LA TESIS DECADENTE

Traducción del japonés por el Prof. Juan Agustín Onis Conde.

Durante el curso de medio año, nuestras vidas han cambiado por completo. El humilde escudo de nuestro soberano señor[1]. Oh, morir por el emperador, no me dejará resentimientos[2]. Muchos de los jóvenes hombres que profesaban estas palabras han caído en batalla como flores marchitas, otros sobrevivieron y retornaron a sus casas para formar nuestro mercado negro. Desear una vida longeva es vergonzoso, servir un día como el leal escudo del emperador es nuestro juramento.Después de seis meses, las esperanzadas mujeres que despidieron a sus hombres a batallar ahora se encuentran arrodilladas, con sus cabezas cercanas al piso en máxima reverencia, frente a las tablas mortuorias de sus esposos. Después de todo, el día en que sus corazones le den la bienvenida al deseo de una nueva vida no está lejos. No ha sido la gente quien cambió. La gente es la misma como siempre lo ha sido. Lo que ha cambiado es la epidermis del signo de los tiempos.

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Uno de los motivos por los que el shogun Tokugawa se rehusó a perdonar a los cuarenta y siete leales guerreros[3], condenándolos a cometer seppuku[4], fue, fuera de discusión, porque si se les hubiese permitido vivir lo habrían hecho vergonzosamente, debido a que hubiese sido inaceptable que alguien apareciera a ensuciar sus nombres. Esta clase de emoción humana no existe en nuestro sistema legal moderno. De todas formas imagino que esta tendencia aún vive en los corazones de muchos de nosotros. Quizá, es una emoción común para toda la humanidad, el deseo de terminar algo que empezó puramente mientras se mantiene puro. Más de una década atrás, el público expresó una enorme simpatía cuando, en algún lugar próximo a Oiso, un estudiante y su amada eligieron matarse, para congraciar su amor mientras ambos fueran castos. He experimentado un sentimiento similar cuando mi sobrina, con quien he tenido gran cercanía, eligió matarse a los veintiún años. He experimentado algo similar a un alivio al tener en cuenta que su muerte ocurrió cuando aún era ella pura y hermosa. Viéndola, si bien ha sido pulcra y prolija por ser tan pura y hermosa me hacía sentir como si existiera una peligrosidad, un temor de que su delicadeza hiciera caer su vida en los fuegos del infierno. Por no poder soportar verla vivir una vida de ese tipo fue que sentí alivio.

Durante la guerra, los escritores fueron impedidos de contar historias de amor sobre mujeres viudas de guerra. Tanto líderes militares como políticos temían que esas historias llevaran a la decadencia moral de las viudas. Ellos deseaban que estas mujeres dedicaran su vida entera a ser ejemplos de fidelidad. Los militares estaban al tanto de los pormenores de la inmoralidad. Como resultado, se estableció la prohibición, no porque no entendieran la naturaleza del corazón de una mujer, sino porque de hecho, lo entendían demasiado bien.

Se dice que los samurai del antiguo Japón no entendían las emociones de una mujer. Para mí esta es una compresión superficial de las cosas. Bushido, el camino del samurai, fue un sistema de leyes excesivo y carente de refinamiento que más que nada era, un modo de protegerse a sí mismos de sus propios defectos morales.

De acuerdo a este código, es deber del samurai llevar a cabo una retribución frente a sus enemigos cazándolos al punto extremo, llegando hasta convertirse en vagabundos. ¿Pero han existido samurai leales, con descendientes que realmente sintieron un verdadero deseo de venganza al punto de cazar y cortar a su enemigo? Para un samurai, todo lo que importaba era la ley de venganza[5] y honor que prescribía en ese código. De hecho, nosotros, japoneses somos por naturaleza gente que perdona, gente que no conserva resentimientos. Nuestra verdadera naturaleza es compartir el optimismo que el enemigo de ayer es el amigo de hoy. Compromiso y reconciliación con el adversario de ayer es parte de nuestra vida diaria. Nuestros enemigos existen precisamente para poder reconciliarnos con ellos. Deseamos servir a nuestro maestro y a nuestro némesis de ayer. Los japoneses jamás hubiesen podido partir a batallar sin antes recibir la orden de no permitir el soportar la humillación de ser capturados con vida. Somos obedientes frente a la ley pero nuestros sentimientos son exactamente opuestos. La historia del arte de la guerra japonesa no es la historia del bushido, es una historia de esquemas, trucos y trampas. Es por eso que quizá conozcamos los mecanismos que mueven la historia, no por depender de hechos y evidencias sino por conocernos interiormente a nosotros mismos. Así como los líderes militares prohibieron las historias de amor que involucraran mujeres viudas de guerra, el samurai del pasado necesitó el Bushido para protegerse a sí mismo y a sus subordinados de su propia debilidad moral.

