A finales del siglo diecinueve el joven oficial de la marina portuguesa Wenceslau de Moraes desembarca en Macao (China) y es destinado a la capitanía del puerto. En esa colonia se casa con una nativa, Vong-Io-Chann, con la que tiene dos hijos. Sobre China escribe algunos libros, pero cuando en misión oficial con el gobernador de Macao, visita el Japón (1887), se queda fascinado. Regresa en numerosas ocasiones, hasta que finalmente abandona a su familia china y se instala definitivamente en Osaka, de donde consigue que lo nombren cónsul. En el Japón conoce al amor de su vida, O-Yoné, cuyo fallecimiento prematuro dejaría en el marino una herida incurable. Para estar cerca de su tumba, deja entonces su puesto de cónsul y se retira a la ciudad natal de O-Yoné, Tokushima, donde conoce a una sobrina de aquella, Ko-Haru, la cual fallece también de forma dramática. Las páginas de Ó-Yoné y Ko-Haru, publicadas en aquellos años en «O Comercio do Porto» y rescatadas recientemente del olvido por Ediciones del Viento en su cuidada colección Viento Simún, relatan estos episodios y las impresiones que el exótico país dejaban en el decimonónico caballero Lisboeta.

Wenceslau de Moraes fallece en Tokushima el 1 de junio de 1929, veinticinco años después que Lafcadio Hearn, dejando como legado una de las obras más entrañables en lo que al orientalismo nipón respecta.

lecturas 2 imagen autor

Wenceslau de Moraes

 

al Exmo. Sr. José Emilio Castel Branco

¿Por qué será que en el Japón, el país de la jovialidad de las cosas y de las gentes, por qué será que en el Japón los suicidios se dieron siempre y se dan hoy con relativa frecuencia, en comparación con lo que sucede en Europa? Sería imposible para cualquiera, incluso para el más versado en exotismo japonés, responder satisfactoriamente a esta pregunta. Entran aquí en juego diferencias múltiples que no nos son fáciles de resolver; diferencias de medios, diferencias de civiliza­ciones, diferencias de creencias y sobre todo diferencias raciales. A pesar de todo, es un hecho admitido que el japonés, más que el euro­peo, encara la muerte con notable frialdad; esta circunstancia, que explica en parte las maravillosas cualidades de guerrero, de soldado, de que el japonés ha dado constantemente tantas pruebas, viene tam­bién a explicar en parte la relativa frecuencia de los suicidios. Y llega­mos así a la curiosa paradoja de tener que admitir que esta gente, que vive sonriendo, que olvida rápidamente los pesares y los reveses, que es sobria como ninguna otra, que se deleita en puerilidades de flore­cimientos de árboles y ornamentos de paisaje, que en definitiva sabe encontrar en la vida, como ninguna otra, mil pequeñas nadas que le encantan y le tornan la existencia despreocupada y apacible, es al mismo tiempo la que más fácilmente se desprende de este mundo por un acto voluntario, poniendo término a sus días muchas veces bajo el impulso de los más frívolos pretextos.

En los tiempos del feudalismo japonés, el harakiri o seppuku, es decir, el suicidio en el que el samurai se rasga el vientre con su propio sable, suicidio muchas veces impuesto, como castigo por una falta, por un superior jerárquico, y también muchas veces infringido de manera deliberada y espontánea, era algo habitual. En los campos de batalla, el guerrero evita por todos los medios verse cautivo del ene­migo; si se considera irremediablemente perdido, se mata. La vieja historia japonesa está llena episodios de estos. Pero en la historia de nuestros días no dejan todavía de registrarse; en las recientes guerras del Japón con China y del Japón con Rusia, e incluso en la guerra del Japón con Alemania, los ejemplos no escasean.

