Jotaele Andrade nació en La Plata en 1976. Publicó El salto de los antílopes, El oleaje del mundo, Elefantes con anteojos, La mano del verdugo, Los metales terrestres (añosluz editora 2014) y El psicólogo de Dios. Promueve el festival Internacional de Literatura y Acampada poética en la ciudad de Azul.

En 2016, añosluz editora publicó La rosa orgiástica, que quizás haya nacido, según el propio autor, en el asombro de una lectura iniciática de aquella rosa mudable de Federico García Lorca. Entre múltiples referencias que van de Goytisolo a Bayley, pasando por Freidemberg, e incluso el Indio Solari y Charly García, Andrade se confiesa: “quiero que todo lo que escribo tenga alma”, pues para él, “el ‘verba dicendi’ es regla de oro de toda persona que pretenda poetizar”.

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¿Cómo nace este libro? ¿Por qué “la rosa orgiástica”?

El libro que voy a escribir comienza como tal cuando el concepto, que luego va a ser la columna vertebral, aparece. Del mismo modo en que un huesito en la piedra de pronto se muestra al ser limpiado el polvo que lo cubría. En un determinado período de tiempo, en cuatro o cinco poemas se va delineando la idea desde su estado radicular, desde eso que entreví, o también pueden quedar relegados a poemas sueltos. Cuando lo conceptual se estableció, trato de agotar toda esa idea en la sucesión de lo escritural.

La rosa orgiástica no fue la excepción en su construcción pero recuerdo el momento en que surgió la idea y si bien tenía ya unos poemas escritos sucedió caminando en una calle azuleña.

Por un lado fue volver a la alegoría “rosa”, clásica en la historia de la literatura y, por otro, ir por ese símbolo, que los mayores han llevado hacia alturas poéticas elevadas, a través del sentido orgiástico de la existencia, de todo eso que vibra en el colmenar que es el mundo. La rosa orgiástica es el aliento, el hálito, la energía y las distintas especies conglomeradas en ser, en el gozo y el desgozo de estarse y ser, es ese “aullido interminable” que dijo Goytisolo, la “infinita riqueza abandonada” de Bayley. Y también es la pena de existir. Y es la carga simbólica de lo femenino y lo sexual, lo deseado y perdido, lo perfecto que dura tan poco, como tan bien lo dice Lorca en “La rosa mudable”. Y creo que todo este libro bien pudo haber comenzado en el asombro de leer ese poema del andaluz, a los once o doce años.

“si fuese / la realidad / cuanto el espejo devuelve”, “pero la realidad es un pozo que se vacía / y obtiene así / su sentido”, “la realidad: / el zumbido de un insecto en la oscuridad de un cuarto / donde estás solo”. ¿De qué modo se aúnan poesía y realidad?

Creo que la poesía es del tenor de un metal, de un quinto punto cardinal, de cosa. No una cosa en el decir objeto, pero sí que está cada objeto, en el oleaje, en cada gota en la lluvia, en el polvo que algo ha levantado, está ahí, dentro, en las células de la totalidad con su metal inclasificable. Eso que llamamos realidad casi siempre es el mismo cuadro de fondo: las calles del barrio, el recorrido hasta el trabajo, la taza en que cada mañana se toma el café y, también, uno pasando su cara y su agobio o su gozo por esos mismos decorados. La poesía hace que uno viva extrañado del árbol en el patio, de su casa, de los paisajes de la cotidianidad, es una aleación que irrumpe con la idea de la línea inalterable de lo real, quita lo chato, profundiza, da relieve a la existencia en todos los planos. Y quizás hasta logra que uno no sea el imbécil que es de modo cotidiano. Porque ese que se es debe desligarse de sí para entrar en la poesía. Ese es el trabajo del poeta: no ser el infeliz egocéntrico que busca la aprobación del mundillo literario, ni el círculo apretado del taller, ni el aplauso que es toma y daca. La realidad y la poesía requieren ese tipo de cuestiones. Al menos la poesía que a mí me conmueve te llena los ojos para que veas de otra manera, múltiple, infinita.

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Hay una presencia fuerte de lo cotidiano en tu poética. En “Se parece al amor”, por ejemplo, “la bombilla de luz / hace semanas que se apaga y se enciende // o titila / y el baño / amenaza / constantemente / con ser un territorio / en sombras”. O: “mi madre / combate / contra las moscas”, en “Poema doméstico”, por citar sólo algunos versos. ¿Qué lugar ocupa la anécdota en tu escritura? ¿Cómo se configura el poema?

