Un padre que se está yendo, deja tras de sí recuerdos de infancia y recuerdos perdidos en un tiempo recientemente pasado. Un hombre que se separa de la vida, ejerciendo un uso del calendario tan personal como la organización de la memoria que se disuelve.

 Carlos Paola construye un narrador hijo que regenera sus vivencias familiares a partir de los últimos encuentros con un padre internado. A veces, el registro del pasado es el mismo en las dos generaciones, pero en otras no y esa disparidad cristaliza lo individual de cada uno de ellos y su lugar, diferente, ante un mismo suceso, momento.

 El autor destaca la empatía y complicidad entre padre e hijo varón, único, primogénito. Excluyendo la necesidad de que el tótem paterno muera para respetarlo, aquí el autor en alza la posibilidad de una despedida calma, compartida, apacible, digna de ser recordada. Como si juntos, padre e hijo, reconstruyeran el álbum de recuerdos que el más joven heredará, cuando el mayor ya no esté a su lado. Construyendo juntos las historias que acompañarán en sus últimos tiempos a un padre que ha estado presente y así quedará en la memoria.

 Cada capítulo es breve y contundente, construye escenas y miradas diversas, el hijo recuerda como niño, crece a través de sus relatos. Los capítulos no están para explicar el desenvolvimiento y desarrollo de ese hijo sino sólo para que tengamos acceso al campo del sentir construido como familia que se disuelve en el presente, porque así es el orden natural.

 Nuestros recuerdos, compuestos de olores, sensaciones, imágenes; según algunas líneas de la psicología, se ven colmados de la sensación primante al momento del hecho recordado y aquí, esa posibilidad se hace visible. Las imágenes que recuerda nuestro protagonista, en ocasiones son relatos de un niño al que su madre no lo mira, al que el padre abraza y deposita expectativas en él. Las sensaciones se hacen palpables, no porque sean sólo buenas metáforas, sino porque son sumamente vívidas. Así y sólo así aparecerán los personajes, así nos será posible acceder a ellos, conocerlos. Cada capítulo, un poquito más. Una pieza del rompecabezas de la vida de estos padre e hijo.

Si en nuestro narrador se presenta un conflicto, ese probablemente sea acompañar hasta la muerte a ese hombre que habitará en él por siempre. Llevar con dignidad, de la mano, a ese padre, hasta que se apaguen sus recuerdos y sólo sean la memoria de un relato en la voz de su hijo.

 En el libro de Carlos Paola irse de la vida no es morir sino pasar de la materialidad física, al recuerdo etéreo.

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¿Cómo nace Desde el sillón del padre?

Sin duda, la enfermedad y la muerte de mi padre fueron la causa de esta escritura. A él lo evoco en varios capítulos, sobre todo cuando el personaje de Aldo es viejo y queda postrado.

Pero, a diferencia de Aldo, mi padre no jugó al Básquet, ni llevó a su nieto a entrenar. Y el personaje de Irma está tomado de otra historia que no se relaciona con él. Es más, yo nunca pasé una temporada en ninguna isla del Delta.

Digamos que esta novela bascula entre lo autobiográfico y la invención. Porque una cosa es la arcilla que se elige y otra el modelado que se hace con ella hasta convertirla en trama, lo cual implica conflicto, intriga, desarrollo y resolución.

Por otro lado, más allá de mi duelo, en la singularidad de esta historia, tuve la intención de transmitir cómo se pasan las tensiones de una generación a la otra, cómo somos atravesados por el discurso social y cómo se reproducen en la familia los conflictos del campo político. Con respecto a esto último, apunté a desempolvar algunos sucesos del ’75  que, en nuestra memoria colectiva, quedaron eclipsados por los acontecimientos del ’76.

¿Cómo se articuló, para usted, el recuerdo, la etapa final del padre y la etapa posterior?

No es sólo la muerte. También es un gran dolor asistir al deterioro de nuestros padres. Porque además, la caída de ellos anticipa la nuestra.

