Inspirado en el cuento Cirugía psíquica de extirpación, de Macedonio Fernández.

 

La escena se desarrolla en un espacio cerrado y oscuro, sin ventanas, una celda. En el centro hay un banco que el Reo también usa de cama. El Reo viste un overall azul y está rapado. Está sentado y escucha una radio portátil que se pega a la oreja.

REO: Con razón esta humedad. Cuatro días de lluvia sin parar… (De pronto la radio pierde la señal, se apaga. Él la golpea y la sacude.) ¿Pero qué le pasa a esto? Si le acabo de poner baterías nuevas. (Le saca las pilas y las deja sobre la mesa, junto a la radio.) Luego las tiro, cuando salga.

Se levanta y da una vuelta por la habitación, recorre las paredes con la mano. Llega a la puerta e intenta abrirla. No puede. Ve una taza de café sobre la mesa y se acerca a ella.

REO: (Toma la taza y bebe un trago. Pero el café está frío, así que lo escupe.) ¡Qué porquería! ¿Hace cuánto está esto aquí? Yo no lo serví. (Mira alrededor.) Si ni siquiera tengo una cafetera. ¿De dónde habrá salido? Me lo habrá traído el servicio. Parece que trajeron pan también, está lleno de migas. Pero… ¿quién se lo comió? Bueno, yo mucho hambre por suerte no tengo. Se lo debe haber robado el servicio. Este lugar no parece gran cosa. Parece más bien una pocilga, no le deben pagar muy bien a sus empleados. ¿Cómo se me habrá ocurrido quedarme en este hotel? ¿En qué estaba pensando?

(Se prepara para salir.) Me pregunto cómo estará el tiempo afuera. Esperemos que haya sol, porque no sé dónde dejé el paraguas. (Intenta abrir la puerta pero no puede.) ¡Qué pasa! Puerta de… ¿a quién se le ocurrió ponerle llave? ¿Dónde está?

Busca la llave en sus bolsillos, mira por todo el cuarto y encuentra la radio y las baterías. Se entusiasma. Le pone las pilas y la enciende junto a su oreja.

 REO: ¿Qué le pasa a esto? Las baterías son nuevas. (Tira la radio sobre la mesa.) No aguanto más. (Se toma la entrepierna, necesita ir al baño. Corre a la puerta y trata de abrirla, pero no puede.)

 REO: (Golpea la puerta y grita.) ¡Vamos! ¡Vamos, apúrense! ¿Hace cuánto que está ocupado? Vamos, el baño es de todos. (Para sí.) Ay, ya no aguanto.

Intente tirar la puerta abajo con el hombro. La golpea un par de veces, y se abre. Entra el Doctor.

 DOCTOR: (De muy buen humor.) Buenos días.

REO: (Receloso.) Buen día.

DOCTOR: (Toma notas sobre una planilla todo el tiempo.) ¿Cómo amaneció hoy?

REO: Bien, bien, creo que bien.

DOCTOR: Veo que su apetito ha mejorado, se comió todo el pan.

REO: Parece. Ahí hay café recién servido, por si quiere.

DOCTOR: ¿Está loco? Está ahí desde la mañana.

REO: ¿Hay sol afuera?

DOCTOR: ¿Sol? Ya no sabemos qué es el sol. Hace cuatro días que llueve sin parar. Dígame, ¿cómo está la cicatriz?

REO: (Se mira todo el cuerpo.)

DOCTOR: Arriba, en la cabeza. Y en la base de la cráneo.

REO: (Se palpa toda la cabeza.) Usted es un médico.

DOCTOR: Claro.

REO: ¿Esto es un hospital?

DOCTOR: Mire, vamos a ahorrar tiempo, que hoy estamos apurados. (El Doctor pregunta y se responde las mismas preguntas que le hace el Reo todos los días.) ¿Esto es un hospital? No, no lo es. ¿Una enfermería tal vez? Tampoco. ¿Qué hace un doctor aquí entonces? Lo examino, como todos los días. ¿Me va a operar? Ya lo hice, varias veces. ¿Puedo salir? No…, (Se corrige.) En realidad, sí. Hoy sí puede salir.