Según Kobayashi Hideo los políticos carecen de recursos y son una raza que meramente administra y controla, pero eso no necesariamente es así. La mayoría de los políticos actúa de la forma que él ha indicado, pero unas pocas mentes brillantes, ingeniosas en el modo en que usan la leyes de administración y control, asumen por encima de la mediocridad de otros políticos y penetran en cada era y cada gobierno con una expresión del deseo de un ser superior, reuniendo y orquestando un único deseo histórico. Para los gobiernos, la historia no es asunto de juntar a los individuos en una misma posición, antes bien absorberlos en el concepto de un ser divino[6], así la forma histórica tanto como el gobierno, se plasmaran en forma de una creatividad divina. ¿Quién nos llevo a esta guerra?. ¿Fue la rama militar de Tojo?[7]. En parte debe haber sido, pero fue sin dudas la creencia del ser “divino” esparcida a lo largo del Japón: la voluntad de aquella irreversible historia. Los japoneses no hacen más que aceptar su destino, sumisos. Aún si los políticos no son genios, los políticos bajo el velo de la historia poseen ingenuidad, un deseo único, indetenible momentumllevado hacia adelante como una ola abriéndose al mar. ¿Quién ideó el Bushido?[8]. Fueron la adaptabilidad y la previsión histórica. La historia supo descifrarnos. Los edictos del Bushido que prohíben fueron designados en base a que la naturaleza humana como el instinto son inhumanos y contradicen la naturaleza humana, pero la profunda visión con la que cuentan estos rasgos es completamente humana.

Yo contemplo el sistema que nos presenta al Emperador como una forma muy japonesa de construcción política (y además, creativa). Dicho sistema no nació con el Emperador. A pesar que diversos emperadores planearon sus propias conspiraciones, estas no se llevaron a cabo exitosamente. Fueron exiliados a distintas islas o forzados a esconderse en lo profundo de las montañas. Finalmente la existencia de un Emperador fue confirmada de acuerdo a las aspiraciones políticas de otros. Hasta soberanos olvidados por la sociedad fueron “aparecidos” por políticos que olieron la oportunidad de mejorar sus propias posiciones. Estas personas formaron el “Sistema Imperial” a través de una “profunda visión” dentro de la condición japonesa. Pero esa visión no necesariamente requería un Emperador. En su lugar, Confucio, o el Buddha Shakyamuni, o hasta Lenin podría haberlo sustituido. Circunstancias simplemente no permitieron que tomaran el lugar del Emperador.

Ginza después de los bombardeos

Finalmente, los políticos japoneses (la nobleza y la clase samurai) intuyeron la necesidad de un monarca absoluto para congraciarse en las “reglas eternas y divinas” que habían elucubrado en favor de ellos mismos. En la era Heian, la familia Fujiwara, mientras apoyaba al Emperador para asegurarse el éxito de su agenda egoísta, nunca cuestionó el hecho de que sus propios hombres obtendrían un rango menor al del Emperador. Ellos no encontraron ningún problema al respecto. La existencia del Emperador trajo nuevas formas de luchas internas. Ahora, hermanos más jóvenes intentaban usurpar a sus hermanos mayores, quienes a su vez peleaban por ello con sus padres. Los Fujiwara fueron instintivos oportunistas, su objetivo no sólo era vivir con placer sino además hacer prosperar la corte de un modo en que ellos pudieran saludarse con el Emperador con una menor formalidad que los sedujera y les brindara una sensación de gran satisfacción a ambos. El agachar su cabeza frente al Emperador demostraba su dignidad, pero también era una manera de sentirse dignificados.

