El sábado 7 de mayo tuvo lugar en la sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional, en el marco del III Encuentro internacional de Literatura Fantástica, la mesa Fantasía & Ciencia. Reproducimos a continuación el texto leído en esa oportunidad por Francisco Marzioni (posteriormente retocado).

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La post ciencia-ficción es un fenómeno nuevo, pero que tiene raíces muy antiguas. Se trata de historias que son ciencia ficción pero no lo parecen, o parecen ciencia ficción pero no lo son en el sentido más ortodoxo del término. Porque como en casi todo campo, hay una ortodoxia y una heterodoxia, hay escritores y teóricos flexibles y los hay rígidos. Pero lo cierto es que, últimamente, los más severos con la ortodoxia se están quedando sin trabajo, ya sea porque sus ideas fueron superadas o porque les queda muy poco material sobre lo que trabajar.

En principio debemos apuntar que la ciencia ficción se transformó en un género autónomo a fines de siglo XIX en Estados Unidos. En aquellos tiempos, todo era crecimiento y expansión, la revolución industrial estaba en su apogeo, y no existían medios de entretenimientos más que libros y revistas para las grandes masas trabajadoras que cada día se desplazaban de sus hogares a las fábricas. Una historia conocida: con el papel más barato que se pudo fabricar, con las condiciones de producción más low cost, se comenzaron a publicar revistas que contenían historias fascinantes, atrapantes, elegidas y redactadas para la diversión de hombres y mujeres de cultura media y baja, historias simples que despertaran la imaginación, reforzaran la idea de un futuro promisorio que prometía la tecnificación y el positivismo, y despertaran la suficiente curiosidad para cambiar un bollo de pan por una revista. Estos son los llamados “pulp”, y desde entonces en EE.UU. se vivió una especie de edad dorada de la literatura barata que dio nacimiento a lo que hoy llamamos “géneros literarios”: desde las historias de aventura hasta los policiales, desde el terror al romance, desde el melodrama a la ciencia ficción. La ciencia ficción precisamente llegaba en principio a través de reediciones de cuentos de Julio Verne, HG Wells y otros europeos, pero rápidamente comenzó a producirse dentro del ámbito pulp, dándole al género algunos de sus escritores inmortales, desde H.P. Lovecraft a Stanley Weinbaum.

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Como indica Pablo Capanna en El sentido de la ciencia ficción, el primer libro de crítica de CF en habla hispana, esta literatura, que era minoritaria aún dentro de los propios pulp, debió recorrer en EE.UU. un camino apartado de la academia, al costado de la intelectualidad, rodeando el prestigioso y la crítica literaria, instalándose en el público por masividad y no tanto por calidad. Muy diferente fue el panorama en Inglaterra, donde los pulps apenas fueron una anécdota, una curiosidad editorial, y la ciencia ficción se movió dentro de la literatura general. Pero la influencia de Norteamérica en la literatura y el mercado editorial mundial, como sabemos, fue desbordante, y la CF se transformó en un círculo semi cerrado que funcionaba bajo reglas propias. Durante la mayor parte del siglo XX, prácticamente todo el mundo lo entendió de esta manera suceda lo que suceda en cada país. En Argentina, por ejemplo, al CF fue avalada por los escritores más prestigiosos, sin embargo muchos de sus lectores todavía sienten que están accediendo a una literatura exclusivista. Novelas clásicas del género como Un mundo feliz y 1984 fueron leídas por millones desde entonces, las obras literarias se adaptaron masivamente al cine, y sin embargo se insistió desde los lectores y críticos con la marginalidad de la ciencia ficción. Por mi parte, creo que este ánimo exclusivista en realidad es una especie de autoexclusión llevada adelante por quienes protegieron un lugar ganado dentro del género, que por minúsculo precisamente valoraba aquellas voces que resaltaban por sobre la media. En ese sentido, esa autoexclusión fue alimentada por un sector de la academia, la intelectualidad y los lectores que aplaudían a Huxley y Orwell pero no podían relacionarlo con otros autores similares que publicaban dentro de las páginas de revistas y libros etiquetados como “ciencia ficción”. Esta situación continúa en menor medida hasta hoy, aún pasado los tiempos de oro de la publicación de revistas y el fenómeno de interés por la ciencia ficción, que se dio poderosamente en la Argentina de los años 60s, 70s y 80s, cuando editoriales como Minotauro, Edhasa, Ultramar o Hispamérica reeditaron los clásicos del siglo XX y publicaron las novelas y cuentos contemporáneos de los escritores más brillantes de EE.UU., Inglaterra, España y Francia (e inclusive Rusia, eterna antologada en occidente).

