Terror en las cárceles femicidas

Alegría enorme para les fanátiques de la novela fantástica, “negra” y de terror: volvió a publicar Leonardo Oyola (1973), que alcanzara la fama con la reproducción fílmica de su novela de 2011 Kryptonita, que cuanta con las más variadas cocardas con las que el mercado editorial puede premiar el trabajo de une escritore: editado por Juan Sasturain, reconocido por Clarín y la Revista Ñ (que no es lo mismo pero es igual) y entronado por Eterna Cadencia y la Semana Negra de Gijón, un escritor que atrae y seduce a lo más alto de la gran industria editorial así como a los popes de la “independiente”, palmeado por los mejores escritores de su género ahora, para más gloria, devenidos en altos funcionarios de la cultura en sus respectivos gobiernos “progresistas”.

Su Ultra/Tumba tiene lo mejor de su estilo tan personal pero da un salto novedoso, nuevo efecto del cimbronazo que produjo el terremoto feminista en la conciencia colectiva argentina desde el niunamenos del 3 de junio de 2015 hasta hoy. Oyola se arriesga a imaginarse las experiencias emocionales y racionales de mujeres en situación de presidio, a construir una metáfora fabulosa, contundente y entretenida desde el punto de vista de las mujeres encarceladas. Cada quien tendrá su opinión subjetiva sobre los resultados, pero la novela objetivamente se trata del mayor grado posible de empatía con el género femenino del que es capaz un varón que reivindica su masculinidad en nuestra sociedad.

 

Bajo el mandato de Boedo

La literatura de Oyola nos gusta –aunque es muy difícil acceder a sus libros, ya sea porque están agotados, ya sea porque son carísimos, ya sea porque están editados en otros países inalcanzables- sobre todas las cuestiones porque revive el espíritu arquetípico, mitológico casi, del grupo boedo y lo instala desde el máximo cielo posible de la literatura contemporánea, las páginas físicas y virtuales de Random House. Es un hecho político que merece toda nuestra atención esta nueva generación que ha logrado sostenerse con los más refinados criterios de admisión del oficio literario a pesar de resucitar para el presente la intención política más izquierdista de nuestra tradición cultural.

En el mismo camarote que Kike Ferrari por un lado, compartiendo el barco de Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara por otro, Leonardo Oyola insiste en inventar ficciones y personajes que pongan como protagonistas a las clases sociales explotadas y oprimidas de la sociedad donde nació, se crió y sostiene su vida.

La literatura de estos neo-boedistas comparte las potencias y límites de la operación empática con las personas a las que pretende dar voz. Porque el esfuerzo de Boedo consiste en eso, en darle voz y protagonismo a quienes el Estado y las clases sociales dominantes pretenden acallar, invisibilizar, domesticar para mejor explotar. Fuera de la discusión sobre las posibilidades revolucionarias de la literatura, nos parece siempre encomiable y digno de apoyo el esfuerzo de estes literates por darle voz a quienes más la merecen y menos la encuentran.

No se trata tampoco de escriteres tan alejados de esos sectores sociales. En esta decisión política y estética por retratar a les desposeídes, también reivindican su pertenencia a esta identidad colectiva. Leeremos siempre el apellido de Oyola en entrevistas y comentarios sobre su obra que lo destacan por provenir de uno de los barrios más castigados del AMBA, su orgullosa pertenencia a Isidro Casanova, República de La Matanza, de donde surge siempre su más genuina imaginación. Como cualquiera que mantenga firme su deseo de desnudar al universo la gloria y miseria de su propia aldea, Oyola expresa también esa tensión de quien se reivindica obrero, villero, o algo por ese lado, pero siente la culpa íntima del sobreviviente, del que pudo zafar de los peores destinos comunes y accedió al dinero y los conocimientos simbólicos necesarios para dedicarse a la literatura en una sociedad obsesionada con cortar ese acceso para las millones de flores que seguimos creciendo en el barro.

