Conversar con Paco Ignacio Taibo II es como reencontrarse con un gran amigo. Conviven en él el humor, la potencia literaria y la fortaleza política del militante infatigable. Autor de casi una centena de obras entre las que se cruzan novelas, ensayos y biografías, Paco entiende la literatura y la política como elementos inherentes a eso que llamamos vida.

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Escribiste un montón de cosas y abordaste un montón de géneros. Me interesa fundamentalmente hablar de esto, de la literatura de género. ¿Cómo llegás a ella y cómo iniciaste tu formación como lector?

Llego a literatura de género bajo la idea de que hay demasiado trascendentalismo en el mundo literario que me rodea. De adolescente fui un lector asiduo y fiel de la literatura del boom: Cortázar, Vargas Llosa, Benedetti, Galeano, García Márquez…y uno dice: Bien, no hay conflicto. Aquí no hay choque generacional. Los quiero mucho y los gozo enormemente, pero hay algo que no está ahí y que yo sí quiero, que es la literatura de acción. Entonces llego a la literatura de género por los caminos de la literatura de acción. Soy un lector adolescente que devora a los autores del boom y simultáneamente me he leído, completo, a Maigret de Simenon, todo Raymond Chandler, todo Thompson, la novela histórica, la novela de aventuras… Y entonces, cuando me pongo a escribir, la situación es: “yo quiero hacer literatura de acción”. Y no tengo problemas. La ventaja del mundo moderno es que se desacralizó. ¿A quién carajo le importan ya las Academias, la cultura con C mayúscula? ¿No?

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¿Cuál fue entonces la recepción de tu obra?

México fue duro con mis primeros tres libros. El primero tuvo tres críticas, el segundo dos y el tercero ninguna… El argumento era “Estos son géneros menores anglosajones, foráneos a nuestra realidad… ¡Que te den por las orejas! El Quijote también es un género francés invadido por un español manco. ¡Qué coño! ¿De qué propiedad genérica me hablan? Pero por más razón que uno tenía, la cultura oficial reaccionó muy virulentamente para no dejarnos pasar. Además, éramos pocos. Mis contactos no fueron en profundidad. No era que hubiera una generación de escritores mexicanos haciendo literatura de acción. Mis contactos eran horizontales. Entonces mis pares, mis compinches, eran Manolo Vázquez Montalbán en Barcelona que publica Tatuaje el mismo año que yo Días de Combate. Juan Sasturain que tres años después publica en Argentina Arena en los zapatos, Jerome Charyng en Nueva York que publica El cuarteto de Isaac, Roger Simon con California roll, Jean-Patrick Manchette haciendo Nada en París… Mis contactos eran horizontales ¿no? No verticales.

¿Cómo articularon esta horizontalidad?

Nos encontramos en encuentros internacionales, de repente fundamos la Sociedad de Escritores de Novela Policíaca y entonces dijimos “al carajo, somos muchos y estamos en la misma posición”, que era muy beligerante. Entre la desacralización literaria del 68, que se expresaba en salvajadas que nosotros decíamos con gran elegancia y gran sentido común: “Donde Lenin falla Robin Hood tiene razón” y “la ciencia ficción es la más subversiva de las literaturas de los años sesenta…”. Todo el mundo nos miraba como diciendo: “¿De qué hablan?”. No lo habían leído, no habían leído nada estas bolas analfabetas funcionales, enquistadas en las universidades y en los suplementos culturales. No distinguían entre Sturgeon y Philip K. Dick. A Bradbury lo habían leído porque no les había quedado otra. Cuando uno decía, en la fantasía y en la ciencia ficción está el componente más subversivo de la literatura del siglo XX avanzado, ahí es donde se están cuestionado el sexo, la idea de los otros, la idea sartreana de los otros que la guerra fría convirtió en paradigma. En Soy Leyenda, Richard Matheson construye una historia sobre la persecución del último humano por los vampiros, y a media novela hace un giro brutal: los vampiros son la mayoría, son la humanidad; tú eres un pinche refugio del pasado. Trágate eso en la generación de la Guerra Fría, que leía soviéticos con dientes desbordantes, amenazando con llegar a California nadando. Èramos una generación que leyó con gran libertad, que rompió con los marxistas neanderthales desde la izquierda. Nos decían que la nuestra era  “literatura de evasión” y nosotros respondíamos beligerantemente que “evasión” era escaparte de la cárcel. La batalla por el concepto de “evasión” la ganamos.