Algunas veces, esto puede provocar rechazo y alejamiento; pero otras tantas, un acercamiento muy profundo donde los hijos, convertidos en padres de sus padres, tienen la chance de resignificar unas cuantas cosas de la vida.

Después, la muerte de los padres marca el punto de inflexión entre “tener una vida por delante” y “la vida que nos queda”. Duelos que solemos tramitar con evocaciones y recuerdos, que a veces, y a la distancia, decantan en escritura.

Y aquí me remito a los dos epígrafes de mi novela. El de Dostoievski dice que, para la vida que nos aguarda, no hay nada mejor que un buen recuerdo. Y el de Ángela Pradelli, que ningún recuerdo existe, que son todos inventos.

La escritura para mí, oscila entre estas dos afirmaciones.

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¿Vincula de algún modo, su formación y desempeño en psicoanálisis con este tipo de libro, donde aparece la familia desde la mirada del hijo, los recuerdos a través del tiempo?

Es obvio que no hace falta ser psicoanalista para poder pintar con precisión las distintas conflictivas familiares: alcanza con ser un buen observador. Y creo que, siempre que se recuerda, se lo hace desde la perspectiva de la mirada del hijo.

Ahora bien, el oficio de analista es un lugar privilegiado para presenciar cómo acontece el tiempo de los recuerdos, siempre encubridores y fragmentarios, que no se enlazan por cronología sino por asociación. Y es probable que, en el uso de ese tiempo no cronológico, esté la marca de mi experiencia como analista.

Pero también es probable que ese rasgo del tiempo se deba además a mi formación en cine, que es anterior a la del psicoanálisis. Porque es indudable que he tenido predilección por el uso de los “flashbacks” y los “flashforwards”, como así también por los capítulos breves, autónomos, fragmentarios y con resolución propia, para  después empalmarlos como se editan las escenas de un guión. Es más, en la actualidad estamos trabajando con mi amigo Raúl Tosso en la confección de un guión basado en esta novela.

La literatura abunda en ejemplos de duelo, incluso en la narrativa contemporánea se ha prestado especial interés a la figura paterna en obras como La invención de la soledad de Paul Auster o La vida de mi padre, de Raymond Carver… Me interesa una reflexión acerca de la evocación y de la catársis.

Cuando en nuestra vida irrumpen situaciones traumáticas ante las cuales no tenemos respuestas, como por ejemplo la muerte inesperada de un ser querido, la escritura puede ser un vehículo para transitar ese vacío, puede ser la hebra que vuelva a enlazar a lo cotidiano aquello que se rompió. Pero no es lo mismo hacer una confesión que sólo tendrá valor para el que se confiesa, que inventar y construir una trama que atrape al lector. La catarsis puede ser una de las causas del acto de escribir, pero por sí sola no hace literatura. Por algo el texto de Paul Auster se llama “La invención de la soledad”.

¿Cómo te iniciaste en la escritura de novela?

Si bien ésta es mi primera novela, tengo una prehistoria con la escritura.

De muy joven estudié en la Escuela de cine de Avellaneda, y fui co-guionista del largometraje “Gerónima”, dirigida por Raúl Tosso.

Más tarde, en el campo psicoanalítico, los amigos no dejaban de señalarme que mis escritos técnicos eran muy literarios.

Finalmente, hace seis años, cuando estaba atravesando varios duelos, tuve la necesidad de escribir algo más que un caso clínico o una reflexión doctrinaria.

Primero fui a un taller de escritura con Vicente Zito Lema, una experiencia muy rica en la que decantó mi gusto por la narrativa. Y después fui con Guillermo Saccomanno, en cuyo taller escribí esta novela.

De entrada, Guillermo nos propuso armar un proyecto en el cual sostener nuestros escritos. Así, casi sin darme cuenta, descubrí que los relatos que iba llevando a las reuniones del taller comenzaban a concatenarse en el tema del padre.