Dejando ahora a un lado la guerra y sus guerreros, si se pretenden recopilar en este Japón, entre todas las clases sociales y entre ambos sexos, casos de pequeños dramas íntimos que tengan como resultado el suicidio, basta la simple lectura de los periódicos cotidianos para conseguir una abundante cosecha de documentos interesantes. La ver­güenza después de una falta cometida, la miseria de la existencia, los amores infelices, una reprimenda sufrida, un suspenso en un examen escolar, la pérdida de los derechos a la herencia familiar y al cargo de representante legal de la familia, una enfermedad incurable, un nego­cio fracasado, estas causas y mil más constituyen frecuentes motivos de suicidio. Entre esposos, los celos, o la vergüenza de un divorcio impuesto por la voluntad del marido, o las regañinas domésticas por parte de la familia del marido -particularicemos en la terrible sue­gra-llevan no pocas veces a la esposa a poner fin a su vida; en algu­nos casos, antes de matarse, mata a sus hijos, o se mata con sus hijos, abrazándose a ellos, corriendo a lanzarse al mar, o a un río, o a un pozo, o a la línea férrea por donde va a pasar un tren… Hay suicidios extravagantes, que casi dan ganas de sonreír. Por ejemplo, hace toda­vía pocos meses, cuando la epidemia de la gripe se propagó con furia por el Japón, un individuo de Osaka fue atacado por la enfermedad; convencido, justo después de los primeros achaques, de que serias complicaciones vendrían a poner término a su existencia, se anticipó a lo que creía que debía ser su destino: se suicidó.

Otros suicidios, por las circunstancias particularmente enternece­doras que los envuelven, conmueven a la multitud, permanecen en la memoria del pueblo, son recordados en las conversaciones y en los libros como documentos del alma japonesa. Así ha sucedido, por ejemplo, con el caso de Hatakeyama Yuko. Hace aproximadamente veintiocho años, cuando Nicolás I, el último y malogrado emperador de Rusia, vino de visita al Japón, siendo entonces simplemente zare­vich -príncipe imperial y presumible heredero al trono-, un agen­te de la policía japonesa que tenía por misión, cerca de la ciudad de Kyoto, acompañar y proteger a aquel alto personaje desenvainó el sa­ble y arremetió contra el príncipe, hiriéndolo y casi matándolo. El acontecimiento produjo, como bien se puede imaginar, consternación general en el imperio; se sabía que el emperador estaba abatido de tristeza. Fue entonces cuando Hatakeyama Yuko, una simple mucha­cha japonesa, criada de servir, afligida por la pena que sufría su sobe­rano, se suicidó, declarando en una carta que dejó escrita que procedía así para reparar en sí el oprobio de la nación y restituir la tranquilidad al emperador. El túmulo de Hatakeyama Yuko, aún hoy bastante visi­tado por piadosos peregrinos, se encuentra en el centro del cemente­rio adyacente al modesto templo de Makkeiji, en un barrio solitario de Kyoto.

Otro ejemplo que impresiona es el de un niño de tierna edad -unos diez o doce años- sirviente en casa de un cierto negociante de Osaka. Esto sucedió hace unos veinte años. El pequeño tenía por misión espe­cial acompañar, vigilar y entretener a un hijo menor del tal negociante.

Muere el niño, víctima de no sé qué molestia y el sirviente se suicida enseguida con la cariñosa intención de continuar allá, en el otro mundo, ejerciendo el mismo menester, junto a su pequeño amo…

¿Y qué diría yo, si fuese mi intención alargarme mucho en citas, de Noghi, el glorioso general, el héroe de Puerto Arthur, venerado en todo el imperio, que se suicida un año después del fallecimiento del emperador por no poder habituarse a aquella pérdida? … ¿Y qué diría yo de su devotísima consorte, que inmediatamente se suicida con el místico propósito de acompañar a su marido en el viaje, el viaje tremendo, fuera del espacio, de aquellos -todos nosotros- que parten de este mundo para ir…? quién sabe a donde van…

***

Ocurren repetidas veces en el Japón unos suicidios de carácter muy especial, suicidios dobles, de un hombre y una mujer, suicidios de amor, para los que los japoneses crearon, con propiedad, denomina­ciones concretas. Les llaman shinju, o joshi; cualquiera de estas dos palabras es una palabra compuesta de otras dos, que quieren decir «muerte» y «corazón». Shinju o joshi pueden traducirse por «muertes del corazón», o, más libremente y menos literalmente, por «suicidios de amor», como ya he dicho.

Generalmente, él, el protagonista del shinju, del triste drama ínti­mo, es un joven, soltero, en la flor de la vida y de los deseos, más o menos de conducta irregular, goloso de placeres; ella, generalmente, es una pobre muchacha, de clase baja, que habita con otras mucha­chas un cubil de mala fama, a donde el destino las empujó a todas, arrastradas por la miseria y el deseo de reducir en cierto modo la penuria de sus familias mediante el vicio. Pero se dan muchas excep­ciones a esta regla; pudiendo él, o ella, o ambos, vivir en la práctica de las más rigurosas buenas costumbres y pertenecer a las clases superiores de la sociedad.

