Charlar con Mirta Rosenberg es adentrarse en un universo poético que se inicia antes de que aprendiera a escribir, a los cuatro años; incluso antes de aquella biblioteca paterna que la fascinara con Colette o Dostoievski: en la de su abuelo, Teniente médico para el Imperio austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial. Ese abuelo -que repuesto de una apendicitis de seis meses decide venirse a América y entra como médico en los obrajes de las líneas férreas que los ingleses construían en el Norte- la acerca a Sartre e inaugura, en ese movimiento, una herencia familiar. Mirta conoce su historia, como conoce su escritura, y su oficio.

Poeta y traductora, nacida en Rosario en 1951, es figura fundamental del panorama poético nacional: fue parte del consejo de dirección de Diario de Poesía, fundó el sello Bajo la luna y la revista literaria Extra/1. Lecturas para poetas. Publicó Pasajes, El arte de perder y El paisaje interior, entre otros.

Su Cuaderno de oficio (Bajo la luna, 2016) es una reflexión sobre el ars poetica, sobre el lenguaje y sus avatares, sobre la escritura: “Las palabras usadas para enfrentar los hechos de una vida: dolor, placer, horror, amor, sus sucedáneos, hasta morirse. El secreto es que también hay belleza. También hay belleza. También hay belleza. La poesía no sirve para quejarse”, sentencia el poema que inicia el libro.

En la biblioteca de la escuela pública a la que iba, Mirta enloqueció con El romancero gitano de Lorca, y luego con Pedro Salinas. Desde entonces la poesía la atravesó para siempre. Tradujo y publicó a las principales voces poética de su tiempo y otros tiempos: Katherine Mansfield, William Blake, Walt Whitman, Emily Dickinson, Marianne Moore, James Laughlin, Seamus Heaney, Elizabeth Bishop, D. H. Lawrence, Louise Gluck, Anne Carson, Robert Hass, Anne Sexton, Joseph Brodsky, Ted Hughes, Shakespeare.

Rosenberg conoce su trabajo como una artesana, entiende que “los idiomas no se calcan, no quedan uno perfectamente arriba de otro”, y apuesta a la captura de la intención del poema. Amante de las rimas, defiende el teatro de texto y su inextricable relación con la poesía; cree en la gramática y en el correlato estrecho entre vida y obra, entre poesía y verdad. Pues la poesía debe llevar a algo nuevo: “Y tu mundo nuevo insiste / en lo que en este mundo nadie nunca quiso: / que el Infierno existe en todo Paraíso”.

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En el comienzo de Cuaderno de oficio, la poesía se nombra como territorio, isla, reserva. Las palabras son usadas “para enfrentar los hechos de una vida”, “para consolar de lo inconsolable”. Y al mismo tiempo, “La poesía no sirve para nada”. Aunque también: “Si no viene la poesía, / no habrá nada. / El miedo vendrá”, sentencia “UTILIDAD DE LA POESÍA A LAS TRES DE LA MAÑANA”. ¿Considerás que la poesía conlleva algo del orden de la sanación? Por otra parte, ¿creés en una función de la poesía?

Sí. Cuando digo que la poesía no sirve para nada, digo que no tiene valor de marketing. Hay un ensayo -que traduje para el primer número de “Extra”- de un norteamericano que se llama Robert Hass, donde él cuenta que siempre que lo invitan a congresos, sobre todo a países que están muy agitados, los del congreso suelen ir a ver a los poetas presos -siempre procurando que no haya presos políticos y demás-. Él pide que le traduzcan lo que escribió ese señor que está en cana y sucede que la poesía siempre es muy mala. No tiene que ver con la poesía, tiene que ver con la política, que es otro rubro. Cuando yo digo que la poesía no sirve para nada quiero decir eso. Por otra parte, cuando la cosa se pone muy brava, es una especie de reserva de las emociones, de los sentimientos: acá nunca se escribió más poesía que durante la dictadura, y era bastante críptica. Porque si no ya de por sí iba todo el mundo en cana. Pero hubo un florecimiento de la poesía, ¿por qué? Porque el lenguaje directo, coloquial, de la calle, no se podía usar. Hay una función política en la poesía de la misma manera que en algún momento el feminismo dijo “lo personal es político” y creo que sí, que la poesía también es lo personal, que es político. O sea, si vos te embanderás en un partido y empezás a escribir a favor de eso, difícilmente escribas buena poesía; porque tenés otras cosas para decir y para hacer como poeta.