Qué total estupidez. No puedo encontrar palabras para describir lo absurdo de ser forzados a inclinar nuestras cabezas frente al santuario Yasukuni[9], pero para algunas personas esta es la única forma de poder experimentar sentir sus propios sentimientos. Nos reímos de su estupidez mientras reverencian al santuario Yasukuni pero nosotros hacemos lo mismo, sólo que lo hacemos “a nuestra manera”. La diferencia es que nosotros no nos damos cuenta de nuestra propia estupidez. Así como Miyamoto Mushashi[10] se dirigía con gran apuro al duelo en los pinos del templo Ichioji, se dice que se tomó el tiempo para reverenciar reflexivamente al Dios Hachiman mientras pasaba, pero él luego abandonó dicha idea, afirmando que no era el momento apropiado para pedir protección divina. Este es un ejemplo de la idiosincrasia personal de Musashi; solemos reverenciarnos luego de la total estupidez de una repetición de palabras solemne; es algo que hacemos inconscientemente. El maestro de filosofía confusionista sostiene las escrituras sagradas sobre su cabeza reverente, como si fueran un regalo de los dioses, pero en ello, meramente percibe su propia dignidad, su propia existencia. Todos nosotros de algún modo u otro, hacemos lo mismo.

Así como hay gente afecta a ser engañada, los japoneses necesitan al Emperador por ese propósito maquiavélico, pero además para el propósito de la verdadera justicia. Políticos, aún si no sienten la importancia de tales engaños, usan su agudeza no tanto para ratificar su importancia, no si para remover toda duda de su propia realidad. Hideyoshi[11], cuando asistió al Emperador en la mansión Juraku, derramó lágrimas en reverencia frente a su excelencia por la majestuosidad de la ceremonia. Pero realmente con ese gesto estaba confirmando su propia dignidad frente a quienes lo rodeaban en el mencionado palacio. Contemplaba, más allá del Emperador, a los dioses y a los cielos. A pesar de que esto ocurrió con Hideyoshi y no con otros políticos, el engaño incluso es un arma demoníaca. El hecho de que hasta los demonios recen frente a Dios como niños nos muestra que la decepción no es para nada extraña. Existen incontables contradicciones que ilustran este punto.

Resumiendo, tanto el Emperador como el Bushido consideran que “la fiel viuda nunca mira a otro hombre”. Esta prohibición no es meramente inhumana, sino que directamente contradice a toda la raza humana. Pero de la misma forma en que dicha visión, dirigida hacia la “visión suprema”, es muy humana, el sistema de Emperador (como la verdad suprema o hasta natural) revela pistas cruciales de retrospección histórica y descubrimientos que difícilmente debemos ignorar. Ya que la superficial verdad suprema y las leyes naturales, no pueden ser separadas.

 

El deseo de extinguir la belleza mientras aún permanece muestra una naturaleza humana considerablemente restringida. En el caso de mi sobrina, quizá podría desear que no se hubiera suicidado, y que hubiera vivido su vida lo suficiente como para caer profundamente al infierno, donde vagaría en su vasta oscuridad. Yo mismo que escogí el camino literario, me he encontrado vagando en esa oscuridad. De todas formas, no puedo dejar de considerar el piadoso deseo de que una vida hermosa deba culminar mientras aún lo sea. Una belleza incompleta no es belleza. Una vez que ella haya descendido inevitablemente al infierno, quizá por primera vez podremos llamar a su recorrido miserable: hermoso. No obstante, de esa forma no deberíamos ver en una virgen de veinte años lo horrible de una mujer de sesenta. No estoy seguro, prefiero una bella mujer de veinte.

“Una vez muerto tu vida ya no tiene más significado” así reza el refrán, ¿Pero qué significa realmente? Perder la guerra no me permite aceptar ciegamente la idea de que al final por los que más debemos llorar es por los espíritus de los asesinados. Cuando pienso en los generales de sesenta años aferrándose ardientemente a sus vidas mientras eran llevados al tribunal de crímenes de guerra, contemplo fascinado el atractivo de la vida humana. No he visto sus ojos. Aún si yo fuera uno de los generales de sesenta años creo que también me aferraría a la vida apasionadamente mientras me llevaran a la corte. No ser capaz de imaginar ninguna otra respuesta me deja con temor del curioso poder de la vida. Prefiero una mujer de veinte, ¿Pero también prefieren los viejos generales la belleza de una mujer de veinte?. ¿Llorar y lamentar los espíritus de los muertos en guerra también significa preferir a una hermosa mujer de veinte?. Si las cosas pueden definirse con tal claridad, entonces puedo sentirme aliviado y continuar evocando con todo mi corazón a dichas mujeres, pero la circunstancia de la vida humana se convierte en un problema más oscuro que nunca.