Llegué a la literatura de acción, como te decía, inflamado por este tipo de lecturas cruzadas que iban desde Sartre, hasta la Generación Perdida norteamericana, pasando por el Boom y con un fuerte componente de la ciencia ficción y novela policíaca. También de novela histórica, el novelista que más me ha impactado a lo largo de mi vida es Howard Fast, autor de Espartaco y Lugar de Sacrificio. Fue un caminito. Un caminito en México que además hice mucho tiempo solo. Y me salvaron los lectores. Mientras la crítica se cerraba y yo no tenía oxígeno, los libros se reimprimían, había segundas ediciones

¿Y se convirtieron en los padrinos de toda una nueva generación de autores de todo el continente?

Así es, nos hemos vuelto los padrinos de toda otra nueva generación que hoy ya no tiene problemas de sobrevivir en las aguas procelosas de la literatura escribiendo novelas de fantasía.

¿Cómo ves la actualidad del género policial?

Mira, estoy al día a través de mi presencia (ya no como director sino como autor invitado) en el Festival de la Semana Negra. Sigue siendo el centro de lo que está pasando en la literatura del género y de lo que se está escribiendo. Veo notablemente estancada la novela policíaca de Estados Unidos, muy estancada. La generación vieja dejó de escribir, los más brillantes se murieron. España tiene vigor y, por razones de traducción, tengo perdido lo que está pasando en Francia. Surgen nuevamente autores en las periferias de las periferias, quizá lo más interesante sea Yasmina Khadra en Argelia. Y algunos jóvenes argentinos: Kike Ferrari, Cabezón Cámara y Oyola. Creo que han encontrado una clave, con el riesgo de que, si se quedan a vivir en ella, se van a ahogar. Tienen que evolucionar.

El gran problema del policial es que es un género que, en sí mismo, tiene una estructura muy carcelaria: Establecimiento del enigma. Desarrollo de la investigación. Solución. O te sometes a ella y la das por válida, haciendo una literatura relativamente previsible, abandonando la tentación fundamental de un escritor que es la experimentación, o tienes que reventarle el marco. Encontrar la manera de reventar el marco de este tipo de estructura.

Creo que después de lo que hemos vivido en el boom del neo policíaco, ya toca una literatura con más vocación de experimento. Sin abandonar por ello su esencia, que es que escribimos para lectores y queremos que nos lean. No queremos desconcertarlos, que nos miren con admiración diciendo “¡oh qué uso del adjetivo!”. Queremos atraparlos con las historias.

Se está pidiendo un nivel más. No necesariamente de experimentación de la forma literaria, sino  de la estructura de la anécdota y los temas. Hay muchos de ellos,  del neo policíaco de los setenta, en los que  no hemos podido entrar. Por ejemplo, no hemos podido en nuestra generación hacer la gran novela del gangsterismo de cuello blanco, del banquero criminal… ¿Dónde está esa novela? Las del corralito y todas las armas mortales de los banqueros, pistolas financieras: “desestabilizo aquí, gano por allá”. Todo ese juego. Y es que es una literatura de especialistas, se necesita saber mucho. Resulta fácil hacer novelas de los capos de la droga, pero resulta difícil contar lo que pasa con los “otros dueños”. Mil quinientos muertos en Ciudad Juárez en dos meses, trece en El Paso Texas. La distancia entre Juárez y El Paso son ciento cincuenta metros.  ¿Qué pasó una vez que la droga cruzó? The Wire lo logró. Ahí el gran aporte de las miniseries. Las miniseries buenas, que son una docena, han logrado una dimensión que el cine no tenía, que es la dimensión de la novela. Necesita horas,  gran cantidad de personajes secundarios, complejidad. Esto en cine no es posible por un problema de espacio narrativo.

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¿Cómo llegás a la novela de aventuras con los personajes de Salgari mezclando personajes históricos?

