El Cuqui sale de la cárcel y vuelve al barrio después de quince años. Todo le resulta ajeno. Quince años borran muchas cosas. Una bala en la cabeza, muchas más. Así que el Cuqui se encuentra en esa nebulosa de no saber quién es colega y quién enemigo.

Hay cosas que sí recuerda, que los entregaron, que en el robo en el que casi se muere, su banda palmó, y el otro sobreviviente, el Tente, anda ahí con una muleta en lugar de pierna. Y nuestro narrador El Mochuelo, el que siempre estuvo ahí, el que conoce toda la mitología del barrio y del barro, será el encargado, junto con el Elena, de guiarlos, de tenerlos bajo control.

Pero el barrio no ofrece mucho futuro, tampoco presente, cuántos años se pueden andar a la deriva, sobreviviendo, el confort de la aceptación, de la vida es esto, estas cartas marcadas, de esta esquina, esta botella y este canuto, no importa que no haya nada más, otro botellín, otro tercio, anestesias varias, pero ni el Cuqui, ni el Tente, ni el Mochuelo van a dejar que las cosas sigan así, porque por encima del ruido escuchan los gritos de los muertos. Esos que no piden justicia. Piden Venganza. Piden que por un rato sean historia.

Paco, me gustaría preguntarte por el origen de esta novela. ¿En qué momento o escena supiste “acá hay una historia”?

Bueno, ya con «Manguis» traté el tardofranquismo, siempre con la perspectiva del barrio, un periodo tan trágico como interesante para hacer novela negra. Cuando Franco la iba a palmar, los funcionarios, en general, no sabían qué iba a pasar con ellos. Pero en particular muchos policías tenían miedo. No sabían si les iban a echar, los iban a arrestar o a fusilar. Luego no pasó nada, pero entonces no se sabía. Total, que muchos de ellos decidieron tenderse un puente de oro hacia una hipotética jubilación adelantada. Organizaron atracos, muchas veces conchabados con joyeros y empresarios, pero los pringados que los cometían eran yonquis. Ellos les facilitaban las armas y un plan, además de una mísera comisión. Si las cosas se torcían (o simplemente para no dejar huellas) se cargaban a los chavales. Empecé a pensar en una historia de este tipo y la novela se fue fraguando en mi cabeza. Todo lo demás, lo de la venganza, los fantasmas del pasado, etc., vino después.

“A mí tampoco me iba eso de redimirme. ¿Para qué? ¿Para pasarme ocho horas o más en un taller, una fábrica o una oficina y ser feliz con una mujer, unos niños y una hipoteca? No, eso no era para mí, nunca lo sería. Además, traficar con drogas me daba más pasta que cualquier curro de mierda”. Me gustaría ahondar en este panorama que se presenta a estos personajes marginales y marginados al mismo tiempo, estos manguis.

Bueno, esto era un pensamiento muy común (y lo sigue siendo) en los barrios periféricos. La elección entre seguir una senda trazada burguesa y capitalista, pero también resignada, y entre llevar una vida anárquica, disoluta y libre, aunque finalmente condujera a la marginalidad e incluso a la muerte, no era fácil, e incluso a veces no había elección. A finales de los sesenta y en los setenta, incluso en la primera mitad de los ochenta, España era un país que había salido de cuarenta años de dictadura. El desarrollismo hizo que pasáramos de ser un país estrictamente rural a ser un país más urbano, con emigraciones descontroladas del campo a la ciudad. Las ciudades se rodeaban de cinturones de chabolas que constituían barrios sin ningún tipo de servicios (escuelas, médicos, bibliotecas, etc.) y todo eso constituía un tétrico panorama en el que las cosas no estaban claras. Se daba el caso que un niño de aquellas chabolas admiraba más a un narcotraficante que a un científico.

Otra historia que estaría en el primer tomo de la enciclopedia de “Historias del barrio». Pero las enciclopedias de historia de los barrios no existen. Creo que tu novela es exactamente eso. No hablemos eso de que el lugar es un personaje más o esas frases hechas. Da la impresión de que Cuando gritan los muertos es un aguafuerte, un retrato de Canillejas. Me gustaría que nos cuentes un poco acerca de esto.

Bueno, yo no soy un cronista, ni tengo formación ni vocación, solo invento historias. Es cierto que al haber decidido que el paisaje geográfico, humano y social sea el barrio, a veces se me tilda de cronista del barrio. Pero yo solo hago ficción ciñéndome a unos parámetros muy determinados de la novela negra clásica, al menos lo intento. También es cierto que esas historias, repito, de ficción, tienen un gran porcentaje de historias reales. Son historias que me han pasado, me han contado o directamente he visto. Como llevo toda la vida viviendo en Canillejas, salvo algún corto paréntesis, el tema de la documentación lo tengo bastante resuelto. Sí que podríamos decir que retrato la cara B del barrio, que por otra parte es común a la de otros barrios de Madrid (Vicálvaro, Vallecas, Carabanchel, San Fermín, Villaverde, etc.), pero insisto, desde el terreno de la ficción. Ya digo, algunas cosas las cuento tal y como pasaron, otras no sucedieron (pero podrían haber ocurrido, quizás han ocurrido y yo no lo sé) y otras las adorno en aras de la ficción.

Muchas veces se dice, a un lado y al otro del Atlántico, lo difícil que es entender el español del ajeno. No comparto para nada. Uno de los elementos más interesantes que encontré en tu novela es el uso de la jerga, por más que al principio me costaba incorporarla. Creo que en ese registro hay una voz.

