Estoy aquí, en la espera de ser juzgado como criminal, por culpa de mi madre y de un cura.

Ella ya no está en este mundo pero de ser cierto lo que ella creía a pies juntillas, debería preguntarle a dios, o como se llame aquel que diseñó esta realidad en donde nos puso a parir, por qué fue tan malditamente impreciso con las normas que nos impuso y como yapa, si no las cumplimos, castigar a nuestra alma en el infierno por toda la eternidad, según Fray Benito, el cura, repetía en su sermón de los domingos, amén.

Todo comenzó en mi más remota infancia, cuando algo que se movía se cruzó delante de mis ojos. Su marrón lustroso y sus muchas patas llamaron mi atención y traté de tomarlo con mis manos torpes, que no lo pudieron retener.

Empezó a recorrer mi brazo hacia mi cuello, y su  caminar me produjo unas cosquillas que, junto a su rápida evasión ante mi propósito de agarrarlo, provocaron mi risa.

Fue cuando mi madre dio vuelta su cabeza y me miró. Mejor dicho, nos miró.

Conservo el recuerdo del cambio de su expresión y de su  grito, “¡UNA CUCARACHA!”. Lo que pasó después nunca saldrá de mi memoria. Presencié un crimen.

Mi madre aplastó su ojota contra ese cuerpo desprotegido. Mató a “eso” que llamó cucaracha de una forma tan brutal que quedó en mi retina la mancha de esas entrañas en el piso de cerámica del patio.

Años más tarde, en la parroquia, Fray Benito contó como Dios había creado el mundo y como, cuando lo vio tan bello, decidió que alguien lo debería disfrutar, y nos creó a su imagen y semejanza. Fue en el Paraíso, donde decidió que viviéramos y nos fijó reglas. Las desobedecimos, y nos echó sin más. Más tarde nos juzgó soberbios y nos ahogó en un diluvio.

Leyeron bien. Ese dios mató a sus propias creaturas. Comprendí en ese instante que ese mundo no le había salido tan bien como debe salirle a un dios, pero no fue zonzo. Después de tanto trabajo no lo iba a desperdiciar y dejó vivo a un hombre, Noé, al que le ordenó construir un Arca,  y le entregó una pareja de cada especie de las creadas para que repoblaran el mundo. Y luego envió diez mandamientos, para que nosotros los respetáramos.

Esta acción me confirmó que tomó nota de sus errores, y con esas diez normas creyó  que los enmendaría, pero la ambigüedad de las mismas le jugó en contra.

Le pregunté al padre Benito si en el Arca de ese señor Noé había una pareja de cucarachas, y para que las creó si a las mamás les dan asco, no quieren verlas y las matan.

Me dijo un montón de cosas que no entendí, y cuando le pregunté a mamá me contestó que “dios hizo el mundo así”, y que la dejara tranquila porque estaba chateando por Facebook.

Espero al tribunal muy tranquilo. Yo solo hice como dios cuando nos ahogó con el Diluvio, y como hacía mamá con las cucarachas.

Sobre El Autor

Roberto Tito Tchechenistky nació en la ciudad de Buenos Aires y cursó su formación universitaria en la Facultad de Ciencias Económicas de la Univ. de Buenos Aires, graduándose como Licenciado en Administración. Se desempeñó en la misma Institución como Profesor Ayudante de la Cátedra de Lógica y Metodología de las Ciencias. Después de integrar distintos Estudios Profesionales de relevancia, se independizó para dedicarse a la consultoría y asesoramiento en organización y equipamiento industrial en la industria de la confección de indumentaria y textiles para el hogar. Comenzó a desarrollar su actividad literaria en el año 1999, dedicándose al relato corto y a la poesía, y también al estudio del lunfardo rioplatense, léxico que ha utilizado para redactar algunas de sus producciones.

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