Ahora, en términos personales, la poesía sirve muchísimo. Ha sido toda mi vida y lo sigue siendo. Y se trata de un quehacer que no depende más que de mí. Es muy distinto a jugar en un equipo de básquet, acá no jugás en ningún equipo. Hay una soledad que es típica del poeta, por lo menos del buen poeta; después hay miles de excepciones, por ejemplo en Chile, o en México, por hablar de Latinoamérica: los poetas son siempre embajadores, cónsules. Acá no.

La soledad y el silencio son figuras que recorren tu poética: “En soledad confusa, / perdidos unos, otros inspirados. / nadie grita de dolor, / sino de soledad. // Las soledades del poeta / y mi vida que vivo a la mitad:”. O: “en absoluto silencio / es soledad. / odio la soledad / tengo miedo de la intimidad”. ¿Cuáles son las soledades del poeta?

El poeta tiene que pensar, tiene que ver qué pasa, tiene que mirar para adentro. Si está lleno de gente no podés, estás imposibilitado de ver para adentro, de ver qué te pasa. A mí se me mezcla con la traducción, incluso es otra manera de leer lo que hacen los demás.

¿Pensás en el lector cuando escribís?

En el momento de escribir, no. Después sí, cuando voy a armar un libro trato de ser lo más comprensible que pueda sin traicionarme, pero trato de ser comprensible. También me considero exigente, le exijo al lector. No se la doy servida en bandeja.

“La poesía constante a lo largo de una vida convierte la apariencia en realidad, desenmascara” / “realidad: emoción expresada / y que se puede expresar”. ¿Cómo se aúnan poesía y realidad?

Si te estuviste mirando toda la vida, inevitablemente hacés una comparación con lo que no es vos, con lo que está en el mundo; no es tan difícil hacer una relación entre una y otra cosa. Aparte vas ganando en experiencia, si no te morís tenés mucha oportortunidad de ver la realidad, qué te pasó, los resultados de las cosas, los tuyos y los de los demás.  Pero ya te digo, si te miraste para adentro toda la vida es innegable que hay una realidad, la tuya, ¿no? Y por otra parte, la de afuera; están las dos. Lo difícil es expresarlas, creo yo.

También la muerte aparece en tu poética: “Que las formas que son para la vida o los más agudos riesgos de ella -seres y afectos empujándose, el concentrado de su cruda realidad- / leyéndote me ocupen por entero, dejándole a la muerte su lugar.” O: “El único mortal feliz, / dice Sófocles, / es el mortal muerto.” ¿En qué términos convivís con la idea de la muerte?

Convivo mal, como todo el mundo. Es una realidad incontestable. Esa es la mayor realidad, y te das cuenta de que si vos tenés presente que te vas a morir -no de manera obsesiva- hay muchas cosas que pierden valor de manera inmediata, tonterías. Hay que ver de qué manera conseguimos alegría, de qué manera conseguimos satisfacción; esto es lo importante de la vida de alguien, con qué armas puede combatir el dolor. Estoy hablando de dolor físico y de dolor no físico. Lo doloroso del mundo, digamos, el mundo está lleno de dolor. Y a eso te ayuda muchísimo ser capaz de pensar.

La “CODA” a “MANUEL” sentencia: “que el Infierno existe en todo Paraíso”. ¿Cómo concebís la idea de paraíso? ¿Tenés algún sentimiento religioso?

Yo soy hija de un matrimonio mixto que decidió no imponerle ninguna religión a sus hijos, sino que en todo caso se la eligieran ellos. Lo que hice fue leer, pero no tuve ninguna formación tradicional en ninguna religión.

