Uno de los representantes más destacados del orientalismo europeo fue Pierre Loti. Su condición de marino lo llevó a conocer paisajes diversos, como Turquía, Argelia y Japón. Su viaje por el país del sol naciente dejó como fruto la novela / diario Madama Crisantemo, de la que reproducimos algunos fragmentos a continuación. En sus páginas podemos ver cómo el acentuado, casi rabioso, eurocentrismo de Loti lo lleva no sólo a asumir una postura de superioridad frente a la cultura que lo acoge, sino incluso a menospreciar, casi con ternura paternal, a sus anfitriones, hasta el punto de compararlos con monitos titi o fantochitos.

Agradecemos a Ediciones del Viento el concedernos el permiso de hacer uso de su traducción de este clásico.
ISBN: 84-934778-7-7
www.edicionesdelviento.com

II

A eso de las tres de la tarde, todas aquellas cosas lejanas se habían aproximado, hasta pesar sobre nosotros sus masas roqueñas y sus fo­llajes de verdura.

Y entonces entramos en una especie de pasadizo umbroso, entre dos series de altísimas montañas que se sucedían con rareza simétrica -como los «carros» de bastidores de una decoración a todo fondo, extremadamente bella; pero en modo alguno natural-. Diríase que el Japón se ofrecía a nosotros como un rompimiento encantado, para dejamos penetrar en su propio corazón.

Al extremo de aquella bahía larga y extraña debía de estar Nagasa­ki, invisible aún. Todo era admirablemente verde. La recia brisa del mar, bruscamente encalmada, había dado paso a una serenidad pro­funda; el aire, tornado caliginoso, se henchía de perfumes de flores. Y en aquella cañada, oíase un sorprendente concierto de cigarras que se contestaban unas a otras. Todas las montañas resonaban con sus estridores innumerables; todo el país era una incesante vibración de cristal. Al pasar, rozábamos agrupaciones de grandes juncos, que se deslizaban suavemente, empujados por brisas imperceptibles. No se les sentía resbalar por las aguas apenas rizadas; sus blancas velas tendidas sobre vergas horizontales caían blandamente, recogidas en miles de pliegues, como cortinajes; sus complicadas popas se alzaban en castillete como las de las carabelas de la Edad Media. En medio del verde intenso de las murallas de montañas, aparecían con una candidez de nieve.

¡Qué país de verdor y de sombra este Japón! ¡Qué Edén inesperado!

Afuera, en plena mar, debía de ser aún día claro; pero aquí, en el enca­jonamiento de este valle, se sentía ya la impresión del véspero. Al pie de las cumbres, iluminadísimas, todas las partes más frondosas vecinas de las aguas yacían en penumbras de crepúsculo. Los juncos que pasa­ban, tan blancos sobre el fondo oscuro del follaje, eran conducidos sin ruido, maravillosamente, por hombrecitos amarillos, desnudos, con lar­gos cabellos peinados en coletas como mujeres. A medida que nos hun­díamos en el verde pasadizo, los olores se hacían más penetrantes y el tintineo monótono de las cigarras se henchía, como un crescendo de orquesta. Arriba, en el recorte luminoso del cielo entre las montañas, cerníanse una especie de gerifaltes que gritaban: «¡Han! ¡Han! ¡Han!» con un bajo de voz humana; sus gritos sonaban tristemente ampliados por el eco.

Toda esta naturaleza exuberante y fresca, tenía en sí misma un exo­tismo japonés. Esto provenía de un no sé qué de extraño que tenían las cumbres de las montañas y, si así puede decirse, de la inverosimilitud de ciertas cosas, demasiado bonitas. Agrupábanse los árboles forman­do ramilletes con la misma gentileza preciosa que en las bandejas de laca. Grandes rocas surgían erguidas, en posturas exageradas, al lado de mamelones de formas suaves cubiertos de verdes céspedes: elementos dispares de paisaje se habrían juntado como en los parajes de artificio.

…Y, mirando bien, divisábase acá y allá, construida lo más frecuen­temente en el aire, sobre un abismo, alguna vieja pagodita misteriosa, semioculta entre el follaje de los árboles pensiles. Esto, sobre todo, lanzaba al punto a los recién llegados como nosotros su nota de leja­nía, y producía la impresión de que, en este país, los espíritus, los dio­ses de las selvas, los símbolos antiguos encargados de velar por los campos, eran desconocidos e incomprensibles.

