CUENTOS DE LA INDIA

Un rey que descubre que ha recorrido una distancia de varias jornadas en algunos breves minutos, un pueblo que muere de hambre mientras dura el amorío entre dioses y reyes, un noble que se convierte en enano y sale a recorrer el mundo, un mismo sueño cuyo significado y cumplimiento se acomoda a las necesidades de los soñadores. Dos ejemplares de la inabarcable literatura del Subcontinente, en esta primera entrega de cuentos breves de la India.

“Por desgracia los indios no dan mucha importancia al curso histórico de los acontecimientos;

son muy descuidados en la enumeración cronológica de sus reyes y,

cuando se los insta a una aclaración y no saben qué decir,

están en seguida dispuestos a contar cuentos.”

al-Baruni (c. 1000 d.C.)

Desde el siglo X, cuando los turcos ghaznevidas tomaron dominio del Subcontinente, hasta solo unas pocas décadas atrás, cuando los ingleses abdicaron al mismo, India fue despectivamente catalogada por las potencias extranjeras de “a-histórica”.

Sin embargo, los indios han sido siempre conscientes de la importancia de los procesos sociales, de la íntima relación de los sucesos a lo largo del tiempo, del perfecto juego de acción y reacción en el que se encuentran implicados su gente y el resto del mundo.

Mas es verdad que a la hora de ordenar cronologías, de fechar acontecimientos, de calcular la duración de reinados y dinastías, de estipular los nombres de los actores principales o de los sitios relevantes, no han sido ni por poco precisos o exhaustivos. Se podría afirmar entonces y ya sin caer en error, que India ha sido “a-historicista”.

El desinterés indio por esta manía de fijar nombres y fechas (legada por la modernidad y aplaudida por el neopositivismo), hunde raíces en una visión universalista de la realidad: el quid radica en la naturaleza del hecho, y no en sus múltiples posibles manifestaciones, la importancia está en la obra, en el aporte, y no en su hacedor, el lugar o el momento.

Bajo este orden de prioridades, los indios fueron anónimos y fecundos creadores. Mientras los escribas encargados de la administración egipcia se convertían en una casta especial omnipresente. Mientras los chinos canonizaban sus métodos historicistas y su burocracia se nutría de infinitos documentos. Mientras los musulmanes elaboraban un minucioso método exegético basado en una extensísima cadena de testigos fidedignos. India se desentendía del dato prosaico y colmaba su mundo (y el Mundo) con la más maravillosa variedad de frutos de los distintos saberes humanos: filosófico, religioso, artístico, científico, tecnológico.

Sobre todo en lo atinente al arte, la acción creacional era muy frecuentemente dedicada a un Dios. El artista no realizaba su obra siguiendo reglas estéticas, no buscaba la consagración entre los hombres, sino la aceptación de la divinidad. Cumplida esa función, el acto devocional encontraba un nuevo objeto. La obra anterior era simplemente dejada a un lado, librada a la suerte del destino (podría pasar a la posteridad, olvidarse, deteriorarse hasta su desaparición, o ser reutilizada). En el más esencial de los sentidos el artista indio hacía suya la famosa frase de Paul Valéry: “Las obras no se acaban, se abandonan”.

No es muy difícil el resultado de una visión tan trascendental en términos productivos. Baste detenernos en una sola de sus formas: la literatura, para comprender la magnitud de la labor india. La literatura del Subcontinente, igualmente importante en sus formas oral y escrita, es una de las más prolíferas e importantes de la historia de la humanidad. Obras religiosas, escritos exegéticos, tratados políticos, textos épicos, poesías, novelas, cuentos breves. Ninguna forma queda fuera de sus fronteras, y los préstamos que ha realizado al mundo son y han sido siempre significativos.

Sus autores poco importan. En su mayoría se desconocen. Otros se adjudican a alguna figura semilegendaria, sin considerar necesaria una lógica de contemporaneidad entre la obra y el creador.

