Declaración de un observador participante

Kenzaburo Oé analiza en el presente artículo la ruptura estética y de cosmovisión entre el compromiso político y social asumido por la generación marcada por la posguerra y el conformismo generalizado manifestado por las nuevas generaciones de escritores. El presente artículo se publicó originalmente en el Japan Foundation Newsletter vol XIV Nº3 de 1986, fue traducido al español por la profesora Amalia Sato y editado en el Nº3 de la revista Tokonoma y, con autorización de ambas publicaciones, formó parte del número 1 de Revista Seda, aparecido a comienzos de 2006. Tres décadas han pasado desde la redacción de estas páginas y aún resultan esclarecedoras a la hora de analizar el cambio generacional e identitario en los autores y los lectores.

 

Midway in the journey of our life

I found myself in a dark wood,

for the straight way was lost

Dante

I.

 Que yo sepa, el primer escritor que discutió su propia obra del modo más bello y efectivo fue Dante (1265-1321) en su Vita Nuova y en algunos otros trabajos en prosa. Como poeta, él se vio atrapado en un impasse, política, social y artísticamente. Pero tenía un vasto pensamiento metodológico, y sabía perfectamente quiénes conforma­ban su audiencia. En estas condiciones, un autor puede hablar con claridad sobre su obra y su vida como artista.

Aunque nunca me compararía con Dante, pienso que mi experiencia como escritor en el contexto de la literatura japonesa de posguerra es comparable con las circunstancias en las que él se halló. Me gustaría decir algo sobre cómo veo la literatura japonesa posterior a la segunda guerra mundial, y acerca de cómo me considero a mí mismo y a mis libros dentro de ese contexto.

Ante todo, diré que la principal metáfora en mi ficción es «un bosque». En la mitad de mi trayectoria como escritor, muchas veces consideré mi obra y vida en ese contexto. A lo largo de los últimos diez años he hecho un esfuerzo consciente para reexaminar y sistematizar mi metodología literaria, y este empeño se ha visto directamente reflejado en mis trabajos publicados. Por momentos el resultado más notorio pareciera haber sido provocar una acalorada reacción en los críticos. Pero por otro lado ha también atraído alguna atención de especialistas de otros campos, como la antropología cultural y la filosofía.

Ko

Kenzaburo Oé

Me permitiré citar las conclusiones de un libro en el que condensé los resultados de mis continuos esfuerzos al respecto. La bastardilla indica la influencia del lenguaje de los científicos de la imaginación y del lenguaje poético como Gaston Bachelard, lu M. Lotman y Hans R. Jauss.

Hace mucho que hablé de mi deseo de crear, mediante el lenguaje de la expresión literaria, un modelo de los japoneses que genuinamente se ubican en la periferia de la sociedad, y de desarrollar mi pensamiento según los términos de ese modelo. La creación de modelos mediante el lenguaje de la expresión literaria ha de ser amplia y concreta. Si la tarea se cumple a conciencia, producirá enorme impacto. La tesis de Jauss, de que el horizonte de las expectativas en literatura sobrepasa ampliamente las de la historia, puede parafrasearse así: el lenguaje de la imaginación puede producir una variedad de modelos, incluso de posibilidades que no se materia­lizaron en la historia. Al crear tales modelos, el escritor no está limitado por los alcances de la acción social, sino que puede proyectar y testear experiencias del futuro. Ampliando con Lotman, vemos que esto superpone modelos que van más allá del mundo existente con otros que evocan el mundo tal como debería ser.

Los escritores de la era nuclear tienen especialmente buenos motivos para crear modelos literarios sobre la experiencia del futuro a fin de poner aprueba la muy real posibilidad de aniquilación del género humano. Por ejemplo, un escritor podría crear un modelo de extendida destrucción del medio ambiente provocada por una planta nuclear. El establishment podría ignorar esta creación literaria tildándola de mero barrunto de un outsider, pero no podría negarla, a menos que los insiders pudieran reunir suficientes datos para demostrar que el modelo no es válido. Pero los insiders, responsables de los numerosos fenómenos de la era nuclear, no tienen suficientes pruebas concernientes a la experiencia del futuro.