Por puro placer. Un día me dije a mí mismo “tengo una deuda con mi infancia”. Salgari fue el novelista que más influyó en mi infancia, en mi adolescencia, tengo muy vivo Sandokan. Empecé a hojear y a releer. El  siglo XIX está lleno de convenciones, repleto de diálogos innecesarios. No resiste volver a leer a Salgari, a Dumas. ¿Cuál es el problema? Es que se necesita profundidad en los personajes, complejidad en la anécdota, lo que Salgari no tenía haciendo folletín y escribiendo veinte páginas diarias para poder comer. Se necesita investigación. Y hoy tienes Internet.

Entonces me propuse un reto muy divertido: que todos los elementos de la novela de aventuras que gocé los quiero en la mía, pero al mismo tiempo con una dimensión antiimperialista sólida, que es esa la dimensión real de los Tigres de la Malasia. Lo que comenzó como un divertimento se volvió año y medio de investigaciones. Y luego un sistema de préstamos, y yo cada vez que encontraba un préstamo me lo pasaba muy bien. Kipling periodista, ¡Venga para acá! El Hombre Ilustrado de Bradbury, ¡venga para acá! Voy a hacer uno ilustrado en serio, en Borneo, en mitad de la selva, desnudo y con el pito lleno de pintura. El Submarino de Verne, ¡Venga para acá! Fui robando de todos lados, tratando de que la novela tuviera solidez. Que pudiera ser leída por un adulto nostálgico de Salgari y, al mismo tiempo, que pudiera ser leída por un adolescente de los de hoy. Fue un ejercicio divertidísimo. Todos los días llegaba a la hoja en blanco y decía: “¿Qué locura voy a desarrollar hoy?”.

La novela ganó el Premio Corsario Negro en Italia.

Recién hablamos de la actualidad de la novela policial, ¿qué pasó con la ciencia ficción y la fantasía en Latinoamérica?

Yo creo que los escritores latinoamericanos estamos vacunados contra la ciencia. La ciencia no sólo nos resulta un territorio ajeno sino repleto de enemigos que hacen maíz transgénico. Entonces ese handicap nunca lo hemos podido cumplir. Yo he intentado escribir algo de ciencia ficción y logré un cuento bueno, lo demás es mediano nada más. Tengo otro cuento empezado que va muy bien pero que no me acaba de salir. Es curioso. Pero creo que hay muy pocos colegas haciendo fantasía con talento.

¿Sabes dónde hay un camino, y tarde o temprano lo vamos a encontrar los narradores latinoamericanos? En  la literatura de historia distorsionada. Hicimos un ejercicio en las últimas ferias de libro de México y empezamos por poner temas e invitamos escritores a conversar: ¿Qué hubiera pasado si los mexicanos le ganan la guerra del 47 a los gringos? Entonces Hollywood hubiese crecido en territorio mexicano, Chaplin sería mexicano, el macartismo no hubiera existido… Las ucronías, que después del Hombre en el Castillo de Dick es un mundo que se abre con mucha intensidad. América Latina está repleta de historias fracasadas, “que hubiera sido si…? Además da para todo, porque cualquier pregunta se vuelve subversiva y muy divertida. Imagínate en Argentina. El que muere de cáncer es Perón y no Evita, ¡qué novela tienes ahí! La ucronía es un espacio de la ciencia ficción donde los narradores latinoamericanos tienen un oxígeno abundante, temas enormes y la fuerza y la garra para entrar.

¿Cómo llegás a la figura del Che y cómo la trabajaste con esa prosa tan particular que tiene? Hay un riesgo de enfoque ahí.

El libro del Che es un libro de continuas tomas de decisiones. Primera bronca: es historia, por lo tanto el rigor es central. La investigación tiene que ser de una profundidad nunca habida. Lo cual implica una investigación exhaustiva.

Segunda bronca: no a la censura bajo ninguna de sus formas. Ni autocensura, ni hagiografía  guevarista. Ni falta de respeto al lector. Ni yo, ni el Che, ni el lector nos merecemos una versión edulcorada. Conclusión: “Lo que encuentres lo cuentas, te guste o no te guste”.

Tercera: Historia sí, pero historia narrativa. Por lo tanto, dale reglas narrativas a la manera como lo cuentas. Por ejemplo, no presentes catorce personajes enlistados. Preséntalos en proceso, dales su lugar para que crezcan. Lo cual no altera el rigor de la investigación,  simplemente altera la manera de contarlo.

