En una bellísima zona montañosa del sur de Alemania se ubicaba una cara y destacada hostería erigida dentro de un terreno que había pertenecido a la familia Von Berg aproximadamente hacia mil ochocientos veinte . El antepasado directo de Ernest Von Berg, que llevaba su nombre la había construido en base a un plano realizado por él. No era arquitecto ni nada parecido y jamás había presenciado la construcción de una casa, y menos aún de una de tanta magnitud como la que pretendía hacer en ese fabuloso lugar, que había descubierto en una soleada tarde paseando con su novia y luego su esposa, Hanna Meller.

-Qué belleza esas montañas y esos colores que las adornan. Realmente tienen una vegetación tan profusa y variada que anima a quedarse a contemplarlas eternamente- le dijo Hanna a Ernest, el abuelo de Ernest Von Berg, con mirada soñadora.

-Si disfrutás tanto este lugar, construiré para vos un palacio allí mismo, en esa meseta que está directamente enfrente a las montañas que tanto te apasionan- respondió Ernest, quien hubiera hecho lo imposible por hacer feliz a su futura esposa.

-¿No me digas que podrías hacer semejante edificación solo por mí?

-Lo digo porque así lo siento y es mi mayor deseo complacerte en todo lo que me sugieras, o al menos en lo que esté a mi alcance. Por favor decime cómo quisieras que fuese. El año próximo estará terminada y nos mudaremos allí ya casados.

-Mi amor, no sabés lo que significa para mí este gesto tuyo. Aunque no hubiera casa alguna, nunca olvidaría este paisaje que estamos viendo juntos. Para mí ese palacio de ensueño está lleno de ventanales desde donde los dos podríamos ver esas coloridas montañas y aún nuestros hijos y nietos. Y escaleras que condujeran a los distintos niveles desde donde se apreciara el panorama. En este momento lo estamos viendo desde el llano, pero ¿podrás imaginar lo espléndido que sería elevarse por nuestras escaleras para contemplarlos desde distintas distancias y con variadas apariencias?

-Desde luego que puedo imaginarlo y ya lo estoy disfrutando solo con tu descripción y tu bello rostro iluminado por el sol.

-El lunes próximo citaré a algún arquitecto que pueda comprender mi plan y le explicaré lo que deseo construir. Estoy convencido que sabrá

Al año de esta conversación entre Ernest y Hanna, estaba efectivamente construida la mansión.

Ernest consiguió que se concretaran todos los sueños de Hanna, grandes y luminosos ventanales que dejaban ver hermosos cuadros de las coloridas montañas, y numerosas escaleras que hacían posible ascender al siguiente piso, deteniéndose a contemplar en cada rellano una visión diferente del soberbio paisaje.

Hanna quiso que su dormitorio y el de Ernest estuvieran ubicados uno junto al otro en el último piso, ambos luciendo el ventanal más amplio de la mansión, que abarcara ambas habitaciones y que se comunicaran por un balcón común.

De esa forma, todas las mañanas se reunían allí para desayunar juntos y contemplar esas maravillosas montañas.

Fueron muy felices durante los primeros años. Llegaron los niños, mellizos de ambos sexos a los que llamaron Marlene y Federico. Hubo que contratar a una nurse para que se ocupase de ellos. Esto no significó que sus padres no les dedicaran mucho tiempo y procuraran darle todo su sincero cariño.

Cuando comenzaron a caminar, lo primero que hizo Hanna, acompañada por la niñera, Gertrude, fue llevarlos a pasear por el parque y enseñarles a contemplar el anochecer entre las montañas que se veían frente a la casa.

Ellos quedaron absortos y fue difícil sacarlos de una piedra que habían elegido para sentarse a contemplar el panorama. Gertrude se asombró de tal comportamiento. Generalmente eran muy inquietos y poco tiempo permanecían sentados en un mismo sitio.

No quiso interrumpir ese momento hasta que llegó la hora de cenar y dirigiéndose a su madre le pidió permiso para ordenar a los niños que entraran en la casa.

Hanna, desde luego, dio su autorización y los mellizos obedecieron y cenaron solos mientras su madre esperaba el regreso de su esposo.

-¿Dónde están Marlene y Federico?- preguntó una mañana Ernest a su mujer.

-No tengo la menor idea, pero supongo que como siempre estarán sentados sobre su piedra y mirando las montañas; se pasan horas allí.

-¿No te parece un poco extraño para dos niños tan pequeños que permanezcan tanto tiempo en esa actitud contemplativa?

-No, en absoluto. Yo hago lo mismo desde cualquiera de los ventanales que hay en la casa al llegar al tope de cada escalera. Supongo que algo tienen de mí y por eso actúan de esa forma.

 

Cuando los mellizos cumplieron quince años, Hanna y Ernest decidieron festejarlo con una reunión familiar, pero en cuanto se preguntaron por sus familias para invitarlos,  se dieron cuenta que solo quedaba una lejana tía y una prima ya mayor que vivían en Viena. De todos modos invitaron a ambas y agregaron a los jovencitos del pueblo más cercano para celebrar el cumpleaños.

La fiesta transcurrió sin pena ni gloria; la tía y la prima no asistieron y se limitaron a mandar un recado en el que presentaban las consabidas felicitaciones. Los niños que concurrieron solo alcanzaban la media docena. De cualquier modo los mellizos no aparecieron por el sitio donde se había preparado la mesa y el patio de juegos porque continuaban – como era su costumbre- sentados sobre la piedra desde la que miraban absortos las montañas.

 

Cuando caía la noche y los pocos chicos asistentes ya estaban retirándose con quien los venía a buscar, se desató una tormenta inesperada.

Todos los presentes, menores y mayores, corrieron a refugiarse. Buscaban un techo para ampararse y sentirse más abrigados, ya que además de la lluvia había un viento asolador, y todo resultaba escaso para sentirse a salvo de una hecatombe.

Todo fue inútil, la feroz tormenta produjo tal desastre que no quedó nadie vivo; ni los invitados, ni Hanna y Ernest; absolutamente nadie excepto los hermanitos que casi por milagro pudieron refugiarse de la tormenta en una cueva que había por los alrededores y salir sanos y salvos de la debacle.