Gracias por el reconocimiento. Yo creo que hay buenos y malos escritores y que en eso no tiene que ver nada la nacionalidad. Es cojonudo compartir idioma y poder entendernos. Hay novelas a las que les falta ritmo en la narración, pongamos por caso, pero eso no es porque la novela sea española, argentina o venezolana, eso es porque el escritor no se lo ha sabido imprimir. Hay novelas más afortunadas y más desafortunadas, es solo eso. Lo de la jerga en mis novelas es lo más normal del mundo porque de otra forma los personajes no serían creíbles.

Hay una clara denuncia en tu libro en cuanto a que se muestra a la policía como aquella que prepara los golpes y después los deja en manos de los yonquis, los farloperos que harían cualquier cosa para poder pagarse el próximo chute. ¿Podrías ampliar este panorama?

Creo que ya lo he contado antes, todo ocurrió en el tardofranquismo y fue la combinación de dos factores: maderos miedosos (y muy cabrones también, obviamente) que querían forrarse por lo que pudiera pasar y chavales enganchados a la heroína que hacían lo que hiciera falta, como zombis, para poder tener su dosis cuando les agarrara el mono. Básicamente fue eso.

Tu historia podría encuadrarse en una suerte de heistgonewrong, pero más precisamente en las consecuencias de eso. Y acá aparece la venganza. Más allá de que uno puede decir que nos gustan estas historias porque encontramos en ellas lo que no nos animamos a hacer en la vida real, ¿cuál creés que es su atractivo?

Bueno, no sé, lo que dices es cierto. Por un lado, la venganza siempre es un tema recurrente en literatura, y más en género negro. También es que las novelas desde el punto de vista del delincuente tienen mucho público (yo entre ellos). Hay delitos como robar un banco que constituyen todo un acto de rebeldía muy simbólico, y eso engancha. Supongo que si también engancha al lector es por una combinación de todo. Por un lado la venganza, por otro, la profundidad de los personajes, el ritmo. Lo he intentado y creo que me ha salido. No siempre sale, pero de esta novela estoy bastante contento, la verdad.

En tu novela aparecen menciones o guiños a Salem, Ravelo, Ibáñez. Me gustaría preguntarte, ya que llevas muchos años metido en la novela negra, ¿cómo ves el panorama en España? Y mención aparte, ¿qué podés contarnos de Julián Ibáñez, por dónde arrancar a leerlo?

Bueno, es que estos tres escritores que citas me gustan mucho. Además a Salem se la debía porque el ya me sacó en una novela suya como personaje. En España el panorama está muy bien. Se tocan todos los palos (crook story, policial, detectivesca, etc.). Si acaso falta novela carcelaria (aunque la ha habido: «Huye, hombre, huye: diario de un preso FIES», de Xosé Tarrio González [prematura y desgraciadamente muerto]) y también faltan novelas estilo Jim Thompson. Porque si bien hay novelas de psicópatas y asesinos en serie, no son narradas desde el punto de vista del delincuente, como hacía el maestro (aunque también la ha habido: Carlos Pérez Merinero [también muerto ya, desgraciadamente] está a la altura de Thompson). Novelas como aquellas hoy serían imposibles de publicar por desgracia debido a la ola de asquerosa corrección política (lo opuesto a la novela negra) que corre.

En cuanto a Julián Ibáñez, qué voy a decir. Es el maestro, un puto crack que escribe Hardboiled de una forma tan natural que asusta. Últimamente está metido en su saga de Bellón, y es maravilloso leer sus novelas y cómo sin prácticamente trama te mantiene atento y expectante, solo con las idas y venidas de Bellón. Él mismo dice que todos sus personajes anteriores ya tenían características de Bellón, que incluso algunos ya eran Bellón. Yo recomendaría leer la última: «La catequista». Y de ahí para atrás, todas las demás.

¿Qué nos podés contar acerca de Black & noir, esta plataforma digital de contenido de género negro?

Pues que es una forma muy novedosa de leer. Te bajas la aplicación para teléfono móvil (porque se trata de eso, de leer en el móvil) que es gratuita. Y a partir de ahí puedes bajarte capítulos o novelas enteras, con la novedad de que con cada capítulo vienen vídeos consistentes en entrevistas con los autores, pero no solo hay entrevistas. Hay vídeos de los autores en los que se los ve cocinando, jugando al baloncesto, tocando su instrumento favorito, eso ya depende de las aficiones de cada autor. En mi caso publiqué con Black & Noir mi sexta novela, #MadridPrisión, una novela futurista y apocalíptica muy interesante, también situada en el barrio. En esa novela los ricos han decidido que los pobres ya no les hacen falta y los bombardean. Muy negra y muy política, creo yo.

Para cerrar, quisiera saber quiénes son tus influencias y qué libros le recomendarías a la gente que quiere empezar a leer género negro.

Tengo muchas influencias. Básicamente los tiros van por la Novela Negra Clásica de la tradición Hardboiled y el Realismo Sucio. Por lo demás hay autores que me interesan mucho y también hay novelas de autores que no me interesan tanto que también me interesan mucho. Es el caso de «El último buen beso», de James Crumley, o la saga de Lennox, de Craig Russell (del que no me interesan sus otras sagas, por ejemplo). Me parecen una pasada Lawrence Block o Dennis Lehane (sobre todo las últimas). Y me he mamado casi todos los clásicos traducidos: Chandler, Hammett, Burnett, Thompson, Westlake, Himes, Mosley, John D. MacDonald, etc. También me encantan autores que aunque no sean escritores de género, a mi me lo parecen: Bukowski, Carver, Palaniuck, Bret Easton Ellis o Houllebecq. Para terminar, porque si no me eternizaría, voy a recomendar cinco libros:

  • Parker, de Westlake.
  • Por amor a Imabelle, de Himes.
  • Total Kheops, de Jean Claude Izzo.
  • Drugstore cowboy, de James Fogle.
  • Nada que esperar, de Tom Kromer.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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