En la era nuclear, los escritores tienen el deber de continuar creando modelos individuales sobre la experiencia en el futuro, desafiando de tal modo a los lectores que podrían en efecto verse incluidos en una todavía inimaginada catástrofe nuclear, a ensanchar sus horizontes de expectativas. Para este propósito, la novela es una herramienta efectiva, con un poder articulado a varios niveles en la estructura de su prosa. Lo importante es que tanto el escritor como el lector sigan considerando a la literatura desde un punto de vista metodológico, como un medio para compartir experiencia creativa. Adoptar este punto de vista sería una manera de lograr que la común experiencia del futuro -no importa qué suceda- se convierta en nuestra experiencia, y así comprender mejor y sobrevivir la era que nos ha tocado vivir. Una novela es un dispositivo de lenguaje gracias al cual los elementos de la humanidad como un todo pueden cobrar vida. Una vez que la humanidad cobra vida mediante este artificio, ésta se extiende más allá del ámbito de la literatura por el poder de la imaginación hacia toda la experiencia del futuro, según las palabras de Thomas Mann, hacia la humanidad del futuro. (Shôsetsu no hôhô, [The Methodology of Fiction], Iwanami Shoten, 1978, pp 234-35)

Como Dante, los escritores japoneses contemporáneos, yo incluido, nos encontramos en un completo impasse, políticamente, socialmente, y como escritores, tal como lo evidencian las realidades mundanas de la profesión literaria actual. Lo cierto es que la así llamada literatura pura viene vendiendo muy poco desde hace largo tiempo. Los lectores japoneses han perdido notablemente interés por la palabra impresa, y especialmente por la escritura seria. Según las estadísticas de una de las principales distribuidoras de libros, cinco de cada diez novelas best-seller de la primera mitad de 1984 fueron nuevos trabajos de Akagawa Jirô, que escribe ficción liviana para lectores jóvenes. Las populares novelas históricas de Shiba Ryôtarô se ubican muy alto en cuanto al número de copias editadas, superando ampliamente la obra de escritores de literatura pura.

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Shiba Ryôtarô

Esta tendencia puede interpretarse de varios modos, pero algo parece cierto: los intelectuales japoneses, incluidos los estudiantes de las universidades metropolitanas más importantes, no buscan en la escritura literaria seria nuevos modelos del futuro. Discutí antes mis puntos de vista sobre metodología y el papel de la literatura, en parte por el gracioso contraste que pensé producirían con el modo como están las cosas realmente hoy en día.

Los lectores informados han dejado de creer que la literatura japonesa contemporánea es capaz de crear modelos de presente o futuro. Juzgando por los trabajos creativos publicados por los escritores de ahora, parece imposible esperar obras que puedan activar a la totalidad de sus contemporáneos, guiándolos a través del poder de la imaginación hacia una experiencia orgánica del futuro, o hacia la humanidad del futuro.

 ¿Hay modelos disponibles en otros campos? No creo. De hecho, la falta de tales modelos ha debido suplirse con la recepción de modelos del extranjero mientras se alababa a Japón como al «Number One». No se puede ignorar que una gran parte de los japoneses educados que todavía retienen algún interés por la cultura de la palabra impresa ha estado dispuesta a aceptar modelos sobre Japón y los japoneses fabricados por outsiders, y que sigue atraída por sus imitaciones caseras. Junto con los esfuerzos de propaganda del gobierno para crear una imagen de Japón como un poder líder, esta tendencia es una clara ilustración de la actual falta de poder de los intelectuales japoneses, incluidos sus escritores.

 

II.

