Si bien con el éxito de la reedición de Lo Bello y lo Triste Emecé parece haber encarado la ciclópea taréa de editar la obra completa de Kawabata sumando varios ejemplares al año, hubo hace algún tiempo, un ejemplar de cuentos que se adelantó a la novela del éxito para luego perderse de vista. Fue Primera nieve en el monte Fuji, selección de textos hecha por el propio Kawabata como introducción a su mundo sensible y publicado en castellano por editorial Norma.

Tras un par de años de ausencia en las bateas, Norma presenta una nueva edición de este libro; la oportunidad tanto de ingresar o de seguir adentrándose en la narrativa del genial premio Nobel.

Agradecemos a la oficina de prensa de Kapeluz-Norma argentina la autorización para reproducir el siguiente texto.

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Desde el segundo piso se oía nítidamente a los cuatro niños jugando a las veinte preguntas en el cuarto de la planta baja.

Cada uno de ellos hacía por turnos de anunciador. Escribía una palabra en un papel y lo dejaba boca aba­jo sobre el piso. Las palabras eran fáciles porque eran palabras de niños. Cuando la respuesta era acertada se escribía un círculo alIado del nombre del niño gana­dor. Ganaba el niño que obtuviera el mayor número de círculos.

-El siguiente es un mineral -dijo el niño que hacía de anunciador.

-¿Es líquido?

-Sí. Es líquido.

-¿Es agua?

-Sí. Es agua.

-¿Esa agua está haciendo ruido en este momento?

-Sí. En este momento está haciendo ruido.

-¿Ese ruido suena como «poro poro poro»?

-Sí. Muy bien.

-¡Gotas de lluvia!

-¡Sí! Gotas de lluvia… es correcto.

El niño había adivinado con solo cuatro preguntas.

-Shizu, el que acaba de dar con «gotas de lluvia» es Fumio, ¿verdad? ¡Qué listo! -dijo Hidaka Toshiko hablando a través de la pared corrediza con alguien en la habitación vecina. Puesto que entre las dos ha­bitaciones había un corredor de un metro de ancho, en realidad se comunicaban a través de dos paredes corredizas.

-¡Qué tramposos…! ¡Usar palabras como «gotas de lluvia»! -contestó Numao Shizu.

-Sin embargo el pequeño Furnia adivinó sin problema.

-Sí, pero fue porque Kaku, el chico vecino, lo puso sobre la pista con «poro poro poro». Le sirvió la palabra en bandeja al pequeño Furnia. Si Kaku dijo «poro poro poro» es porque sabía que la respuesta era «gotas de lluvia».

-No creo… con solo saber que se trata de agua que está haciendo ruido aquí y ahora no es fácil adivi­nar si es lluvia o gotas de lluvia.

-Bueno, lo que se oye llover son las gotas, ¿no? -¿Ah, sí? Pues el ruido de la lluvia no es el mismo que el de las gotas de lluvia. ¡Son diferentes!

-Sin embargo, el turno de anunciador era de mi hijo Shin’ichi. Y, como era Shin’ichi, tuvo que ocurrír­sele algo como «gotas de lluvia». Kaku se dio cuenta desde el principio.

Toshiko terminó por callarse ante la vehemencia de Shizu. No iban a pelearse por algo como la dife­rencia entre «lluvia» y «gotas de lluvia». De hecho las gotas de lluvia que caían en el cuarto de los niños hacían un ruido impresionante. El agua se precipitaba por una canal rota. El ruido no era el suave sonido que sugieren palabras como «gotas de lluvia» o «poro poro poro».

Toshiko había dicho las cosas amigablemente. ¿Por qué estaba tan antipática Shizu? Shizu, por su parte, pensó que Toshiko se había referido irónicamente a que no hacía reparar los daños de la casa, empezando por la canal. La expresión «gotas de lluvia» propuesta por su hijo, que estaba en quinto grado de primaria, la había dejado molesta.

