Si la interpretación más relevante y conducente es la que brinda la mayor cantidad de respuestas, bienvenida sea Finales para Aluna, porque se inscribe en tal sentido como una voz de apertura que nos invita a interpretar la realidad, desde la ficción, tomando distancia del reduccionismo que propone una cultura hegemónica insuficiente, por sus carencias y limitaciones.

Una novela y una interpelación que nos atraviesa como la globalización, que masifica las tendencias, pero en sentido inverso. Misterio y complejidad. Las raíces, los orígenes y lo residual. La construcción de diferencias. El pensamiento occidental y otras formas de conocimiento. El pensamiento indígena en clave alemana. Ideas y creencias. Las identidades étnicas; las banderas de lucha. La perspectiva de la alteridad. La noción de cultura; la transmisión cultural. Las tendencias y los fenómenos globalizantes; las estructuraciones de poder.

La palabra: recuperar lentamente la palabra; apoderarse de las palabras; dar la palabra. El derecho a la palabra y el poder de las palabras. Robar la palabra. La palabra sinsentido y la correcta; los juegos de palabras; la palabra y la impostura. Las simples, las raras, las vulgares, las quemadas; palabras que se diluyen, palabras que se mutilan. Las palabras ancestrales, las sagradas, las auguradas, las sanadoras. “El poder mágico que posee un texto”, y la magia que emerge en los rituales. “Todas las aguas se encuentran en el mar”. Entre sumergir y emerger; un hecho imprevisto se impone como emergencia. Será una urgencia política a causa de la misteriosa desaparición física de una líder espiritual.

La trama y su tejido opuesto. Los músculos ocultos de la humanidad. Las cavidades viscerales del Tercer Mundo y el discurso eurocéntrico. Los crímenes del progreso; la civilización de la mentira. Las contradicciones. Lo sobrenatural; la realidad y la ficción; la fantasía visionaria. La ausencia y la presencia después de la muerte. “La ausente incorporada”.

Historias de amor en la universidad. Celos y rivalidad; una guerra amorosa.  La vida del planeta en su agonía y el negocio de la guerra por la tierra. ¿Un crimen político o pasional? Algo macabro. Órganos y músculos y huesos.

Reducción de lo humano. El relato. Una víctima entre tantas. Los restos de una mujer pequeña. Piel de cráneo, sangre y semen.

El animal letrado. Mensajes contra el Papa Benedikt y un requerimiento que pesa sobre Angela Merkel. El pensamiento femenino en movimiento; la ceremonia indígena. Danzas y fogones. La imagen convertida en fuerza. Entre “Ángeles de la Civilización” y  el “escuadrón de las Ladies”. Un engaño mediático; el montaje de la liberación. Las manos de la selva. Las máscaras de Rita, Sveta Aluna, Nimairango.

Quisiera comenzar esta entrevista poniendo el eje en el discurso de la diversidad y, desde ahí, pedirte una reflexión sobre la intolerancia.

¿La intolerancia? En primer lugar ella nace del lenguaje, es decir, de su tendencia a clasificar, a excluir. Por esta razón cuando escribimos sin darnos cuenta empleados el sistema de agrupación propio de cada lengua. De tal modo que la intolerancia se produce en el momento en que un idioma se vuelve hegemónico, oficial. El monolingüismo es sinónimo de intolerancia. Así pasa en mi país donde hay 65 lenguas indígenas y 2 afrodescendientes, pero el idioma impuesto es el español.

La noción de cultura, de comunidad y de nación, por una parte, y el dilema “macrocultura -multiculturalidad”, por otra. ¿Cómo enfocar y describir esta complejidad en el actual escenario de fenómenos globalizantes? 