Si este es el caso, haríamos bien en preguntamos si la literatura japonesa moderna presentó alguna vez lectores cultos con un modelo aceptable, sea para el pasado o el futuro. Mori Ogai (1862-1922) Y Natsume Sôseki (1867-1916), dos de los mayores novelistas de la era Meiji, ejercieron considerable influencia sobre un vasto espectro de la intelligentsia japonesa. La crítica de Ogai del Japón de sus tiempos en sus ensayos e historias breves nació de la introspección basada en sus experiencias en Europa así como en su rol como miembro de la élite de poder. Sôseki, también, especialmente en sus discursos y conferencias, fue crítico hacia la cultura japonesa de su época. Sin embargo, generaciones de intelectuales japoneses, según parece, han considerado los escritos de Ogai y Sôseki no como un ofrecimiento de nuevos modelos para Japón y los japoneses, sino como clásicos de la literatura moderna.

Futabatei Shimei (1864-1909) y Masaoka Shiki (1867-1902) sintieron una urgencia mucho más fuerte por ejercer una directa influencia sobre sus contemporá­neos educados. Futabatei había viajado a Rusia como corresponsal extranjero y murió antes de poder retornar. Masaoka Shiki, si bien confinó su actividad a la reforma de los géneros poéticos de tanka y haiku, hizo mucho por proveer de una nueva dirección a sus contemporáneos.

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Masaoka Shiki

Con todo, creo que es justo decir que la literatura japonesa moderna no cuenta con ninguna figura comparable a la de Lu Hsun (1881-1936) en China, quien produjo modelos para su país y sus contemporáneos. Esta observación resulta válida por lo menos hasta 1945 y el comienzo de las actividades de los escritores de posguerra.

La tarea de los escritores de posguerra, de hecho, asumió un significado más decisivo y significativo como nunca antes en la literatura japonesa moderna.

De 1945 en adelante, crearon una enorme diversidad de modelos para Japón y los japoneses, y lo hicieron a conciencia y con una meta explícita en mente. Esta diversidad y su activa postura tuvieron como efecto ampliar y transformar radicalmen­te el entramado de la literatura moderna.

Los escritores de posguerra pueden clasificarse en varios grupos de acuerdo con los temas a los que se refieren. Un grupo incluye a Noma Hiroshi y Ooka Shôhei, a quienes sus experiencias de guerra les proveen sus temas principales. Otro se conforma con aquéllos que escribieron sobre la experiencia de la bomba atómica, como Hara Tamaki u Ota Yôko. Takeda Taijun, Hotta Yoshie y otros, un tercer grupo, trata sobre las relaciones con China y el pueblo chino. Entre los escritores activos ya antes de la guerra, Nakano Shigeharu, Sata Ineko y otros ocuparon su lugar en la literatura de posguerra con el tema del movimiento revolucionario. Como queda claramente probado en los casos de Nakano y Sata, los escritores asumieron una postura activa en sus tareas literarias durante el período de posguerra, y esto provocó un viraje esencial en la historia de la posguerra.

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Noma Hiroshi

Permítanme explicar qué quiero decir con postura activa. El escritor toma a un ser humano individual y crea a su alrededor un mundo integrado que abarca situaciones sociales y políticas así como un contexto cosmológico, y presenta esto como un modelo. Esta es, por supuesto, la definición de lo que constituye a una novela. Pero los escritores de posguerra sobresalieron por la vasta gama de temas que introdujeron y por su postura activa al mostrar cómo el «modelo», como un individuo, vive como una discreta personalidad en el contexto de la familia, la sociedad, el mundo y el universo, a los cuales pertenece. Incluso aquéllos, como Dazai Osamu, que presentaron modelos de personajes que no consiguieron seguir siendo humanos en la sociedad de posguerra, tuvieron lo que puede denominarse postura activa por el modo como crearon modelos.