En cualquier caso se habrían visto, se habrían amado. Después habrían surgido grandes dificultades. O el joven contrajo deudas exa­geradas, con las que ya no pudo más, o son obstáculos de otra orden los que se levantan, por ejemplo, la oposición intransigente de la fami­lia del joven a la realización del casamiento. Entonces, deciden poner término a su existencia. Me parece que es él, generalmente, la voz deliberativa, el que manda, el que impone el sacrificio, dolido en su auto estima y también en su orgullo, rebelándose contra la idea de aceptar una ruptura, de permitir a otro más afortunado el gozo de la mujer querida. Ella, el insignificante ente pasivo, sin voluntad, tal vez habituada desde la infancia a todas las humillaciones y a todos los despotismos, se somete sin un murmullo, sin rechazo, satisfecha de obedecer al macho.

El resto es fácil y a veces se resuelve rápido. Si el mar está próximo, o un río pasa cerca del lugar donde residen, allá corren ellos a lanzar­se al mar o al río, que los engulle, abrazados el uno al otro, ligado un cuerpo al otro por el obi, que es la larga faja que la japonesa enrolla sobre el kimono alrededor de la cintura; o es la línea férrea el lugar preferido, dándose las manos, aguardando el paso del tren, que los aplasta. Otras veces es una larga excursión que planearon, casi un viaje de novios a algún sitio distante, pintoresco; viajan en vapores y trenes, después se hospedan en hoteles, como marido y mujer, usando nombres falsos; pasean, visitan templos y lugares célebres; se dan ban­quetes, descansan y charlan; en horas de descanso, escriben largas car­tas, a los parientes, a los amigos, relatando sus proyectos, pidiéndoles perdón; hasta que un día, tal vez cuando ya han gastado todos sus recursos, o cuando temen que alguien los busque y llegue a encon­trarlos, el puñal, o el veneno, u otro medio de destrucción cualquiera, ponen fin a todo… Y allá van los dos entierros cuando hay consenti­miento de las dos familias, ambos forman un único cortejo, y una única lápida guardará los restos de los dos enamorados.

¿Y después, después del entierro?.. Porque hay una glorificación a la espera, una apoteosis del amor inquebrantable, que se levantó por encima de todo, que vuela por encima de todos los intereses y de todos los preconceptos sociales, que casi llega a burlarse de los sufrimientos y de la muerte. El shinju no representa, como equivocadamente podría juzgarse, un acto de profundo desaliento, de suprema desesperación. Al contrario, simboliza una suprema esperanza, consoladora y alegre. Es cierto que el budismo condena el suicidio, pero ¿qué importa el budismo a dos amantes? Otras creencias bastante más intensas exaltan sus sentimientos. Ellos creen en una unión feliz en el otro mundo, o incluso en este, durante una nueva existencia; unión libre de obstáculos de cualquier tipo discurriendo serena en un ambiente de afectos y de amores. Ellos creen en muchas cosas más, ofrendas que una extrañí­sima religión esotérica les ofrece secretamente, y que nosotros, pro­fanos, no podemos comprender; porque, para poder comprenderlas sería necesario ser japonés y, sobre todo, amar, amar a una mujer, amar con la furia indómita, delirante, que a veces exalta el sentimentalismo de estos terribles impulsivos que son los hijos de Nipón.

***

He hablado de los suicidios en el Japón. Particularmente de una espe­cialidad japonesa, casi desconocida en Europa: el shinju, el doble sui­cidio. Y ahora, cuando el lector tenía motivos de sobra para creer que había llegado a su fin este lúgubre asunto, le reservo una última sor­presa: un shinju a tres, un triple suicidio… ¡Un triple suicidio! Tan exótico me pareció que lo escogí como título de estas líneas.

El caso es que hace poco tiempo, leyendo un periódico inglés de Kobe (The Japan Weekly Chronicle), me encontré con una noticia que paso a traducir literalmente: «Un joven profesor de una escuela primaria del ayuntamiento de Fukuoka y dos damas, profesoras de la misma escuela, cometieron un shinju el día 10 del corriente mes (diciembre de 1918) en un hotel. Una triple cuestión de amores y la imposibilidad de matrimonio son las presuntas causas de los suicidios. Semejante combinación es inhabitual incluso en el Japón».