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Precisamente es en esos años en que toma fuerza lo que hoy podemos llamar “post ciencia ficción”. Nos referimos con este término a los libros escritos por autores que no pertenecen al campo de la ciencia ficción, al cenáculo cerrado y exclusivista de los pulps y las revistas especializadas en el género. Escritores cuyos orígenes y tradiciones responden a otros cánones, otros árboles genealógicos, otros círculos, y que sin embargo se dejaron seducir por ciertas herramientas que brinda la ciencia ficción como género para narrar sus historias. Entonces, introducen uno o dos elementos que “ambientan” un mundo para ejecutar una trama eminentemente simbólica. Las distopías y ucronías son las favoritas, pero a medida que la PCF comenzó a crecer como género abordó otros tópicos y elementos de la ciencia ficción para componer historia que lee el público que desconoce el género, lo reseñan críticos que desconocen el género y se publica en colecciones que jamás publicaron al género. Durante el III Encuentro de Literatura Fantástica realizado en la biblioteca nacional, donde expuse estas ideas algunos días atrás, el escritor de ciencia ficción uruguayo Ramiro Sanchíz apuntó que “estos escritores no leen a la ciencia ficción como un género sino como un lenguaje”, lo que sintetiza con precisión la operación literaria.

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Tal vez el caso más emblemático en ese sentido sea Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, cuyo argumento central gira en torno a una ceguera repentina de casi todas las personas del planeta. ¿Y por qué esta novela no es ciencia ficción? Los más ortodoxos dirán que el libro no presenta una explicación científica acerca del fenómeno, pero sin embargo hay muchas novelas emblemáticas del género que hacen la misma operación, por ejemplo en El día de los trífidos (1951) de John Wyndham, los trífidos se transforman de plantas inmóviles a seres inteligentes que caminan y luchan con los humanos sin ningún tipo de explicación más que un cometa que pasa volando en la página 2 y desaparece para siempre. Precisamente son estos libros, que en su momento trascendieron el ámbito cerrado del género por su calidad, los que influenciaron a los que hoy son escritores dentro de la PCF. Tanto en El día de los trífidos como en la novela de Saramago, simplemente no importa por qué sucede el evento sci fi que cambia todo, sino qué consecuencias tiene en la sociedad.

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De este modo, son muchísimos los escritores que se prendieron silenciosamente a la “nueva ola”, y escribieron novelas de PCF que fueron debidamente publicadas en colecciones y sellos que no publicarían jamás un libro con la etiqueta “ciencia ficción”. Y otros escritores que nacieron dentro del género fueron tanteando el ambiente y también empezaron a hacer el mismo trabajo. Tal vez el caso de James Ballard sea el más emblemático. Capanna decía en 1966 que “de continuar así” la carrera del escritor inglés “haría que la ciencia ficción llegue a la literatura universal”. La PCF cumple este sueño de Capanna y muchos otros entusiastas del género: correrse del extrarradio, salir del ostracismo de los cenáculos de fantásticos y codearse con los verdaderos grandes, los que tienen el ansiado prestigio, los que están en el famoso canon, ese lugar donde siempre hay un cóctel y dan saladitos las 24 horas. Philip K. Dick hizo más o menos el mismo trabajo: su primera novela, Lotería solar (1956) era un alucinante pastiche en el que convergían viajes espaciales, religiones galácticas, mundos distópicos y artefactos fuera de este mundo, mientras que su último libro, La transmigración de T A (1982), es un relato en primera persona sobre una mujer que conoce a un cura.