 

Marlene y Federico crecieron juntos en aquel páramo que había quedado después de la tormenta.

Nunca se separaron y murieron juntos en una humilde casita que se habían construido en el lugar de la mansión que también había sido devastada por el temporal.

Unos restos de la mansión habían quedado en pie, y en ellos se halló a un bebé del que nunca se supo cómo había llegado hasta ahí. Se supuso que los padres lo dejaron allí sabiendo que iban a morir y que alguien los rescataría. Ese bebé fue producto del incesto de los hermanos que solo lo tuvieron por inercia, sin saber siquiera qué estaban haciendo.

Cuando creció, acompañado y criado por la caridad de los pocos vecinos que se habían instalado en la zona aledaña al malogrado palacete, se transformó en un hombre tan firme en sus convicciones y decisiones como lo había sido su abuelo Ernest.

Entre esas convicciones estaba la de construir una casona donde hubiese muchos ventanales y escaleras. Ernesto, nombre que le habían puesto sus padres-hermanos, sabía que debía hacerlo, sea como sea y que el lugar apropiado eran esas coloridas montañas y ese paisaje sin parangón, más allá de la tragedia que le contaban una y otra vez sus incansables vecinos con supuesta buena voluntad y poca sabiduría.

Lo hizo sin dudarlo comenzando él mismo a colocar la primera piedra, y luego de tener algunos ahorros gracias al cultivo de variados vegetales, logró contratar unos albañiles de la zona, que por poco dinero lo ayudaron a levantar la casona prometida, para él y tal vez para alguien más.

Cuando todo estuvo terminado, Ernesto se instaló en la nueva residencia con su idea de formar allí una numerosa familia que poblara el lugar de pequeños riendo y disfrutando de las maravillosas montañas.

Para lograr eso debía encontrar a la mujer apropiada.

Bajó al pueblo y merodeó a cuanta joven anduviese sola por allí, no por convicción, ni siquiera solo por atracción física. Lo único que pretendía era llenar de niños aquella casona.

Mientras esperaba lograr su objetivo en ese pueblo y en los cercanos, no dejaba de disfrutar al subir cada peldaño de las escaleras y al mirar por los ventanales en cada rellano.

 

Habían pasado casi diez años sin que pudiera decidirse por mujer alguna de los alrededores. Ya estaba resignado a su imposibilidad de tener esa soñada familia numerosa que poblase el caserón llenándolo de risas y de juegos infantiles. Tampoco habría ninguna mujer que lo estuviera esperando en la cocina cuando volviese de sus tareas agrícolas.

Nunca quiso tener servicio doméstico estable, solo alguna que otra persona para ayudarlo circunstancialmente con los quehaceres cotidianos.

Al atardecer subía una y otra vez aquellas escaleras deteniéndose en cada ventanal soñando nuevamente en aquello que terminó por considerar un imposible.

En la primavera de aquel año en que todo bullía a su alrededor, y cuando Ernesto contaba con casi sesenta años, decidió que no aceptaría a nadie más en su casa, ni personal doméstico, ni vecinos, ni jardineros, ni siquiera vendedores ambulantes.

Se encerró en el lugar y vivió con lo que le quedaba hasta que por fin la debilidad pudo más que su deseo de disfrutar de la casona. Esa misma noche, cuando bajaba por las múltiples escaleras y la tormenta se ensañaba con los ventanales rompiendo alguno de los vidrios, resbaló e inevitablemente cayó rodando por los escalones.

Al notar que no había el menor movimiento en la mansión, luego de unos cuantos días, los vecinos decidieron entrar y lo encontraron yaciendo sin vida en el piso. Hicieron las correspondientes diligencias y una vez sacado el cuerpo de Ernesto de la casa, cerraron todo por el respeto que les inspiraba aquel misterioso caballero, y abandonaron el lugar tal como estaba.

 

Pasaron muchos años hasta que alguien diera con aquella casa perdida entre las coloridas montañas.

Una pareja de novios paseaba por la zona cuando descubrieron ese sitio. Solo deambulaban por allí pensando en lo bello que sería encontrar un lugar donde construir su hogar y establecerse.

Querían instalarse en un lugar para residir y al mismo tiempo fundar una morada para peregrinos o visitantes ocasionales que disfrutaran de ese maravilloso paisaje y les proporcionaran una renta suficiente para mantenerse ellos y la familia que formarían allí.

Su deseo era perpetuarse en un lugar extraordinario y bello como ninguno. Y cultivar su amor y el de sus hijos.

Vieron los restos de la casona y se miraron extasiados.

-Es acá- dijo Erika- no hay duda alguna.

-Si Erika, no lo dudo- respondió Alfred- vos lo dijiste, pero yo lo venía pensando desde que vislumbré a lo lejos las ruinas de una casa.

-Tenemos que repararla y habitar allí.

 

Así, después de tantos años, se reconstruiría por tercera vez la casa de las montañas.

En esta oportunidad, de forma similar a las anteriores, empezaron pobremente pero con un extraordinario e inexplicable impulso.

Alfred sacaba fuerzas que desconocía haber tenido nunca antes y no aflojaba en su trabajo durante noche y día.

Mientras tanto, Erika contribuía con su esfuerzo en lo que podía y no se cansaba de repetirle lo bello que sería poblar la casa, por más modesta que fuese, con muchas escaleras y ventanas lo más grandes posibles para apreciar mejor la hermosa.

-Verás como eso atrae a los turistas, todos querrán alojarse aquí aunque sea una noche para poder contemplar ese colorido de las montañas desde nuestras ventanas- argumentaba Erika.

-Bueno, trataré de cumplir tu deseo querida, yo también creo que hay que aprovechar esa hermosa visión, y mañana mismo encargaré los materiales que nos faltan para terminar esas escaleras, los vidrios y marcos de las ventanas.

