Rosa se vuelve huérfana en una temprana edad.

Quizás esa tragedia es lo que marca el resto de su vida.

Hombres que son huéspedes en su vida, pero no residentes. El sexo como cura para la soledad y como una manera de agrandar una herida. El sexo como devoción a una religión en la que en algún momento se creyó, pero que, ahora, es solo una oración que se repite mientras se piensa qué hay que comprar para comer y si falta papel en el baño.

 La mecánica arbitraria del placer.

Todo de paso.

Ese espíritu de los noventa donde todo parecía posible, aunque sea por cinco minutos.

Y son esos cinco minutos. Ahora. Ya tomalos. O se devalúan.

La anestesia del menemismo.

Los sueños de dólares que se pesifican.

El paso del tiempo y los efectos en el cuerpo.

Hasta que irrumpe José.

Quizás irrumpir sea la palabra que mejor defina esa aparición. La ignorancia, más violencia que bendición en la relación que Rosa establece con él. Un hombre que ya tiene dueño; sus hijos más que su mujer.

Una novela que habla de la asfixia y de las mil formas del “oxígeno”

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Empecemos por el principio, ¿cómo fue el origen y el proceso de escritura de El Papel Preponderante del Oxígeno?

Se originó por el incentivo de terceros que me instaban a escribir, a que probara escribir algo más, extensivamente hablando, que lo que venía mostrando: textos y relatos. El proceso fue irregular, con parates,  siempre forzado por la imperiosa necesidad de terminar la novela. La escritura y el trabajo en sí tuvieron un costo de esfuerzo muy grande, no hay forma de escribir si no se lleva al extremo una reconcentración en el pensamiento y en la sensibilidad, y en el shape puramente artístico de una obra, en este caso literaria.

Llama la atención esa suerte de titulares al comienzo de cada capítulo. ¿En qué momento tomaste esa decisión?

En un primer momento los había elegido como epígrafes de cada capítulo. En lugar de citar otros autores con frases estupendas como se suele hacer quise ubicar esas frases determinantes que yo tenía en documentos aparte como descarte o sentencias que me ayudaban conceptualizar, a atar y cinchar la novela.  Luego con mi editora, Maga Etchebarne, pensábamos en titular o no los capítulos y a ella se le ocurrió que podía ir en una página anterior como título de cada libro. Finalmente cada titular también lo dice Rose, como comentarios a cámara en un documental. Como en otro tiempo.

La protagonista parece estar siempre acechada por la soledad, sin importar la compañía de turno, como si los hombres fueran algo que está de pasada. Me gustaría explorar esta idea.

Rose fue desde un primer momento un personaje que no quería conectar, que quería ser duro, mucho más duro que lo que yo puedo ser, en cuanto a alter ego experimental suelen ser mis personajes. Por eso prescinde de los hombres, como atajo a una supuesta libertad por una lado, pero por otro para llevar al extremo mi hipótesis de que el malentendido entre mujeres y hombres es constitutivo y no tiene salida posible. Entonces Rose es más libre pero tal vez porque no puede ser entendida por los hombres ni entenderlos.

Con José cae en la trampa del amor, de la necesidad, de la ternura, de la comodidad y del compromiso.

La década del noventa, para un amplio sector de la clase media, fue una época donde parecía que era posible tenerlo todo, aunque uno no tuviera claro qué era aquello que deseaba. Un tiempo marcado por lo efímero. ¿Qué te interesó de ese período histórico para utilizarlo en la novela? ¿Qué sentiste que podía aportarte más que otra época?

Esa época es fascinante para mí porque no puedo más que yuxtaponerla con mi juventud. Desde ahí, puedo teñir el menemismo con una pátina vital y soñadora. Fue la época donde más acaté los símbolos, que por suerte, con el transcurrir de los años fui arrojando como papelitos de caramelos abiertos y comidos. Y los símbolos de mi juventud tenían que ver con lo teatral de la época, con el consumo, con la estabilidad, con la modernización y con la crítica fácil. Con Menem como objeto de burla. El crédito hipotecario. La frivolidad y la creación colectiva, el amor y la intimidad como progresos individuales.

Por supuesto que en diciembre del 2001, con el campeonato de Racing, que significó el fin del relato familiar de pertenecer a una casta sufrida, postergada, hechizada, pero creyente, más la crisis de diciembre, que me dejó endeudada en dólares, se terminó mi juventud.

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El sexo, en ciertos pasajes de la novela, se muestra como una droga -o varias-, cuya dosis se necesita para calmar un vacío, una dosis que necesita aumentarse, relaciones que se vuelven sobredosis. ¿Qué podés comentarnos acerca de esto?

El sexo es el sexo de una mujer que no forma pareja, que tiene citas, que le gusta seducir y ser seducida: cotizar en la bolsa de la seducción. La sexualidad de Rose madura, no sólo por mi necesidad narrativa de acumular y darle vuelta a la tuerca de la historia, sino porque Rose no es ingenua y porque no quiere aburrirse. A Rose no le va mal en el sexo, aprende a gozar y aprende a practicar el sexo, bien, y a entender el poder que le da. Allí es cuando se iguala a los hombres y cuando el intercambio sexual es tanto una gimnasia como uno de los determinismos biológicos más misterioso y sofisticado.

Hay un aire de -des-esperanza en la novela. Nietzsche decía que la esperanza era el peor de los males ya que prolongaba la agonía. ¿Cuál es tu opinión acerca de esto? ¿La sentís más como salvación o como cárcel?

Ni como una ni como otra. Siento la esperanza como anestesia placentera. La esperanza en relación a seguir con vida es constitutiva. No hay yo sin mañana. La desesperanza acerca de la felicidad, del orden es resultado de haber observado lo suficiente.

Asististe a un taller de narrativa, espacios que suelen estar puestos en tela de juicio más de lo que se debería ¿cómo fue tu experiencia? ¿qué sentís que fue lo que más te aportó?

Me aportó los primeros lectores. Me aportó la experiencia de la escritura colectiva que se da por ósmosis en el taller. Y por otra parte la necesidad de despegarse y diferenciarse de los otros escribas. Me aportó trucos estéticos y estilísticos. Me aportó mini dogmas. Me aportó la posibilidad de perdonarme no ser única, ni yo ni mi época ni mi procedencia, y a la vez, de sentirme única. Me aportó romances, amigos y buenas recomendaciones de lecturas.

¿Cómo funciona la memoria –olvido y recuerdo- en tu literatura?

Mi literatura es un combo memorístico de la belleza que yo ví y de las cosas que leí. Todo es un gran evocación pero la red que uso es la técnica de la escritura y de la novela, el inconsciente ingobernable que se cuela, la ficción como anticipación de un futuro posible dentro de la eternidad, y las premoniciones que aparecen por tanto abusar del tiempo. Y por último, mi requisito: me tiene que hacer reir.

Al final del libro encontramos un listado de sus influencias, ¿qué te llevó a incluirlo?

Quería agradecer a las personas que me ayudaron con el proceso, personas de carne y hueso. A medida que avanzaba con la lista aparecían esas otras que rondaron todo el momento de escribir el libro, que en un punto eran tan o más entrañables que los que ayudaron en forma directa. Era otra forma de agradecimiento, pero para no quedar tan sentimental y abstracta (“le agradezco a la vida”) preferí enumerarlas y no agradecerles explícitamente.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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