Detesto ver sangre. Cuando presencié un accidente de tráfico frente a mis ojos en Tokio inmediatamente desvié la vista y miré hacia otro lugar. Pero amé la destrucción fantástica que ocurrió allí. A pesar de que me estremecí de miedo, temblando mientras llovían bombas y fuego. Aterrorizado, afligido por el pánico mientras la destrucción se agigantaba, al mismo tiempo me sentí como si nunca antes hubiese amado o anhelado a la humanidad como lo hice cuando caían las bombas.

tesis-1

Resistí allí, en Tokio, rehusando la amabilidad de un número de personas quienes no solo me advirtieron en favor de huir, además intentaron ofrecerme hospedaje en el campo. Intenté sostenerme hasta el final en el incendiado refugio de ataques aéreos de mi amigo Oi Hirosuke, pero luego de que fuimos separados (cuando él fue evacuado a la zona de Kyushu y yo perdí a mi mejor amigo en Tokio) todo lo que pude hacer fue tratar de ocultar el sonido de mi respiración en el refugió preventivo de ataques aéreos mientras conjuraba imágenes de estadounidenses a punto de invadir en cualquier momento, en medio de la artillería pesada que explotaba a mi alrededor. En ese momento, calmamente, me resigné al destino que me esperara. Pensé que moriria esa noche pero creía más firmemente en vivir. De alguna forma tenía algún tipo de visión acerca de cómo lograr escapar de las ruinas vivo sería incorrecto. No había pensamientos en mi mente más que el deseo de sobrevivir. Un milagroso retorno a la vida en un mundo fresco y nuevo, más allá de lo imaginable. Ese fue el curioso sentimiento que tuve: que mi vida comenzaría completamente renovada. Pero no sentí que era crucial permanecer en Tokio de forma de experimentar estos extraños sentimientos de renovación. Mejor dicho fue, caer en un extraño embrujo. Fue sólo por ese motivo que viví con un cobarde miedo mientras las bombas caían alrededor por dos horas en la noche del 4 de Abril de 1945. Mientras estas encendían los cielos nocturnos como la luz del atardecer, mi hermano, quien había llegado a Tokio, me preguntó por el refugio contra ataques aéreos, si la luz se encendía desde las bombas incendiarias. Estaba tan asustado que lo único que pude atinar a hacer fue decirle que la luz provenía de las luminarias descendientes.

Me encontraba trabajando parcialmente para Japan Films en aquel momento. Después del bombardeo de Ginza tres cámaras fueron ubicadas allí en la torre intentado capturar la formación de las bombas mientras caían. Cuando sonó la alarma que advertía el bombardeo toda la gente que se encontraba en el área, los que estaban en la calle, aquellos que miraban desde las ventanas o desde la azotea, se desvanecieron. Aún las armas anti aéreas fueron cubiertas para mantenerlas ocultas. No había señales de vida humana por ninguna parte excepto un grupo de diez personas en el techo del edificio de Japan Films. Inicialmente, las bombas llovieron sobre Ishikawashima, pero allí la formación se dirigió hacia nosotros. Sentía la fuerza desaparecer de mis piernas. Miraba a los camarógrafos con admiración, cigarrillos entre sus labios, tan calmos que me enfermaban mientras seguían el vuelo de la formación de bombas.

