Salí a eso de las 10 de la mañana y vi que el día estaba soleado. Corría una brisa fresca, esa brisa matutina de otoño que avisa que en unos días llegaría el día más largo del año. “Hoy estoy para escuchar algo alegre”, pensé. Agarré el celular, entré a YouTube Music, que por alguna razón prefiero antes que cualquier otra aplicación de música, y por un segundo me quedé parada en el medio de la calle, seguro molestando a alguien que venía atrás, y no supe qué elegir. Las opciones eran dos: la lista que contiene todas las canciones de Sigrid, o Melodrama, de Lorde. No es que la música de Lorde sea exactamente alegre, pero sí tiene una fuerza que se desborda en cada una de las canciones; tiene muchísima vitalidad, como una vez me dijo una amiga en una de nuestras infaltables charlas sobre artistas pop.

Elegí entonces la segunda. Hace un tiempo que escucho mucho a Lorde porque, aunque la conocía, nunca le había prestado mucha atención. Cuando encuentro un artista nuevo, pasa un tiempo en el que me obsesiono bastante, y solo escucho su música, y casi ninguna otra.

Pero en este caso mi intención no es hablar de Lorde ni de Sigrid, sino más bien de algo que me surgió escuchando Melodrama. Caminaba por Las Heras y doblé en Callao, y entonces tuve ahí una especie de revelación. ¿Cómo podía ser que supiera el orden de las canciones del disco? ¿Cómo podía ser que cantara mentalmente el ritmo y las letras del principio de cada canción, adelantándome al orden? La primera razón es bastante obvia; lo escuché tantas veces que es evidente que algún mecanismo del cerebro hace que te acuerdes que es la canción X la que viene después de la canción Y, no la Z. Pero hay otra cosa que me hace pensar más en esto, y que no parece que pueda explicarse por eso primero que se me ocurrió. Hay pocas canciones que me sé de memoria, desde el principio hasta el final, pero cuando escucho un disco pasa algo diferente. El inicio de la canción aparece siempre. No hay forma de que no me acuerde qué versos van a seguir después de que una canción anterior haya terminado. Ni siquiera lo hago conscientemente; parece ser que mientras escucho mi cerebro recupera datos que en otro momento no aparecen. Si quisiera acordarme ahora cómo empiezan cada una de los temas del disco sé que no podría.

El recuerdo vuelve solo cuando estoy escuchando el disco. Tengo algunas listas hechas en las que pongo todas las canciones de las artistas que me gustan, para escucharlas de corrido (de hecho, así se llaman: “Sigrid para escuchar de corrido”, “Aurora para escuchar de corrido”). Si pusiera la reproducción aleatoria de alguna de esas listas, la certeza sobre el orden no aparecería. Primero, porque es obvio que no puedo predecir qué canción va a venir, si justamente la gracia de la reproducción aleatoria es esa, que aparezca cualquier cosa en cualquier momento. Si la reproducción aleatoria me impide reconocer una sucesión determinada, es exactamente el orden, la continuidad entre canción y canción, es el hecho de estar escuchando un disco como unidad, respetando el orden que pensó su creadora, lo que evoca ese conocimiento en la memoria.

Va a ser imposible acordarme ahora, mientras escribo esto, sin fijarme en Wikipedia ni en YouTube Music, cuál es el orden de las canciones de Melodrama. Sí, sé que empieza con Green Light, que termina con Perfect Places y que la anteúltima es Supercut, pero no puedo ir más allá. No sé en qué lugar aparece Liability, Sober, ni Homemade Dynamite. Ni siquiera me acuerdo todas las canciones que hay en el disco.

¿El orden de las canciones de Melodrama se trata entonces algo inevitable? No creo. ¿Podría ser otro, el orden? Sí, claro; a la misma Lorde se le podría haber ocurrido otro. Pero hay algo muy fuerte en el orden que finalmente se decide. Esta certeza, la de saber qué canción viene después de escuchar los versos finales de otra anterior, me recuerda un poco a ese recurso de la poesía, el encabalgamiento. El disco, no Melodrama en particular sino cualquier disco que el artista lo piense como una unidad, como una categoría dentro de la música, y lo que implica un grupo cerrado de canciones, se me aparece entonces como un continuum. Hay un inicio, hay un final, pero casi que nada más. En el medio la cosa fluye. Cada canción es un verso; cada canción no corta necesariamente ahí donde la tecla Enter decide que se pasó a un renglón más abajo; de alguna forma avanza sobre la canción siguiente, se la apropia, por lo menos los primeros segundos. Por eso puedo acordarme de ese cambio dentro de la continuidad, de esos primeros versos dentro de una canción nueva, pero que al mismo tiempo sigue atada a la anterior, a lo que quedó de la anterior. Pienso en el ave fénix, que muere y renace de sus propias cenizas. Lo que recuerdo entonces es el orden, la composición del disco, la manera en que se conectan las unidades que forman el todo. La estructura, podría decir.

Descubrir la estructura de algo es conocer a ese algo mejor. ¿Cuál es la estructura de un disco? En un video cortito que me pasó mi amiga, Beyoncé habla de que ya casi nadie saca discos, que los artistas prefieren sacar singles antes de que discos. Es bastante así. Cuando un artista saca un disco contempla una concepción de unidad y de composición. Hay un trabajo de selección. Esta canción sí, esta no. ¿Por qué sí y por qué no? Un disco puede contar una historia, puede retratar un grupo social, un hecho particular, una época.

Una revelación parecida a la del orden de las canciones de Melodrama tuve cuando escribí sobre Aurora. Ahí también, inconscientemente, pensé en la categoría del disco como unidad. Hice un recorrido de todas las canciones que sacó Aurora hasta ahora (menos de Exist For Love, del 2020, y ahora casualmente me doy cuenta de que es un single y de que no va a formar parte de su próximo disco), y traté de pensar las relaciones entre los discos, principalmente entre Infections Of A Different Kind – Step 1 (2018) y A Different Kind Of Human – Step 2 (2019). Se me ocurrió que el Step 2 es una respuesta al Step 1; ahora pienso que nunca podría haber pensado que una canción como respuesta a otra, sino que lo que se me ocurrió es que son los discos como unidad los que pueden aparecer como las partes de un diálogo. ¿Pueden dialogar las canciones? Sí, obvio, porque de hecho hay canciones del primer disco que tienen una continuidad sobre otras posteriores, que forman parte de una misma línea o que comparten rasgos de la letra o de la producción musical. Pero hay algo muy fuerte del disco en sí, como unidad, que hace que, una vez que se lo creó, parezca difícil pensar las canciones como cosas aisladas. Muchas veces, como estrategia comercial o adelanto de algo nuevo, los artistas sacan singles que después van a estar en un próximo disco. Los últimos singles de Sigrid (Mirror) y de Lorde (Solar Power) ya se sabe que van a formar parte de los álbumes que saquen este año (el de Lorde, incluso, se va a llamar así también, Solar Power). Es muy probable que esto que me pasa con los discos y el orden de las canciones sea algo que tenga que ver con la memoria y la forma en que el cerebro almacena la información. Pero creo que, además de algo casi biológico, el orden en el que un disco se construye, y el disco en sí mismo como unidad, es una búsqueda, una forma de pensar la música.

Sobre El Autor

Nació en Buenos Aires en 1999. Estudia Letras con orientación en Lingüística. Le apasiona la literatura, el cine, la música pop y el fútbol.

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