La multiculturalidad ha existido siempre, piensa por ejemplo en la comida, que es el encuentro de muchas culturas. En el mundo antiguo, en la Edad Media, en el mundo indígena, en África fue así. Una vez estuve en un río de la selva amazónica donde la gente hablaba 6, 8 idiomas distintos y se entendían en ellos compartiendo sus alimentos y costumbres. La apertura a otros mundos es parte de la seducción humana, pero hoy en día la globalización propone un modelo a contra natura: pretende imponer a todos los cuerpos del planeta una forma de ser, hasta los animales deben comer comida sintética. Que todos hablemos y pensemos de la misma forma, que todos comamos lo mismo. Antes intentábamos compartir modos y visiones de mundo con los seres de los rincones más remotos, en varios idiomas, con varios sabores, sin dejar de ser distintos. Ser otros siendo propios nos faculta para recorrer el mundo y para transformarnos cada tanto nos sea necesario a la vida. El sentido del gusto ha sido el más atrofiado con la globalización. Lo amargo, por ejemplo, ya no tiene cabida en nuestro paladar. Simplemente se abusa de lo salado, de lo dulce.

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La identidad, los orígenes y las raíces, la transmisión cultural, la tradición, lo afectivo. Todo ello subyace, y aparece, como algo esencial en el conflicto, en la tensión que acompaña la trama de tu Finales para Aluna. La novela, más allá de sus méritos palpables en razón del estilo literario, avanza en la perspectiva de la alteridad. ¿Podemos hablar de un encuentro con lo otro, de un compromiso personal y de una resistencia frente a la universalización cultural?

Sí, me gusta mucho esta lectura de mi novela. Las danzas indígenas y los carnavales hablaron de la alteridad gozosa e indispensable antes que los filósofos europeos. Tener la posibilidad de usar máscaras facilita la vida en la modernidad agobiante. Se puede adoptar otro cuerpo, otra voz, otro idioma. En esto consiste la libertad, en ser diferente a uno mismo. Tal vez por eso nos es indispensable el arte, la literatura. Allí podemos virar, finorite, dicen los minika, werden, los alemanes.  Puedo virar en cucaracha o en jaguar o, por qué no, en mujer, en asesino, etc. Cada una de esas variaciones de la imaginación constituye un acto de resistencia en contra de quienes pretenden formatearnos y clasificarnos en categorías deterministas. Hay muchos que todavía creen en la lengua materna, en la nación, en la identidad sexual, religiosa, etc. Yo, por mi parte me levanto dispuesto a reinventarme cada día. Prefiero leer a Abdias do Nascimento o aprenderme un kirtan que a Borges, no porque el último no me guste sino porque de muchas maneras me he formado en ese tipo de literatura. No en vano he cursado un doctorado en Kafka y en mi tesis sostuve que Franz quería ser indígena, que se interesaba por los indígenas y los dibujos japoneses.

¿Existe la posibilidad real de establecer un diálogo entre las culturas? ¿Qué tipo de diálogo podemos imaginar como posible?

Yo he conocido ese diálogo. Se llama sentirme en otra lengua, soñarme en otra lengua. Cuando escribí los Stolpersteine de Sveta Aluna en alemán me di cuenta de hasta qué punto yo era un farsante y eso me gustó dolorosamente. Así que me dediqué al Dichten, al poetizar en esa lengua. Aunque los alemanes me dijeran que yo no escribía bien el alemán, yo registraba en esa lengua mis descubrimientos: “Keine Schrift befreit uns vom Verbrechen”. Eso era lo más transformador, pues no se trata de competir con los alemanes sino de expresarme en mi circunstancia de errancia, de desplazamiento deseado. Una experiencia semejante me sobrecogió cuando viví en la selva. De un momento a otro estaba mascando la hoja de coca y cantando en lengua minika. No eres un indígena, me dicen, por qué comes esas porquerías, me dicen. Porque no son mías y todo lo ajeno me hace más auténtico. Hoy canto y escribo versos en lengua minika para pensarme en otra dimensión. Me gusta vivirme como la mujer de la dulzura de la yuca y preparar el jaigabi o bebida de almidón de yuca que representa el semen femenino y la abundancia.