Desafortunadamente no tengo ningún sentimiento religioso, porque a lo mejor me sentiría mucho más apoyada en el caso de que perteneciera directamente a alguna religión, por así llamarlo, cosa que no me ocurre. Lo que sí tengo es un conocimiento bastante minucioso de todos los textos religiosos, empezando por la Biblia en adelante. Sé bastante de budismo, que es con lo que me quedé, pero no es una religión, es una filosofía de vida con la que tengo un vínculo intelectual, por supuesto, que es la única manera de tener un vínculo con el budismo, no hay fe. No tengo ninguna cuestión colectiva. Sí me ha servido mucho cuando he tenido que pasar por cosas muy embromadas, estresantes, dolorosas, me ha servido mucho la meditación, el trabajo sobre la respiración, repetir un mantra, todo eso. La idea del budismo es aniquilar el sufrimiento y también tener una actitud hacia el prójimo muy poco agresiva. No creo en nada de todo eso, en la agresión, me parecen todos retrocesos y trato de vivir de acuerdo con eso y después de acuerdo con una cosa que me enseñó mi padre que es que yo podía hacer lo que yo quisiera en la vida pero sin molestar a los demás, ni causarle daño a nadie, yo me tenía que hacer responsable. Eso fue lo único que me enseñó, y a mí me pareció bien, me sirve hasta el día de la fecha.

¿Y la búsqueda de extinción del deseo?

Creo que no es algo voluntario, no se consigue tan fácil. Lo que pasa es que hay gente que tiene un deseo más agresivo y gente que no. Están los que si no consiguen lo que quieren saben que se la tienen que bancar, ser responsables, y los que no, De última nadie consigue nada.

De última todos llegamos a lo mismo…

A morirnos, eso es lo que te decía yo antes. Es la única realidad incontestable.

¿A qué se dedicaban tus padres?

Eran profesionales: mi papá era médico cirujano, mi mamá odontóloga.

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¿Y cómo aparece en tu vida la literatura?

Mi papá, que era muy lector, tenía una biblioteca muy grande. Ya su padre era muy lector y yo iba un par de veces por semana a casa de mis abuelos cuando vinieron a vivir a Rosario -yo estaba en primero, segundo, tercer año del secundario-. Mi abuelo tenía Sartre, por ejemplo. Yo le pregunté si podía leer y me dijo “Sí, dale”. Y lo mismo era en mi casa, mi viejo no me prohibía nada de la lectura cuando aprendí a leer. Y tenía cosas muy variadas.

Por parte de padre yo soy primera generación acá. Porque mi papá vino cuando tenía cinco años de Europa Central. Mi abuelo fue médico en la Primera Guerra Mundial, fue Teniente Médico para el Imperio austrohúngaro, es decir para los que perdieron. Cuando viene la constitución de Polonia a mi abuelo lo meten preso. Él era de una ciudad que se llamaba en ese momento Lemberg, que ahora se llama Lvov, en Ucrania, una ciudad universitaria. Mi abuela estaba en una ciudad que luego fue Polonia. Pero todo era el Imperio austrohúngaro, que es donde el Emperador en mil setecientos y pico reconoció a los judíos como pobladores del mismo nivel que todos los demás y les permitió tomar apellidos alemanes, por eso me llamo Rosenberg, andá a saber cómo se llamaban…

Mi abuela vivía en un pueblo del que su padre era alcalde, un notable; era una familia rica pero vivían en el campo. La familia de mi abuelo no, era pobre, pero vivía en la ciudad y todos los hijos estudiaban. Eran nueve. Yo me imagino que ahí hay algo de la ortodoxia judía porque para tener nueve hijos… Son iguales que los católicos.

Mi abuelo era el segundo o el tercero, tenía un hermano que ya era arquitecto, él estudiaba medicina. En cambio lo de mi abuela era más acomodado pero no era de estudio, salvo de estudios judíos. La medicina es una tradición muy larga entre los judíos. En españa también los sefarditas; estos no, yo vengo de familia askenazi que así se llaman los de Europa Central. Y después estaban lo sefarditas que estaban en España, que eran muy cultos. Pero la medicina es muy tradicional entre los judíos, creo que hasta el día de hoy, incluso la psiquiatría, todo lo que sea salud.

