El siguiente texto forma parte del libro Diplomacia y Orientalismo. Fuentes Modernistas, Jorge Ruedas de la Serna (Coordinador), México, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, noviembre de 2007.

En la carta que el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) envía desde Japón al nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), y que éste cita en el Prólogo que se presenta a continuación, son mencionados algunos escritores emblemáticos en el ámbito de las japonerías literarias que inundaron Occidente a partir de la segunda mitad del siglo XIX: Pierre Loti, Rudyard Kipling, Lafcadio Hearn, Percival Lowell, lecturas obligadas de los japonistas hispanoamericanos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. A esos nombres, Darío añade el de los infaltables hermanos Goncourt, especialmente el de Edmond, autor de los muy leídos libros sobre los artistas japoneses Utamaro y Hokusai, además de hacer gala de sus amistades francesas: Ernesto Lajeunesse, Paul Brulat, Marcel Lami, Saint-Pol-Roux, destacados intelectuales franceses de fin de siglo, lo cual nos habla del afrancesamiento del poeta nicaragüense. A la luz de esta admiración por Francia es donde se inscribe el japonismo de Darío (y de los escritores hispanoamericanos en general) como un epígono de la corriente inaugurada en Francia por los hermanos Goncourt.

También hacen mención Darío y Gómez Carrillo a Delfina Mitre de Drago, dama de la alta sociedad de Buenos Aires que, desde su base del diario La Nación, del cual ambos son colaboradores habituales, reúne en tertulias literarias a los escritores locales y a los extranjeros de paso por Buenos Aires, en momentos en que el posicionamiento a nivel mundial de Argentina es innegable. Un nombre curioso, también mencionado en este Prólogo, es el del coronel de la Armada Argentina, Manuel Domecq García, quien, en sus largos meses de residencia en Japón se había convertido en un amante de las japonerías, si bien, como testigo directo de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, había podido comprobar que, en su condición de nueva potencia mundial, Japón superaba los límites de nación exótica en que muchos  deseaban  encasillarlo.

Hay, pues, en este texto de Darío, varias claves para comprender su ubicación en el campo literario vinculado el mundo del poder y el prestigio, como también la ubicación de Gómez Carrillo en la carrera ascendente hacia una gloria similar a la alcanzada por su colega y mentor nicaragüense. ¿Qué significaba entonces Japón para estos dos escritores, uno consagrado y el otro buscando serlo? ¿Dónde ubicar el japonismo de ambos, en momentos en que la revolución literaria del modernismo se extendía por todo el mundo de habla hispana? ¿Tiene su origen el japonismo hispanoamericano en Europa, particularmente en Francia? No es fácil contestar a estos interrogantes, pero intentaremos hacerlo.

Comenzando por el último interrogante, es indudable que las fuentes del conocimiento en Hispanoamérica sobre Japón provienen en su totalidad de autores euro-atlanticos, como define Edward W. Said a la alianza de control planetario establecida a ambos lados del océano Atlántico a partir del siglo XIX, cuando los viajeros provenientes de ambas márgenes de la cuenca se expanden por todos los rincones del mundo, incluido Japón. Las impresiones de viaje a ese país, así como los estudios relacionados con su cultura y civilización hechos por occidentales provenientes de esas dos regiones hegemónicas con estadías prolongadas en el archipiélago, van cimentando un discurso que con el tiempo se trasforma en canon de autoridad acerca de la naturaleza de Oriente. En este caso,  conocer Japón, es antes que nada, haber leído lo que esas autoridades dijeron sobre él. El discurso orientalista, tal como lo define Said, sería entonces un discurso de poder, encargado de definir la naturaleza, legislar y tener autoridad sobre civilizaciones que están fuera de la esfera euro-atlántica, que se postula como universal.

Un mecanismo interesante del discurso orientalista es la ubicación central que la mujer oriental –en nuestro caso, la japonesa- ocupa en él: develar el misterio de la mujer se vuelve equivalente a develar los secretos del país; es más, el país oriental es convertido en mujer, de ahí la necesidad de penetrarlo, como si de un acto sexual se tratara, para lograr su control y someterlo.