-No te preocupes si debés demorarte en el pueblo para obtenerlos, pero te ruego que no vuelvas sin eso. Mientras tanto yo me dedicaré a acomodar lo que ya hemos terminado y a idear la mejor decoración para el lugar.

-Saldré por la mañana temprano, sabés que la camioneta no funciona muy bien pero me acompaña Roland, y cuando él está presente todo sale bien. Cuidate mucho y abrigate para dormir. Tal vez no volvamos hasta después de todo un día y una noche.

-No te preocupes, estaré muy ocupada y cuando llegue la noche me dormiré pensando en nuestra casa terminada y llena de pasajeros que permanecerán aquí disfrutando hasta de la última piedra.

-Ya que mencionaste la palabra piedra. Desde hace un tiempo, tengo una gran duda y no hubo oportunidad para consultarte mi interrogante.

-¿De qué se trata?

-Bueno, observé al llegar una piedra en forma de banco que está cerca del lugar donde estamos edificando y que me intriga muchísimo.

-¿Por qué?

-No tengo la menor idea, pero he intentado varias veces acercarme a ella y sentarme a contemplar desde allí el paisaje, y cuando lo hago siempre hay algo que me lo impide.

-Tonterías tuyas Alfred, sos demasiado fantasioso. Te prometo que en tu breve ausencia me sentaré allí y hasta seré capaz de pintarla para que sea nuestro banco.

-Preferiría que no lo hagas, Erika. Cuando vuelva lo haremos juntos pero mientras tanto no te sientes en ella ni mucho menos la pintes.

-¿Qué misterio es ese?

-No se trata de misterios. Solo te pido que no lo hagas. Es lo mejor y necesito que me prometas que vas a cumplir.

-Por supuesto, no es tan importante después de todo. Ya habrá tiempo de sentarnos en cada piedra que rodee nuestra casa cuando esté todo listo y podamos colocar el cartel luminoso.

-En el camino pensaré en el mejor nombre para nuestra casa y hostería.

-De acuerdo, yo lo haré por mi parte también.

 

Temprano por la mañana partieron Alfred y Roland en la desvencijada camioneta. El camino era tortuoso y difícil pero ambos lo conocían muy bien y llegaron al pueblo sin mayores inconvenientes.

 

El regreso se complicó. Una nueva tormenta de las que solían azotar la zona los encontró en el sinuoso camino. Roland trató de maniobrar como pudo luchando contra la lluvia y esquivando el precipicio que les impedía arriesgarse demasiado y mucho menos en medio del temporal.

Alfred se ofreció a conducir la camioneta ya que después de todo era suya y la conocía a la perfección.

Hizo todo lo posible mientras a su lado Roland se quedó dormido. Alfred no podía entender cómo su compañero podía dormir en semejante circunstancia. Inútilmente trató de despertarlo para que lo ayudara a encontrar el camino que apenas se veía en medio del vendaval. No hubo forma de conseguirlo y en una curva y aún apelando a todos sus sentidos no pudo dominar el vehículo y se desbarrancaron. Cayeron por la montaña sin detenerse hasta llegar al pequeño valle que se encontraba en el fondo del despeñadero.

 

Erika no pudo dormir ni un segundo en aquella noche tormentosa padeciendo los presentimientos más aterradores. Una punzante corazonada le indicaba que jamás volvería a ver a Alfred, y que con él se irían todos sus sueños de felicidad y gozo juntos en la casona.

Una y otra vez subía y bajaba por aquellas escaleras a medio terminar y se asomaba por las aberturas de los ventanales tratando de divisar las luces de la camioneta.

Así pasó toda aquella noche y recién a la tarde del día siguiente la policía del pueblo se acercó a comunicarle la muerte de su marido y el accidente prácticamente inevitable.

Erika cayó en una angustia muy dura de superar. En el momento de conocer la noticia de la muerte de su esposo no sabía que estaba embarazada.

Al poco tiempo se enteró que así era y que en unos meses más a daría a luz.

Por una parte sintió una tremenda alegría y por otra una gran angustia.

Sin dudarlo mucho volvió a pensar en el proyecto que tenían con Alfred. Debía continuar con las reformas de su casona y con la construcción de lo que faltaba. De esa forma podría recuperar a su marido aunque más no fuera en ese sueño que tuvieron juntos.

Mientras iba avanzando su embarazo la casa iba tomando forma.

Finalmente y casi al mismo tiempo ocurrieron ambas cosas, nacieron mellizos y quedó concluida la tan ansiada hostería.

Los bebés eran un niño y una niña.

¿Cómo haría para criar a esos niños sola? Fue la primera pregunta que se hizo Erika cuando tuvo en sus brazos las dos criaturas.

Pensó en los nombres tanto para los chicos como para la casa.

Nada se le ocurría. Llegó una señora que vivía en los alrededores y contribuyó a su decisión.

-¿Por qué no los llamás Hanna y Ernest, como dicen que se llamaban aquellos que construyeron la primera mansión que hubo aquí? Esos nombres se hicieron famosos en la zona porque ellos fueron casi los primeros pobladores del lugar. Sé perfectamente que no eran parientes tuyos ni de Alfred, pero sería una manera de honrarlos- sugirió la vecina.

-¿Honrarlos? No sé qué me dice señora, tengo entendido que siempre ocurrieron desgracias en este lugar, y con enorme pena debo decir que mi marido y yo nos fuimos la excepción de tan cruel “tradición”.

-No seas tan implacable, Erika, si algo los trajo por acá y les hizo ver y construir este magnífico caserón es porque su espíritu permaneció en este sitio. Aunque no tengo edad para haberlos conocido, sé perfectamente lo mucho que hicieron y el valor que le daban a esta villa por el mismo ideal que tuvieron vos y tu marido sobre la función de hospitalidad que debería cumplir.

-No sé muy bien por qué le presto tanta atención a lo que me dice, pero cumpliré el sueño de aquellas personas. Mis niños se llamarán como ellos.

 

Luego del nacimiento y de los primeros tiempos de crianza, a Erika se le estaban acabando los fondos que había ahorrado con su marido.