Entonces a mi abuelo lo incorporaron al ejército, lo mandaron, cayó en el pueblo de mi abuela con una brigada y lo alojaron en la casa de los padres de mi abuela porque era oficial, y ahí se enamoraron. Es toda una historia que te la encargo. Y como era oficial la podía llevar a ella, entonces la llevó en la campaña. Mi tía Malvina, que es mayor que mi papá, nació en una capital en Rusia, donde mi abuelo estaba enfermo de fiebre tifoidea.

Imaginate: Primera Guerra Mundial, trincheras, barro, infecciones. La cuestión es que lo metieron preso. Europa era un tema del que él no quería hablar… Cuando se vino para acá tenía una hermanita de ocho años, y no vio nunca más a nadie. Pero yo le pregunté: “¿por qué te metieron preso a vos?” Y él  me contestó, me dijo que estaba en contra de los polacos porque los polacos eran antisemitas. Yo le dije: “Ah, ¿y el káiser era bueno?”. Me dijo que sí, que el káiser dio igualdad para los judíos, esto que te cuento de los apellidos, y todo lo demás.

Entonces lo sacó de la cárcel mi abuela -que tenía dinero-, nació mi papá, mi abuelo se enfermó de apendicitis… Mi abuela te cuenta una historia… Que tuvo que ensillar al caballo, ponerle el sulqui y llevarlo al pueblo de al lado porque ahí el único médico era él. Resulta que lo operan y demora seis meses en recuperarse -en esa época operaban con éter y todo lo demás-. Mi abuela era muy graciosa, me cuenta que se recupera mi abuelo y me dice  “¿Qué me dijo? ¡Vamos a América!”. Después de semejante quilombo, “¡Vamos a América!”. Entonces él consigue un contrato con los ingleses -que estaban tendiendo las vías férreas- y entra como médico de los obrajes en el Norte. Viene él primero, y al año viene mi abuela con los dos chicos.

De ese lado tengo la historia muy fresca. Mi papá se nacionalizó como a los veintinueve años, cuando ya se había recibido de médico, antes no porque no quería hacer el servicio militar, porque el padre no quería que nadie tuviera nada que ver con lo militar. Cuando fue la amenaza de la guerra con Chile, yo me acuerdo que mi abuelo me decía “Yo me voy, yo dos guerras no”. Y se acriolló mucho, era jugador, jugaba a las cartas. Y mi papá también. Toda una historia de jugadores hay ahí también.

Así que así leí a Sartre, leí un montón de cosas y aprendí mucho, incluso de lo que él no quería hablar, porque la que hablaba era ella. Y resulta que yo guardo hasta hoy la libreta de estudiante de mi papá, donde dice el nombre de donde nació, que nunca sabían qué ponerle, si Polonia o qué… Porque viste que después Ucrania estuvo bajo la égida soviética. Y a mí me llama mucho la atención el nombre de la aldea porque era Cristinópolis. “Cristo”, dije yo, y me puse a buscar: quedaba a dos kilómetros de Auswitch. Por eso le pusieron Cristinópolis, hay todo un disfraz ahí, un descubrimiento; por eso mi abuela lloraba, por sus padres, claro, los liquidaron.

La cuestión es que vinieron en el año ‘25, ‘26. Mi papá nació en el veintiuno. Ella vino con los chicos, el abuelo vino un año antes, y mi abuela cuando desembarcó en Buenos Aires quedó deslumbrada, nunca había visto una ciudad de estas dimensiones. Porque era del Imperio austrohúngaro pero no había ido nunca a Viena. Pero se fueron a La Quiaca o no sé dónde cuerno… Mi abuela dice que se fue a la plaza del pueblo, se sentó y lloró. Era muy conmovedor todo. Después mi tía fue al normal, y mi papá al nacional. Mi abuelo le daba toda la plata a ella para que administrara, siempre. Mi viejo estudió Medicina en Rosario, digamos que había que estudiar. Joderse pero estudiar. Y por eso mi viejo fue médico. Mi abuelo no podía ejercer la medicina, porque no hizo los trámites acá, podía ejercerla en pueblos chicos que no tuvieran médico. Luego se jubiló y ejerció en un pueblito que está cerca de Rosario que se llama Lucio V. López, después ya se jubiló del todo y se fueron a vivir a Rosario. Es toda una historia.