En Japón, la figura femenina por excelencia destinada a ser develada es la de la geisha, seguida la musmé (musume) y la oiran (prostituta de los barrios de placer), casualmente, tres sustantivos que se incorporan con la mayor naturalidad al lenguaje literario de la época, incluido el español. También se vuelve familiar para los “japonizantes” el mítico barrio de Yoshiwara, la zona roja de Edo-Tokio, que se transforma en la meca de cuanto occidental llega a Japón. Esto es evidente en el texto de Darío que presentamos.

Dentro de este marco, es natural que una geisha, devenida actriz casi por casualidad, concitara la admiración de los escritores euro-atlánticos y de los hispanoamericanos que tuvieron la fortuna de verla actuar en los escenarios  de la Exposición Universal de París, realizada en 1900.  Francia estaba entonces de moda, lo mismo que Japón, conjunción perfecta para que la geisha devenida actriz, Sada Yakko –cuyo verdadero nombre era Kawakami Sadayakko-, pasara a la posteridad, transportada por textos de raigambre orientalista. Gómez Carrillo y Darío no son la excepción.

En cuanto a la presencia del japonismo en el modernismo hispanoamericano,  es indudable que la invención de Japón por parte de Francia constituye el elemento clave, en una época en que la cultura francesa permeaba  las cofradías literarias a las que pertenecen Gómez Carrillo y Darío, y en general, los modernistas, desde México hasta Argentina. Es evidente que la moda de Japón proviene de Francia. Sin embargo, el carácter hegemónico del discurso orientalista producido en Europa y los Estados Unidos, cambia de signo al pasar a Hispanoamérica.  En este sentido, habría que arriesgar la hipótesis de que, en una región atrasada como esta última, el discurso orientalista pierde su carácter hegemónico y se transforma en otra cosa: ¿búsqueda de mundos sensuales que rompan con la hipocresía del medio social, dominado por una burguesía local incipiente, puritana y falsamente ilustrada?; ¿rebeldía juvenil frente a un campo literario anquilosado en las formas clásico-románticas?; ¿necesidad de alcanzar prestigio en el ámbito oficial a través del recurso a Francia-Japón, que están de moda?; ¿utopía social que ve a Oriente, y en especial a Japón, como el paraíso perdido a causa de la corrupción de la modernidad?; ¿ideas fuera de lugar, en un medio donde el atraso y el subdesarrollo constituyen una realidad lacerante?; ¿fenómeno periférico, en el sentido marxista de metrópoli-periferia?

Cualquiera de estas lecturas, y otras posibles, o todas ellas en su conjunto, quizá expliquen la naturaleza del orientalismo latinoamericano. Lo que sí es evidente es que tanto  Rubén Darío como Gómez Carrillo, a juzgar por el Prólogo que presentamos, forman parte esencial de ese fenómeno anómalo entonces que fue la representación de Japón en el discurso literario de Hispanoamérica.

Guillermo Quartucci. Nací en el sur de la provincia de Santa Fe, Argentina, en Máximo Paz, una comunidad rural cercana al Arroyo del Medio, que separa esta provincia de la de Buenos Aires. Hice todos mis estudios en Argentina, incluida la Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional del Sur, ubicada en Bahía Blanca. En 1976, después del golpe del 24 de marzo, emigré a México en circunstancias complejas y singulares, que conjugaban persecución política y planes de estudiar japonés en el programa de maestría de El Colegio de México, cosa esta última que pude concretar felizmente. Obtuve mi grado de Maestro en Estudios de Asia y África en 1979, y a partir de entonces, no sin tropiezos derivados de mi condición de perseguido político, mi vida, hasta el presente, transcurrió entre México y Japón. En estos momentos estoy embarcado en la redacción de mi tesis de doctorado para la Universidad Nacional Autónoma de México, sobre el tema de orientalismo y género, concretamente, la representación que se ha hecho en América Hispana de la mujer japonesa en la literatura. El tema me ha permitido acercarme a especialistas que trabajan en la misma dirección, muchos más de lo que cabría imaginar y que demuestra que siempre hay filones inexplorados que permiten ampliar el horizonte crítico. También estoy traduciendo a un autor japonés muy poco conocido en español, traducción que espero publicar en Argentina, donde estoy seguro tendrá una buena acogida. Mis colaboraciones para la revista TOKONOMA, editada por Amalia Sato, me han permitido constatar que existe allí una masa selecta de lectores con la sensibilidad y apertura para recibir nuestras propuestas.

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