Cuando apareció Nagasaki, la decepción fue grande para nuestros ojos. Al pie de verdes montañas dominantes, era una ciudad verdade­ramente vulgar. Ante ella, una mezcla de barcos que ostentaban todas las banderas del mundo; vapores como los de cualquier parte, negras humaredas, y, en los muelles, fábricas. En cuanto a cosas triviales vis­tas ya por doquier, no faltaba nada.

Llegará un tiempo en que la vida en la Tierra resultará fastidiosa; cuando se la haya hecho semejante de un cabo a otro y cuando no se pueda ni intentar viajar para distraerse un poco…

A eso de las seis, anclamos bastante ruidosamente, en medio de una aglomeración de barcos que se mecían allí; y, en el acto, fuimos invadidos.

Invadidos por un Japón mercantil, presuroso, cómico, que llegaba a nosotros a todo remo, en barcas, en juncos, como una marea cre­ciente. Fantoches, hombres y mujeres, entrando en larga fila inin­terrumpida, sin gritos, sin protestas, sin ruido, cada cual con una reverencia tan sonriente que no puede uno molestarse, y que, al fin, por efecto reflejo, nos hace sonreír, saludando así también. Llevan al hombro unos cestitos, cajitas, receptáculos de toda forma, inven­tados del modo más ingenioso para encerrarse, para meterse unos en otros y para multiplicarse después hasta el colmo, hasta lo in­finito. De ellos salen cosas inesperadas, inimaginables: biombos, zapatos, jabón, faroles, gemelos para puños, grillos vivos cantan­do en diminutas jaulas, buhonería, ratitas blancas amaestradas que hacen rodar molinitos de cartón, fotografías obscenas; sopas y asa­dos en escudillas calientes, dispuestos a ser servidos en raciones a la tripulación; y porcelanas, legiones de búcaros, de teteras, de ta­zas, de botecitos y de platos… En un abrir y cerrar de ojos, todo queda desembalado, extendido en el suelo con presteza prodigio­sa y hasta con cierto arte de colocación. Cada uno de los vende­dores, acuclillado a lo mico, con las manos tocando los pies, detrás de su juguetillo, y siempre sonriente, partido siempre en dos por las más graciosas reverencias. El puente del navío, bajo este montón de cosas multicolores, parece, de pronto, un inmenso bazar. Y los marineros, muy contentos, muy alegres, hurgan en los montones, tocan la barbilla a las vendedoras, lo compran todo, sembrando a dos manos sus blancas monedas…

Pero ¡Señor! ¡Qué fea, qué grotesca, qué mezquina es toda esta gen­te! Dados mis proyectos de matrimonio, me pongo a meditar, muy desencantado…

Yves y yo estábamos de servicio hasta la mañana del día siguiente; y, tras las primeras agitaciones de a bordo, que son consecutivas a todo fondeamiento -embarcaciones que hay que lanzar al agua, escalas, botalones que hay que colocar afuera- ¿Dónde estamos verdadera­mente? ¿En los Estados Unidos? ¿En una colonia inglesa de Austra­lia? ¿En Nueva Zelanda?…

Consulados, aduanas, manufacturas; un dique en el que se yergue una fragata rusa; toda una concesión europea con villas en las alturas; y, en los muelles, bares americanos para el servicio de los marineros. A lo lejos, verdad es, a lo lejos, detrás y más allá de todas estas cosas comunes, en el fondo del inmenso valle verde, miles y miles de casitas negruzcas, un follaje de aspecto un poco extraño, del que emergen acá y allá altos tejados pintados de rojo oscuro: probablemente el ver­dadero, el viejo Nagasaki japonés que subsiste aún. ¡Y en aquellos ba­rrios, quién sabe, haciendo monerías tras algún biombo de papel, la mujercita de ojos de gato… que, quizás, antes de dos o tres días (no hay tiempo que perder) habré desposado!… Es igual; ya no veo bien a la tal personilla; los vendedores de ratitas blancas que están aquí me han alterado su imagen; ahora tengo miedo de que se les parezca…

Al caer la noche, el puente de nuestro navío se vacía como por encanto. Cerradas sus cajas, en un santiamén, plegados sus biombos de bastido­res, sus abanicos de resortes, hechas a cada uno de nosotros las reve­rencias más humildes, los fantochitos y las mujerucas se marcharon.