Y por el otro lado también es increíble. Las historias, los lugares de donde venimos… Por  el otro lado son italianos, Fontanarrosa, son de un pueblo que se llama Acciarri, al lado de Génova, donde casi toda la población se llama Fontanarrosa, incluyendo a la madre de Colón, que se llamaba Susana Fontanarrosa.

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¿Vinieron tus abuelos maternos?

No, vinieron antes. Vino el abuelo de mi mamá. No sé si me bisabuelo o mi tatarabuelo, que había dejado una familia con hijos en Génova, y acá en Santa Fé se casó con una descendiente de indios, la hija de un cacique. ¡Yo tengo una mescolanza!, cuando digo “yo, la perfecta argentina…”. Pero todo esto hizo que tuviera una educación muy liberal, que agradezco mucho.

O sea que tus inicios como lectora vienen de aquella biblioteca…

Vienen de antes. Tenía un hermano que había aprendido a leer antes que yo, y no lo soportaba, así que la perseguí a mi madre hasta que me enseñó y aprendí a los cuatro años y medio, y fue un mundo para mí. Una vez que empecé a leer no paré nunca más.

¿Recordás los primeros autores que te deslumbraron?

¡Cuando leí Colette! Mi papá tenía la colección completa -todas las Claudinas-, y me impresioné muchísimo con eso. Hemingway también me había impresionado de muy chica. Dostoievski. A los diez años yo estaba leyendo Crimen y castigo. Después a mi viejo le gustaba mucho la novela policial y tenía la colección completa del Séptimo círculo, de cuando la dirigían Bioy y Borges.

¿Y a la poesía por dónde entraste?

Entré por la biblioteca del colegio de la escuela pública a la que iba. Lo primero que leí fue García Lorca, El romancero gitano. Después un poquito más grande leí Pedro Salinas, Poesía de amor. Eso fue lo primero, pero a esa altura ya tenía un interés anterior, que tenía que ver con alguna musiquita en la oreja. Rimas y todo eso. Me gustaba hacer rima, me gustaba hacer letras de canciones. Adoré García Lorca, me enloqueció. El tema este del vocabulario diferente, el tema de los gitanos, era todo como una extrañeza, todo muy diferente. Y paralelamente leía novelas policiales. Todo. Pero cuando me encontré con esto era otro mundo; para una chica las novelas fundamentalmente pegaban por el argumento. Hasta que empezás a registrar el lenguaje pasa un tiempo.

Y después, cuando tenía doce años, entré al secundario y mi papá me dijo que me iba a dar una “semanalidad”. Lo primero que hice fue ir a una librería que había en Rosario y sacarme una cuenta corriente. Nunca me voy a olvidar: para fin de año de ese mismo año le hacían un regalo a los clientes. Ellos estaban muy chochos conmigo porque, imaginate, una mocosa de doce años… Entonces me regalaron El cazador oculto de Salinger, que me mató, me mató. Y se la presté a mi papá, que se murió también; y ahí empezó un intercambio de libros entre mi viejo y yo.

La otra cosa que tuvo mucha incidencia de mi papá -por la que creo que soy traductora, además de la herencia judía-, es que mis abuelos le hablaban a mi viejo en otro idioma, idish. Y mi viejo les contestaba en castellano. Entonces yo le pregunté y me dijo “me hablan en lo que hablaban en Europa”. “¿Y vos por qué no les contestás en idish?”, quería saber yo. “Porque ahora estamos viviendo acá y hay que hablar en el idioma del lugar”.

