba mucho de Cinelândia, así como del ajetreo de Lapa. A Rita no le gustó Lapa, o no le gustó la hermana de Japa, que vivía en Lapa, y extendió su disgusto al resto del barrio, que ni había llegado a ver bien. Preguntó cuál era el camino más corto para llegar a Cinelândia y siguió las indicaciones, con la esperanza de encontrar a Ratón o algún rastro suyo. No estaba vestida «para trabajar», y su tipo menudo y la ausencia de maquillaje la hacían parecer una joven recién salida de la adolescencia y curiosa por la vida adulta. Le dijeron que aquella era la noche más movida y animada de Lapa y cercanías. Pero ella no estaba interesada en la animación del lugar, lo único que quería era moverse en medio de la multitud sin ser notada. Así lo hacía Ratón. Y por eso no entendía cómo lo habían pillado. Desde que había huido de Cinelândia era extremadamente cuidadoso; además, sabía disfrazarse. A pesar de su fisonomía tan peculiar, conseguía pasar desapercibido incluso entre la gente que lo conocía desde hacía mucho tiempo. ¿Cómo lo habrían atrapado? Mientras buscaba la boca del metro, Rita intentó ponerse en el lugar de Ratón y pensar lo que él pensaría si le echaran el guante.

 

Lo primero que pensó fue que a Ratón sólo lo pescarían si fuera víctima de una trampa resultado de una delación. No caería en una celada por distracción. ¿Y quién sería capaz de maquinar ese ardid? No tenía amigos, no andaba en cuadrilla, hablaba sólo lo necesario, poca gente sabía de su vida y de sus hábitos. Y apenas unas cuantas personas serían capaces de tenderle una emboscada. La primera de esas personas era Japa, pensó Rita, por su cercanía y porque conocía íntimamente a Ratón, además de ser socio en sus negocios y su abogado. La segunda era Zilda, hermana y custodio de Japa, que conocía a Ratón tanto como a su hermano. La tercera era ella misma, Rita, que vivía y dormía con Ratón, aunque para ella Ratón era todavía un misterio. Y, finalmente, las dos amigas que se lo habían presentado, a las que protegía, y que sabían dónde vivía. Ésas eran las cinco personas que podrían haber armado un lazo contra Ratón o servido como delatoras a la policía.

 

La primera de las cinco en ser eliminada de la lista era ella misma, a menos que estuviera loca, y si estuviera loca no tendría capacidad para montarle una trampa a un sujeto tan inteligente y astuto como Ratón, además de que no estaría ocupándose de descubrir quién había urdido la traición. Las dos amigas y protegidas de Ratón podrían ser, como máximo, alcahuetas, e, incluso así, sólo podrían salir perdiendo, aparte de que no tenían la inteligencia necesaria para idear un plan para delatarlo a la policía. Quedaban, pues, Japa y su hermana, justo los dos más cercanos, tanto física como históricamente. Japa, sin embargo, nada ganaba: sobrevivía y mantenía a la hermana con el reparto del jornal obtenido a través de los trapicheos de Ratón; amén de que los dos eran amigos íntimos desde la adolescencia, y Japa cada día estaba menos tiempo sobrio. Quedaba Zilda. Guardiana del hermano alcohólico, resentida y furiosa, tampoco tenía nada que ganar. A no ser una buena parte del botín… que ella había sido la única en mencionar.

 

Dentro del metro, en el recorrido de vuelta a casa, Rita hizo un esfuerzo para articular un sentido en lo que parecían elementos distintos y sin conexión alguna entre sí. Si no podía contar con la presencia física de Ratón, podía pensar en él e intentar descifrar lo que había pasado.

 

Desaparición o muerte eran la misma cosa, según Zilda. Y ella podía saber de la desaparición de Ratón por el simple hecho de que no había sido visto más por el barrio, pero ¿cómo podía saber que había muerto? Y si había un botín o dinero —y ella había sido la única en mencionar que lo había—, ¿quién se lo había quedado? Finalmente, ¿cómo había podido decir, al abrir la puerta, que ya sabía quién era ella, si sólo había aparecido en la vida de Ratón dos meses después de que él huyera de Cinelândia?

 

El metro llegó a la estación de Siqueira Campos. La subida de la ladera de los Tabajaras era un poco acentuada, pero Rita estaba tan ensimismada que comenzó a subirla como si estuviera caminando por una planicie. La cuestión era que ya se había hecho algunas preguntas para las que no encontraba respuestas y que, antes de completar la cuesta, ya había decidido regresar al piso de Zilda para resolver las dudas que quedaban. Entre otras, la duda sobre el dinero de Ratón que habían retirado de la Caixa —el botín que Zilda le había preguntado si había ido a buscar—. Y, por último, ¿cómo Zilda había podido saber quién era ella?

 

La mañana siguiente, salió de su casa antes de que amaneciera, quería encontrar a Zilda durmiendo todavía.

 

Ya había perdido a Ratón. No tenía nada más que perder.

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