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Dazai Osamu

Entre los escritores de literatura pura que atrajeron la atención de los jóvenes en la década de 1980 se encuentra Murakami Haruki, nacido en 1949 y que se educó durante el período de rápido crecimiento económico de Japón. El público para trabajos de literatura pura ha sido básicamente de jóvenes de veinte años. El número de lectores de la literatura de posguerra incluyó a muchos intelectuales de treinta años que habían experimentado la guerra como soldados; y fue con estos lectores que una influencia moral se ejerció sobre la sociedad. Pero la literatura de Murakami se caracteriza por su determinación en no tomar una postura activa hacia la sociedad o hacia el ambiente que lo rodea. Su método está pasivamente y sin resistencias sometido a la influencia de la cultura popular, y lanza en ondas su mundo imaginario interior como si se tratara de música de fondo. Separado por casi treinta años de los escritores de posguerra, Murakami es un ejemplo del nuevo tipo de escritor que ha aparecido en escena. En contraste con la claridad de los temas asumidos por los escritores de posguerra, esta nueva generación a menudo confiesa no sentir interés por temas sino sentirse comprometida sobre todo con la técnica de escribir bien. Sin embargo, los escritos de estos autores atraen a jóvenes lectores justamente porque – en un nivel distinto – ­elocuentemente describen las cualidades de una generación para la que el «tema» se ha perdido, que ha cesado de tener una perspectiva positiva sobre el mundo o la sociedad. Lo que a estos escritores les interesa es cómo una persona que carece de una postura activa puede llevar una vida agradable y de buen tono en la opulenta, urbana y consumista sociedad de estos tiempos. Este es el modelo – con cierto toque de pathos indiferente, una pálida sombra lanzada por el mundo y la sociedad – que presentan los escritos de Murakami.

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Murakami Haruki

Pero al preguntamos si los trabajos de Murakami, además de influir sobre el estilo de vida de la juventud, llegan a convocar a los intelectuales en sentido amplio con modelos para un Japón del presente o del futuro, la respuesta es no. Seguimos en un impasse literario; la reorientación de los horizontes intelectuales de Japón, llevada a cabo luego de la derrota en la guerra del Pacífico con la participación de los escritores y sus lectores, ha llegado a su fin.

 

III.

 

El proceso de declinación de la postura activa compartida por escritores y lectores en la década de 1940 desde el fin de la guerra está marcado por muchos sucesos simbólicos. El primero fue la muerte en 1971 de Takahashi Kazumi[1], quien fuera uno de los ideólogos del movimiento estudiantil que culminó en la ocupación del auditorio de la Universidad de Tokyo en marzo de 1968. El segundo fue el suicidio del novelista Mishima Yukio inmediatamente después de su arenga a las Fuerzas de Autodefensa en la que las convocaba a un golpe de estado en noviembre de 1970. El tercero fue la publicación en 1982 de la «Convocatoria de los Escritores por el Peligro de una Guerra Nuclear», por parte de un gran número de escritores japoneses, y la oposición a este grupo liderada por gente como Yoshimoto Takaaki.

Yoshimoto Takaaki

Estos hitos en la historia de la cultura japonesa de posguerra podrían parecer incongruentes en el reino de la literatura, pero se hallan relacionados, creo, por un hilo común. La típica actividad literaria de posguerra se inició con Kurai e (Dark Painting) de Noma Hiroshi[2] y Shirei (Alma muerta) de Haniya Yukata, publicadas en 1946, y finalizó esencialmente con Reite Senki (Un relato de la batalla de Leyte) de Ooka Shôhei, acabada en 1969, Y Fuji de Takeda Taijun, cuya redacción había comenzado este mismo año. Los sucesos antes mencionados, significativamente, tuvieron lugar un poco más tarde, pero cada uno de ellos estaba todavía bajo la influencia de la literatura de posguerra.

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Ooka Shôhei

Entre los escritores involucrados en estos sucesos había algunos que habían sido activos en el movimiento de posguerra; ellos presentaron una última y dolorosa batalla a los modelos intelectuales presentes, pero sus métodos fueron intrínsecamente anacrónicos y sus esfuerzos finalmente autodestructivos. De hecho, ellos fueron los últimos en recurrir a tales métodos. Al mismo tiempo, la capacidad de la literatura contemporánea para producir modelos para el presente y de experiencia del futuro declinó. Me parece que fue con el comienzo de estos sucesos y con los cambios que produjeron que la literatura japonesa perdió su postura activa y cayó en el impasse que enfrenta hoy.