Decidió que fuese como fuese instalaría allí la famosa y soñada hostería.

También pensó en un nombre adecuado para aquel lugar. Y rápidamente lo decidió.

Sería “Escaleras y ventanales”. Ese nombre vino a su cabeza repentinamente. Era lo que más se destacaba a la distancia de la casona, y representaba lo más ansiado por Alfred y ella en el proyecto que compartieron.

 

Llamó a los pintores y les pidió que colocaran bien alto el cartel con pintura fosforescente

para que se viera desde el camino, aunque sabía perfectamente que el tal camino no estaba muy cerca del lugar. Su confianza residía en que debido al aprecio que sentían las personas del pueblo por ella se ocuparían de difundir su nombre todo lo posible.

Mientras tanto los mellizos crecían y ella necesitaba cada vez más de los huéspedes de la hostería, que a su vez le permitieran contratar gente para colaborar en las tareas domésticas y en la crianza de los niños.

Al enterarse de la inauguración de la hostería llegaron hasta allí varias vecinas del pueblo que se ofrecieron a ayudarla, ya que admiraban su valentía enfrentando esa vida con sus chicos y semejante casa sin la ayuda de nadie, y mucho menos de un hombre.

Una vez terminados los preparativos para la apertura de la hostería “Escaleras y ventanales”,  y habiendo colocado guirnaldas de flores alrededor del cartel como de todas las escaleras y ventanas, las mujeres decidieron quedarse un rato más hasta que fueran llegando los invitados.

Los invitados eran principalmente los habitantes cercanos al lugar y algunas otras personas conocidas de las aldeas próximas.

Fue todo un éxito, la dueña y las señoras que ayudaban habían preparado bocadillos y los mejores licores que se pudieron comprar con los escasos ahorros que le quedaban a Erika.

Todos quedaron encantados con la casa y con la decoración apropiada a la circunstancia. Comieron y bebieron hasta un horario prudente -según las costumbres del lugar- para retirarse de allí.

Se fueron con la firme promesa de colaborar en la difusión de la hostería,  así como de ponderar la amabilidad de su dueña. También se comprometieron a elogiar a todo aquel que se les presentase en el camino las cómodas instalaciones ambientadas conforme al bello paisaje de la villa.

 

Al poco tiempo llegaron los primeros pasajeros. Era una pareja que nunca hubiera pensado encontrar semejante espléndido lugar en aquella zona tan agreste y poco poblada.

Llegaron en una noche de lluvia, una de tantas, y precisamente en el momento en que Erika, luego de acostar a los mellizos, sentía una profunda nostalgia recordando aquella noche en que Alfred viajaba para nunca regresar.

-Buenas noches, sean muy bienvenidos a mi hogar y mi posada. Realmente hicieron muy bien en detenerse aquí, ya que por esta región las tormentas suelen ser muy intensas y prolongadas. Con gusto los albergaré en alguna de las habitaciones disponibles, y les prepararé algo para comer si lo desean- les dijo Erika al abrirles la puerta.

-Encantados señora, realmente resultó una bendición encontrar una posada tan bella y acogedora en una noche realmente desapacible. Nos dirigíamos a Hammelin pero al comenzar la tormenta dudamos mucho en cuanto a seguir avanzando, y como no tenemos ningún apuro, y necesitábamos un refugio donde dormir y comer algo; cuando vimos el cartel no podíamos creer nuestra suerte- comenzó a explicarse Carole.

-Mi mujer me decía constantemente que debíamos parar en algún lugar porque se estaba transformando en un gran riesgo avanzar en el camino- agregó Lucien, evitando los halagos que ya había exhibido su esposa.

-Está clarísimo, suban por acá que les ofreceré la mejor habitación que tengo para que descansen tranquilos y, mientras dejan su equipaje y se acomodan, prepararé algo para comer. Si no les molesta yo los acompañaré ya que aún no he cenado y mientras tanto me podrán comentar cómo fue el recorrido hasta aquí y qué desearían para el desayuno.

 

Carole y Lucien se instalaron en un enorme y confortable cuarto. Se asearon rápidamente y bajaron aquellas escaleras de madera lustrosa, deteniéndose ante cada ventanal para observar ávidamente el panorama de la lluvia y de los relámpagos que asolaban las montañas que los rodeaban.

Permanecieron en el lugar. Algo les impedía continuar su camino y siempre buscaban excusas para quedarse un día y otro más, para beneplácito de Erika.

Los mellizos se acostumbraron tanto a su presencia que los rodeaban casi en forma permanente. Los cuatro conversaban largamente mientras los niños se sentaban en la piedra que tanto llamó la atención de todos los pequeños que anteriormente habían  quedado absortos mirando el paisaje. En este caso, a diferencia de los precedentes que se mantenían en silencio, ellos jugaban y hablaban animadamente con la pareja de Carole y Lucien.

 

Con el correr de los días, los meses y los años, fueron alojándose en la posada nuevos pasajeros. Ninguno de ellos hacía el menor intento de partir una vez instalados en sus respectivas habitaciones.

Aunque algunos preparaban sus valijas con la intención de seguir camino, cuando salían y se encontraban con los mellizos se detenían abruptamente. Los niños, por esos tiempos ya adolescentes, no manifestaban ningún asombro y ni siquiera los miraban.

En el pueblo se preguntaban por qué aquellas personas que se hospedaban allí no continuaban con sus recorridos.

Hubo quien se animó a interrogar a doña Erika sobre que pasaba allí; que nadie había seguido su camino.  Solamente les sonreía, y se abstenía de dar explicaciones que ella misma no tenía ni pretendía tenerlas.

Seguía extrañando a Alfred y había llegado el tiempo de explicarles a sus hijos la ausencia de su padre.

Los jóvenes Hanna y Ernest hicieron lo posible por comprender la situación en la que había muerto su padre, aunque sin estar convencidos y por motivos desconocidos también  para ellos.

Seguían sentados sobre su piedra y no hablaban entre sí. Solamente veían aquellas montañas coloridas y gozaban de ese panorama.