Este hecho se comprueba en el léxico en que hablan personajes y narrador de Ultra/Tumba, comprensible sólo para quienes comprendan las leyes propias de ese nuevo lunfardo moderno que es el chamuyo con “berretines”, surgido en las últimas décadas, igual que el lunfardo hace cien años, entre las cárceles y las barriadas obreras, con la intención de dejar fuera de la comprensión de lo que se dice a la policía y los representantes de instituciones estatales enemigas. Que Leonardo Oyola lo utilice con la naturalidad de quien lo ha mamado, sin pretender explicárselo del todo a lecteres ajenos a esta realidad es una de las decisiones políticas que más aplaudimos de este escritor. Aquí también haciendo honor a Roberto Arlt, que metió el lunfardo de prepo en las alturas de la literatura argentina, para que los grandes teóricos se limen los cuernos debatiendo sobre su léxico y las posibilidades lingüísticas mientras sus lecteres nos regodeamos de alegría al ver nuestras voces y las de nuestros barrios galopando impunes en el Olimpo vedado.

En el tono de Ultra/Tumba hay, con todas las observaciones que se le puedan hacer, un abordaje mucho más realista de la situación a la que son sometidas las mujeres pobres condenadas que las caricaturas donadas por la televisión argentina en las últimas décadas desde Tumberos hasta El marginal. En estos productos se nota a simple vista que sus creadores miran de afuera el mundo que recrean para espantar las conciencias sensibles de un público que también mira de afuera, la remanida clase media de las grandes ciudades. Ambos, creadores y público, comparten una fascinación erótica por un universo al que temen con un terror irracional y que necesitan purgar y exorcizar, calmando sus conciencias y votando en consecuencia.

Nuestres boesistas del siglo 21 no caen en estos lugares comunes. Ahora bien, el límite de estos ejercicios ficcionales de empatía con colectivos que apoyamos, del que formamos parte en una generalidad que nos conecta como clase, pero que expresa una vivencia notoriamente distinta es claro: añoramos el día en que les sujetes sociales que crean la posibilidad de la vida en la Tierra no tengan que depender de otres para ejercer su derecho a ser oídes, que puedan ejercer su propia voz. En las primeras páginas Oyola parece reconocer este mismo deseo citando a Camilo Blajaquis, nombre autopercibido y seudónimo que nos permitió leer las experiencias y sentimientos de la clase obrera obligada a nacer y criarse en nuestras barriadas obreras que llamamos villas de su propia mano, sin intermediaries ni intérpretes y que no para de desplegar toda su potencia estética y política en su producción fílmica con su nombre de cuna, César González.

Es que mientras trabajamos y luchamos para parir un mundo donde cada explotade y oprimide pueda ver impresas en papel o en pantalla sus propias experiencias sensibles, sus deseos y frustraciones, en suma, la forma que toma en sus biografías la presión que este mundo les inflinge, saludamos los esfuerzos de quienes han llegado a gozar del derecho a la palabra y pueden hacerla oír por los únicos canales de difusión masiva de nuestra sociedad, por elegirse megáfonos de quienes somos privados de ese derecho elemental.

 

El estilo Oyola y la cultura popular

Su estilo particular, reivindica el derecho de poner en juego todas las historias que le nutrieron la infancia y adolescencia, desde las historietas y los dibujitos animados que pudimos ver en la tele, las pelis de ciencia ficción, de terror y de zombis, hasta las publicidades que más nos impactaron, por graciosas o pedorras, pero sobre todo la filosofía de las canciones con las que nos enamoramos en las bailantas, cumples de quince y casorios de nuestra biografía. Oyola es uno de los mejores y más audaces promotores de la cultura popular de nuestra literatura. En esta nueva novela construye su universo siguiendo la canción más popular de Marco Antonio Solís difundida por Maná, “Si no te hubieras ido” pero nos ametralla el cerebro, la nostalgia y la satisfacción detectivesca adolescente con referencias a novelas de Stephen King, la serie Lost, Dragon Ball, telenovelas brasileñas y todo lo que nuestras generaciones criadas en los 80 y 90 podamos descubrir y redescubrir.