Se lee un periódico, se tira en un rincón después de la lectura y nunca más se piensa en ello. Las hojas seguirán, con las cartas rasga­das, con las colillas de cigarro, con toda la basura, su destino carente de gloria. Yo tuve la idea de enviar a mi tierra, a los curiosos del mis­terio del alma humana, la noticia mencionada. Es este mi mérito -lo que no es poco-, y no les conozco otro a estas líneas. No he tejido con los datos recogidos la trama de un cuento cualquiera de mi inven­ción, lo que podría haber hecho. Dejo al lector la posibilidad de apro­ximarse, si quiere, a este abismo, y de reinterpretarlo y comentarlo como le plazca; abismo de orden psíquica, comparable en cierto mo­do a otros abismos de orden natural, como algunos tenebrosos despeñaderos que se cavan a veces en los declives de los barrancos y que nos dan vértigo al mirarlos…

¡Un triple suicidio! Un hombre enamorado de dos mujeres, dos mujeres enamoradas del mismo hombre. No hay secretos entre los tres; imposibilidad, es evidente, de efectuar el casamiento en armonía con las leyes del país y con los deseos de cada uno de los interesados. Solución -tres suicidios- adoptada de pleno acuerdo después de una reunión amistosa en un hotel, tal vez festiva, ruidosa, de animada conversación y de risas… ¡pero es asombroso!

El caso, en mi opinión, no merece nuestro escarnio, ni tan siquiera la pequeña nota sarcástica con la que el periódico acaba, veladamen­te, la información. Merece, por lo contrario, nuestra franca piedad. Nosotros, los viejos, los experimentados de la vida, debemos disponer de una fuente inagotable de piedad con la que poder ungir a todos los grandes desgraciados, o su simple memoria. Y aquellos tres seres, amándose sin duda profundamente, rechazando cualquier combina­ción menos honesta que les conservase las existencias, evocando los tres el suicidio como única tabla de salvación y soñando no sé qué complicadas compensaciones futuras en existencias siguientes, fueron muy desgraciados…

¿Acaso se os ocurre calificar como aberraciones morales los ejem­plos que he citado? No exageréis. Notad, buenos amigos que me leéis, que la moral convencional que rige las acciones de los individuos en las sociedades civilizadas no coincide con la moral de las conciencias y de los sentimientos. Moral de las conciencias y moral de los afectos, ¿quién las procura? ¿Quién puede adivinar secretos que se guardan en el interior del misterioso sagrario de cada uno, que no se divulgan a nadie, ni tan siquiera a los amigos más íntimos, ni tan siquiera muchas veces a uno mismo, y que sólo circunstancias rarísimas, fortuitas, como ésta de un triple suicidio, pueden ocasionalmente revelar?… El individuo moral está por definir y así seguirá siempre. Aquello a que podemos llamar el Yo psíquico es comparable a un bosque virgen, salvaje, impenetrable, donde se desatan al azar, sin sombras de disciplina, sin obediencia ni preceptos, todas las fuerzas de lo extraño, de lo exó­tico, de lo inesperado, de lo sorprendente y de lo inverosímil. Y su­cederá que los más celosos moralistas de palabra, los más severos críticos de los desmanes contra la normalidad de las costumbres, serán muchas veces los que, en su sentir íntimo, se encuentren en un mayor desacuerdo con las teorías que profesan. Lo que sucede es que, por timidez, o por vergüenza, por modestia, por miedo, por orgullo, por conveniencia, por hipocresía, por maldad, o incluso por el simple motivo de desconocerse a sí mismo, el ser humano se priva tanto como puede de mostrarse como en realidad es. Aplaudamos la moral cívica, de convención, que rige las sociedades llamadas civilizadas, pues es por ella por la que se mantienen el orden y la disciplina, tan necesarios para la conservación y la evolución de la familia humana; pero no queramos medir por ella el torbellino de impulsos que agitan nuestra pobre individualidad de seres aislados e independientes.

***

Finalizo las divagaciones. Aquí tenéis el suceso de los tres cadáveres tal y como es, rudo, sangriento. Y adornad ahora la novela al agrado de vuestra fantasía. Yo no lo adorno, sufro solamente ante el trágico inci­dente. Y por enredados procesos de mi mentalidad de solitario, me viene a la cabeza la triste idea de que también yo, en este último capí­tulo de existencia, poseo mi novela, aunque muy diferente. En mi novela, figuran también tres protagonistas, dos mujeres y yo; ellas muertas ya, una muerta aproximadamente hace dos años, la otra muer­ta hace aproximadamente seis. A pesar de todo, en el fondo negro del cuadro de mis recuerdos, destacan todavía, nítidos, los espectáculos dolorosos de sus dos grandes agonías…

TOKUSHIMA, febrero de 1919.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Ir a la barra de herramientas