 

Pero amé la destrucción magnífica. La visión de la humanidad resignada a su destino es extrañamente conmovedora. Las enormes mansiones de los alrededores de Kojimachi desaparecieron como una broma cruel, mientras en su lugar solo había ascuas ardientes. Allí estaba un padre sentado con su hija en la pradera contigua a un canal, un baúl tapizado de cuero rojo entre ellos. De alguna forma si no habría sido por las chispas que se expandían desde las ruinas, hubiese resultado un relajante picnic. Aquí en Dogenzaka, sobre la colina y en medio de los restos carbonizados de edificios que han desaparecido, se encontraba alguien que fue parte del bombardeo. Un cuerpo que lucía como si hubiese sido atropellado por un vehículo, postrado en el suelo, cubierto por una sola y corrugada fina chapa. Cerca, un soldado con un rifle y su bayoneta. Gente dirigiéndose a destinos diversos, gente retornando a sus hogares, víctimas del desastre, la corriente interminable de un río de vacío. Gente abriéndose paso entre cadáveres en su camino, sea donde sea que fueren, sin ni siquiera notar la sangre fresca esparcida por el camino, mientras quienes lo hacían no mostraban interés en los cuerpos, como si se tratara de residuos de papel. Los estadounidenses que arribaron inmediatamente luego dijeron que los japoneses que encontraron tenían todos una expresión vacía, en blanco; pero la procesión de las víctimas del bombardeo emanaba un aspecto hueco, poseían una inmensa vacuidad que difería de la emoción de sorpresa y miedo que uno esperaría ver. Obedientes niñas del destino. Dos niñas jóvenes, de quince una, la otra de dieciséis, reían. Sus sonrisas emanaban vigor. Escarbaban jarrones fuera de las cenizas con un balde carbonizado, custodiando su único baúl mientras jugaban al Sol. Me pregunto si estarían tan llenas de sueños sobre su futuro que la realidad que experimentaban no era ya una realidad de dolor y sufrimiento, o si serían sus sonrisas producto de alguna vanidad. Era placentero buscar expresiones como la de estas jóvenes en los campos quemados.

Más allá de la destrucción fantástica nuestro destino estaba sellado, pero no había decadencia. Había vacío, pero en el vacío, existía abundancia. Los que se ubicaron a través de la furia de las llamas, reunidos estaban al lado de algunas casas que empezaron a quemarse para protegerse del frío de afuera. Mediaban pocos metros entre ellos y quienes fervorosamente intentaban extinguir el fuego, pero ellos existían en un mundo diferente. Un extraordinario amor surgiendo desde la inmensa destrucción. Un extraordinario amor emergiendo desde un gran destino. En contraste, nuestras caras frente a la pérdida de la guerra eran sólo expresiones de decadencia.

Aún comparada con la asombrosa mediocridad y banalidad inevitable de la decadencia, el extraordinario amor que surgió de la gran destrucción y de la belleza de la humanidad mientras se inclinaba dócilmente frente a su condenado destino no se sentía más que como el vacío fugaz de un fantasma.

De acuerdo a la ideología del shogunato Tokugawa, asesinar a los cuarentaisiete leales guerreros los convirtió en paladines de la lealtad eterna, pero en verdad dicha labor significó salvarlos de su descenso a la decadencia. No existe forma de prevenir a la humanidad contra su descenso a la degeneración, desde la virtud a la mediocridad, finalmente: al infierno. Aún si se establecen códigos morales como los que prohíben a una virtuosa viuda de mirar a otro hombre o a un leal guerrero servir a otro señor, no existe nada que podamos hacer para impedir la degeneración de la humanidad. Podemos preservar la virginal pureza de una mujer matándola, pero allí escuchamos los pasos de la decadencia que se acercan, sus inevitables olas golpean las costas sin más, haciéndonos recordar que preservar su pureza virginal a través de piadosas acciones humanas no comprende más que la vacía transitoriedad de un fantasma.

Los héroes de las fuerzas de ataque especial[12] son mera ilusión; la historia humana comenzará con quienes manejan el marcado negro[13]. Las viudas como apóstoles de la virtud son mera ilusión; la historia humana comenzará con quienes adopten visiones de renovación. Y finalmente el Emperador: él también es una mera ilusión; una verdadera historia comenzará cuando el Emperador se convierta en “un hombre más”.