De vez en cuando ayudaban a su madre en la atención de los clientes, o casi podría decirse de los habitantes del lugar.

Carole y Lucien eran sus preferidos. La simpatía era recíproca, tanto la pareja como los mellizos gozaban de su mutua compañía en cualquier momento del día.

Algunas veces hasta preferían cenar los cuatro juntos, en una mesa separados de los otros pasajeros. Erika les daba el gusto y hasta en alguna ocasión intentó participar de aquellas cenas.

-¿Cómo lo están pasando? Hace mucho tiempo que no los veo salir. Aquella tormentosa noche en que llegaron, y siendo los primeros huéspedes de la hostería me dijeron que tenían un rumbo ya definido- comenzó Erika una conversación, aún sabiendo que la respuesta sería un cúmulo de ambigüedades como siempre solían ser las respuestas de la pareja de franceses.

-Estamos muy cómodos aquí y quisiéramos seguir disfrutando cuanto sea posible la compañía de sus hijos, que prácticamente hemos visto crecer- dijo la locuaz Carole.

-Bueno querida, además no tenemos apuro en nuestro camino, y no podemos dejar de agradecer la compañía de todo este maravilloso grupo que se ha reunido en el lugar- agregó Lucien.

-Me alegro que así sea, y no les preguntaré más nada. Con placer veo la compañía que resultan mis hijos para ustedes y no tengo ningún interés en que partan sino todo lo contrario. Ahora les pido permiso para retirarme, me esperan en la cocina y debo seguir con mis responsabilidades.

 

Durante esta breve charla los mellizos permanecieron en absoluto silencio. Solamente se limitaron a mirar alternativamente a la pareja y a su madre sin siquiera seguir el hilo de la conversación.

 

Con el correr del tiempo, los habitantes de la hostería decidieron partir a pesar de aquella primera imposibilidad, que ahora parecía haberse esfumado.

No llegaron otros huéspedes. Los franceses eran los únicos que permanecían allí. Erika miraba continuamente a los mellizos, y aunque varias veces intentó averiguar algo sobre la relación entre ellos y la pareja, jamás obtuvo la menor respuesta.

 

Con los años se resignó y quedaron los cinco solos en la casona. Carole y Lucien ya ni siquiera pagaban la renta. Se limitaban a colaborar en la limpieza y en la preparación de la comida.

 

Los mellizos crecieron sanos y fuertes. Continuaban con su costumbre de sentarse durante largas horas en el banco de piedra y jamás demostraban intención alguna de ayudar a su madre en la atención de la casa.

Las pocas veces que abandonaban ese banco era para subir por las amplias escaleras de madera y detenerse ante cada ventanal para contemplar las montañas.

Ella los seguía continuamente tratando de saber lo que pensaban y sentían siendo ya adultos, pero jamás logró develar ese misterio. Una curiosa y extraña sensación se despertaba en ella cuando miraba el panorama junto a ellos y comenzó a ver que las montañas ya no tenían los mismos colores que había disfrutado durante su juventud, cuando observaba el paisaje junto con su amado Alfred.

 

Otra noche de tormenta curiosamente similar a la última noche en vida de su esposo, Erika sintió un particular cansancio. Ni siquiera atinó a cerrar los ventanales que habían quedado abiertos ni a apagar las luces.

Los jóvenes se habían retirado a sus habitaciones así como la pareja de franceses.

La señora de la casa decidió retirarse sin más trámite y, ni bien apoyó su cabeza en la almohada, cayó en un profundo sueño del que jamás despertaría.

Ninguno de los otros cuatro pareció advertir la menor señal sobre la gravedad de lo ocurrido. Solo se limitaron a descansar luego de haber contemplado la tormenta por los ventanales.

A la mañana siguiente se sentaron en la mesa de la cocina esperando el desayuno que acostumbraba a preparar Erika. Para ella siempre fue una satisfacción llegar hasta aquella mesa con la tetera y la cafetera humeantes, y ofrecer a cada uno lo que gustaran.

Antes que nadie se hubiera despertado, Erika ya tenía preparadas las tostadas y los dulces que ella misma elaboraba.

Sin embargo, aún haciendo sus mejores esfuerzos por agradarlos, notaba el silencio que se producía cuando entraba con su bandeja.

La animada conversación entre la pareja y los mellizos se interrumpía sin más, y los cuatro se limitaban a aceptar lo que ella les ofrecía y a alimentarse calladamente.

Luego se levantaban los cuatro juntos y la dejaban con todos los enseres del desayuno para que se dedicara a limpiar la mesa de la cocina.

Era el único momento del día en que los franceses ni siquiera amagaban a ayudarla.

Salían con sus hijos sin que nadie diera la menor explicación sobre adonde se dirigían.

Esa mañana se repitió la misma escena en la que los cuatro se sentaban alrededor de la mesa, pero Erika no entró con su bandeja. Y ninguno de los presentes demostró asombro alguno.

-Bueno- dijo Carole- posiblemente se haya quedado dormida, ya que la tormenta de anoche fue muy fuerte y resultó difícil conciliar el sueño con el ruido de los relámpagos.

-Sí, seguramente es eso lo que ocurrió- agregó Hanna.

-Esperemos un rato más, ya que si mamá duerme no quisiera que la despertáramos. Ella ya está grande y necesita descansar. Mientras tanto sigamos conversando- dijo Ernest.

-Por supuesto, tienen razón. Es imprescindible que descanse a su edad y después de una noche tan tenebrosa- intervino Lucien.

Hacia el mediodía, a Carole se le ocurrió subir hasta la habitación de Erika. Golpeó la puerta y ante la falta de respuesta decidió entrar.

Allí la encontró. Pareció asombrarse y emitiendo dos o tres gritos solicitando ayuda, bajó luego serenamente mientras los otros se ocuparon de comprobar que estaba sin vida.

Sin  insinuar un pedido de ayuda ni a médicos, ni ambulancias, ni a los vecinos siquiera, tomaron el cadáver y lo llevaron a la parte trasera del jardín que rodeaba la casa. Entre los cuatro cavaron la tumba de Erika, y luego de depositarla allí entraron nuevamente en la casa y se retiraron a dormir la siesta acostumbrada.