Los autores de los dos textos que presentamos a continuación a nuestros lectores –apenas un par de gotas de un mar inabarcable- así como las fechas en que han sido escritos no han llegado hasta nosotros. Sería posible sino calcular al menos limitar estas últimas a través de un trabajo deductivo: siguiendo la ascendencia de los nombres de sus protagonistas, deteniéndonos en las características de las divinidades que participan, reparando en las diferentes escalas sociales y funciones de los personajes. Pero dejemos esta infértil tarea a esos espíritus hoy en día tan numerosos que gozan con el dato anecdótico, y que precisamente por ello nunca ocuparán un lugar importante en nuestra historia.

Martín Lo Coco

El rey y la aurora

El rey Sanvarana, hijo del oso, con sus cortesanos y amigos, y rodeado de monteros y jaurías de perros, fue un día de cacería por un agreste paraje de espesa vegetación y enormes peñascos.

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Se internó un poco en lo más intrincado del bosque, persiguiendo un animal herido y se encontró perdido y aislado de sus compañeros. Los llamó a gritos, pero nadie le respondía. Escuchó, por si percibía los aullidos de los perros o los gritos de los monteros, pero no se oía el menor rumor. Un profundo silencio lo rodeaba. Desorientado, no sabía adonde dirigir sus pasos y se le ocurrió escalar el pico de un escarpado monte, y desde allí pudo divisar a sus compañeros de caza, que se hallaban a una distancia inverosímil, tanto que para recorrerla se hubieran necesitado varias jornadas. Sólo por arte de magia parecía posible haberse podido alejar tanto en tan poco tiempo. El Sol se había puesto ya, y la noche se le echaba encima. No teniendo más solución que dirigirse hacia donde los había visto, emprendió la marcha a través del monte, saltando peñas y abrojos y rasgándose sus vestidos entre los zarzales. Ya empezaba a impacientarse pensando que durante la noche podía ser devorado por alguna fiera, o despeñarse por un precipicio si caminaba en las tinieblas, cuando decidió buscar un refugio donde esperar hasta el día siguiente. Pero de pronto vio en la cumbre de una montaña una doncella de extraordinaria belleza, quedando extasiado ante aquella aparición, y, olvidando al instante sus pesares, se dirigió a ella, que le atraía con una fuerza irresistible.

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Cuando la tuvo cerca, quedó fascinado ante su deslumbradora belleza, y, sintiéndose ciegamente enamorado, le declaró con ardientes palabras su encendido amor. Pero la maravillosa visión, sin querer escucharle, huyó, escondiéndose entre las nubes.

El enamorado Rey la buscó como un loco, sin lograr dar con su paradero; subió a las altas cumbres con la ansiedad de divisarla y recorrió el profundo valle en busca de la joven, hasta que, agotadas sus fuerzas, cayó en tierra, exánime.

Compadecida la doncella del enamorado mancebo, se acercó a él, tratando de reanimarle. Y éste se sintió feliz al despertar y verla a su lado.

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De nuevo le confesó su pasión, y ella, convencida de la sinceridad de sus palabras, le aceptó, invitándole a que la pidiera a su padre, el Sol, y desapareció de nuevo, dejando al doncel sumido en el más profundo dolor, que le hizo caer desfallecido.

Los ministros y cortesanos, alarmados por su ausencia, recorrieron impacientes el bosque hasta dar con él. Le encontraron sin sentido, haciéndole reanimar con sus cuidados. Vuelto en sí, se negó rotundamente a acompañarlos, comunicándoles, con firme voluntad, que deseaba quedarse allí. Desalentados, los cortesanos tuvieron que volver al palacio y mandar quien aconsejase al Rey. Eligieron para ello al sabio varón Vasichta, que, enterado del amor de su Monarca, consiguió del Sol que accediese a desposar a su bella hija con el apasionado Soberano. Y se celebraron con gran esplendor las bodas.

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Pasaron muchos días entregados a dulces coloquios de amor, en un fantástico palacio dorado, con jardines de ensueño y músicas arrulladoras.