Y, a medida que cierra la noche, confundiendo las casas en la oscu­ridad azulada, el Japón en que estamos se torna poco a poco, poco a poco, un país de encantamiento y de magia. Las grandes montañas, densamente negras ahora, se desdoblan por la base en el agua inmóvil que nos sostiene, se reflejan con sus recortaduras invertidas, produ­ciendo la ilusión de precipicios espantosos sobre los cuales estuviése­mos suspendidos, y las estrellas, invertidas también, fingen en el fon­do del abismo imaginario, una lluvia de manchitas de fósforo.

Luego, todo Nagasaki se ilumina profusamente, llenándose de faro­les hasta lo infinito. El más pequeño arrabal se ilumina, la menor al­dea, la más ínfima cabaña, que estaba encaramada en lo alto, entre los árboles, y que durante el día no había sido vista siquiera, despide su leve resplandor de gusano de luz. Muy pronto hubo luces por todas partes; por todos los lados de la bahía, de arriba a abajo de las monta­ñas, miríadas de lucecitas brillaban en la noche, dando la impresión de una capital inmensa, extendida alrededor de nosotros, en un vertigino­so anfiteatro. Y abajo, en las aguas tranquilas, otra ciudad tan ilumina­da como la primera, desciende al fondo del abismo. La noche era tibia, pura, deliciosa; el aire, impregnado del olor a flores que la montaña nos enviaba. Y ecos de guitarras, surgidos de las «casas de té» o de tor­vos lugares nocturnos, parecían, en la lejanía, músicas suaves. Y el can­to de las cigarras que en el Japón es uno de los eternos ruidos de la vida -contra el que pocos días más tarde no tendríamos ya que pre­cavemos por constituir aquí el fondo de todos los ruidos terrestres- ­se deja oír sonoro, incesante, dulcemente monótono como la caída de una cascada de cristal.

IV

Han pasado tres días. Estamos, al caer la tarde, en una casita mía desde la víspera. Yves y yo nos paseamos en el primer piso sobre este­rillas blancas, dando zancadas por la gran pieza vacía, cuyo pavimen­to, seco y ligero, cruje bajo nuestros pies, un poco mustios ambos por una espera que se prolonga.

Yves, que es más violento, en su impaciencia mira hacia fuera de vez en cuando. Yo, de pronto, siento enfriarse mi corazón ante la idea de que he escogido y que voy a habitar esta casa perdida en un arrabal de una ciudad tan extraña, encaramada en lo alto de una montaña, casi vecina de los bosques.

¿Qué idea me ha dado de instalarme en esta soledad desconocida, impregnada de aislamiento y de tristeza?.. La espera me enerva, y me entretengo examinando los pequeños pormenores del alojamiento. El maderamen del techo es complicado e ingenioso. En los bastidores de papel blanco que constituyen las paredes hay un semillero de peque­ñas, de microscópicas tortugas azules, hechas a pluma.

-Tardan -dice Yves, que continúa mirando a la calle.

Como tardar, sí que tardan. Una hora larga traen ya de retraso, y la noche llega. La canoa que debía llevamos a bordo para comer, va a partir. Tendremos que cenar esta noche a la japonesa, Dios sabe donde. La gente de este país no tiene idea alguna del tiempo, ni de lo que vale.

Continúo inspeccionando los menudos pormenores graciosos de mi casa. ¡Vaya! En lugar de pomos, como habríamos puesto nosotros para tirar de estas mamparas movibles, han hecho unos agujeritos ovales de la forma de punta de dedo, destinados, indudablemente, a recibir el pulgar.