 

Luego de la muerte de Erika, los franceses y los mellizos tomaron absoluta posesión de la casa. Ellos dividieron las tareas domésticas y comenzaron a reunirse cada mañana, mediodía, atardecer y noche con el objeto de tomar las comidas y luego retirarse al lugar elegido por cada uno en la casona y sus alrededores para pasar las horas restantes sin dirigirse la palabra, salvo en cuestiones mínimas.

Lucien no dudó en decidirse por un comodísimo sillón frente a la chimenea y cerca de uno de los ventanales. Gozaba leyendo sus libros predilectos mientras miraba los fulgores de los rayos.

Carole prefirió la cocina. Sentía que desde la muerte de Erika era la dueña de la casona y que una de sus tareas como tal era la preparación de las habituales comidas.

 

Los mellizos sin dudarlo se establecieron en su lugar exclusivo, aquel banco de piedra que siempre los atrajo. Cada vez que se sentaban allí el lazo que los unía se volvía más firme. Ningún contacto carnal fue necesario ni siquiera deseable para los hermanos. La pareja de franceses durmiendo en la misma habitación durante años y años les era más que suficiente para saber que el amor que ellos sentían era distinto y mejor.

Sin embargo, ya pasados los treinta años, comenzaron a experimentar ciertos escozores que revelaban la necesidad de algún contacto físico con alguien. Sin confesárselo, cada uno de ellos decidió acercarse e intentar saciar sus deseos hasta el momento desconocidos con los integrantes del matrimonio  con el que convivían.

 

-¿Cómo estás Lucien?- preguntó Hanna una mañana muy temprano en que ambos se encontraron en la cocina a solas.

-Bien, descansé muy tranquilo y me agradó mucho el sonido de la lluvia que golpeaba sobre nuestro ventanal- contestó él.

-Me alegro mucho por ustedes, me imagino que a Carole le habrá pasado algo similar.

-No lo creas, esta mañana estaba muy inquieta y noté que salía varias veces de nuestra habitación.

-Bueno, no te hagas problema. Es muy probable que la lluvia la haya perturbado durante la noche, aunque entiendo que después de tanto tiempo de vivir en nuestra casa ya debería estar acostumbrada.

-Ella es muy sensible- explicó Lucien.

-Me parece que “demasiado” sensible. En algún momento te preguntaste si su “sensibilidad” era real o solo una actitud para retenerte a su lado.

-Nunca me lo pregunté, pero ahora que lo decís me surgen dudas al respecto.

-Cambiando de tema- continuó Lucien- ¿te gustaría dar una recorrida por el parque?

-Encantada, y luego de hacerlo descansaremos en mi banco de piedra mirando el color de las montañas.

-¿Cómo “tu” banco? ¿No es de tu hermano y tuyo?

-Bueno, pero ambos disponemos de él cuando tenemos ganas de hacerlo, sin pedir la autorización del otro.

-Bien, vayamos ya. Antes que se despierten.

Pasearon desde esa mañana y cada una de las siguientes por la zona, recorrieron los lugares más atractivos y descansaban a su regreso largos ratos sobre aquella piedra.

 

Una de esas mañanas, Carole y Ernest habían decidido salir en la vieja camioneta adquirida recientemente para buscar provisiones en el pueblo. Ella, como dueña de la cocina y él como el hombre principal de la casa, debían encargarse de ese trajín que consideraban su deber. Este trayecto de ida y vuelta, más el tiempo que duraba el trabajo de elegir las compras, fue suficiente para que Hanna y Lucien concretaran su incipiente relación en una de las tantas habitaciones de la casa. Ambos sintieron que había que hacerlo a costa de lo que viniera luego, aunque los otros dos se enteraran; si bien procuraron que esto no ocurriera.

 

Mientras tanto, durante los viajes hasta el pueblo en busca provisiones los otros dos comenzaron una especie de coqueteo con aspiraciones de conquista; por supuesto manejado por Carole, quien tenía mayor experiencia en el tema; aunque el único hombre de su vida -hasta ese momento- había sido Lucien.

A ella le resultó más que sencillo seducir al imberbe Ernest, no porque fuera tan joven, sino por su falta de entrenamiento en el trato con mujeres.

Esa relación comenzó casi inocentemente y pasó bastante tiempo hasta que ambos tomaran la decisión de llegar a una mayor intimidad. Intimidad que, por cierto, para los otros dos ya estaba completamente declarada y satisfecha sin el menor sentimiento de culpa.

 

Así transcurrían los días y las noches. El matrimonio de franceses cada vez tomaba mayor posesión de las instalaciones de la posada.

Al punto de decidirse a abrirla de nuevo como tal.

-Miren muchachos- explicaron una tarde a los mellizos- los fondos ya no resisten más y debemos ganar algún dinero sea como sea.

-¿Qué se les ocurre? -preguntaron los hermanos al unísono.

-Bueno, no es muy difícil de imaginar. Esto fue durante años una importante hostería en esta zona y volverá a serlo a la brevedad. Ya hemos encargado el cartel con pintura fosforescente y recordando a sus padres y en honor a ellos la volveremos a llamar “Escaleras y ventanales”.

-¿Pero cómo se les ocurre hacerlo sin consultarnos?- inquirió Ernest con notorio enojo respecto a los que para él nunca habían dejado de ser unos intrusos.

-Bueno, querido- comenzó Carole- ambos saben el aprecio que les tenemos y como nos hemos encariñado con ustedes y con el lugar. Nos pareció lo más adecuado y conveniente hacer por el bien de los cuatro.

-No creo que sea así- intervino Hanna mirando sugestivamente a Lucien- esa etapa de la casa ya terminó y creo que lo más oportuno sería que ustedes siguieran su rumbo y nos dejaran decidir nuestro destino y el de nuestra casa.

-Ustedes no están en condiciones de decidir nada- afirmó Carole clavando su mirada en Ernest.

-¿Por qué?- preguntó este último.