Pero en la tierra, mientras, no llovía, las plantas se morían de sed, los animales enfermaban por falta de agua y la tierra se resquebrajaba. El mundo, sojuzgado por el terrible Suchira, padecía angustiosos tormentos. El pueblo, con sus sacerdotes al frente, acudió a rogar al Monarca que no les dejase sucumbir con el fuego de la tierra, y el Rey, compadecido de los sufrimientos de su pueblo, abandonó su dulce descanso y volvió a su palacio a hacerse cargo de los asuntos de su reino. Allí ordenó a Indra que derramase sobre la tierra agua en abundancia, apagando el fuego que devoraba sus campos, y aplacó la sed de las criaturas, que volvieron a sentir el place de vivir.

Muladeva

Muladeva era un rajput[1]. Había nacido en Padaliputta, donde llevaba una vida muelle y agradable, rodeada de parientes y amigos que compartían sus diversiones y sus riquezas. Era noble, servicial e inteligente; destacaba tanto por su porte como por su espíritu, pero tenía un defecto: la pasión del juego. Sus padres le despreciaban por ello, y un día, Muladeva mandó fabricar una píldora de virtudes mágicas que le convirtió en enano y salió a recorrer el mundo.

Iba por los pueblos contando historias maravillosas y tocando toda clase de instrumentos. Sus ocurrencias y sus aventuras empezaron a correr de boca en boca y se hizo famoso.

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Un día, en la ciudad de Ujjeni, oyó hablar de la belleza y el encanto de una cortesana llamada Devadatta. Devadatta era graciosa y ligera, tocaba y bailaba a las mil maravillas; pero estaba tan orgullosa de sí misma, que despreciaba esas mismas cualidades en los demás. Muladeva sintió curiosidad por conocerla, y, un día, en las primeras horas de la mañana, se acercó a su jardín y empezó a cantar. Devadatta no conocía aquella voz dulce y melodiosa; estaba sorprendida. Y, al fin, curiosa, mandó a su doncella Mahava que le hiciera entrar, fuera quien fuese.

Muladeva fingió no querer conocerla: pero luego se dejó arrastrar y entró en la casa. Mientras le ofrecían el betel, contó sus andanzas, mezclando historias maravillosas y viejos relatos de magia. Devadatta le escuchaba fascinada, olvidándose hasta de su figura de enano.

Al cabo de cierto tiempo entró un músico y tocó con su vina una canción. A Devadatta le pareció una ejecución impecable.

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Pero Muladeva dijo:

–                      Esa vina no está en condiciones; la varilla de bambú no está limpia, y hay algo en una de las cuerdas.

Luego, ante el asombro de todos, cogió el instrumento, extrajo del bambú una piedrecilla minúscula y quitó un cabello que se había enroscado en una de las cuerdas. Cuando empezó a tocar, los elefantes de las cercanías enmudecieron, y Devadatta y el músico pensaron para sí: “Es Vissakama, que se habrá disfrazado”.

Llegó la hora de comer, y Devadatta le pidió que se quedara. Mandó a sus doncellas preparar el agua del baño y traer sus frasquitos de aceites olorosos. Muladeva se ofreció para ungir él mismo sus miembros.

–                      Creo que sabré hacerlo – dijo – . No tengo práctica; pero he vivido junto a quienes la tenían.

Y cuando cogió el aceite en la palma de su mano y empezó a friccionar su cuerpo, Devadatta ya no tuvo la menor duda de que aquel hombre, hábil hasta lo inverosímil en tantas ciencias y artes, no podía ser lo que parecía. Se arrodilló, pues, ante él y le pidió que se mostrara bajo su verdadera forma. Entonces Muladeva recobró su antiguo aspecto y en el acto nació entre ellos el amor.

Un día Devadatta bailó en la corte delante del Rey.

-Pide lo que quieras – le dijo el Monarca.

Y Devadatta pidió reservarse el derecho de reclamar su recompensa en otra ocasión.

El tiempo fue pasando. Devadatta había cubierto de joyas y de espléndidos vestido a su amigo; pero Muladeva no podía renunciar a su vicio de jugar y lo iba perdiendo todo. Ella solía decirle suavemente:

–                      Amigo mío, como las figurillas de los gamos que manchan la Luna en las noches claras, así es en ti, que brillas por tantas virtudes, ese vicio de jugar.