Con respecto al gigante viviente que llamamos historia, la humanidad misma es sorprendentemente masiva. Lo único sorprendente es estar vivo. Los envejecidos generales llevados al tribunal de guerra no destriparon sus abdómenes (ver 4). Mientras eran llevados a la corte hemos descubierto un proyecto magnifico para la humanidad que se hacía posible por el fin de la guerra; Japón había perdido y el Bushido se derrumbó, pero la humanidad ha nacido por primera vez desde el verdadero útero de la decadencia. ¡Debemos vivir! ¡DEBEMOS CAER EN LA DECADENCIA! Detrás de este camino verdadero no existe una ruta fácil para que el ser humano sea salvado. No me agrada el seppuku. Tiempo atrás, un poco prometedor pero astuto elucubrador llamado Matsunaga Danjo fue atacado y vencido por Oda Nobunaga, quien lo dejó sin mayor opción que morir en su castillo, rodeado por sus hombres. Justo después de su muerte le propiciaron a Oda la moxibustión, es decir, el tratamiento chino para prolongar su vida, tal como si fuera un día más. Entonces ubico un arma en su cabeza y se la voló. Tenía más de setenta años cuando murió, pero aún era un hombre lascivo que coqueteaba con mujeres frente a todo el mundo sin pensarlo dos veces. Estoy de acuerdo con la forma en que este hombre decidió matarse, pero no lo estoy con harakiri.

A través del bombardeo temblé de miedo, pero también me maravillé con la belleza que allí encontré. No había necesidad de que yo pensara. Debido a que allí solo había belleza, la humanidad no existía. De hecho allí no había saqueadores. El Tokio de hoy es considerado oscuro, pero durante la guerra la oscuridad era perfecta al punto de que no importaba cuán oscuro fuese, nadie jamás se preocupó por ladrones. Fuimos a caminar por el mercado negro en el medio de la noche y dormimos con nuestras puertas abiertas. El Japón en guerra era como un paraíso irreal, desbordante de una belleza vacía que florecia. Pero no era la verdadera belleza de la humanidad. Si nos olvidáramos de pensar, el mundo sería un espectáculo magnifico, despreocupado. Si bien estábamos aterrorizados de que el bombardeo no terminara, nos sentimos mejor al descubrir cuán fascinante era olvidar nuestros pensamientos. Fui un tonto al retozar a través de la guerra con una inocencia de mente tan simple.

Luego de que la guerra terminara, nuestra libertad fue reconstruida, pero cuando esa libertad regresó empezamos a notar nuestras propias limitaciones y el modo en que incidían en nuestra libertad. La raza humana no puede vivir en eterna libertad. La razón es simplemente que vivimos, morimos y pensamos. Desde un punto de vista político una reforma puede llevarse a cabo en un día, pero la gente no cambia así de fácil. ¿Desde los primeros pasos de la sociedad humana en la antigua Grecia hasta hoy: ¿Cuándo cambiamos realmente?

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Humanidad… la humanidad misma no encontró forma de superar la terrorífica destrucción o el futuro durante la guerra. La guerra simplemente terminó. ¿Son los héroes de las fuerzas de ataque especial (ver 12) quienes ya se convirtieron en parte del mercado negro?. ¿No tienen las viudas de guerra nueva vida hinchándose en sus pechos?. La humanidad no cambia. Simplemente regresamos a ser humanos. La humanidad caerá en la decadencia. Leales guerreros y vírgenes sagradas también caerán en la decadencia. Nuestra caída no puede detenerse, no podemos ser salvados. La humanidad vivirá y la humanidad caerá. No existe un camino de salvación.

No vamos a descender porque perdimos la guerra. Vamos a caer porque somos seres humanos, simplemente porque estamos vivos. ¿Pero podemos salvar a la humanidad de su decadencia eterna?. ¿Por qué es que el corazón humano no puede resistir esfuerzos extremos con la fuerza del acero?. Somos delicadas y frágiles criaturas. Aún, demasiado débiles como para no caer en la decadencia. Finalmente, debemos matar a la virgen, debemos transmitir el Bushido y debemos apoyar al Emperador. Pero cada uno de nosotros debe matar a su propia virgen, cada uno de nosotros debe apoyar a su propio Bushido, a su propio Emperador. Es esencial que la gente descienda por su propio y correcto camino, y deben descender hasta el final. Es también crucial que Japón descienda de la misma forma. Debemos salvarnos a nosotros mismos gracias a descubrirnos a nosotros mismos luego de haber caído hasta el fondo del camino hacia la decadencia. Salvaciones políticas y otros atajos no son más que ridícula superficialidad.

