El fútbol y los piratas parecerían —a simple vista—, dos cuestiones insoldables. Nicolás Schuff, sin embargo, encontró la manera de fusionar el arte del balompié con los más desopilantes filibusteros en una historia increíblemente divertida, que mezcla una aventura clásica en el mar —parches, patas de palo, tatuajes—, con un joven protagonista que quiere recuperar su tesoro más preciado: la pelota de fútbol de su equipo, firmada por el 10 de la selección.

Tuve el privilegio de leer esta novela antes de su publicación y volví a leerla ahora, ya publicada, con el mismo entusiasmo —¡o más!—. En pocas y agitadas páginas, Schuff nos hará reír —mucho—, emocionarnos y viajar, una verdadera maravilla.

¿Quieren saber más?

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Nicolás, ¿qué lugar ocupa el fútbol en tu vida?  

El 0.3 por ciento. Menos durante los mundiales, que oscila entre el 19 y el 31 por ciento, según el desempeño de la selección argentina. Mi mujer mira los partidos de Boca y yo los sigo de reojo.

¿Qué características de un filibustero considerás necesarias en un buen jugador?

Ambición, coraje, espíritu gregario, tatuajes feos.

Los capitanes piratas de esta historia se llaman Kempes y Vander, contanos por qué.

Cambié muchas veces los nombres de esos personajes. Incluso llegué a esta página, que genera tu propio nombre pirata:

http://gangstaname.com/names/pirate#.Vd5JDvl_Oko

Mientras trabajaba en la historia me crucé con una nota sobre Mario Kempes, el capitán de la selección argentina que ganó el mundial de 1978. Esa final se jugó contra Holanda, donde jugaban dos hermanos gemelos: William y René Van Der Kerkhof. Me divertía que hubiera un guiño para algún padre que compartiera el libro con su hijo.

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Nicolás Schuff

Cuando uno lee tu novela percibe que disfrutaste escribiéndola. ¿Es así? ¿Qué fue lo que más te divirtió?

El libro empezó con una escena que escribí sin ningún plan, para divertirme, “dejándome llevar” por el lenguaje. Pero eso quedó ahí. Lo retomé cuando Franco Vaccarini, generosamente, me invitó a participar de la colección infantil de Galerna. Me alegra lo que decís, porque intenté sostener el tono ligero y un poco zumbón que me había gustado de aquella primera escena.

Si tuvieras que elegir entre ser un futbolista profesional o un corsario temerario, ¿qué elegirías y por qué? 

No me arriesgaría a tener que filmar publicidades de champú, dialogar con Alejandro Fantino, inventar pasitos de baile para festejar goles… Prefiero beber ron en compañía de individuos malolientes. Además me gustan los sombreros. Así que me quedo con el corsario.

¿Tenés alguna historia en el mar preferida? (Película o novela) ¿Cuál?

El libro La isla del tesoro. Incluí un pequeño homenaje a esa novela al final de Fútbol Pirata. La sonada aventura de Ben Malasangüe, de la genial Ema Wolf. Además, la primera página de Moby Dick, que para mí está entre los mejores comienzos de novela de la literatura.

¿Tuviste que hacer algún tipo de investigación previa para escribir sobre piratas?

No. Como el libro trabaja con el absurdo y el anacronismo desde el principio, no tuve que preocuparme por sostener ningún tipo de verosimilitud histórica, técnica, etc.

En tu novela, el pescador ocupa la figura de “el mentor”. Entre otras cosas, dice: “Perderse es más difícil de lo que crees. Y, de vez en cuando, hace falta. Todos los días, desde que nos levantamos hasta que nos dormimos, sabemos dónde estamos, adónde vamos a ir y por dónde. Perderse, amigo mío, es una forma de encontrarse. Renueva el espíritu. Alegra el corazón. Libera la imaginación.” ¿Cuánto de la “filosofía Schuff” hay en este personaje? ¿Te interesa que el lector joven reconozca estos mensajes dentro de la aventura?       

En este caso se trata de un personaje que habilita este tipo de frases un poco irritantes, porque es un “viejo lobo de mar”, lleno de experiencia, cierta sabiduría y un pelín de chochez. Pero sí: estoy de acuerdo con sus palabras. Creo que a menudo seguimos caminitos previamente trazados y señalizados por otros. En todo sentido. Precisamente por eso no me interesa la literatura que alecciona.

Yéndonos al plano personal, ¿cómo y cuándo nace Nicolás Schuff escritor? ¿Tenés alguna otra pasión además de la escritura?

El escritor “nace” como reverso necesario del lector. Eso ocurrió durante la adolescencia. El “escritor profesional de libros para chicos”, con el que suelo discutir fiero, se desarrolló de a poco en los últimos diez años y, al principio, un poco por casualidad.

No sé si podemos hablar de “pasión”, pero en los últimos años estuve vinculado al Zen, a la práctica del zazen (meditación), a través de Alberto Silva, en cuyo libro Zen 4 (Editorial Bajo la Luna) colaboré escribiendo algunos textos.

Por último, ¿en qué proyectos estás trabajando actualmente? En el futuro cercano, ¿qué esperás con más entusiasmo?

En este momento, junto con Malena Rey, damos un taller literario gratuito para chicos. Es una experiencia nueva y grata, de la que aprendo mucho.

Edelvives publicará este año un libro que terminamos con Pablo Picyk, Los equilibristas.

Además escribí dos libros breves, más “personales” que otros, en el sentido de que no responden a los formatos habituales de lo que solemos encontrar en la literatura para chicos. Ni siquiera son estrictamente para chicos. La verdad, no sé quién querrá publicarlos. Espero con entusiasmo seguir recorriendo ese camino.

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