Conserva la línea cronológica,  porque las cosas se explican unas a otras. El abandono de la cronología hace cometer errores como decir “el Che era deportista”, en la medida en que jugó golf, o fútbol, o ping pong, jugó ajedrez… Y no. Coloca el deporte en cada momento de su vida y vincúlalo a lo que había detrás. Por qué decide jugar rugby un asmático, ¿no? Cosa que no volverá a hacer. Entre tantas cosas porque no encontró el lugar en América Latina donde jugar rugby. La línea cronológica manda. Pero luego, reinsértala con momentos temáticos. La investigación, la visión desde afuera, incluso dentro de los capítulos. Luego fragméntala. Capítulos cortos en la medida de lo posible y tantos como se necesiten, de manera de no abrumar demasiado y dar siempre un respiro. Había  un montón de decisiones de estructura tomadas.

Luego el tema de las voces. ¿En qué voz la narro? En primera, en segunda, en tercera… En primera imposible, porque violaría la regla del rigor de la investigación. Pero tengo una primera voz muy fuerte. El Che es grafómano, escribió decenas de diarios, notas… Entonces, ¿qué hago con este componente? ¿Me paso a la segunda voz? No, es exclusivamente literaria, no se sostiene. ¿Hago una tercera voz primerizada? Al final la solución; las dos voces en el libro: la mía y la de él. Los dos hablamos con el derecho que nos da cada uno: a él, el derecho de haberlo vivido y contado; a mí con el derecho de estar viéndolo desde afuera y reflexionado.

Entonces, permítete disquisiciones, sí, pero no empujes por la vía de la hipótesis al lector. Al lector dale la información y que él decida. Utiliza los signos de interrogación tantas veces como los necesites. Ten el permiso para dudar. Polemiza, sí, pero usa las notas. Encontré el gran recurso de las notas de pie de página, que permiten llevar las polémicas hacia esa zona. Llevar las anécdotas secundarias, para no desbordar el libro.

Una vez que resolví el problema de la estructura, dame una carretera…

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¿Por qué el Che? ¿Cuál es tu relación previa con el personaje?

La relación directa: yo estaba en un barco. Tenía ocho años, en exilio familiar, y oí hablar a un argentino por la radio de la batalla de Santa Clara. ¿Es cierto o no? No sé, a lo mejor mi memoria es falsa. A los 18 años en el sesenta y siete, militaba ya en la izquierda, cruzaba la calle y ví un titular de periódico: “Ha muerto el Che”. Y ahí me quedé hecho un bobo, llorando sin saber qué hacer. Esa es toda mi relación directa.

La indirecta es que es el Jefe. Mi generación era el Che. Estuvieras de acuerdo con él o no, no importaba, porque los lazos que te amarraban al Che eran de muy diverso tipo. Era la idea de la Revolución, del Bolivarianismo, el igualitarismo, la idea de construir el socialismo como un proyecto humano, no burocrático. Y entonces el problema fue reunir el valor para escribir el libro. Y me costó.

Entré por las esquinas, escribí primero un libro sobre la batalla de Santa Clara, luego co-escribí un libro sobre el Diario de África. Hasta que mi agente de Estados Unidos dijo: “Paco, te digo la verdad, llevas años queriendo escribir la vida del Che y no te atreves”.

Es como para un niño católico ponerse a escribir la vida de San Francisco de Asís. Fue duro, encontrar la fuerza para escribir a tu santo laico es complicado. Mantener la distancia, que el mito no te envuelva.

¿Qué pasó con el Che en las últimas décadas, que se transformó en un ícono diferente para mucha gente?

Lo que pasa es que el “chebusiness” invade el corazón del mito, pero no creas que es un fenómeno esencial. Detrás del “chebusiness” está el adolescente rebelde, que cuelga el póster del Che en el baño de la casa para que el padre se corte cuando se está afeitando y este gesto de rebeldía muy primario de adoptar al Che como abuelito tiene contenido, no es hueco.

Pero bueno, la sociedad de consumo lo convierte todo en “chebusiness”. Lo que pasa es que es relativamente cierto. La elección de un adolescente de una remera Che y no de una remera Madonna es una decisión. Por banal que te parezca, es una decisión.