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Juan Terranova, crítico literario argentino, me dijo muy acertadamente una vez: “Ballard fue muy astuto, porque cuando la realidad alcanzó a sus libros de ciencia ficción se transformó en un escritor realista”. Precisamente la PCF explora ese límite que existe entre el realismo y la ciencia ficción, en el contexto de un mundo cada vez más informatizado y tecnificado, donde los sueños más locos del siglo XX son una realidad cotidiana. ¿Qué clase de realismo se puede escribir en un contexto donde los chips cutáneos se utilizan para identificar a los socios de un club de fútbol antes de ingresar a la cancha? ¿Qué clase de realismo puede escribirse en un público lector cada vez más habituados a los elementos que antes eran fantásticos y ahora son cada vez más reales, como los robots, las tecnologías de comunicación, internet y hasta son posibles verdaderas fantasías científicas como la teletransportación o el viaje a Marte? De este germen nacen algunas obras de escritores como Breat Easton Ellis, Chuck Palanihuk, Ira Levin, Rosa Montero, Michel Houllebecq, Stephen King y Anthony Burguess, narradores tan disímiles y hasta irreconciliables que se encuentran bajo una etiqueta que todavía no existe realmente y que, sobre todo, no está hecha para vender o acomodar libros en una librería o un suplemento literario. Porque si bien la PCF es una tendencia, y son cada vez más autores que se unen al movimiento -desde afuera, como Don De Lillo con su anunciada próxima novella, o desde adentro, como Max Brooks o Ernest Clyme- lo cierto es que la PCF es una idea, principalmente, en construcción y, sobre todo, de la que la mayoría de sus cultores intentará alejarse. Porque es cierto que en un mundo donde la CF se hace cada vez más real, y en un campo literario que incorpora y reconoce las principales obras y autores del género, la etiqueta CF desde los años 80s hasta ahora se borró de la mayoría de las tapas y contratapas, de las publicidades y reseñas, y solo es sostenida por algunas publicaciones amateurs y alguna colección esporádica sin mucho éxito.

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En la Argentina, a su vez, tenemos una larguísima tradición en PCF. En nuestro país siempre se le llamó “literatura fantástica”, precisamente para diferenciarla de los pulps que acá estaban publicados por Editorial Columba y similares. Pero buena parte de la cuentística y novelística de Bioy Casares, otra parte de Borges, la obra de Silvina Ocampo, sumados a otros posteriores y de Segundo orden, desde Alberto Vanasco a Elvio Gandolfo, Carlos Gardini o Marcelo Cohen, ejercitaron lo que podría llamarse una “ciencia ficción suave” que a la luz de todo lo dicho podríamos llamarlo PCF. Y en ese sentido, desde el año 2000 hasta ahora se produjeron numerosas obras que pueden entrar dentro del género por su temática, su argumento o su prosa enrarecida. Sólo para nombrar algunas: Frío subte, de Rafael Pinedo, El año del desierto, de Pedro Mairal, Los cuerpos del verano, de Martín Castagnet, Las redes invisibles, de Sebastián Robles, Ana la niña austral, de Esteban Prado, Las mellizas del bardo y Cataratas, de Hernán Vanoli, La construcción, de Carlos Godoy, El loro que podía adivinar el futuro, de Luciano lamberti, El recurso humano, de Nicolás Mavrakis, la lista es larga y es infructífero mencionarlos a todos, basta que queden algunos nombras para fijar una idea, que la ciencia ficción es la literatura que configura el lenguaje de nuestros tiempo mucho antes de que sucedan nuestros tiempos, por lo que nuestros tiempos necesitaron una ciencia ficción nueva. La relación es exponencial: mientras aumentan los elementos de CF en nuestra realidad, se diluyen elementos de CF en la literatura, pero lejos de eliminarse, su presencia potencian las historias, los elementos y herramientas se exprimen al máximo y disparan narrativas asombrosas que se diferencian ampliamente de la tradición de literatura argentina del siglo XX. Y la etiqueta ciencia ficción, siempre incómoda por indefinida, siempre imprecisa por demasiado flexible y llena de excepciones, hoy tal vez encuentre un rumbo nuevo de la mano de su propio “post”, palabra que antecede a cualquier movimiento artístico que se precie de tal.

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