Claro, acordando con la respuesta anterior si la poesía es un metal que está en la realidad, lo cotidiano es el lugar donde uno excava para buscarlo. Me gusta estar atento a la multiplicidad en que el mundo sucede, con muchos radares. Hace poco, mientras caminaba en una playa, pude ir viendo en distintos momentos a un tipo pescando, ¿qué hacía este hombre?, encarnaba, tiraba y esperaba en un mar que rugía de modo casi ensordecedor. En un momento recogió la línea y el señuelo no estaba. Volvió a encarnar y tirar y se arrebujó en su pensamiento. Ahí está todo lo que uno puede decir de la realidad, de escribir, de la cotidianidad, de lo múltiple. Se podría decir que es un acto de fe. Ahora, esa anécdota del pescador si la contara sin quitarle la espuma de “lo real”, el “tenor graso” que deja mi subjetividad de hombre, si digo que iba caminando por la playa y él y yo éramos las dos únicas personas en todo el lugar, y, la verdad, que no es interesante. La anécdota donde el yo vampiriza al decir me resulta pobre. Y el poema se configura desde ahí, desde Lo espeso real, como dice Daniel Freidemberg:

 

“despertar

confuso en la noche y

tantear

tratando de recordar dónde estaban las cosas,

suspirando al tocarlas.”

 

El poema es ese suspiro, y existir sin enloquecer es ese suspiro en que se establece que las cosas están, todavía y en ese estar suceden como uno las recuerda. Ahora, cuando las dice no están: ahí se produce la irrupción de lo simbólico, el despegue del anecdotario subjetivo. Se trabaja en varios planos cuando se escribe. Es mucho más fácil, más asible decir que uno extraña lo que perdió que trabajar simbólicamente con el dolor y la metafísica de lo perdido. De lo primero, lo fácilmente digerible, está hecha más del 95 por ciento de la poesía actual.

“¿quiero decir la vida / cuando digo con mi aliento / el aliento de las cosas?”. Un aliento recorre las páginas de este libro: “yo sé que resguardo una edificación de arena bajo el viento / que te deshojas y caemos con la blanda / arquitectura / del aliento”. O incluso en términos de acción, aún más específicamente: “toda respiración congregada en un acto último: / dar el aliento”. Es difícil, pues, no ir a dar a la idea del hálito divino, ese que se traza, en tus propias palabras, “en el metal extraño de la fe”. ¿Sos un tipo religioso? ¿En qué términos la poesía nos acerca a lo sagrado?

Bueno, para mí el “verba dicendi” es la regla de oro de toda persona que pretenda poetizar. El dios judeocristiano es el dios poeta por excelencia: “hágase la luz y fue la luz”. Es todo oralidad, crea vida, cosas, el universo, sólo con decirlas. Excepto con el hombre con el cual se tomó otras atribuciones, físicas quiero decir: modelar el barro y soplar de su aliento divino en la boca (¡Fuimos besados por un dios!), mostrar su espalda a Moisés, engendrar un hijo, etc.

¡Yo quisiera hacer eso cada vez que escribo! ¡Decir fuego y que suceda el fuego y todo lo inflamable! Así que la idea del aliento va atada a esa primordialidad; con las modestias del caso, quiero que todo lo que escribo tenga alma. Y eso responde la pregunta sobre religiosidad.

La idea de lo sagrado es una cuestión que con los años se ha vuelto personal. Habrá todavía una marea de gentes que ha de consentir a las religiones como lo sagrado o la patria o el fútbol, y creo que eso seguirá siendo efectivo en las nuevas mareas de gentes que vendrán y seguirán viniendo, es inevitable. Indio Solari ha escrito (y cantado) “No hay terreno sagrado, amor”. Quizás cuando una vida pueda mirar hacia atrás y ver qué cosas no ha envilecido o pervertido o permitido que continúen inalterables en relación a la particular malicie de la especie humana, ahí, digo, quizás pueda darse cuenta si ha sacralizado o respetado algo. La poesía es el único espacio que es sagrado para mí, siento que me diviniza pero esto lo digo en voz baja porque hay mucho desprecio con este tipo de pensamientos, ¿no?

También la figura de la muerte recorre estas páginas: “estoy yo y el espejo // estoy yo y mi muerte”; “y el mármol / que ennegrece / en lápidas / y estatuas”. Y ya hacia el final del texto: “el horror de abrir la boca mientras flota la carnada de la muerte”. Por otra parte, en “La soledad es una misma tierra de sepultura”, muerte y soledad construyen un tandem: “a veces tolero a mi muerte de modo en que el perro / sus pulgas”.  ¿Qué resonancias te generan ambos conceptos? ¿De qué manera se articulan en tu poética?