Toshiko e Hidaka eran una joven pareja de espo­sos que todavía no había registrado su matrimonio. Ocupaban en arriendo una habitación de seis tatami en el segundo piso de la casa de los Numao. Ambos estaban empleados. En la planta baja de la casa había una papelería que había sobrevivido por estar cerca de la escuela. Las ventas habían caído desde que Nu­mao comenzó a ausentarse con frecuencia de la casa y Shizu empezó a tratar con brusquedad a los niños y, por otra parte, no pareció interesarse en renovar el in­ventario. Shizu veía al joven matrimonio Hidaka como una pareja bien avenida y amistosa, algo raro de ver en esos tiempos. Shizu, sin embargo, era desigual: unas veces mostraba una mezcla de amabilidad y envidia y otras iba de los celos a la maldad. Antes Numao solía dormir solo en la habitación de ocho tatami del segun­do piso y Shizu con los niños en la habitación de seis tatami que quedaba detrás de la tienda de abajo. El cuarto de los niños era un espacio hecho de tablones, que había sido añadido después y en el que solo ca­bían dos escritorios. Como las noches en que Numao no regresaba a casa se fueron sucediendo, Shizu se trasladó a dormir a la habitación del segundo piso. Los fuertes ronquidos de Numao más bien tranquilizaban a los Hidaka. En cambio las llamadas de Shizu desde el otro lado de las paredes corredizas de papel, cuando ya la creían dormida, asustaban a Toshiko.

-¡Toshiko! ¡Toshiko! He estado echando cabeza so­bre la mujer tras de la que anda Numao. Debe ser esa Tokiko que venía a charlar contigo en la habitación… Últimamente no se ha vuelto a asomar, ¿verdad?

Tokiko era una muchacha empleada en la misma empresa que Toshiko e Hidaka. Toshiko sospechaba que tenía algo cuestionable con Hidaka y que por este motivo no había vuelto a visitarla a la habitación que habían arrendado.

Una noche Toshiko se quejaba entre susurros y lloriqueos cuando Shizu tuvo una pesadilla. Irritado con los gritos de Shizu, Hidaka apartó bruscamente de su pecho la cabeza de Toshiko. Toshiko permaneció inmóvil por un buen rato.

-Esa voz sonó aterradora, ¿verdad? -dijo Hidaka.

-Cuando yo esté como Shizu con niños en quinto de primaria podrás hacer lo que quieras. Te lo digo de verdad. Pero ahora, es el colmo. Todavía no hemos estado juntos ni un año y ya… Por lo que dice Shizu, Tokiko es una coqueta.

-Lo sé. Eres idéntica a la Numao. Un demonio desconfiado. Nada más recuerda cómo gritaba ahora.

Desde esa noche Shizu no volvió a decir nada so­bre Tokiko. Tokiko vino un par de veces a ver a Tos­hiko y en esas ocasiones conversó agradablemente con Numao. No sospecharía Shizu, que allí, en plena luz del día, pudiera pretender algo con su esposo, ¿no?

-Peligroso -le advirtió Hidaka a Toshiko después del incidente con la expresión «gotas de lluvia». Los cuatro niños habían seguido jugando a las veinte pre­guntas. Cuando a Furnia, el niño que había acertado con «gotas de lluvia», le tocaba el turno de anunciador había que ayudarlo porque apenas estaba en segundo año de primaria.

La sirena de una ambulancia se fue acercando por entre las calles oscuras. Producía una opresiva sensa­ción de angustia.

-¡Odio ese sonido! Hoy ya lo he oído tres veces -dijo Toshiko con una voz como para que se oyera en el cuarto vecino.

-Es que hay numerosos accidentes por ser final de año. Los transeúntes van de prisa y los autos volando. Es peligroso. Me dijeron que casi siempre que salen las ambulancias es porque hay personas heridas. No tanto por enfermos. Los autos deben estar patinando con esta lluvia -dijo Hidaka.

-¡Ese sonido! Siento como una opresión en el pecho. Como si me atropellara la corriente de los años.

-Nosotros estamos a salvo sentados alrededor del kotatsu. ¿Por qué tienes que decir esas cosas? ¿Quién podría estar herido?

Toshiko bajó la voz y dijo:

-No me siento tranquila. Tú sabes que tendré que renunciar al trabajo después de Año Nuevo. El regla­mento interno de la empresa dice que cuando hay un matrimonio entre dos empleados uno de los dos debe retirarse. Fuiste tú quien me lo dijo hace poco. Pero quien regó el cuento de lo nuestro en la empresa tuvo que haber sido Tokiko.