-Porque les falta experiencia de vida y no pueden tomar decisiones de ninguna índole si no los guía algún adulto.

-Nosotros somos adultos Carole- respondió Hanna- creo que todavía no lo has notado. Yo decido que al menos uno de ustedes dos se deberá ir de aquí lo más pronto posible. Y casualmente preferiría que fueras vos. Tu marido es más sensato y podrá ayudarnos en tu ausencia.

-Creo que lo tuyo es un descarado atrevimiento, y ni sueñes con mi partida. Sé lo que hay entre mi marido y vos, pero de ningún modo eso te da el más mínimo derecho a nada.

-Pero es mi casa, y en eso sí tengo derechos. Y seguramente Ernest me apoyará.

-Bueno hermana, no sé qué decirte. Tal vez ellos tengan razón.

 

Allí terminó la primera y la más difícil de las conversaciones entre los cuatro.

Como no hubo manera de ponerse de acuerdo, todo siguió como hasta entonces y la relación amorosa entre los integrantes del matrimonio y los mellizos continuó avanzando con la previsible preponderancia de la pareja de franceses.

Hanna y Ernest ya prácticamente no se dirigían la palabra y rara vez se sentaban en su amado banco de piedra a contemplar la belleza del paisaje. Todos aquellos admirados colores parecían ahora completamente desvaídos y de aquella piedra se había adueñado el matrimonio que se sentaba allí a discutir sobre cómo seguir adelante con obvia indiferencia hacia los hermanos.

Pero los hermanos lejos de ignorarlos, y aprovechando de su belleza, continuaban su seductora relación con los franceses.

 

No pasó mucho tiempo y casi simultáneamente ambas mujeres sintieron los malestares propios de un embarazo.

La gestación de ambos bebés continuó avanzando al unísono. Ellas no compartían nada entre sí, ni siquiera comentaban un síntoma o un malestar propio de su estado, y los respectivos varones ni siquiera se hablaban.

 

Pasado el tiempo correspondiente nacieron los hijos de las dos mujeres, ambas tuvieron nuevamente mellizos, en esta ocasión multiplicados por dos.

Los cuatro niños avanzaban en su crecimiento mientras entre sus respectivos padres crecían en odio mutuo. El ansiado y misterioso banco de piedra no era utilizado por ninguna de las dos parejas, que a esa altura ni siquiera lo eran.

Carole y Ernest discutían continuamente. Hanna y Lucien ni se hablaban ya.
Pero a pesar de todo la posada se volvió a abrir; era imposible seguir viviendo de la caridad de los vecinos de la zona, y aunque con escasa voluntad los cuatro coincidieron  en ese punto.

De una manera u otra había que alimentar a los pequeños.

El lugar volvió a poblarse de extraños que circulaban por allí, asombrados al encontrar un lugar donde pasar aquellas noches tormentosas que seguían repitiéndose continuamente en la zona. Se refugiaban allí, y siempre por diversos motivos, o sin motivo alguno, una vez instalados era difícil que alguno de ellos decidiera partir.

El lugar volvió a ser próspero como en sus mejores tiempos y los fervientes enemigos se unieron nuevamente para disfrutar de esa prosperidad y criar o, mejor dicho, permitir a sus hijos crecer en un sitio plagado de satisfacciones.

Todos parecían deleitarse con aquella vida sin problemas que habían recuperado casi por casualidad. Ambas parejas parecían llevarse de maravillas y derrochaban amabilidad atendiendo a sus huéspedes con el claro objetivo de evitar que se fueran.

Fueron creciendo juntos, tanto padres como hijos y aún los habitantes ya prácticamente estables del lugar.

-¿Qué les parece si celebramos la llegada de las fiestas de fin de año todos reunidos y preparando manjares para luego brindar por los quince años de nuestros hijos?- preguntó un día Hanna a los otros tres a comienzos de diciembre.

-Por mi parte me parece una excelente idea, y me gustaría hacerlo en la galería. Sé que hará frío para entonces, pero encenderemos una hermosa fogata y con la ayuda del fuego y de la bebida podremos esperar juntos el nuevo año- agregó Carole.

Al coincidir primeramente las dos mujeres, no cabía ya la mínima duda que se haría lo que ellas deseaban, y tanto Lucien como Ernest dispondrían de todo lo que estuviera a su alcance para satisfacerlas. Ambos se habían hecho muy amigos y salían juntos continuamente a buscar provisiones.

Mientras tanto los cuatro niños que ya habían entrado en la adolescencia gozaban de todas las comodidades que les ofrecían sus padres; aunque ni siquiera distinguían quiénes  eran de esas cuatro personas mayores que regenteaban el lugar.

Se dedicaban a divertirse y a mirarse cómplicemente mientras observaban con desprecio tanto a sus cuatro padres como a los huéspedes de la hostería.

Estaban siempre juntos y su mayor entretenimiento era subir y bajar por esas escaleras mientras veían caer la lluvia por los ventanales y el reflejo de fulgores de los relámpagos en las montañas.

Ninguno conocía sus verdaderos nombres, y ciertamente no existían como tales. Sus padres nunca habían decidido llamarlos por alguno determinado, sino indistintamente por los mismos nombres que tenían ellos. Aún sin distinguir entre las niñas y los niños.

Para ellos era lo mismo ser Hanna que Lucien o responder a Carole o a Ernest. Y así lo vivieron con naturalidad sus hijos. Llegaron todos a un punto tal que ninguno sabía quién era padre o madre de quien.

Bueno- dijo Lucien hacia el diez de diciembre- debemos empezar a comprar lo necesario para el festejo de fin de año.

-Estás en lo cierto- afirmó Ernest- esta tarde te propongo ir al pueblo para empezar esa tarea. Somos muchos y serán necesarias demasiadas idas y venidas hasta estar seguros de tener todo lo imprescindible para los gustos de nuestras mujeres, hijos y huéspedes. No quiero que nadie se queje de que algo le falta. Además es lo que le debo a mis antecesores aquí. Sé perfectamente que estoy en este lugar por una casualidad del destino o al menos así lo creo, pero tengo un deber para con ellos, para los que fueron mis padres y para los que fundaron la hostería.