Takahashi Kazumi era un típico heredero de la literatura de posguerra. La literatura de posguerra fue originalmente escrita por la clase intelectual; abofeteado por la rápidamente creciente marea de la sociedad de masas, Takahashi intentó arduamente mantener a la literatura dentro de la preservación del intelectual. Además de escritor, fue profesor universitario, la típica ocupación del intelectual hasta las rebeliones estudiantiles de 1968-69, en las que él mismo estuvo profundamente comprometido. Era un especialista en literatura clásica china, y su estilo era el tradicional que los escritores empleaban para dirigirse a los lectores cultivados. Sus principales temas tenían relación con China y el movimiento revolucionario, y eran temas también importantes de la literatura de posguerra en conjunto. Una de sus primeras obras era una larga novela en la que se centró sobre la indiferente actitud de los intelectuales japoneses ante el holocausto atómico.

 

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Takahashi Kazumi

 

Como escritor y profesor de la Universidad de Kyoto, Takahashi escribió artículos de apoyo al movimiento zenkyôtô (comité de lucha de unión de todas las universidades) y renunció a su puestos en la universidad como un gesto de aceptación de su responsabilidad en los disturbios dentro del ámbito universitario. Se le diagnos­ticó cáncer, y murió tras una dolorosa lucha contra la enfermedad. Algunos sentimen­tales poéticos contaron su muerte entre los desastres del movimiento zenkyôtô. Yo no comparto ese sentimentalismo, pero muchas veces me vuelvo para reflexionar sobre las proféticas observaciones que hizo en sus escritos poco antes de morir.

Incluso mientras el movimiento zenkyôtô se hallaba en su pináculo, Takahashi predijo que terminaría con dos opciones para la juventud. Una era una vida comple­tamente pacífica, militando por una causa, uniéndose a ciudadanos comunes para resolver asuntos específicos, estrechando manos con el movimiento de protección del ambiente. La alternativa era la formación de una organización revolucionaria aislada de la sociedad civil cuyo propósito sería llevar adelante la lucha armada. Efectivamen­te, este fue el modo como las cosas se desarrollaron, pero lo que hizo famoso a Takahashi hasta donde atañe a la labor de la literatura y del escritor podría describirse del siguiente modo.

Discrepante con su tiempo, Takahashi firmemente procuró asumir una postura activa, presentando modelos de Japón y los japoneses. Buscó a tientas experiencias del futuro junto con sus contemporáneos intelectuales mediante el lenguaje de la expresión literaria. Me parece que, más que presentar modelos de activistas que lograran seguir viviendo, participando en el movimiento de los ciudadanos, buscó construir modelos de grupos armados de vanguardia condenados a terminar en autodestrucción. Esto es exactamente lo que le sucedió al Ejército Rojo Unido, en el cual catorce miembros fueron torturados hasta morir por sus camaradas. La muerte de Takahashi puso fin a todas las aspiraciones en el mundo de la literatura japonesa a tomar una postura activa y crear tales modelos.

Mishima Yukio estaba también profundamente comprometido con su época, aunque su esteticismo y su estilo pseudoclásico lo disimularan. En tanto ocupado en su escritura crítica y creativa, Mishima también entrenaba un ejército privado y hacía declaraciones políticas como parte de su campaña que se oponía a los ascendientes movimientos de estudiantes y ciudadanos en contra del tratado de seguridad Japón­-Estados Unidos. A diferencia de casi todos los otros escritores de posguerra, Mishima adoptó una postura activamente negativa con respecto a los cambios sociales y morales que sobrevinieron luego de la derrota de 1945. Pero el acto por el que se jugó la vida, y que aparentemente tomó la forma de un llamado a las Fuerzas de Autodefensa para dar un golpe de estado, resulta más comprensible y consistente en el contexto de su construcción de modelos literarios, como es el caso del profundo compromiso interno de Takahashi Kazumi con el movimiento zenkyôtô.

