Sí, es de poetas descubrir océanos en la intimidad  de una gota, montañas en un grano de arena. Por eso, Susana Szwarc en “La Muertita”, con su diminutivo al hombro, desnuda el gran mundo desde el subsuelo del mundo, este submundo nuestro que se tensa entre el cielo y el infierno de cada día. De afuera vienen los ruidos, las estridencias, las frenadas, los gritos de una historia que agoniza, hasta el colmo del silencio, del neón plastificado que parpadea entre las rejas… Por eso, ¿qué es el balbuceo de “una novela que” sino gran literatura, esa que siempre vive, esa que nos da de vivir?

Alberto Szpunberg

tapa4

Abrir el hocico a una quimera desconocida, ahí donde elmelodrama parece asomar, pero no. Se trata de la desventura tragi-cómica del vivir cotidiano. Quiebre, circulación de voces, mirada carente de polvo de estrellas. Acaso, ensueño con la fatalidad bajo gesto menor. Todo se mueve, palpita. En el subsuelo un respiro, ventana a través del perfecto campo de la ficción.

En suspenso el vodevil

Casi en la calle, a sala llena de misterio, en paralela relación habitual, aparece algún hecho, algún diálogo. Y sele ha dado a los hombresel más peligroso de los bienes, el lenguaje,escribió un poeta.

“Se te ve cabizbaja, le dijo un vecino, y la muertita hizo una inclinación con la cabeza”. Todo ocurre en avance, a puro desvío, con la gracia de un estornudo, siguiendo-a la letra- fórmulas de función intransitiva.

Contra engendros simbólicos y otros destajos, Susana Szwarc inventa una novela en dimensión épica. Hábilmente desborda la rectainstalandoseries,gombrowicziadassucesiones continuas y discontinuas:un ahora, una ligadura, una temporalidad que supone percepción reduplicada en instante preciso. Secuelas Proust.

Asomada a la ventana, la muertita ve al niño chino tomando la mamadera que el niño chino al terminar de beber arroja hacia la ventana.

A través de líneas de montaje,tiempo y espacio copulan. “La muertita comenzó a viajar…Llegaba al final del viaje, cambiaba de vagón, llegaba a una estación cualquiera, volvía a cambiar de vagón”.De una manera u otra, agujereando lugares,Szwarc organiza una lógica que induce efectos de captura.Partir, comer, beber, mirar, viajar, alucinar.Vio a Marcelo pero no era él -se había suicidado tiempo atrás.

Engañar a la lengua, desmentir, morder los nombres propios, esa chispa agridulce pidiendo gozar.¿Por qué no? Venga una escena para que el esmerilado de los sentidoscojee: ilusión doble, teatral,tatuada por un primer asesinato. No es Caín-Abel, se sabe en la novela que la sangre, el color uña entre rejas azules, se introdujo antes y no dejó de salir hasta terminar enjaulada poruna curita.Automóvil-música-sombras.  ¿Cálculo o improvisación? Al cadáver lo plantaron después. Nadie lo vio.Siguió el camino del asesino, sólo quedó un zapato. Hasta ser requerido, el fetichehabía sido incorporado al subsuelo. Nada que decir sobre esa ofrenda.

Casting vecinal: la mujer del lavadero, donde vive el niño chino, podría actuar junto a la muertita en un film de Polanski. En ciertas páginas hay ecos de El inquilino, pero hasta ahí.Una manera distinta de ir al encuentro de lo real. La muertita no siempre está sola, ambas sienten alivio cuando ven alejarse a los detectives.

Escasean posturas de relax, aunque la protagonista mire, aunque sonría de ver tanto trajinar, el brazo de la mujer no hace tiempo para reposar en las rejas azules. Lava que te plancha culpa del apagón.

Estrategia vecinal: puertas lacradas si vienen a cobrar.

La muertita lee mientras come una banana, como distingue entre original y traducción, los plátanos ingeridos por el personaje se mezclan a los fresnos y otros árboles de estación.

Nuevamente el auto-el ruido-la música. Diálogo inaudible por el celular. No quiero seguir paseando el cadáver. No quiero que lo entierres acá.

Susana Szwarc realiza una operación conjunta, vuelve simultánea la trama.El decorado es demolido, del vacío surgen nombres: la mujer del lavadero es María Marina, el niño Juan Tse. Golpes en la puerta del subsuelo. Vale más no hablar la misma lengua y afrontar las quemaduras de lo incomprensible, escribe Sibony. El niño entiende chino y tiene visiones, ella es de Gualeguay, sus uñas van perdiendo color. Así como no terminaba de planchar, María Marina habla, habla, habla, no termina de hablar. “La muertita no tenía fuerza para tantas palabras seguidas”. Palabras que ustedes, espectadores y seguramente inmediatos lectores,podrán continuar hasta el final para volver a leer esta novela una y otra vez.

13346565_1000457333383951_582444746736169900_n

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Liliana Heer

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Abrir la barra de herramientas