[1]         Frase de popular conocimiento usada en el Japón previamente a la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente 1939: “Si bien soy básico y humilde, protegeré al Emperador con todas mis fuerzas”.

[2]         Línea de uno de los versos de la canción patriótica “Umi Yukaba” perteneciente al waka de Otomo no Yakamochi (718-785). “Si muero en el mar, será un cuerpo lavado, si muero en la montaña será un cuerpo en la pradera pero si muero por el Emperador, será un cuerpo sin resentimientos”. Canción recitada por los pilotos especiales Tokubetsukougekitai, Tokkotai (ver 12). Así mismo llamados “Kamikaze”.

[3]         Los 47 Ronin (“Chushingura”) una de las historias más populares en Japón sobre 47 fieles Samurai que se quitaron la vida practicando el ritual Seppuku (Harakiri) luego de vengar a su estafado señor Yoshinaka Kira. Fue adaptada más de treinta veces entre Kabuki, Cine, Tv y hasta posee un festival en su honor celebrado cada año, “Akkou Gishi Sai” en Hyogo. El escritor Argentino Jorge Luis Borges escribió su propia versión de la historia bajo el titulo: “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké” (pertenece a “Historia Universal de la Infamia” publicado en 1935, Editorial Tor, Madrid: Alianza).

[4]         Ritual mediante el cual un samurai abre su abdomen, en ocasiones asistido tradicionalmente por un kaishakunin quien se ocupa de decapitarlo. Aunque han existido samurai que luego de abrirse el estomago destripándose, se degollaban solos. Dependiendo el motivo quien realizaba seppuku (informalmente harakiri) elegía a su kaisakunin o no, si era en buen término se solía solicitar a un samurai estimado (el caso de Okita Souji con Yamanami Keisuke). Si el seppuku era por una falta frente al gobierno, este contaba con un kaishakunin que se dedicaba enteramente a realizar dicha tarea.

[5]         Kataki, venganza por obligación llevada a cabo mayormente por lazo filial de quien fue perjudicado.

[7]         Tojo Hideki (30 de Diciembre de 1884 – 23 de Diciembre de 1948). Alias “Kamisori” (Navaja). General y Primer Ministro del Grán Imperio del Japón durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

[8]         Bushido. “El Código del Samurai” se estima surgió en la era Muromachi (chusei). Se da cuenta de su existencia desde primitivas obras como en “Kojiki” (712) o “Heike Monogatari” (1371) En él, radican los valores del guerrero tales como el respeto a los mayores, el honor, la lealtad, la rectitud, la venganza por obligación, Seppuku (ver 4), Junshi (seguir al lord en su muerte para protegerlo en su viaje al más allá. Siendo el último caso conocido de este el de Nogi Maresuke 1849-1912, quien siguió al Emperador Meiji luego de ser artífice de la victoria de Port Arthur, 204 kouchi). Se lo emparenta a “Hagakure” (1709).

[9]         El santuario Yasukuni (de origen sintoísta) está dedicado a quienes pelearon por el Emperador.

[10]        Miyamoto Musashi (1584-1645) creador del estilo Ni-ten-ryu (“Dos Cielos”) que utiliza dos katana. No tuvo maestros. Nunca perdió un duelo. Se lo recuerda como un santo de la katana (esgrima japonesa) figura de importancia histórica participo de la batalla de Sekigahara y además de dejar notables pinturas y arte escribió “El Libro de los Cinco Anillos” en la cueva “Reigadou” (Kumamoto).

[11]        Toyotomi Hideyoshi (1536-1537) El segundo “Gran unificador” del Japón, Daimyo guerrero, general y político del periodo sengoku. Apodado “Saru” por Nobunaga, en una mano tenía seis dedos.

[12]        Tokubetsukougekitai, Tokkotai conocidos popularmente como Kamikaze siendo tal definición referente conclusivo del caso del ataque mongol a Japón y del “Risshou Ankoku Ron” establecido por Nichiren (1222-1282) anticipándose a los futuros ataques a ser realizados en Japón. La leyenda cuenta que tifones y tornados (“el viento divino”) se situaron en el preciso momento en que los mongoles liderados por el khan Genghis intentaban entrar a conquistar el Japón, destruyendo su flota entera.

[13]        El mercado negro de la posguerra generó la base y el establecimiento de la mafia.

 

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