 Mishima era un buen juez de la realidad; es casi inverosímil que alguna vez haya pensado que su convocatoria a un golpe habría de ser tomada en serio. Creo que al forzar su entrada en los cuarteles de las Fuerzas de Autodefensa en Ichigaya, Tokio, estaba actuando en una representación por él mismo producida, y cuyo argumento sólo tenía sentido para los actores, no para la audiencia. Esta representación puso de manifiesto su idea de un estado japonés centrado en el emperador, y en la cultura japonesa y su historia, pero simultáneamente su suicidio hizo caer el telón. Para la literatura moderna, además, la actuación de Mishima contribuyó a arrasar las posiciones que intentó presentar en un culminante destello de brillantez. De hecho, la razón por la cual el mundo de la literatura no ha producido trabajos o debates que adopten una postura activa acerca del estado imperial japonés sea, probablemente, que los escritores están aún bajo el hechizo que Mishima lanzó sobre ellos con su ominosamente encandilante actuación, que fue al mismo tiempo un ritual que marcó su fin.

Yukio Mishama

Yukio Mishama

El tercer suceso fue la extrema vacilación del «Llamado de los Escritores por el Peligro Nuclear». En cuarenta años desde el final de la guerra, ningún otro movimiento en Japón igualó a este llamado en el número de escritores movilizados. El lenguaje empleado en la declaración era bastante vago como los críticos lo señalaron, pero conllevaba un mensaje claro: los escritores de Japón, el único país donde fue lanzada una bomba atómica, reconocen la crisis nuclear enfrentada por todo el mundo y llaman a la abolición de las armas nucleares. Más de quinientas firmas se obtuvieron. Yo estuve activamente comprometido en esta campaña, y en ese momento dije que esos quinientos hombres y mujeres de letras, que incluían poetas de los géneros tanka y haiku, con su peculiar relación escritor-lector, representaban la comunidad perfilada en el modelo básico antedicho.

El movimiento y la recolección de firmas fueron sometidos a dura crítica por Yoshimoto Takaaki[3] y otros. Yoshimoto se contaba entre los teóricos que lideraban el movimiento de oposición a la revisión del tratado de seguridad Japón-Estados Unidos de 1960, pero su ataque al llamado de los escritores careció de sustancia ideológica y política. En sus argumentos contra el movimiento antinuclear, la sustancia quedó reemplazada por un inmenso disgusto que sin embargo ejerció considerable influencia. A la luz de este efecto, hay que recordar que en lo del movimiento de seguridad Estados Unidos-Japón, el arma más efectiva de Yoshimoto fue su habilidad para crear una disposición de ánimo, la cual dimanaba de su talento como poeta. Por lo menos, su ataque de 1982 tuvo ese tipo de influencia sobre sus jóvenes lectores. La acusación de Yoshimoto al llamado antinuclear en sí mismo, y al movimiento en general, probablemente nacía de su disgusto por la mala fe de los literatos que convocaban a la abolición de las armas nucleares, al mismo tiempo que dudaban del real efecto del pedido. No obstante, la actitud de los escritores que firmaron el llamado se relacionaba efectivamente con la postura activa de los escritores de posguerra que habían sido víctimas de las bombas atómicas, como Hara Tamiki y Ota Yôko. Comparados con la obra de Hara y Ota, los argumentos de Yoshimoto, a pesar de su vehemencia, eran triviales y débiles.

tamiki

Tamiki Hara

En todo caso, la convocatoria antinuclear con sus más de 500 escritores ha perdido su oportunidad y no muestra ninguna señal de retornar a la vida. Lo cual se parece más al cansancio producido por un festival que al resultado producido por el criticismo de Yoshimoto y otros. Se relaciona con esta ausencia de postura activa que es una característica general de la literatura actual. Fueron hechos como los descriptos y sus secuelas lo que condujo a la aparición de la atmósfera representada por Murakami Haruki.