-Fue divertido haberlo podido ocultar por casi medio año.

-Para mí no fue divertido. Cuando pensaba en el retiro de la empresa era como si me corriera una am­bulancia en el pecho.

La sirena de la ambulancia se fue alejando por entre las calles.

Después de un rato Shizu llamó una vez más desde la otra habitación:

-¡Toshiko! -y añadió-: No sé por qué pero las ambulancias cruzan constantemente por la calle de enfrente. Desde hace mucho. Cada vez que oigo esa sirena pienso qué bueno sería que un carro atropellara a mi marido y lo dejara muerto o herido.

-…

-Si quedara herido al menos podría hacerse cargo de la papelería.

Hidaka y Toshiko quedaron mudos, mirándose 1 la cara. Toshiko no podía despegar sus bellos y aún jóvenes ojos de la cara de Hidaka.

-¡Toshiko! ¿Ya estás acostada? -dijo Shizu.

-No, todavía es temprano. Son las nueve y veinte -contestó Hidaka en lugar de Toshiko.

-¿Ah, sí? ¿Y molesto si paso a conversar?

-De ninguna manera -contestó Hidaka de nuevo.

Toshiko miró instintivamente la puerta corrediza y acomodó las piernas debajo del kotatsu.

Shizu se metió en el kotatsu frente a Hidaka y Tos­hiko.

-Hidaka, estoy pensando alquilar la habitación de ocho tatami a partir del año entrante. ¿Cómo te parece? ¿No tienes algún conocido que puedas presentarme?

-Claro que sí.

-Pero nadie que se vaya a parecer a Tokiko.

– Tokiko vive con sus padres.

-¿Cómo? ¿Vive con sus padres? -dijo Shizu y pareció sorprendida por alguna razón-o ¡Qué bueno para ella! Pero si arriendo esa habitación, con el dinero del alquiler estoy pensando en reparar las canales. Ha­cen un ruido espantoso cada vez que llueve. ¡Pobres niños! Y cuando cae un aguacero ni yo misma puedo dormir.

-Tampoco es que esté tan mal.

-Está mal. Yo no puedo dormir. Pero si alguien viene a vivir al cuarto vecino pienso que sería mejor un conocido de ustedes. Ojalá fuera un matrimonio.

-Si es por nosotros no hace falta que sea alguien conocido ¿verdad? -le preguntó Hidaka a Toshiko.

-Teniendo a dos parejas de esposos jóvenes, amigos entre sí, en el segundo piso, yo me puedo aco­modar con los niños en la habitación de abajo. Mejor jóvenes, ¿verdad? Toshiko, el diseño del edredón de este kotatsu lo escogiste tú, ¿no es así? ¿Tú misma lo cosiste? ¡Qué lindo!

En el primer piso alguien abrió la puerta de entra­da como si fuera a desarmada.

-¡Shin’ichi! ¡Fumio! ¿Están ahí? -se oyó la voz ronca de -Numao-. ¡Ah! Están ahí, ¿verdad? Ahora, aquí no más, acaba de pasar algo terrible. Tan triste que no pude quedarme a mirar. Un carro atropelló a un mu­chacho que no sé quién es.

Con el grito de Numao los cuatro niños dejaron el juego de las veinte preguntas. En el segundo piso se oyó como si se levantaran a recibido.

-¡Volvió! ¡Volvió! -dijo Shizu azorada poniéndose de pie. Y tal vez por vergüenza de que los Hidaka la vieran reaccionar de esa manera, dijo-: ¡Eso fue la am­bulancia de hace un rato!

De repente, desde abajo se oyó la voz de Tokiko. Shizu debió haber acusado a Numao de regresar con Tokiko porque Numao decía:

-¿Yo? ¡No! Esta señorita es una desalmada. Un carro atropella a un niño, y ¿qué hizo ella? Como todas las mujeres, se metió entre la gente a curiosear… Me dejó sorprendido. Así son las mujeres que no tienen hijos.

-¿Ah sí? ¡Peor eres tú! A mí me pareció algo terrible. Pero, ¿no estabas tú también mirando, señor Numao?

-Sí. Porque cuando oí que había sido un niño pen­sé que podía ser uno de mis hijos y me abrí campo por entre los curiosos. Y cuando salí al lugar, ¿a quién me encuentro? A la señorita Tokiko plantada ahí delante.