-¿Perdón, de qué estás hablando?- preguntó con supuesta inocencia su hermana Hanna.

-¿No te acordás por qué estamos aquí?

-En lo más mínimo, y te aconsejo que vos también lo olvides. Lo único que debemos hacer ahora es disfrutar gozar de nuestra prosperidad y de lo que le dejaremos a los chicos.

-¿A cuáles de ellos, porque no tengo nada claro quiénes son los nuestros, bueno cuáles son tuyos y cuáles míos?

-Bueno, yo tampoco lo sé, pero eso no debe interesarnos. Los tenemos que querer a los cuatro por igual y desear que sean felices, especialmente en este fin de año en que van a cumplir sus quince.

-Está bien, así se hará.

Durante toda esta conversación entre los hermanos, Lucien y Carole permanecieron en silencio y absortos. Por cierto ya no escuchaban nada de lo que allí se hablaba. Solamente se dedicaban a mirar con admiración los colores de las montañas que nuevamente habían aparecido y ésta vez con mayor brillo y nitidez.

 

Todo estuvo preparado en tiempo y forma para celebrar la llegada del nuevo año.

Si bien no faltaron las diferencias de criterio y aún las peleas entre ellos, todo parecía superarse en pos de aquel festejo tan ansiado.

De cualquier modo los jóvenes comenzaron a mostrarse cada vez más distantes de sus mayores. Su mundo se transformó en estar más juntos en todo momento y en reírse entre ellos y de los otros, como si todos esos preparativos y todas aquellas compras realizadas por sus padres fueran juegos de niños.  Así llegaron a estar convencidos que en aquella casona ellos eran los únicos adultos y los demás solamente fingían protegerlos y cuidarlos.

Vivían haciendo morisquetas a cada movimiento de Hanna o Lucien, o de quien se les cruzara en el camino.  Cuando comenzaron a adornar la casa y la galería  exterior, donde harían la fogata para festejar su cumpleaños y el año nuevo, no paraban de bromear al respecto, y de pensar en el ridículo que hacían aquellos monigotes mientras colgaban guirnaldas, adornaban los árboles y colgaban luces de colores en el parque que rodeaba la mansión.

-¿Qué les parece, amigos, están preparando el fin de año y nuestro supuesto cumpleaños, cuando ni siquiera tienen la menor idea de cuantos años tenemos?- dijo uno de los varones.

-Dejalos que se diviertan mientras puedan. Después de todo son nuestros padres y deberíamos quererlos mucho- contestó el otro.

-¿Están seguros de que son nuestros padres y que deberíamos quererlos?- preguntó socarronamente una de las dos jóvenes.

-Bueno, es lo que hemos sabido desde nuestra más tierna infancia ¿te cabe alguna duda?- dijo la otra mujercita.

-No puedo definirlo pero…

-Terminemos con estas tonterías y vamos a subir por nuestras escaleras y mirar por nuestros ventanales para reconfortarnos y sentarnos luego en nuestro banco de piedra- propuso uno de ellos.

 

Mientras ellos se dedicaban a ese juego, los mayores siguieron dedicándose al trajinar de preparativos para la celebración.

Por fin llegó el día indicado y ya estaba todo listo para esperar juntos el nuevo año y la celebración de los quince de los cuatro muchachos.

Desde la mañana comenzó el ir y venir de mesas, de bancos, de enseres de toda índole para preparar la enorme fogata que los abrigaría en la helada noche.

Las mujeres de la casa no cejaban en inventar nuevas recetas para elaborar deliciosos platos. En ello participaban tanto las dueñas como las integrantes femeninas de los huéspedes.

La alegría los había invadido a todos.

Los hombres seguían cortando leña y yendo y viniendo del pueblo con bebidas y adornos a los que agregaron regalos para cada quien, todos elegidos cuidadosamente según los gustos ya conocidos por ellos.

A nadie se le ocurrió mirar hacia ese cielo que cada vez se iba poniendo más negro y amenazante.

 

Los cuatro jóvenes no contribuyeron absolutamente en nada para tales preparativos; todo lo contrario. Cada uno de ellos se retiró solo a su habitación.

Al atardecer volvieron a salir sonrientes y vestidos para la celebración. Se encontraron en un rellano de la escalera y mirando por uno de sus amados ventanales reconocieron la señal que estaban esperando sin saberlo.

A partir de ese momento no volvieron a dirigirse la palabra, solo se movían tomados de las manos y, luego de varias subidas y bajadas por las escaleras, oyeron que los llamaban para sentarse a la mesa repleta de manjares.

Allí se dirigieron pero sin siquiera acercarse al resto. Miraron sin ver a sus padres y sin pronunciar ningún sonido se fueron a sentar en su banco de piedra.

 

Poco después estalló la tormenta. Los mayores estaban en la mesa comiendo y bebiendo mientras comentaban entre ellos que los jóvenes ya vendrían cuando sonaran las doce campanadas.

En el preciso instante en que se escuchó el ruido de la tormenta que estallaba y en que uno de ellos corrió a prender el fuego, se escucharon aquellos doce toques de campanas.

Estalló la tormenta, se encendió la fogata y se levantó un viento incontrolable. Los jóvenes raudamente subieron por sus amadas escaleras y observaron cada uno desde un diferente ventanal un fuego imposible de detener.

No se movieron de sus lugares hasta que todo quedó bajo las llamas.

Mientras todo caía a su alrededor, y ardían personas, manjares, enseres y todo lo que estaba fuera de la casa, los interiores y el banco de piedra se mantenían intactos.

Al amanecer no quedaba ninguna huella de las personas que se encontraban allí la noche anterior.

Bajaron lentamente las escaleras y sin mirar hacia atrás salieron de la casona sin rumbo alguno.

-Ya encontraremos donde refugiarnos- dijo Hanna.

-¿Podrá ser?- respondieron y preguntaron al unísono Lucien, Carole y Ernest.

-Así será.

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