Lo demás fue, mucho trabajo por un lado y, por el otro, dejarse llevar por la escritura.

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Como narrador, ¿cómo abordás en tu obra el trinomio “lenguaje, trama, argumento”? ¿Pensás que tu labor de psicoanalista influyó en este abordaje?

Como señaló Julio Acosta en la presentación de mi libro, hay dos usos diferenciados del lenguaje en el narrador: uno para el Bruno niño y otro para el Bruno adulto.

El Bruno niño prefiere la inmediatez del tiempo presente. No elabora sino que relata como testigo de lo que está aconteciendo. Sin el filtro de una sintaxis ordenada, habla como piensa, alterando el orden lógico de la oración.

El Bruno adulto, en cambio, habla preferentemente en tiempo pretérito, porque la lógica del recuerdo le exige una elaboración en perspectiva. Por eso su discurso es más lineal, su relato más articulado, su sintaxis más ordenada.

Como se trata de una novela atomizada en breves relatos autónomos con resolución propia, el argumento fue trabajado fragmentariamente, capítulo por capítulo.

Este modo de escritura abre distintas alternativas a la hora de construir la trama, porque ofrece una variada gama de posibilidades de concatenar los capítulos.

Tal vez, mi gusto por lo fragmentario en la escritura venga facilitado por mi trabajo como analista, ya que es sólo en fragmentos que emerge lo reprimido. Pero también es probable que sea al revés, que mi trabajo de analista venga facilitado por mi gusto por lo fragmentario.

¿Cuál es tu proceso de escritura?

Así como en el análisis nos entregamos a la asociación libre y aprendemos a leernos en nuestras asociaciones, en el taller aprendí a dejarme llevar por la escritura y a leer a posteriori la lógica de lo que voy escribiendo. Tal vez pueda saber a priori cómo comienza un relato, pero nunca cómo se va a desarrollar y, mucho menos, cómo va a terminar.

Por otro lado, escribo de un modo minucioso, frase por frase. Para mí, es como dice Ángela Pradelli: “puedo demorarme horas en encontrar un par de palabras, pasar la tarde dando vuelta un párrafo como una media para que suene mejor, o acomodar las palabras una y mil veces para que tengan una música.”

¿Qué te interesa leer?

En realidad, mi lectura es bastante ecléctica, va desde los diarios hasta la filosofía. Pero mis prefencias son: novela, crítica cinematográfica y psicoanálisis.

¿Cuáles son sus referentes?

Si sólo me remito a escritores argentinos, puedo citar entre otros a Roberto Arlt, Andrés Rivera, Antonio Dal Masetto, Vicente Zito Lema, Guillermo Saccomanno y Ángela Pradelli.

 

Sobre El Autor

Imagen de perfil de Candelita Gomez

Nació en Buenos Aires en 1986. Trabajó durante quince años en diversas puestas en escena como directora, dramaturga, asistente y actriz. Exploró el universo audiovisual, realizó su cortometraje ESTERTOR y escribió otros guiones. Se formó en teatro, dramaturgia, danza Butoh y contemporánea. Colaboró en correcciones y traducciones de guiones de cine, poesía y narrativa. Trabajó durante ocho años en el Museo Nacional de Bellas Artes donde, durante el 2015, produjo el ciclo Bellos Jueves. Actualmente trabaja en la Biblioteca Nacional, se forma como docente en letras y escribe por necesidad vital.

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Una Respuesta

  1. Graciela Noemí Safuri

    Hola Carlos; Tu libro es hermoso, y el reportaje impecable. En cuanto al libro, la tensión de allá a aquí,marca un tiempo en cada quien lo lee. Hasta allí penetra en el lector tu escritura. (un recuerdo para el Sillón….ahora y por ahora es del hijo),

    También unas palabras para Candelita; no solo y solamente hay que ser dramaturga (entre oras cosas), Si no que a mi me impacto que hizo este reportaje desde el Alma.

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