 

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 ¿Qué relación podríamos marcar entre los procesos económicos y los culturales?

Aquí está el quid del asunto. El racismo se basa en una estructura económica que define un dispositivo cognitivo. Los europeos del siglo XVI despreciaron a los africanos y a los indígenas porque querían arrebatarles la tierra. Los europeos americanos hicieron lo mismo después de la Independencia. Así sucedió en la famosa campaña del desierto en Argentina, así en las Caucherías en Colombia, así pasa hoy en día en la Franja de Gaza. Lo difícil de explicar es cómo un pueblo que ha sido víctima se transforma en victimario o cómo alguien de buen corazón, el cristiano, se vuelve un antisemita. Un poeta vasco me contaba que en su país los madrileños le decían a los vascos cuando ellos hablaban el euskera que hablaran en cristiano. El cristiano es el idioma de los humanos, cabría entender. Detrás de esa idea viene una forma de vida y un sistema económico imperialista. Si tú no hablas mi idioma eres menos que humano y por tanto mi sistema económico tiene todo el derecho de civilizarte. Qué tristeza, en estos términos ni el amor es posible sin sometimiento, sin poder económico.

El espacio geográfico, lo material, lo simbólico: ¿cómo juegan estos elementos, desde sus respectivas dimensiones, en un marco de ejecución de políticas culturales que responden a un enfoque, limitado, pero que se impone como excluyente?

No sé si hay algo particular en el uso de los símbolos que me entusiasma. Me refiero a la posibilidad de pervertirlos o de llevarlos a otro contexto. Escribí un libro de poemas en español sobre Paul Celan e Ingeborg Bachmann, Déjanos encontrar las palabras, y otro en alemán publicado en Ucrania, Zweistimmige Gedichte, desde la mirada de un lector colombiano promedio, es decir, desde otro marco geográfico y cultural. Esto me permitió crear un diálogo entre las historias de los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial y los sobrevivientes de las guerras en Colombia y Ucrania. Como verás, se trata de un ejercicio contrario a las políticas culturales locales, nacionales. Ellas intentan construir una imagen del país, una imagen sólida, identificable, manipulable. Los académicos apoyan este proyecto y hablan de novela negra o de narconovela y cosas absurdas por el estilo. Yo, por el contrario, suelo rechazar el nacionalismo, los regionalismos, las etiquetas. No me gusta lo esencialista ni lo clasificlable. Ni siquiera en el vestir, pues estoy convencido de que la ropa femenina me luce más que los blue jeans.

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¿Qué papel juega la universidad, como casa de altos estudios, en lo que hace al tratamiento de las relaciones de poder, de desigualdad entre la cultura hegemónica y las que, en determinados ámbitos, son reconocidas como subculturas?

La universidad fue trasplantada de Europa a América para continuar las labores evangelizadoras y colonizadoras. Todavía hay universidades privadas en nuestro continente que se aferran a esta tarea y educan a sus estudiantes en las sagradas escrituras y la dependencia económica. Nos enseñan a idolatrar la cultura hispánica, el cristianismo. Las universidades públicas, por su parte, que supuestamente se habían secularizado, cambiaron la Biblia por los dogmas de la ciencia moderna europea, dejando de lado cualquier otra forma del pensamiento que venga de otros continentes. Unas y otras comparten una extraña manera de concebir el conocimiento. Ellas creen que el que sabe leer y escribir es más sabio que el analfabeto o que el pintor o el músico o el campesino. No se dan cuenta de que quien tiene título de doctor es apenas un experto en jugar con letras y números, es decir, en repetir el modelo europeo de alta cultura, es decir, un incapacitado para la vida práctica y cotidiana en la montaña, en el valle, en la selva, en el mar. Un griot o un roraima no necesitan la escritura ni los títulos universitarios pues su medio está en la naturaleza, en contacto con los árboles, los animales, el río. Ellos saben las lenguas del pájaro y del viento, mientras que nosotros llevamos a todas partes una tarjeta de crédito. La cultura hegemónica en nuestras tierras es un apéndice del modelo económico capitalista. Por esos se identifica con el progreso y el desarrollo y desprecia otros modelos no rentables, propios de las culturas ancestrales de este continente. Una subcultura indígena, esto es, aquella que perdió el dominio sobre su territorio nos parece primitiva y un obstáculo para el desarrollo, aunque ella jamás había puesto en peligro la vida de las especies a pesar de habitar por siglos en una porción de tierra. Es curioso, debido a una falsa proyección, todo lo distinto del capitalismo nos parece un error que debemos corregir. Precisamente a eso se dedica la universidad.