Estos agujeritos tienen una guarnición de bronce, y observado de cerca, este bronce está curiosamente labrado: aquí, hay una dama que se abanica; allá, en el agujero vecino, está representada una rama de cerezo en flor. ¡Qué extravagancia en el gusto de este pueblo! ¡Entretenerse en una obra en miniatura, ocultarla en el fondo de un agujero para intro­ducir el dedo pulgar, que parece no ser más que una mancha en medio de un gran bastidor blanco; acumular tanta paciencia, tanto trabajo en estos accesorios imperceptibles! ¡Y todo para llegar a producir un efec­to de conjunto nulo, de absoluta desnudez!…

Yves mira aún, como Ana[1]. Por el lado en que él se inclina, mi gale­ría da a una calle, más bien a un camino bordeado de casas que sube, y se pierde casi inmediatamente en el verdor de la montaña, en los cam­pos de té, en las malezas, en los cementerios.

En cuanto a mí, me impaciento ya con esta espera y miro hacia el lado opuesto: la otra fachada, con galería también, se abre a un jardín inmediato, después a un panorama maravilloso de bosques y de mon­tañas, con todo el viejo Nagasaki japonés, apretado como un hormi­guero negruzco, a doscientos metros a nuestros pies. Esta tarde, por un crepúsculo empañado -crepúsculo de julio, no obstante–, estas cosas son tristes. Hay negros nubarrones que barruntan lluvia. No; no me encuentro del todo en mi casa, en este asilo extraño; siento impre­siones de destierro extremo y de soledad; sólo la perspectiva de pasar aquí la noche, me oprime el corazón…

-Me parece… me parece -dice Yves-, ¡creo que están ahí! Miro sobre su hombro y diviso -vista de espaldas- una muñe­quita muy compuesta a la que se acaba de pulir en la calle solitaria: una postrera mirada maternal al lazo enorme de la cintura, a los pliegues del talle. Su vestido es de seda gris perla, su obi, de raso malva. Un broche de flores de plata tiembla en sus cabellos; un último rayo melancólico del ocaso la ilumina; cinco o seis personas la acompa­ñan… Sí; evidentemente, es ella; es la señorita Jazmín… Mi novia… ¡Y me la traen!…

Me precipito a la planta baja que habitan mi casera, la señora Ciruela, y su viejo esposo. Están rezando ante el altar de sus antepasados.

-Aquí están, señora Ciruela -digo en japonés-o ¡Aquí están! Pron­to, el té, el braserillo, la lumbre, las pipitas para las señoras; los botecitos de bambú para que escupan. ¡Subid de prisa todos los accesorios para mi recepción!

Oigo que se abre el portal y huyo escaleras arriba. Zuecos de made­ra que son depositados en tierra; la escalera cruje bajo los pies descal­zos… Yves y yo nos miramos con unos deseos locos de reír…

Entra una vieja dama, dos viejas damas, tres viejas damas. Aparecen, una tras otra, con reverencias de resorte que devolvemos bien que mal, dándonos cuenta de nuestra inferioridad en el género. Luego personas de mediana edad; luego jóvenes, una docena, por lo menos: las amigas, las vecinas, todo el barrio. Y toda esta gente, al entrar en mi casa, se confunde en cortesías recíprocas; y «yo te saludo, y tú me saludas, y yo vuelvo a saludarte, y yo te devuelvo el saludo, y yo torno a salu­darte una vez más, y yo nunca podré devolvértelo tal cual mereces, y yo hundo mi frente en tierra, y tú te clavas de nariz en el piso…».

Helas ya a todas a cuatro patas las unas ante las otras; porque no han de pasar, porque no han de sentarse, y cumplidos sin fin se mur­muran en voz baja, con la cara contra el entarimado.

No obstante, se sientan formando un círculo, ceremonioso y son­riente a la vez. Nosotros dos permanecemos de pie, con los ojos fijos en la escalera. Por fin surge, a su vez, el broche de flores de plata, el moño de ébano, el vestido gris perla y el cinturón malva… ¡de la señorita Jazmín, mi novia!…

¡Dios mío! ¡Pero si yo la conozco ya! Mucho antes de venir al Japón, la he visto en todos los abanicos, en el fondo de todas las tazas de té, con su aire embobado, su palmito hinchado, sus ojillos agujereados con un punzón sobre las dos soledades, blancas y rosadas hasta la inverosi­militud extrema, de sus mejillas.