Cuando yo ya era un poquito más grande, recibíamos de Estados Unidos o de Inglaterra el Journal of Surgery, las novedades de cirugía, todo en inglés. Y le dije “¿ese qué idioma es?”. Yo ya tenía en la cabeza eso de que no todo el mundo hablaba lo mismo. Me dijo que era inglés y le pregunté si él conocía ese idioma; respondió que lo suficiente como para poder leer lo de su especialidad, y me preguntó si yo quería aprenderlo. Le dije que sí, claro, y me mandó a aprender al barrio. Fui a aprender inglés antes de ir a la escuela. Después en el secundario, que era por sorteo, me tocó francés, no inglés, en los tres primeros años. Y en lugar de molestarme me copé con el francés. Después cuando ya no tenía más francés, en los dos últimos años, me fui a la Alianza Francesa que quedaba a dos cuadras de mi casa, y aprendí francés.

Y así fue como a mí el tema de aprender idiomas me encanta. Después me metí a estudiar alemán en la UBA. Italiano sé de oreja, no estudié nunca pero sé. De hecho traduje columnas de Umberto Eco para La Nación. Del portugués también traduje. Lo que pasa es que una vez que entraste en la cuestión de traspasar de una lengua a otra, aprendés. Eso incidió mucho también en la escritura de poesía, porque me abrió mucho la cabeza a los avatares de la lengua.

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En Cuaderno de oficio decís: “El traductor busca una tregua entre lo que el otro dijo y lo que digo yo”…

Yo” es otro traductor, ahí, en ese caso.

¿Cómo se construye ese espacio entre la voz del otro y la voz propia en el trabajo del traductor.

Es muy difícil y requiere valores de tipo espiritual, porque tenés que ser muy generoso para que todo no quede con tu sello. Por ejemplo todas las versiones de Borges quedan con el sello de Borges. No digo que esté mal, yo no lo hago, prefiero dejarme penetrar por el otro texto porque, ponele: Borges tiene una traducción de Walt Whitman, que escribe en versículos largos. Vos leés la traducción de Borges y es Borges. A él le encantaba Walt Whitman, pero era como decía él, Borges. Hay una anécdota muy conocida entre los traductores: cuando él traduce Faulkner, resulta todo muy complicado porque ellos hicieron toda una operación política-cultural para hacer entrar la literatura inglesa y norteamericana y parar con el gusto absoluto. Esta era una cultura francófila al mil porciento. Entonces él está traduciendo Faulkner -estaba traduciendo Las palmeras salvajes– y arriba de un alambrado pone un carancho -que no hay en Estados Unidos, pero el pájaro que está en el original es un pájaro que está en Estados Unidos y acá no, no sé si es un mirlo, algún tipo de cuervo, de buitre-. ¿Para qué? Para que el lector argentino se sintiera más acogido y atraído por la novela.

“… Acercarse al otro, equivocarse, admitir / la equivocación y, si se puede, traducir la intención” (“TRADUCIR POESÍA”). ¿Por qué vías accedés a la intención del poema?

Tenés que leer mucho. Y no sólo ese poema de ese poeta, tenés que hacer una lectura de obra, para ver para qué lado va. Eso es la intención. Porque inevitablemente todos nos repetimos, entonces si vos buscás y vas haciendo una lectura de obra y ves cuáles son los temas recurrentes, pescás la intención del otro, más allá del vocabulario, todas esas dificultades. Te das cuenta: rima, no rima; tiene métrica, no tiene; todas esas son declaraciones de intención del otro. Y me gusta mucho hacerlo, pescar al otro. Cuando no lo pesco no lo traduzco -que puede ocurrir-.

¿Cómo trabajás con la rima en la traducción?

Como puedo. No siempre repito la estructura del poema en inglés. Muchas veces sustituyo la rima del final de verso por rimas internas. Yo lo que quiero es que el lector argentino se dé cuenta de qué hay de eso. Por ejemplo Girri -traductor que yo admiro- hacía todo verso libre, no se ocupaba de esto porque lo consideraba imposible. Yo no, yo trato de que el lector se quede con la idea de que hay algo, que hay una música en inglés, aunque no esté perfecta, aunque no sea idéntica, pero hay una música. Los idiomas no se calcan, no quedan uno perfectamente arriba de otro. Lo único que trato es de que el lector tenga una idea, y de ser fiel.