La fantasía del pueblo hindú ve en las manchas de la Luna sombras de gamo. Pero Muladeva no podía abandonar su vicio.

Un día se presentó en la corte un joven, hijo de un rico mercader, que se llamaba Ayala. Enamorado de Devadatta y celoso de Muladeva, averiguó su flaqueza y le atacó por ese lado. Le obligaba a jugar siempre que se encontraban juntos en casa de Devadatta, y Muladeva, poco a poco, empezó a espaciar sus visitas.

La madre de la muchacha intentó separarlos también; se admiraba ante los regalos que Ayala hacía a su hija y ensalzaba sus virtudes, oponiéndolas al vicio de jugar y a la falta de medios de Muladeva.

–                      Si se le pide zumaque – decía -, lo trae seco y sin jugo; si se quiere azúcar en terrones, trae un poco de caña machacada; si se le piden flores, regala los rabos.

Devadatta sonrió en su interior y preparó una prueba. Pidió caña de azúcar a Ayala, y espero. A las pocas horas le llegaba un carro entero cargado de cañas, con sus hojas y sus ramas.

–                      Parece creer que soy un elefante – dijo Devadatta, riendo, a su madre.

Pero ella le reprendió que aquello probada simplemente su generosidad y su deseo de agradarla.  Devadatta no replicó; pero al día siguiente mandó a su amiga Mahavi que buscara a Muladeva y le pidiera azúcar de caña para ella. Muladeva cogió dos tallos de caña de azular; los cortó en terrones menudos; los roció con líquidos aromáticos; los perfumó levemente con un poco de alcanfor; les hizo una hendidura en su parte alta, y los metió cuidadosamente en dos cajas, que mandó a Devadatta.

Su madre ya no supe qué contestar. Sin embargo, estaba decidida a deshacerse de él, y mandó llamar a Ayala; le aconsejó que fingiera marcharse de la ciudad, y cuando Muladeva hubiera entrado en la casa, ella le avisaría para que viniera con sus hombres e hirieran de tal forma su honor, que se vería obligado a salir de la ciudad.

Así lo hicieron. Ayala se despidió y fingió emprender un viaje. Por la noche, la madre de Davadatta le advirtió en cuanto Muladeva hubo entrado en la casa, y la muchacha, asustada al oír que se acercaban tantos hombres armados, le obligó a esconderse debajo de un diván.

Ayala entró en la habitación y se sentó en el sofá. Contó que aquella noche había tenido un sueño: había soñado que, sin quitarse la ropa ni frotarse con aceite, se sentaba en aquel mismo sofá y las doncellas vertían sobre él el agua del baño. Había vuelto para pedir a Devadatta que convirtiera su sueño en realidad. La muchacha dudaba; alegó que el agua estropearía los tapices y almohadones.

Pero Ayala no cedía; el pagaría los destrozos, compraría tapices mil veces más ricos; pero quería aquel baño. Al fin, Devadatta tuvo que acceder, y sus doncellas derramaron sus grandes jarros de agua tibia sobre Ayala, sentado en el sofá.

Al instante, Ayala llamó a sus hombres y sacó de su escondrijo a Muladeva, calado y maltrecho, y que al ver el número de hombres que le rodeaban, no intentó resistirse. Pero Ayala pensó: -También los grandes hombres tienen grandes desventuras en el Samsara -. Y por eso le dejó irse sin hacerle ningún daño, a condición, sin embargo, de que le devolviera el favor si alguna vez se presentaba la ocasión.

Muladeva salió de la ciudad. Sólo pensaba en salir del reino y encontrar el medio de volver a habérselas con Ayala. Se puso, pues, en camino hacia Bennayada.

A los pocos días llegó a un bosque; no sabía si rodearlo o cruzarlo. – Si encuentro compañía – pensaba – lo cruzaré; si no, como no tengo comida, no habrá más remedio que desviarme y rodearlo para conseguir alimento en los pueblos -.