Es joven; esto es cuanto le concedo; lo es tanto que hasta me causa­ría escrúpulo tomarla. Las ganas de reír me abandonan ciertamente y siento en mi corazón un frío más profundo. ¡Compartir una hora de mi vida con esta criatura!… ¡Jamás!…

Avanza ella, sonriente, con mal contenido aire de triunfo y el señor Kanguro aparece tras ella, con su traje de tela gris. Nuevos saludos. Ella, también, cae a cuatro patas, ante mi casera, ante mis vecinas. Yves, el gran Yves, que no se casa, hace detrás de mí un gesto afectado, cómi­co, mal ahogando su risa, mientras que, para darme tiempo a coordinar mis ideas, ofrezco el té, las tacitas, los botecitos, las brasas…

Sin embargo, mi aire de desagrado no ha pasado inadvertido a los visitantes. El señor Kanguro me interroga ansioso:

-¿Le gusta?..

Y yo, en voz baja, pero resueltamente, le respondo:

-¡No! ¡Ésa no la quiero! ¡Jamás!

Creo que casi he sido comprendido por el coro que me rodea. La consternación se pinta en los rostros; los moños se alargan; se apagan las pipas. Y heme aquí dirigiendo reproches al señor Kanguro. «¿A qué habérmela traído con tanta pompa, ante las amigas, las vecinas, los vecinos, en vez de enseñármela al azar, discretamente, como yo había deseado? ¡Qué afrenta para estas personas tan corteses!»

Las viejas damas (la mamá, sin duda, y las tías aguzan el oído y el señor Kanguro les traduce, atenuándolas, las frases molestas que le dirijo. Casi me causan pena. Es que tratándose de mujeres, que, a fin de cuentas, vienen a vender a una niña, tienen un aspecto que yo no esperaba. No me atrevo a decir un aire de honestidad (esta es una pala­bra nuestra que carece de sentido en el Japón); sino un aire de incons­ciencia, de bonachonería. Han realizado un acto que, sin duda, estáadmitido en su sociedad, y, verdaderamente, todo esto, parece, más aún de lo que yo hubiera creído, un verdadero matrimonio.

Pero, ¿qué es lo que tengo yo que reprochar a esta pequeña?, pre­gunta el señor Kanguro verdaderamente consternado.

Yo trato de presentar la cosa de un modo adulador:

-Es demasiado joven -digo- y, además, demasiado blanca. Es como nuestras mujeres francesas y yo desearía una amarilla, para cambiar.

-¡Pero si es la pintura que se le ha puesto encima, señor! –y añade-: Por debajo yo le aseguro a usted que es amarilla…

Yves se inclina a mi oído:

-Hermano, allá en un rincón -dice-, contra el último cuadro, ¿ se ha fijado en la que está sentada?

Palabra que no; en mi turbación, no había reparado en ella, vuelta a contraluz, vestida de oscuro, con la postura negligente de aquel que se eclipsa. El caso es que me parece mucho mejor que ésta. Ojos con lar­gas pestañas, un poco encogidos, pero que parecerían bien en todos los países del mundo; casi una expresión; casi un pensamiento. Un tinte cobrizo en sus redondas mejillas; recta la nariz; la boca ligeramente car­nosa, pero bien modelada, con comisuras muy bonitas. Menos joven que la señorita Jazmín, dieciocho años, quizá; más mujer. Hace una mueca de hastío, acaso también de desdén, como sintiendo haber asisti­do a un espectáculo que languidece, que no es nada divertido.

-Señor Kanguro: ¿quién es aquella personita, de azul oscuro, que está allí?

-¿Allí, señor? Es una persona llamada señorita Crisantemo. Ha venido con las otras que están allá; ha venido para ver… ¿Le gusta a usted? -añade bruscamente, olfateando otra solución para su fraca­sado negocio.

Entonces, olvidando toda delicadeza, todo su ceremonial, toda su japonería, la toma de la mano y la obliga a levantarse, a ponerse de cara a la luz moribunda, a dejarse ver.

Y ella, que ha seguido nuestras miradas, que comienza a adivinar de qué se trata, baja la cabeza, confusa, con una mueca más acentua­da, más gentil, también, y trata de retroceder medio arisca, medio sonriente.