Entonces, ¿de qué se trata? De ir al siguiente nivel. Hay que contarlo, y contarlo bien y en profundidad. Llevo un millón de ejemplares vendidos. Un millón. Hasta yo me asusto cuando lo digo.

¿Qué distancia hay entre el proyecto del Che y el proyecto de Castro?

Yo creo que lo que pasa es que hay que escribir dos biografías. El Che asumió un papel de la Revolución Cubana de corto plazo y desde que llegó lo sabía. E intentó que el plazo fuera más corto aún pero no le fue bien: en la Operación Masetti Comandante Segundo, en África, y luego en la operación Bolivia. Su adhesión al proyecto de hacer el socialismo estaba marcada por el corto plazo. Fidel no, su responsabilidad central era hacer el socialismo en Cuba. El Che había asumido que su responsabilidad era hacer una revolución en toda América Latina. Esa es la gran distancia. Pero las contradicciones entre ellos, mientras ambos estuvieron vivos, son menores. Había una relación de cariño y respeto muy fuerte. Yo me he peleado mucho con los antifidelistas básicamente porque les digo: “Oye, si no te gusta Fidel escribe la biografía de Fidel”, vale. Pero lo que no se vale, es llevar al año 61 o 65 tus conflictos con Fidel usando al Che como ariete, porque no fue así. Es mentira. La biografía me permitió ordenar de tal manera la información, que es evidente que Fidel no echó al Che a Bolivia. Por el contrario, trató de pararlo tres veces pero, ¿quién paraba al Che? No lo abandonó, ¿qué podría haber hecho? Está la secuencia de los hechos: mandar un batallón de cubanos aerotransportado. Que ya de por sí el compromiso que había adquirido en la Revolución Cubana era meter dieciocho cubanos armados, cuatro de ellos miembros del comité central, un ex ministro, otro ex ministro, otro viceministro, meterlos en Bolivia ya era un conflicto de palabras mayores. Tampoco los podías bajar, la generación del Che se comía América Latina .He recogido testimonios hermosos de un compañero al que le dijeron: “Tenemos una misión internacionalista, ¿estás interesado?”. El tipo responde: “¿A qué hora tomamos el avión?”. Nada de tengo que ir a hacer la maleta a mi casa, ni despedirme de mi esposa, ni eso… Se comían América Latina.

El Che vino a inyectar a un grupo importante de cuadros que hicieron la revolución latinoamericana, la vocación de revolucionarios latinoamericanos.

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¿Cómo ves la actualidad latinoamericana?

Mal. Con dificultad. Desinformado, desconectado, viendo retazos. Viajo y hago preguntas pero no son bastantes, habría que dedicarse muchísimo más a crear puentes. Me la paso peleando con la ausencia de puentes.

En la última década, fue muy fuerte la ilusión en la gente con respecto a ciertos presidentes, Lula, Chávez, Kirchner, y ahora está replegándose. ¿Qué opinás?

¿Replegándose? No, todavía no. Esto da para más. Como en todo fenómeno, se producen olas, ondas. Va a haber retrocesos en algunos países, avances en algunos otros. Pero creo  que no tenemos destino a no ser que asumamos un destino como continente. Eso ya en la izquierda en Latinoamérica está quedando más claro -otra vez el pensamiento bolivariano guevarista-, nuestro destino es continental. No podemos seguir jugando a ser paisitos. Y esto crece. Fíjate que crece notablemente en los jóvenes. Mira qué sorpresa, en cuatro años en Argentina apareció una generación de jóvenes latinoamericanizados. En Argentina, que es el país menos latinoamericano de Latinoamérica. Conectas enseguida cuando hablas con estos jóvenes, muy jóvenes además.

Es bueno el optimismo…

No, el optimismo no es bueno, es necesario. La diferencia entre un optimista y un pesimista es que los pesimistas sufren antes, durante, y después. Los optimistas sufrimos sólo después.

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¿Cómo vez el futuro político en Argentina?