-¿Y qué pasó con el niño atropellado? ¿Lo ayudaron? -preguntó Shizu.

-¿Cómo voy a saberlo? Me tranquilicé cuando supe que no era uno de mis hijos. Lo único que vi fue que se lo llevaban en una ambulancia.

-¿Ves lo que le digo? En cuanto comprende que no es uno de sus hijos queda tranquilo. ¿No es espantoso? -le dijo Tokiko a Numao.

-Muy cierto -dijo Shizu aliándose con Tokiko. Des­pués, cambiando de tema, añadió-: Cuando alguien de casa está fuera odio oír la sirena de una ambulancia.

Tokiko subió al segundo piso. La habitación pare­ció volverse más clara. Tokiko permaneció un rato en silencio.

-Aquí también escuchamos la sirena -dijo To­shiko.

-¿Sí la oyeron? Yo me sentí muy mal. El acciden­te me sorprendió a mitad de camino… Bueno, quería contarles que he resuelto casarme antes de finalizar el año. Él tiene unos años más que yo.

-¡Felicitaciones! ¡No tenía ni idea! -dijo Toshiko radiante. Por un momento sus ojos encantadores parecieron llenarse de lágrimas-. Amor, si Tokiko ne­cesita una habitación, ¿qué te parece el cuarto vecino de los ocho tatami…?

Hidaka no respondió. La sombra de la linda nariz de Tokiko se movía sobre su mejilla tomando una for­ma misteriosa.

En la planta baja había señales de que los niños ve­cinos regresaban a sus casas. El sonido del agua cayen­do por la canal rota del cuarto de los niños apagaba la conversación en voz baja del matrimonio Numao.

Yasunari-Kawabata

Sobre El Autor

Yasunari Kawabata (1899/1972) nació en Osaka, el 11 de junio de 1899. A los 3 años la orfandad lo signó para siempre. Cineasta en su juventud fue un hombre habituado a la soledad. Ella y sus pertinaces insomnios terminaron por constituirse en fuente inspiradora. En 1920 ingresa a la Universidad Imperial de Tokio para estudiar Literatura primero en lengua inglesa y luego japonesa. Graduado ya, funda la revista La Edad Artística (1924) donde publica La danzarina de Izu (1926). Kawabata, por entonces integrado a los neosensacionistas, partidarios de la poética y el lirismo en oposición al realismo social de la época, concluye su primera novela Diario íntimo de mi décimosexto cumpleaños (1925) en la que ya se expresa un estilo particularmente bello. El eje temático de la obra de Kawabata deambula entre la belleza, que él descubre en la literatura, la soledad, la muerte y una obstinada búsqueda de comprensión de la naturaleza femenina. Alrededor de estos grandes temas se inspiran la mayoría de sus obras. La dificultad que puede representar el desentramado de sus historias es el fiel reflejo de las diferencias entre la concepción del mundo oriental y occidental en cuanto a la sensibilidad y el espíritu tan exacerbado en aquél. Aún la traducción es un elemento que impide la trascripción de la belleza. Él señala que Lo bello y lo triste no es traducible. Algunas de las obras de Yasunari Kawabata son: País de nieve (1948), El clamor de la montaña (1949-1954), Mil Grullas (1959), La casa de las bellas durmientes (1961), Lo bello y lo triste (1965), El Maestro de Go (póstuma y de tono biográfico, 1972), etc. Su narrativa impregnada de un alto lirismo constituye una empeñada búsqueda de la armonía cósmica, una suerte de entendimiento del hombre, la naturaleza y el vacío. El Premio Nobel (1968) que recibe no hace sino reconocer su alto vuelo poético-literario que termina por envolvernos más allá del sentido de la obra. Enfermo y deprimido Kawabata Yasunari se quitó la vida inhalando gas en Zushi el 16 de abril de 1972 sin dejar ninguna explicación y a pesar de sostener que el suicidio no es una forma de iluminación puesto que la muerte solo interrumpe la comprensión. Tal vez esta curiosa elección de auto eliminarse no haya sido más que una forma de mostrarnos que todo final es una inesperada interrupción abrupta como lo son sus historias, sin perjuicio de que luego perduren. Tal como él.

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