-Esto no importa -continúa el señor Kanguro-; esto podrá arre­glarse; ella no está casada, señor…

¡No está casada! Entonces, ¿por qué no me la ha propuesto en el acto este imbécil, en lugar de la otra que me inspira una piedad extre­ma al fin, pobre chiquita, con su vestido gris suave, su prendido de flores, con su carita atristada y con sus ojitos que gesticulan como dominados por una gran pena?..

-¡Esto podrá arreglarse, señor! -repite aún Kanguro que tiene un aire de mediador de baja estofa, verdaderamente desagradable en estos momentos.

Solamente Yves y yo estaremos de más durante las negociaciones. Y, en tanto que la señorita Crisantemo conserva los ojos bajos, en tanto que las familias, en cuyos rostros se han pintado todos los gra­dos del asombro, todas las fases de la atención, continúan sentadas en círculo en las blancas esteras, Kanguro nos envía a Yves y a mí hacia la galería, y miramos en las profundidades que se abren a nuestros pies un Nagasaki vaporoso, un Nagasaki azulado por el que avanza la oscuridad…

Grandes discursos en japonés; réplicas sin fin del señor Kanguro, que no es lavandero ni mala persona más que en francés, y que ha recupe­rado para parlamentar las largas fórmulas de su país. De vez en cuan­do, me impaciento y pregunto a este muñeco tentetieso a quien a cada instante tomo menos en serio:

-¡Ea! Díganos usted pronto, Kanguro, ¿se aclara eso? ¿No vamos a acabar?

-¡Ahora mismo, señor; ahora mismo!

Y recobra su aire de economista tratando cuestiones sociales.

No hay más remedio que soportar las dilaciones de este pueblo. Y mientras la oscuridad cae como un velo sobre la ciudad japonesa, me entrego al deleite de pensar, bastante melancólicamente, en la compra que se concierta a mi espalda.

Ha llegado la noche; noche ciega; ha sido preciso encender los faroles.

Son las diez cuando todo queda arreglado, terminado; cuando el señor Kanguro viene a decirme:

-¡Ya está convenido, señol! ¡SUS padres os la dejan por veinte yens al mes!, al mismo precio que la señorita Jazmín…

Entonces me invade el hastío, por haberme decidido tan pronto, por haberme ligado, aunque pasajeramente, a esta criatura, y por habitar con ella esta casa aislada…

Volvemos a entrar. Ella está en medio del círculo. Se le ha prendido en el pelo un ramito de flores. Verdaderamente, ésta tiene expresión en su mirada, casi un aire de pensar…

Yves se admira de su apostura modesta, de su tímido aspecto de mu­chachita a quien se casa; no se figuraba él nada parecido en un matri­monio semejante, y yo confieso que tampoco.

-¡Oh! Pero ¡si resulta que es muy gentil, hermano, muy gentil, puedes creerme!

Estas gentes, esta escena, le confunden. No acaba de comprenderlo del todo. ¡Por vida de…! Y la idea de escribírselo a su mujer, en Toul­ven, en una larga carta, le divierte en alto grado.

Crisantemo y yo nos damos la mano. Yves se adelanta, también, para estrechar su fina patita. Por lo demás, si yo me caso con ella, él es la causa. Yo no me habría fijado en ella si él no me hubiese afirma­do que era bonita. ¿Quién sabe cómo va a ser este matrimonio? Ésta, ¿es una mujer o una muñeca?.. Dentro de algunos días yo lo descu­briré, quizá…

Las familias, encendidos ya sus faroles multicolores, pendientes del extremo de unos palitos ligeros, se disponen a retirarse a fuerza de cum­plidos, de reverencias, de cortesías, de encorvamientos. Cuando se trata de tomar la escalera luchan por quién no ha de pasar primero; y en un momento dado, todo el mundo se encuentra inmovilizado, a cuatro patas, murmurando a media voz cosas muy pulidas.

-¿Hay que empujar encima? -dice Yves, riendo (una locución y un procedimiento que se emplean en Marina cuando hay atasco en cualquier parte).