Entre la experiencia solitaria de nacer y la experiencia solitaria de morir pasa toda la experiencia solitaria de nuestra existencia. Incluso la experiencia del amor es una experiencia extrema que sucede en la más absoluta de las soledades, en el territorio que es el ser humano. Tiramos redes todo el tiempo para atrapar algo que nos permita ilusionarnos con lo otro, con la otredad en uno. En Matrix, el traidor sabe que el mundo que le dan es ilusorio y lo prefiere, prefiere lo metareal a “lo real” y se “come” un bistec que sabe que es, con mucho y lejanamente, algo similar a la sensación del bistec; esa escena dura muy pocos segundos pero ejemplifica de modo perfecto el intento permanente de fugarse de uno mismo. Muchas de las personas que conozco le temen a la soledad, quizás más que a la muerte, y eso me genera sorpresa porque todas las experiencias humanas suceden detrás de una línea que no puede ser cruzada por un otrx. Ese poema que nombrás habla de esa soledad común y, a la vez, particular, cavar en la soledad de uno, abrir esa tierra y ver que hay otro que se cubre con ella. Eso que denominás “mi poética”, se construye en la soledad, con la soledad y con todas esas experiencias extremas que se entrelazan. A veces me cuesta equilibrar las emociones y hablo mucho más de la muerte y la soledad, y el tempus fugit que de cosas más amables. No soy un poeta que hable con florecitas ni del goce con sus novios, ni del viaje con la novia, ni nada de esas cuestiones que a mí me resultan pueriles, y que muestran una cotidianidad más cercana a la experiencia común de tantísimos seres que a la escritura en sí. Para eso están infinidades de canciones horribles e infinidades de telenovelas, programas basura de la tv, etc.

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Madre, padre, hermano… La familia ocupa espacios en tu obra. “los ancestros / y lo amado y lo perdido / quemándose otra vez // exhala esas cenizas esta brasa que somos”. ¿Qué opinión te merece la institución familiar? ¿Cómo entra en tu poesía?

Sí, lo ocupa y casi siempre en lo trágico de la intimidad. Así como el territorio de existencia es la soledad también es cierto que nacemos enlazados a determinadas otredades. Con algunos lazos familiares uno tiene más afinidad efectiva, con otros, guarda un hermoso desconocimiento, con algunos un amable odio particular. Eso es el amor para mí, el amor real, como ha cantado Charly García “es como vivir en aeropuertos”, ese es el modo del amor: un constante fluir donde tallan tantas cosas que uno no puede siquiera sospechar algunas. Son extraños e íntimos a un mismo tiempo. Con el tiempo uno agranda la familia con las amistades, y creo que ahí puede entender mejor a todos aquellos con los que creció. La familia tradicional y burguesa, con pruritos o prejuicios de esos de los que no se puede volver, no me interesa. La mía es diversa, ahí entran los amigxs, los amores, los ex amores, los artistas, poetas, pintores, etc que te han influenciado o embellecido la existencia y desde ahí también se integran a lo que escribo, desde los recuerdos, desde un modo de ver la vida, desde ejemplos, enseñanzas, etc. Hay un poema a la forma de las manos de mi padre, por ejemplo; otro que nació cuando mi madre, ante mi torpeza de dejar caer un plato y mi acting de decir “he roto un plato”, acotó: más de 30 años tenía. Así como decía de la soledad como territorio digo también que uno está atravesado por la otredad.

¿Cuáles son tus referentes literarios?

Muchos, muchos, podría estar horas hablando de las diversas disciplinas que me han asombrado. Exclusivamente literarios recuerdo las antologías de poesía rusa, india, italianas, chinas, árabe andaluzas, catalanas, las de poesía medieval inglesa, italiana, la poesía griega del siglo XX, la poesía española del siglo de oro, la de la generación del ´27, la siguiente con Blas de Otero, Gil de Biedma, Celaya, etc. Alfonsina, siempre. La generación del ´40 en argentina, las antologías de la literatura virreinal en el Río de la Plata, Baldomero Fernández Moreno, Raúl Gustavo Aguirre, Olga Orozco, la de la resistencia con Urondo, Gelman, Bustos, Szpunberg, etc; pero también existe la poética del tango, del rock, del folclore nacional y latinoamericano, la voz de Cesaria Evora, el cine de Miyasaki, la estética del cómic, Portishead. Indio Solari, siempre. Poetas latinoamericanos, serbios, polacos, palestinos, iraquíes, etc. Y Bécquer y Marechal. Eunice Odio y Dickinson. Lorca, siempre. Y siguen las firmas y las estéticas, y las tradiciones poéticas y las diversas disciplinas artísticas.

Sobre El Autor

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Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se formó como actriz con maestros de la talla de Carlos Gandolfo y Augusto Fernándes. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro. Se desempeña como periodista cultural. Colaboró en publicaciones como Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla (México); Agulha Revista de Cultura (Brasil); El ojo de la tormenta, Metaliteratura (Argentina), entre otras. Se dedica también al trabajo social, desarrollando diversas actividades en escuelas rurales del interior del país.

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