A Oyola no lo intimida alguna acusación de plagio, tampoco recurre a estas raíces para zafar con impunidad de falta de imaginación. Utiliza la licencia de la ficción para darle realismo y verosimilitud a sus personajes no desde la descripción filosófica de sus miradas existenciales, sino desde la carnadura de estos seres que, como nosotres, son la expresión emocional y racional, más o menos consciente, de los elementos culturales que nos nutrieron.

Un ejercicio realizado con tal maestría para demostrar esa tesis brillante del historiador italiano Carlo Guinzburg que revolucionó su disciplina en 1976 con su la publicación de su meticulosa investigación El queso y los gusanos, sobre la particular interpretación de la teología de la Biblia hecha por un molinero asesinado en la hoguera por hereje en el siglo 16. Usando el método genealógico propuesto por Michel Foucault, Guinzburg indaga en los archivos de la Santa Inquisición Católica las confesiones bajo tortura de este pequeño comerciante que re-interpretaba la voluntad de dios de acuerdo a los intereses de su propia clase social y contra los intereses de la curia y los señores feudales que les explotaban. Lo que demuestra Guinzburg es la base filosófica que tan bien defienden las ficciones de Oyola, a saber, que los caminos para construirse una idea personal de cómo funciona el mundo no son únicamente los que promueven las instituciones de la “alta cultura”, la escuela, la universidad, los manuales o los discursos oficiales. Las clases desposeídas, aún sin saber leer o escribir, no dejamos de elaborar una conciencia propia que nos explique la maquinaria de la realidad y nuestro lugar en ella, lo hacemos de todas formas tomando los elementos que tenemos a mano.

Eso es lo que les da vida a les personajes de Oyola que nos hace sorprendernos y entusiasmarnos, porque sonreímos en cada página escuchando razonamientos que alguna vez hicimos o que seguramente hicieron –mate, birra, porro de por medio- amigues nuestres. Nos reconocemos en los espejos que inventa Oyola precisamente por esta comprensión que tiene sobre la cultura popular y su poder de moldear conciencias y emociones.

 

Límites y alcances de la empatía

Oyola asumió un desafió muy delicado, volver a los temas y emociones que lo definen pero dando el paso audaz de ponerse a mirar el mundo desde el lugar de un género que no sólo nunca vivenció, género cuyo destino en nuestra sociedad es ser oprimido por el género en el que el autor fue criado.

Como en su genial Chamamé, Oyola vuelve con Utra/Tumba al universo de las cárceles argentinas con un doble concepto, empatizar con el punto de vista de las personas explotadas y oprimidas, pero esta vez reflexión desde el punto de vista del género opuesto al propio.

Hay que confesar que encaramos la lectura con el prejuicio justificado, esperando indignarnos con el atrevimiento de un varón poniéndose en el cuerpo y la cabeza de mujeres. Cuando las primeras líneas nos mostraron que para colmo eligió un hilo argumental basado en la historia de amor doblemente prohibida dentro de un penal, por lésbico y porque une a una presa con una “empleada”, sopesamos seriamente la intención de escribir una reseña impiadosa.

Pero Oyola siempre nos baja la guardia con su literatura. Qué bien que escribe este muchacho, carajo. No nos amedrentamos, sin embargo, pero descubrimos en toda la voraz lectura algo mucho mejor que esa increíble capacidad de este escritor por mantener la angustia y el suspenso de una trama que todo el tiempo se muestra previsible y sorprende sin darte chances de respirar.

Creemos que Oyola en ningún momento se pone más arriba de su propio límite para comprender las vivencias del género que desconoce, mantiene todo el tiempo un cuidado por los personajes que recrea que no le hemos visto en otros trabajos. Ese respeto nos terminó por disuadir, cuando la obra ya nos había demostrado que nos iba a satisfacer el deseo por entretenernos.