Por fin, aquello corre, desciende, entre un postrer bordoneo de cumplidos, de frases amables, que van muriendo, de peldaño en pel­daño, con voz decreciente. Y nos quedamos solos él y yo en el extra­ño alojamiento vacío, en el que ruedan aún, sobre las esteras, las taci­tas de té, las graciosas pipitas, las bandejas en miniatura.

-¡Vamos a ver cómo se van! -dice Yves asomándose.

A la puerta del jardín, los mismos saludos, las mismas reverencias, y, después, los dos bandos de mujeres se separan. Sus faroles de papel pintarrajeado se alejan temblando, balanceándose en el extremo de los palitos flexibles, que ellas sostienen con las puntas de los dedos, como se tendrá una caña de pescar, para echar el anzuelo en la oscuridad a las aves nocturnas. El infortunado cortejo de la señorita Jazmín asciende hacia la montaña, mientras que el de la señorita Crisantemo descien­de por una vieja callejuela, mitad escalera, mitad senda de cabras, que conduce a la ciudad.

Después salimos nosotros también. La noche es fresca, silenciosa, exquisita. La eterna música de las cigarras llena el aire. Aún se ven los rojos faroles de otra familia que se alejan en lontananza, que bajan constantemente, que se pierden en el abierto precipicio en el fondo del cual está Nagasaki.

Y cuando me veo de regreso a bordo, cuando in mente se me repre­senta la escena de allá arriba, me parece haberme casado en broma entre polichinelas.

XXII

Las comidas de Crisantemo son una cosa inverosímil.

Comienza por la mañana, al despertarse, por dos endrinas verdes, curtidas en vinagre y espolvoreadas de azúcar. Una taza de té com­pleta este desayuno casi tradicional en el Japón, el mismo que se toma abajo, en casa de la señora Ciruela, el mismo que se sirve a los viajeros en las hosterías.

Esto se continúa durante el transcurso del día por dos comiditas graciosamente ordenadas. De casa de la señora Ciruela, que es donde se preparan esas cosas, se las sube sobre una bandeja de laca roja, en microscópicas tazas con tapadera. Un picadillo de gorrión, un lan­gostino relleno, un alga en salsa, un bombón salado, un pimiento con azúcar… De todo prueba Crisantemo con el borde de los labios, con auxilio de sus palillos, levantando la puntita de sus dedos con afectada gracia. A cada manjar lo acompaña con una mueca; deja de él las tres cuartas partes y, después, se limpia las uñas con horror.

Estas minutas varían mucho, según la inspiración de la señora Ciruela. Pero lo que no cambia jamás, ni en nuestra casa ni fuera de ella, ni al norte ni al sur del imperio, es el postre y la manera de tomarlo: después de tantos platitos de mentirijillas, se trae una cubeta de madera zuncha­da de cobre, una cuba enorme, como para Gargantúa, conteniendo has­ta los bordes arroz cocido con agua pura. Crisantemo llena de ello un gran tazón (algunas veces, dos; en ocasiones, tres); y mancha su nívea blancura con una salsa negra, de pescado, contenida en una fina vina­grera azul; bate entrambas cosas juntas, acerca el tazón a sus labios y se traga todo el arroz empujándolo con sus dos varitas hasta el fondo de la garganta.

Después se recogen las tacitas y las tapaderitas, las últimas miguitas caídas sobre las esteras, tan blancas que nada debe empañar jamás su irreprochable nitidez. La comidita ha terminado.

XXVII

Más alegres son las músicas de la mañana. Cantan los gallos, las mamparas de madera se abren en la vecindad, y el raro grito de algún vendedor de frutas recorre desde el amanecer nuestro alto arrabal. Y las cigarras se aprestan a cantar más fuerte ante la recién llegada fies­ta de luz.