¿Cuáles fueron las traducciones que más disfrutaste?

Todas, todas me llevaron mucho tiempo. Me gustan mucho, justamente ahora estaba pensando en hacer un librito que se llame, ponele: Horario de lectura, y es ir agarrando algunos poemas de todos los que he leído y hablar de eso. Haciendo poemas con eso. Leyendo a Emily Dickinson, para dar un ejemplo. Leyendo un soneto de Shakespeare, leyendo cosas difíciles también.

¿Quiénes son tus referentes poéticos más queridos, disfrutados?

Bueno, tengo mucha poesía inglesa, me gustan cosas de muy diferentes épocas. Dickinson me encanta y me parece envidiable su sensibilidad. Marianne Moore me gusta mucho, Elizabeth Bishop, Mansfield es maravillosa. Yo leo mucho tiempo a alguien y cuando puedo leo la biografía porque siempre hago una relación. Eso es conocer la intención también, es distinto si vos te enterás de que Emily Dickinson estuvo toda la vida encerrada, que no salió nunca de Amherst -así se llama el pueblito-; y que iba poniendo en una cintita los poemas, que los encontró la hermana porque nadie supo nunca nada. La cuñada -que vivía al lado- sabía, porque ella le mandaba notas que eran versos, la adoraba a la cuñada. Pero en general ella nunca salió del pueblo, no tuvo una vida afuera, se murió ahí, la cuidó la hermana. Siempre fue una poeta secreta, encontraron las cosas en el siglo XIX. Ella por un lado, Whitman por el otro, son los dos pilares de la poesía norteamericana, con muy distintos criterios. Ella con una vida monacal y Whitman fue enfermero en la Guerra de Secesión, andaba haciendo lío Whitman…

De acá, me gusta mucho -y fue de alguna manera mi maestro- Hugo Padeletti, es mi referente. Lo conocí en Rosario, yo tenía veintiocho años y tuve un vínculo con Hugo prácticamente familiar, me parece un gran poeta.

Recién hablabas de las dificultades de la rima en la traducción, ¿y en tu poética, qué uso le das?

Me encanta la rima, la uso mucho como rima interna; la uso para reforzar el sentido; la uso para retomar temas que ya traté primero y luego le cambio la orientación pero siempre hay alguna rimita que te recuerda.

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Otra cita: “lo vivido noche y día que la escritura pretende rescatar, la / gramática que ordena / que una misma se ordene en su tic-tac, que entre en su reflejo / y vaya más allá…”. Allende la rima, ¿cómo opera la gramática en el proceso creativo?

El ritmo, la gramática, la repetición. Viste que te dije que cuando era chica me gustaba mucho esto de las rimas, me quedó. Y voy enganchando con la rima, el hecho de escribir hace que te ordenes, esto es verdad. La gramática es una manera de ordenarnos, no sólo lo escrito sino el pensamiento. Son absolutamente próximos: el chico que aprende gramatica va a aprender a pensar. Y el chico que va a aprender a pensar, va a saber, no le va a costar la gramática.

Hace un rato hablabas de Lorca. Ahora leo: “Sobreactué y estoy arrepentida de mi incursión mendaz en el teatro.”

Yo soy muy irónica también, pero es verdad. Todos sobreactuamos, llegados distintos puntos de la vida. Estoy arrepentida de mi incursión mendaz en el teatro, es así.

¿En qué términos concebís la relación entre poesía y teatro?

En un principio tenían todo que ver, de hecho el teatro se escribía en verso, mirá Shakespeare, y qué obra, qué cantidad de obras, además el tipo era actor encima. Tienen una relación inextricable la poesía y el teatro. Después el teatro derivó por otros caminos que te diría incluso me disgustan bastante, porque para empezar me gusta el teatro de texto, que cada vez hay menos. Me aburre muchísimo el teatro porque no es teatro de texto, porque me gusta que me seduzcan, entonces voy poco al teatro, siendo que soy de una ciudad muy teatral. Porque Rosario fue la primera ciudad donde se hizo La lección de anatomía, eso cuando yo era joven, y tantas otras cosas. Ahora me da la impresión de que está empezando a haber un poquito más, con respecto a hace veinte años. Hace veinte años no había nada de teatro de texto. Era un montón de gente tocándose arriba del escenario.