En esto, vio aparecer un dhakka brahmán; venía a pie y parecía llevar una caja con provisiones. Muladeva se dirigió a él; supo que iba hacia Viranihana, y se internaron juntos en el bosque.

Anduvieron durante toda la mañana. Al mediodía, llegaron a un lago, y el dhakka propuso detenerse. Se bañaron en el lago, y luego el brahmán sacó de su caja de provisiones harina de cebada, la ablandó, añadiéndole un poco de agua, y empezó a comer. Muladeva tenía hambre; pero no dijo nada. – Me ofrecerá compartir su cena -, pensó. Y volvieron a ponerse en camino. Pero, llegada la noche, la escena se repitió. Durante tres días Muladeva no pudo probar bocado. Al fin salieron del bosque y se despidieron. El brahmán dijo llamarse Saddhada, aunque todos le conocían por su apodo: Nigghinasamma.

Muladeva pido limosna en el pueblo vecino; consiguió un poco de cebada agria y se fue a comérsela al borde de un estanque que había en las cercanías. Pero he aquí que en la orilla opuesta vio a un monje de cuerpo flaco y consumido por las privaciones y los rezos. El monje se acercaba al estanque en actitud de romper su ayuno. Muladeva rápidamente se levantó y, sabiendo que hacía una buena obra, le ofreció toda la comida que había conseguido.

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El monje le bendijo, y en el mismo momento cruzó el cielo una divinidad, que dijo a Muladeva:

–                      Pide lo que quieras rápidamente y te lo concederé.

–                      Mil elefantes y un reino – dijo Muladeva sin vacilar.

Y la visión desapareció.

Al fin llego a Bennayada al anochecer. Buscó donde cobijarse y se quedó dormido. En las primeras horas de la madrugada tuvo un sueño: le pareció que la Luna (una Luna inmensa, redonda y brillante) se desprendía del cielo y caía sobre él. Al despertarse, se enteró que otro mendigo que dormía a su lado había tenido el mismo sueño y se lo estaba contando a sus compañeros.

–                      Eso quiere decir – dijo uno de ellos – que hoy te darán un pastel muy grande cubierto de azúcar.

El mendigo salió, y, en efecto, al poco rato estaba de vuelta con un pastel muy grande que le habían dado como limosna. Muladeva no dijo nada; pero pensó para si que aquellos hombres no habían comprendido el sentido del sueño. Se despidió y salió solo. En el pueblo encontró a un jardinero que estaba recogiendo sus flores y sus frutas. Muladeva le ayudó, y el jardinero le dio en pago una parte de las frutas recogidas. El las llevó a casa de un letrado, le saludo cortésmente, se las ofreció y luego le contó su sueño para le diera la explicación.

–                      Te diré el sentido de este sueño cuando llegue el momento oportuno – dijo el letrado -. Entretanto, quédate aquí y serás mi huésped.

Muladeva aceptó gustoso, se bañó, se mudó de ropa y comió en compañía del letrado, que inmediatamente le ofreció la mano de su única hija. Muladeva, extrañado, se asombró de que quisiera casarla con un desconocido que se había presentado en su casa como un mendigo.

–                      ¿Quién da su fragancia a la flor de loto, dulzura a la caña de azúcar, gracia a los elefantes jóvenes y ese porte a los que han nacido de padres nobles? – dijo el letrado, repitiendo un viejo proverbio hindú.

Pero cuando al fin Muladeva consintió en casarse con su hija, le reveló toda la verdad: su sueño significaba que al cabo de siete días seria proclamado Rey.

Muladeva se quedó, pues, viviendo en su nueva casa. Al quinto dia salió a dar una vuelta por la ciudad y se sentó a la sombra de un árbol de champaka.

En Bennayada, el Rey había muerto sin dejar descendencia, y aquel día sus ministros sacaron a las calles de la ciudad los emblemas reales en busca de un heredero que les depararan los dioses.