 

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¿La universidad es una pieza fundamental en el armado y la construcción de poder? ¿Qué intereses representa?

Si la universidad me enseña a pensar y a sentir de un modo específico, entonces la universidad es el gran centro de control y de censura en la sociedad. Pretender que todos los estudiantes respondan al modelo escritural y lógico-matemático significa que la universidad los prepara para interactuar en el sistema capitalista, solo para este y no para ningún otro modelo. La universidad piensa en la rentabilidad de las empresas no en la felicidad del estudiante ni en la vida de las especies en el planeta. Las universidades reciben financiación para adelantar los proyectos de investigación que le sirven a la industria privada, incluso a la industria militar, no se preocupan por la sociedad en su diversidad y en sus necesidades más básicas. Así las cosas, los estudiantes se forman para ser buenos trabajadores, contribuyentes, ciudadanos, administradores, pero no para ser seres humanos abiertos al mundo y a las posibilidades de una vida alternativa, más igualitaria y justa. Ni siquiera nos forman para llevar una vida sexual plena y esto es absolutamente grave.

La novela, cualquier novela, como género, como expresión cultural, ¿registra algún punto de encuentro con la leyenda?; ¿Qué podrías decirnos sobre la función de la leyenda en el pensamiento indígena, y sobre la función de la novela en el pensamiento que resulta de la cultura dominante?

Me niego a usar la palabra leyenda o la palabra mito cuando hablo del pensamiento indígena. En el caso de los minika, se usa la palabra jagagi que quiere decir, literalmente, hilo y aliento de los ancestros. El primer síntoma de la tolerancia es aceptar que el otro tiene sus propios conceptos y sentires. La teoría literaria conceptualiza la novela, que es un género europeo, como si fuera un género superior, mayor. Me parece que ya es hora de que nos digan que, por fuera de las exigencias del mercado, existen otros géneros expresivos en Japón, en China, en África y, por supuesto, en el mundo indígena. En la medida en que conozcamos más géneros poéticos tendremos mayores posibilidades de reinventarnos. Este es el punto clave de la tolerancia y de la experiencia de la multiculturalidad. Mi propuesta fue escribir una novela con los recursos del jagagi que propiamente dicho es un diálogo ritual. Finales para Aluna es un diálogo interior que nace de un viaje durante una toma de yagé. En este viaje se reconstruye la historia de vida del paciente y se regresa al origen de los sentimientos, aun los más díscolos y enconados. Es un ritual de purificación, una historia en proyección que no sucede pero que va aconteciendo en nuestro interior. Puede ser que no tenga tiempo, que se esconda en un instante, en una imagen dolorosa, pero para la paciente, digamos Barbara Ehinger, la narradora de la novela, es un fluir de tiempos y deseos entrecruzados. La novela en América Latina ha servido como un instrumento para hablar del mundo indígena desde una mirada eurocéntrica y esto nos ha servido para advertir la presencia del mundo indígena en las inquietudes de nuestros intelectuales. Yo quería utilizar el jagagi para hablar del mundo alemán que yo conocí. Tal ha sido mi apuesta: escribir a Freiburg con aliento de selva.

 

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