De conjunto, nos pareció un hermoso y tierno ejercicio por darles a las mujeres presas con las que convivió durante los talleres literarios que dictó en unidades penitenciarias “femeninas” una historia que al mismo tiempo pudiera entretenerlas y les sirviera para elaborar emocional y racionalmente las conclusiones posibles de su situación de presas.

Mostrando la hilacha

Algunas situaciones, no obstante, pusieron en riesgo esta mirada simpática con la novela. En primer lugar, algo que ya le leímos en otras, es una especie de fascinación exagerada con los costados más violentos y escatológicos de sus personajes. Oyola no sólo comprende y banca de dónde surgieron sus héroes y heroínas, a veces nos parece que les admira, abandonando una crítica.

Aunque pueda ampararse en la defensa universal de les literates, que sus personajes no reflejan la mirada y opiniones del autor, hasta les defenseres más radicalizades de Bakhtín deben reconocer que detrás de las voces de cada enunciatario ficticio operan las decisiones estéticas, políticas y morales, concientes o inconscientes, de sus creadorxs. En esta novela, por más responsabilidad que le reconozcamos, Oyola no puede escapar a los límites de quien recrea en su imaginación un universo que no ha sufrido en carne propia. Por más cercano y empático que haya sido su experiencia en los talleres literarios, ni Oyola ni nadie puede sentir y pensar como las personas que son fuente de sus mecanismos de ficcionalización. Porque esas experiencias son intransferibles.

En donde más se nota la hilacha es en las escenas de sexo lésbico, que no superan la imaginación del porno hecho por pajeros para pajeros y que no llegan ni cerca a provocarnos el erotismo particular de la poética escrita o filmada por lesbianas, con conocimiento de causa. Aunque compartida por muchas, nos parece que la imagen del comienzo (¿Qué se abre primero? ¿La cabeza? ¿El corazón? ¿O las piernas?) es propia de una visión masculina de la sexualidad que se asigna a las cuerpas con vulva, que reduce a la “receptividad del falo” toda su inagotable potencia. Cuánta poesía lésbica existe ya, de diferentes orígenes de clase y nacionalidades, que nos ha permitido superar la objetivación del deseo afectivo-sexual en las piernas abiertas, para recolocarlo en la vulva palpitante, o la piel.

La novela de Oyola es, finalmente, como cualquier novela genial, una hermosa metáfora muy bien edificada para transmitir una tesis, que entiendo se concentra en la reflexión de Baldosa, la interna que pudo reflexionar sobre los traumas que la vida carcelaria le provocaba, un nivel de alienación que la hacía sentirse más “a gusto” adentro que afuera. Tiene el mérito de citarnos una cantidad importante de textos producidos por verdaderas protagonistas que sirvieron de fuentes para sus personajes, mujeres privadas de su libertad que lograron decir esta boca es mía en compilaciones de diferentes talleres literarios.

Sin embargo, después de citar el libro de una obrera que había estado presa en una cárcel yanqui:

“Era allá.

Y era acá.

Y era la misma mierda en todos lados.

Todo el tiempo. No importaba la década o el siglo.

Para el que le tocó estar preso y después salir: esa era su cruz.”

 

Con honestidad y ternura el autor se desnuda y denuncia lo que ha comprendido, lo que le han enseñado estas experiencias que tan hondo lo calaron, al punto de incluirse él mismo detrás de ese masculino plural que sobrevivió a todas las instancias de corrección que imaginamos soporta una obra publicada por Random-House.

Aunque nos sorprende que una mujer en situación de cárcel, en una novela unánime de personajes femeninos, reflexione usando el masculino neutro. Se nos acusará de detallistas, exageradas e histéricas, pero no podemos evitar pensar que Leonardo Oyola llega al máximo de empatía posible y trastabilla con los límites patriarcales que el castellano le obliga, ponerse él mismo y su género por encima de las voces que pretende glorificar.