Durante mucho tiempo la comitiva anduvo sin rumbo por calles y plazas, hasta que, al fin, llegó frente al champaka bajo el cual estaba sentado Muladeva. En cuanto le vieron, los elefantes empezaron a rugir, el caballo del Rey relinchó y en un abrir y cerrar de ojos Muladeva se encontró, sin saber cómo, bajo la sombrilla real, rociado por el agua del cántaro de oro y abanicado por los servidores del  Rey. El pueblo allí reunido le aclamó y los ministros le llevaron al palacio, donde una divinidad apareció en el cielo y le proclamó Rey, dándole el nombre de Vikramaraja.

Entre tanto, Devadatta, cuando vio la forma en que Ayala había tratado a su amigo, salio de su casa y pidió audiencia al Rey; le recordó la promesa que le hiciera en otro tiempo, cuando bailo ante el, y, en virtud de aquella palabra suya, le pidió que castigara a Ayala. El rey Viyaradhavala montó en cólera; mandó llamar al hijo del mercader, y azotarlo. Luego, ante los ruegos de Devadatta, le dejó irse; pero a condición de que encontrara a Muladeva y le hiciera volver. Ayala salió, pues, de la ciudad y anduvo buscando a su rival por todo el reino. Al cabo de cierto tiempo, desesperando ya de no encontrarle, compró unas naves, las cargó de mercancías y partió hacia Persia.

En cuanto se vio proclamado Rey, Muladeva escribió a Devadatta y a Viyaradhevala, el rey de Ujjeni. Pronto nació entre los dos Monarcas una amistad honda y sincera, y cuando Muladeva pidió a su amigo que le mandara a Devadatta, el Rey se la envió con toda clase de honores y cargada de joyas. Muladeva fue a buscarla a las fronteras del reino, y desde aquel día compartió con ella la corona.

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Pasaron los años, y un día entraron en el puerto de Bennayada varios barcos cargados de mercancías. Eran los barcos de Ayala, que habían conseguido en Persia una fortuna incalculable y regresaba a su patria.

El mercader se hospedó en las afueras de la ciudad, y al día siguiente mandó cargar una bandeja de monedas de oro y oro sin acuñar, de perlas y piedras preciosas, y se la llevó al Rey. Quería que los intendentes del trono revisaran sus barcos cuanto antes para zarpar. Muladeva le reconoció en el acto; pero no dijo nada. Se limitó a decir que, por una vez, deseaba desempeñar él mismo las funciones de intendente, y bajó al puerto. A bordo, le enseñaron sus mercancías: conchas, nueces de betel, madera de sándalo, acíbar y granzas de Bengala. Pero Muladeva no se dejaba engañar. Mandó que lo pesaran todo en su presencia, y aquellos simples trozos de madera resultaron tener un peso desproporcionado a su volumen. Agujerearon la madera, y en su interior aparecieron toda clase de joyas, de gemas, corales, objetos maravillosos tallados en metales y piedras de un valor fabuloso. Vikramaraja mandó prender al mercader yº1 llevarlo a Palacio. Una vez allí, hizo salir a Devadatta, se dio él mismo a conocer y le devolvió la libertad, en recuerdo de aquella vez en que Ayala le dejó marchar sin hacerle ningún daño. Devadatta ordenó que le prepararan un baño y ropas limpias, y Muladeva mismo escribió a su amigo, el rey de Ujjeni, para que dejara que el mercader volviera a su tierra.

Algún tiempo después llegó a Bennayada el brahmán que guió a Muladeva en el bosque, y el Rey, en homenaje a lo “invisible”, le dio el título de señor en la ciudad en que vivía.

Cuando el mendigo, que aquella noche tuvo el mismo sueño que Muladeva, supo lo que había sucedido, pensó: – Trataré de volver a tener el mismo sueño; beberé mucha leche, y luego me echaré a dormir en el sitio en que la haya bebido -.

Quizá lo consiguiera…; pero no sabemos si llegó a soñarlo o no.
Todos los cuentos fueron publicados en:
GARCÍA DE DIEGO, V., Antología de leyendas de la literatura universal, Tomo II,Labor, Madrid, 1953.

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