REO: (Se orina encima.)

DOCTOR: Otra vez.

El Doctor hace señas a alguien a través de la puerta. Entre el Guardia.

GUARDIA: Mire cómo me lo deja. Ahora me va a manchar todo.

REO: (Presiente algo malo, a la defensiva.)

GUARDIA: (El Guardia lo toma de la mano, pero el Reo no quiere ir con él.) Vamos, lo esperan afuera.

REO: Nada bueno hay con la policía. (Forcejean.)

DOCTOR: Vamos, Gutiérrez, afuera lo espera su familia.

El Reo se sorprende, y sale por su cuenta. El Guardia igual lo empuja. Apagón.

Se encienden las luces. El Reo, el Guardia y el Doctor en una sala con una silla eléctrica en el medio. El Reo recorre la habitación.

GUARDIA: ¿Por qué le ha dicho lo de la familia? Ha sido cruel.

DOCTOR: Claro que no. Además, ya lo olvidó.

GUARDIA: Esa es su excusa para todo.

REO: (Ingenuo.) ¿Quién se muere hoy?

DOCTOR: Usted.

REO: ¡Qué! ¡Cómo!

GUARDIA: Déjese de juegos, Doctor, ya ve cómo me lo pone.

REO: (Grita enfurecido.) No me ha llegado la hora todavía. Claro que no. Esto es un atropello.

DOCTOR: (Al Guardia.) En tres minutos se le pasa.

REO: ¡Cómo se atreven si quiera a pensarlo! Yo no he hecho nada malo.

El Guardia y el Doctor charlan, mientras en el fondo el Reo sigue vociferando.

GUARDIA: ¿Quién lo soporta estos tres minutos hasta que se le olvide?

DOCTOR: Distráigalo con algo. Convérsele.

GUARDIA: ¿De qué? El pobre no sabe ni quién es.

DOCTOR: No, eso sí. Claro que lo sabe. El juez no me permitió extirpar el centro de su identidad. Parece que, si no, iba a haber problemas con los de derechos humanos.

GUARDIA: Esos se meten en todo.

DOCTOR: Y… dicen que si no tiene identidad, entonces no se lo puede castigar.

GUARDIA: Pero sí se lo puede ejecutar aunque no sepa qué crimen cometió.

DOCTOR: Eso sí. No se acuerda del crimen, pero el que lo cometió sigue siendo él mismo. Si le quitamos la identidad también, ¿a quién estamos electrocutando? Sería como matar a un animalito.

GUARDIA: Claro, y ahí también se quejarían los ambientalistas. ¿Y cómo sabe usted hasta dónde cortar y hasta dónde no?

DOCTOR: Prueba y error, mi amigo. Prueba y error. Le sorprendería lo mucho que ha avanzado la neurología con este sistema.

El Reo se queda callado de repente.

GUARDIA: Parece que se está calmando.

DOCTOR: Venga para acá, amigo Gutiérrez. Tome asiento.

REO: (Se acerca a la silla y se apoya en el borde.) Usted me conoce.

DOCTOR: Por supuesto que lo conozco.

GUARDIA: Usted es famoso, Gutiérrez. Salió en los diarios.

REO: No sé si leo mucho los diarios, pero puede ser, soy artista.

GUARDIA: Ja, artista de la guadaña. (El Doctor ríe.)

REO: No lo entiendo. ¿A qué se refiere?

DOCTOR: No le haga caso. Usted es artista, es verdad. Y el valor de sus obras está a punto de dispararse a las nubes.

REO: ¿En serio? Voy a poder vivir del arte.

GUARDIA: Esa es una forma optimista de ver la cosa. (Al Doctor.) ¿Cómo no se da cuenta de lo que pasa?

REO: ¿Darme cuenta de qué?

DOCTOR: No le haga caso, el señor es un envidioso.

GUARDIA: Envidia… por favor. ¿De qué? ¿De no acordarme que tengo ganas de ir al baño?

DOCTOR: Envidia de vivir el presente, de maravillarse todo el tiempo como un niño de las mismas cosas, de que el mundo siempre le parezca nuevo. Usted es un aburrido. El señor aquí encarna el ideal de todas las filosofías y religiones: vivir cada momento como si fuera el único.