Estoy por el teatro de texto, porque creo que tiene un vínculo absoluto. Basta leer a los griegos -que no los lee nadie-.  Sófocles, Esquilo, eso es teatro. Shakespeare es teatro, el mismo argumento, la misma escena, la repite tres veces, la repite en un nivel de taberna, en la corte… Porque tenía un público en el que estaba la reina sentada en un lugar y el zapatero de la esquina del otro lado, y tenían que entender todos, por eso duran tres horas las obras. Y con los griegos pasa lo mismo, porque el punto es que iba todo el mundo y cómo no vas a hacer teatro de texto. Imaginate que anden tres personas en bolas tocándose, qué le iba a importar a esta gente como el zapatero de la esquina, o al talabartero. El tema de que llegara desde abajo hasta el lugar más alto es porque hay texto ahí, y el vínculo con la poesía era muy importante.

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¿Cómo se constituye el yo poético?

Cada uno tiene su historia, yo un poco te conté la historia de mi familia porque creo que todo eso sirve a la constitución. Si alguien escribe o pinta o qué sé yo, contribuye de alguna manera, si no hace nada de esto lo mismo contribuye al no hacer, pero sí yo creo que hay un historial familiar, accidentes felices, conocer gente, todo esto te va llevando. En mi caso muy fuertemente los idiomas y la lectura, pero a su vez los idiomas y las lecturas tienen que ver con mi historia familiar: había libros. A alguien que no tienen ni un libro en la casa le va a costar más.

¿Creés en el correlato entre la vida y la obra?

Sin duda, un correlato muy estrecho. Yo creo en una herencia familiar. Le hago bromas a Miguel y Valentina porque mi nieto Gregorio va a las presentaciones de libros y a las lecturas desde muy chiquito, está listo el pibe. Ya le entró, ya está, ahora tiene siete años, ya fue esto. No se va a olvidar nunca. Además es un tipo recontra sensible, como no podía ser de otra manera, porque con los padres que tiene…

Algunos de tus versos proponen “sopesar poesía y verdad”; así como en el cierre del Cuaderno… : “La poesía es decir una cosa por otra / y que sea verdad”. ¿Cuál es tu idea acerca de la verdad en poesía?

Si no es verdad no sirve. Es decir, lo de decir una cosa por otra es salir de los convencionalismos y decir algo nuevo, reventarle la cabeza a la gente, a ver si me explico: tirarles algo que los deje pensando. Pero creo que tiene que haber necesariamente un vínculo entre la poesía y la verdad. Le tenés que infundir al lector la idea de confianza, de que leyendo esto va a aprender algo nuevo o va a pensar algo nuevo. Y creo que hay mucho más de eso en la poesía que en cualquier otro género.

¿Por qué?

Porque es la cabeza del poeta, y el lector de poesía va a entender cosas nuevas leyéndolo, debería. Como entendí yo cuando leí el Romancero Gitano, digamos, como me sirvió a mí como lectora para comprender un montón de cosas, yo creo que el lector de poesía tiene que permitirse por lo menos pensar algo nuevo, salirse del convencionalismo. Siempre digo cuando leo algunos libros -se lo digo a gente que me ha venido a traer libros-, se los devuelvo y digo: cuando voy a leer poesía no quiero leer el diario; si fueron a la marcha, no quiero que me cuenten lo mismo que dice el diario, la cantidad de crímenes. Creo que leer poesía es estar en otro mundo, tenés que pensar cosas nuevas. Y si no, fracasar como poeta -porque por más mal educada que esté la gente, he descubierto que vos le leés algo y algo se produce-.

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Desgrabación: Candelita Gómez

Sobre El Autor

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Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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