Esperamos que este señalamiento no alcance para que vuelvan a tildar nuestra crítica de intencionada o maliciosa. La novela se sostiene por los méritos que ya señalamos incluso a pesar de sus límites, que no tienen manera de ser salvados. Para leer una literatura que refleje verdaderamente el punto de vista de las mujeres que han sido sometidas a las presiones materiales y simbólicas de esta sociedad patriarcal y supere los límites insalvables de un varón cis aliado, no dá pedírselo al autor criticado, corresponde leer a las mejores voceras de su género y condición: Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara, Camila Sosa Villada y Dolores Reyes, entre quienes hemos podido leer.

 

Cárceles femicidas

Notamos para finalizar que el autor no pudo contenerse y decidió que la novela pusiera en confrontación a sus protagonistas con los códigos de las tumberas. Esto también la coloca en un territorio polémico. La construcción de personajes y trama nos lleva a empatizar con la Ñeri Graciela hasta su decisión final, en la que se ponen explícitamente en debate sobre las lealtades a todas las leyes no escritas que rigen la vida de las personas en situación de privación de la libertad.

La novela apunta a reflexionar sobre los intereses comunes de las internas por sobre sus diferencias y las divisiones artificiales que establecen los códigos tumberos, es un llamado a reconocerse víctimas en distintos grados del mismo enemigo, de ahí el poder de la metáfora de las muertas en vida y las resucitadas, como descubre una de las personajes que mira en un plano abierto las consecuencias de la trama que no vamos a espoilear mucho:

“Ya no importaba si eran infanto, del psiquiátrico, del pabellón D, evangelistas, Culisueltas o de la ranchada de la Ñeri Gracriela, De provincia o de Capital. De Paraguay, Brasil, Chile, Bolivia o Perú. Si eran morochas, coloradas o teñidas. Si iban a salir y hacer buena letra o si más temprano que tarde iban a volver a entrar. Eran chicas muertas. Más chicas muertas.”

Una selección de palabras que respeta el hilo argumental pero que no podemos dejar de relacionar con el título de la novela de no-ficción de Selva Almada de 2014, Chicas muertas y por lo tanto, una reflexión sobre el presente femigenocidio en el que vivimos.

Es otro riesgo que Oyola decidió tomar, siempre que la posición moral del autor se hace evidente y roza el límite de pretender decirle a las internas de qué viene la mano. No estamos en contra, todo lo contrario, nos encanta que les literates salgan del biombo de sus personajes y dejen de lado la coartada de “les diferentes enunciadores” para decirnos lo que piensan sin caer en el panfletismo burdo. Incluso nos encanta algo del panfletismo burdo.

Creemos que Oyola se ha tomado muy a pecho estos desafíos y nos parece que la novela no decepciona, aunque nos vemos obligadas a señalar que si las colectivas feministas no aceptaran el código del establishment cultural de no criticar en público -la omertá que impera en los elevados jardines de la República Cultura-, Ultra/Tumba viene con todos los ingredientes para justificar un debate picante.

 

Título: Ultra tumba

Autor: Leonardo Oyola

Editorial: Random House

240 páginas

Sobre El Autor

Leo Grande Cobián (1977) publicó dos libros, "El retrato de Santos Capobianco", 2015 de relatos y "La Asunción, informe de actividades" en 2016, novela de ciencia ficción. Trabaja como docente en escuelas medias del Estado, fue militante trotskista en frentes sindicales, barriales y universitarios y Editor Jefe del Mensuario Cultural "El Aromo" entre 2003 y 2006.Sostiene un blog con ensayos, reseñas y producción literaria propia desde 2014, Los viajes de Mburucuyá Capobianco Cigalí Paraná, tal su nombre artístico en esta etapa de su transición.

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