REO: Me gusta lo que dice. No entiendo mucho, pero suena muy lindo.

GUARDIA: A mí déjenme con mi vida como está, yo no quiero ser ideal de nada. Me gusta quedarme con mis recuerdos, los lindos y los otros también. Quiero acordarme de todas mis culpas, de los errores, de los rencores, de todo.

DOCTOR: Sabe que hay pensadores que dicen que el tiempo presente no existe. O la manzana está en el árbol, o está en el suelo. No hay nada en el medio. (Al Reo.) ¿Usted lo sabía?

REO: No tenía idea.

DOCTOR: La vida del señor destruye esa teoría. Sólo existe el presente.

GUARDIA: Envidia… ni siquiera se da cuenta de lo que está a punto de pasarle.

REO: ¿Qué me va a pasar? ¿Qué están tramando?

DOCTOR: Yo le explico, déjeme ponerlo en términos que ambos puedan entender. Yo soy médico, y usted es mi paciente. Hace unos meses lo sometimos a una operación, o a varias, que resultaron ser un éxito. Le extirpamos la memoria.

REO: No le creo, eso no se puede hacer.

DOCTOR: ¿En dónde estaba hace cinco minutos?

REO: (Hace un esfuerzo por concentrarse y pensar, pero no lo sabe.)

GUARDIA: No se esfuerce, amigo. Huélase los pantalones, y sabrá por lo menos que en el baño no estaba.

DOCTOR: ¿Lo ve? No puede recordar nada que haya pasado hace más de tres minutos. Una consecuencia imprevisible para nosotros, es que tampoco puede proyectar nada de lo que va a pasarle en un futuro, por lo menos, nada que vaya a pasar de tres minutos en adelante.

GUARDIA: Fascinante.

DOCTOR: Sí, es lo mismo que dije yo. Uno no se da cuenta en qué medida el futuro depende del pasado.

REO: Usted es un médico. ¿Cómo pude agarrarme esta enfermedad?

DOCTOR: No es una enfermedad. Ya se lo dije, la memoria se la extirpé yo.

REO: ¿Y cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a usarme de rata de laboratorio?

DOCTOR: ¿Atreverme? Vamos, hombre, usted me lo suplicó. Yo le dije que el procedimiento no era seguro, que aún no estaba perfeccionado. Pero usted me rogó tanto que accedí.

GUARDIA: Debería agradecerle al Doctor lo que ha hecho por usted. Sabe lo que hubieran sido estos últimos siete meses pensando y repensando lo que ha hecho.

REO: No sé qué hice.

GUARDIA: Yo no se lo voy a decir.

DOCTOR: ¿Cómo que no? Asesinó a toda su familia.

REO: Es mentira. No me acuerdo.

GUARDIA: Otra vez, usted lo hace para divertirse. Cómo puede ser tan cruel.

DOCTOR: Si en tres minutos se le olvida. De todas formas, en cinco minutos ya no va a importar mucho lo que él pueda recordar o no.

REO: (Todo el tiempo vociferando su inocencia.) Yo no tengo familia.

DOCTOR: Claro que no. Los ha matado a todos, hasta al bebé.

GUARDIA: Basta Doctor, ya fue suficiente. Terminemos con esto de una vez, como buenos cristianos.

REO: ¿Y por qué? ¿Por qué los maté?

DOCTOR: Vaya a saber, estaba loco.

GUARDIA: ¿Cómo puede ser tan frío con el pobre muchacho?

DOCTOR: Ya se lo dije, si igual se olvida. Ni se da cuenta de qué está pasando.

Aprovechan la tristeza del Reo para atarlo a la máquina.

REO: (De repente recuerda.) Martita.

DOCTOR: ¿Qué ha dicho?

GUARDIA: ¿Quién es Martita?

REO: No sé. No sé quién es. Pero es chiquita. Tiene olor a talco.

GUARDIA: Se está acordando de algo. ¿Cómo puede ser?

DOCTOR: No puede ser. No tendría que ser. Terminemos ya con esto.