Sobre todo, hay la larga oración de la señora Ciruela, que, desde abajo, llega a nosotros a través del piso, monótona como una canción de sonámbula, regular y adormecedora como el rumor de una fuente. Dura tres cuartos de hora, por lo menos. Con notas altas, rápidas, nasa­les, se salmodia abundantemente. A veces, cuando los cansados espíri­tus no escuchan ya, esto se acompaña con palmadas muy secas, o bien con finos sonidos de cierta carraca que se compone de dos discos de raíz de mandrágora. Es un chorro ininterrumpido de oración; es inago­table, y tiembla sin cesar como el balido de una vieja chiva en delirio…

Después de haberse lavado las manos y los pies -dicen los libros santos- se invocará al gran dios Amá-Terace-Omi-Kami, que es el rey de potencia del Imperio japonés; se invocará a los manes de todos los difuntos emperadores que descienden de él, después de los manes de todos sus antecesores personales, hasta /as generaciones más remo­tas. Los espíritus del aire y del mar; los espíritus de los lugares secre­tos e inmundos; los espíritus sepulcrales del país de las raíces, etc.

«Yo os amo, yo os imploro -canta madama Ciruela-, ¡oh Amá­-Terace-Omi- Kami, rey de potencia! Proteged sin cesar a vuestro pue­blo, que está dispuesto a sacrificarse por la patria. Concededme llegar a ser tan santa como vos, y hacedme la gracia de ahuyentar de mi espíritu las ideas sombrías. Soy floja y perezosa: expulsad mi pereza y mis pecados como el viento del norte lleva el polvo al mar. Lavadme blancamente de mis impurezas como se lava la suciedad en el río de Kamo. Concededme la gracia de convertirme en la mujer más rica del mundo. Yo creo en vuestra luz, que se extenderá sobre la tierra y la alumbrará incesantemente, para mi dicha. Concededme la gracia de conservar la salud de mi familia, y, sobre todo, la mía, a mí, ¡oh Amá-­Terace-Omi-Kami!, que no amo ni adoro más que a vos, etc.»

Después vienen todos los emperadores, todos los espíritus de la lista interminable de los antepasados.

Con su trémulo falsete de vieja, madama Ciruela canta todo esto, rápido, hasta quedarse sin resuello, sin omitir nada.

Y es cosa extraña de escuchar; al final no parece ya un canto huma­no; es como una serie de fórmulas mágicas que brotasen, que se vacia­sen de un depósito inagotable, para emprender su vuelo por el aire. Por su rareza misma y por su persistencia de encantamiento, esto llega a producir en mi cabeza, adormecida aún, una especie de impresión religiosa.

Y todos los días me despierto al ruido de esta letanía sintoísta que vibra debajo de mí en la exquisita sonoridad de las mañanas de estío; mientras nuestras lamparillas se extinguen ante el Buda sonriente, mien­tras el eterno sol, en pleno orto, envía ya por los agujeritos de nuestras mamparas de madera rayos que atraviesan nuestro alojamiento oscuro, nuestro tenderete de gasa azul-noche, como largas flechas de oro.

En este momento es cuando hay que levantarse; bajar apresurada­mente hasta el mar, por senderos de hierbas llenos de rocío, y regresar a mi barco.

¡Ay! Antaño era el canto del almuédano el que me despertaba, durante las oscuras mañanas de invierno, allá en el gran Estambul amortajado…

[1] Ana, hermana de la mujer de Barba Azul, en los cuentos de Perrault (N. del T.).

 


Pierre Loti, cuyo verdadero nombre era Julien Viaud, nació en Rochefort en 1850. A los trece años decide hacerse marino, y a pesar de que su hermano Gustave perece ahogado en el Océano índico, ingresa en la escuela naval Henri IV, de París, en 1866.

Al año siguiente se embarca en el buque escuela Borda y dos años más tarde, en el Jean Bart. En sus viajes conoce Argelia, Turquía, Brasil, Norteamé­rica, etc. Pierde a su padre en los aconteci­mientos de la comuna de París (1870)’ Viaja por las Islas Canarias, Dakar, la Guayana y, posteriormente, por el Océano Pacífico, Tahití y la Isla de Pascua. Más tarde visitaría Constantinopla.

Tras publicar algunas de sus obras más famo­sas (Aziyadé, Le roman d’un Spahi, Madame Chrysantheme) en la década de los ochenta, se casa y tiene un hijo, Samuel.

En 1891 es nom­brado académico. Pasaría sus últimos años entre Hendaya y alguna nueva singladura por los mares del índico. Participa como conseje­ro en la contienda mundial del 14 y obtiene la Cruz de Guerra. Muere en 1923.

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