 

IV.

 

Estos son algunos de mis pensamientos como escritor de novelas al observar el impasse que enfrentamos mis colegas y yo. Sigo escribiendo con la esperanza de que los modelos literarios y las experiencias del futuro que describa con anticipación recuperen algún día su efectividad. No puedo renunciar a esta ilusión. Pero creo que la razón por la cual la literatura japonesa se ha vuelto incapaz de producir modelos de futuro significativos es que la nación ha perdido su energía creativa. Pero no ha perdido su vitalidad. Sostenida por modelos patentemente sin fundamento – como «Japan as Number One» – creados y transmitidos desde el extranjero, Japón se prepara una vez más para avanzar sobre Asia y el mundo. Es mi deseo, al registrar estas reflexiones, poder estimular el pensamiento de especialistas de otros campos y otros países. La literatura japonesa contemporánea ha perdido «su recto camino» y camina sin rumbo por un «bosque oscuro». El único modo de salir será una discusión más amplia.

 

Traducción: Amalia Sato.

(The Japan Foundation Newsletter. vol XIV/No 3. October 1986)

 

Kenzaburo Oé

Kenzaburo Oé

Kenzaburo Oé nació en Ose, Japón, en 1935. Estudió literatura francesa en la Universidad de Tokio y se destacó como escritor desde sus años de estudiante. A los veintitrés años publicó su primera novela, Arrancad las semillas, fusilad a los niños, publicada en castellano por editorial Anagrama, desde entonces fue considerado como el escritor japonés más destacado de su generación; en palabras de Yukio Mishima, «la cúspide de la literatura japonesa actual hay que buscarla en Kenzaburo Oé».

Es autor de varias colecciones de relatos, más de veinte novelas y ensayos, entre los cuales podemos conseguir en castellano Una cuestión personal, La presa, El grito silencioso, Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura y Cartas a los años de nostalgia, todas ellas también publicadas por editorial Anagrama y, Salto mortal y ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!, publicados en nuestro país por Seix Barral.

Luego de obtener los premios literarios más importantes de su país, es galardonado en 1994 con el segundo premio Nobel de literatura otorgado a un escritor japonés.

 

[1] Takahashi Kazurni (1931-1971), novelista y estudioso de literatura china. Adquirió fama como novelista con Hino Utsawa (1962), que narra la caída del rector de una universidad, prominente y poderoso, a causa de cuestiones amorosas. Durante las rebeliones estudiantiles de 1960, apoyó a los estudiantes más radicalizados, renunciando a su cargo de profesor en la Universidad de Kyoto en 1970. Sus principales títulos son las novelas Yûutsu Naru Tôha (La Secta Lúgubre) (1965) y Jashûmon (El Hecho Diabólico) (1965-66), y un ensayo Waga Kaitai (Despedazándome) (1971).

[2] Hay traducción al español. El cuadro sombrío. Textos de Difusión Cultural, Serie Rayuela Internacional, Coordinación de Difusión Cultural. Dirección de Literatura, UNAM, México, 1991. Traducción de Atsuko Tanabe y Juan Manuel Ribera.

[3] Yoshimoto Takaaki (1924-), crítico literario y poeta. Su posición radicalmente independiente ejerció considerable influencia sobre el Movimiento de la Nueva Izquierda de la década de 1960. Un crítico pacífico, que escribió sobre una vasta gama de temas, que incluyen religión, folclore, lingüística y psicología. Criticó el movimiento antinuclear en una serie de artículos escritos en 1982, ahora recogidos en Han-kaku Iron (Desacuerdo con el Movimiento Antinuclear) (Tokio: Shinya Sousho-sha, 1982). Entre sus principales trabajos de crítica literaria: Gengo ni Totte Bi towa Nanita (What is Beauty in Language?) (1965), Kyôdô Gensô Ron (Comunal Imagination) (1968) y Genji Monogatari Ron (Sobre la Historia de Genji) (1982).

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