Probablemente en Argentina haya un retorno a un gobierno de derecha en lugar de uno de centroizquierda como hay hasta ahora. Pero va a haber respuesta social desde el movimiento de trabajadores y jóvenes, sin duda la va a haber. Este fermento entre los jóvenes tendrá que tener salida, nos les va a gustar un gobierno que empiece a neoliberalizar otra vez. Los choques se van a dar en salud, en educación, van a haber disminución de presupuestos en universidades… se van a calentar las cosas en Argentina de volver la derecha. Una salida electoral de estas características, quizás se deba a la incapacidad de la centroizquierda para crear liderazgos fuertes. Se agotaron en los dos Kirchner.

Tampoco surgió ninguna otra alternativa de sectores orgánicos…

Semprún  decía “lo malo ya sucedió”… Pero claro, lo decía como sobreviviente de lucha y eso le daba autoridad. En Argentina, con los treinta mil muertos ¿Te das cuenta lo que significa en términos de sangría político cultural una generación donde estaba la gente más simpática, más inteligente, la más creativa? Los mataron. Futuros dirigentes sindicales, futuros pintores, futuros narradores…Y ese agujero tiene que sentirse mucho, aunque no se perciba en el día a día.

Pero hubo un quiebre ahí, un cambio cultural. Y se empezaba a encauzar en esta última década.

Son buenos tiempos para la literatura -ya te lo decía- con que resista uno, resistimos todos. Curiosamente la industria del libro está lenta a reaccionar ante procesos como estos. Ve la superficie, no la  profundidad. No se da cuenta qué cosa habría que publicar, a qué precio, ni canales de distribución. Estamos creciendo mucho a través de los espacios informales:

yo he puesto en circulación ocho millones de libros a saldos, con descuentos, sacando los libros de las bodegas, editando nosotros, creando una nueva generación de lectores.

 

De las voces más jóvenes de Latinoamérica, ¿cuáles te llamaron la atención?

Yo creo que ando medio descolocado. Me está pasando algo que es conflictivo desde el punto de vista del lector. En los últimos años he estado escribiendo libros que implican un montón de horas de lectura e investigación. Entonces cuando vas recortando tu tiempo de lectura diaria te van quedando los veinte minutos de lectura en la noche y los diez en el baño. He tratado de ajustarme y ahora meo sentado para ganar horas de lectura de poesía. Entonces he reducido las horas de lectura por placer de una manera muy brutal en los últimos siete, ocho años, he perdido el paso. Estoy tratando de encontrar… pero no tengo una perspectiva. Además, estamos viviendo, por razones de generación, la muerte de varios de nuestros mejores escritores. Se quedó un vacío, donde resulta que los viejos son como yo. Y también está pasando aquí, ¿no?

Sí, aunque hay ciertas voces que surgen que resultan alentadoras. 

Hay dos escritores mexicanos que tienes que seguir: Bef, y el otro es Fabrizio Villamadre. Está por llegar. Él es ensayista político muy libre, con un ensayo absolutamente ecléctico. Escribió la  novela El Rencor, que es Rulfo, pero escrito hoy. El protagonista es un gángster periodista que está desempleado; es golpeador de barrio, es asistente de un diputado, tiene una secretaria que es prostituta. Y de pronto dice: “Hay un candidato presidencial que se volvió loco”. Excelente novela de Editorial Planeta. No tuvo ninguna trascendencia fuera de México. Yo creo que ellos dos son los autores más interesantes que hay en México ahora.

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Sobre El Autor

Actualmente coordina el Centro de Narrativa Policial H.Bustos Domecq de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Fue hasta 2016 coordinador del Programa de Literatura de esa institución y editor de la revista literaria Abanico desde 2004. En 2006 fundó Seda, revista de estudios asiáticos y Evaristo Cultural en 2007. Dirigió durante una década el taller de Literatura japonesa de la Biblioteca Nacional, que ahora continúa de manera privada. Coordina el Encuentro Internacional de Literatura Fantástica; Rastros, Observatorio Hispanoamericano de Literatura Negra y Criminal. Ideó e impulsó el Encuentro Nacional de Escritura en Cárcel, coordinándolo en sus dos primeros años, 2014 y 2015. Fue miembro fundador del Club Argentino de Kamishibai. Incursionó en radio, dramaturgia y colaboró en publicaciones tales como Complejidad, Tokonoma, Lea y LeMonde diplomatique. En 2015 funda el sello Evaristo Editorial y es uno de sus editores.

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