REO: Tiene puesto un trajecito rojo y amarillo.

GUARDIA: ¡No! Hay que avisarle al juez.

DOCTOR: Usted está loco. No quiero que nadie sepa una palabra de esto.

GUARDIA: Pero se está acordando.

DOCTOR: Es un reflejo, nada más… como un fantasma que le atraviesa la conciencia.

REO: Juan… anda en una bicicleta vieja, muy pequeña para él.

GUARDIA: ¿Eso es reflejo también? Se está acordando.

DOCTOR: No, no, no… Termine de atarlo, hágame el favor.

REO: Silvina. Flores en el vestido. Olor a bizcochuelo. Una tarde, el mar en la ventana.

GUARDIA: No puedo permitir que lo ejecute. Esto cambia todo. El hombre no es un descerebrado.

DOCTOR: No se engañe, sigue siendo el mismo que hace tres minutos.

REO: Mi familia. ¿Dónde está mi familia? (Forcejea, pero está atado a la silla.) Déjenme verlos, los quiero ver. Déjenme salir de aquí, suéltenme.

DOCTOR: ¿Se lo dice usted, o se lo digo yo?

GUARDIA: Tranquilícese, hombre. Es sólo un minuto, y después los puede ver.

REO: ¡Mentira! ¿Qué es esto? Me quieren matar. ¿Quiénes son ustedes?

DOCTOR: Apúrese. Sujétele aquella mano. Y usted, cálmese ya. Yo soy su médico. Usted está en la guardia de un hospital porque acaba de sufrir un accidente. Tuvo un golpe en la cabeza muy fuerte, y creemos que ha perdido la memoria. Este aparato lo va a curar, pero tiene que quedarse muy quietito mientras lo encendemos.

GUARDIA: (Con cierta ternura.) Piense en la familia, que lo espera en casa. La mujer le estará cocinando algo rico, y los chicos estarán jugando en el jardín.

REO: Sí, ya es tarde, y no quiero que se preocupen. Por favor, Doctor, apuremos un poco el trámite.

DOCTOR: Ya está todo listo. ¿Hay algo que quiera decir antes de recuperar la memoria?

REO: No, creo que no. De repente, siento que los extraño mucho. Siempre los amé. No sé dónde estuve todo este tiempo.

GUARDIA: Cierre los ojos, y no se muerda la lengua.

El Doctor acciona el interruptor, baja la tensión de las luces y un spot flashea sobre la silla. El Reo muere. El Guardia y el Doctor se acercan a la silla con las manos en la nariz.

DOCTOR: Bueno, ya está.

GUARDIA: Doctor, dígame la verdad. Al final, ¿quién era? ¿Era él?

DOCTOR: No sé, esto no estaba en los planes. Tendrían que haberme dejado remover todo el centro de la memoria.

GUARDIA: Pero hubiera quedado como un animalito. Yo creo que al final, de alguna forma, supo lo que había hecho y se arrepintió.

DOCTOR: ¡Pero por favor! Ahora me va a decir que por eso entró al cielo y que está feliz con su familia.

GUARDIA: Yo prefiero pensarlo así. Si no, la vida sería demasiado cruda.

DOCTOR: Yo creo que se esfumó. Se le apagaron las luces y dejo de ser. Así de simple.

GUARDIA: Eso tampoco sería tan malo.

 

Sobre El Autor

Darío Seb Durban nació en Vicente López, provincia de Buenos Aires, un año maldito de la era de plomo. Cursó varios estudios, ninguno digno de mención, y se empeñó en no terminar ninguno. Entre los años 1995 y 2006 estudió música informalmente y compuso canciones y poesía jamás oídas. Entre los años 2001 y 2007 se desempeñó como dramaturgo en la compañía teatral Crisol Teatro, estrenando cinco obras entre las que se contaban Las noctámbulas, Factoría y Zozobra. A partir del año 2012 participó talleres literarios, donde se avocó a explorar la voz de distintos narradores, nunca encontrando la suya propia. Hoy trabaja de forma inconsecuente en industrias no literarias, y ocasionalmente escribe textos que reproducimos en Evaristo Cultural.

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