La providencia está ausente

                 Ángel Díaz

 

Releyendo escrituras reflexiono sobre la pendularidad del ideal del gran vehículo: compasión para todos los seres. En la enseñanza del loto (en todas las cosas verás verdad) y en la enseñanza de la corona de flores (en la verdad verás todas las cosas). Releía además, las páginas de Nacer Mujer en China (Xinran Xue, 1989) con la presencia emergente de mi ex jefa, Pan, merodeando recovecos de mi psique. Una noche en Shinjuku, cerca de la máquina expendedora azul discutimos muy fuerte (fue en japonés, esa lengua que poco tendrá de chino) podría imaginar las múltiples aristas de los caracteres por mi pronunciados emanando plurales cadencias en su discernir ideogramático nativo hasta permear hiriendo la fina y delicada tela de lo invisible; por más que esa noche me dijo, nos estamos entendiendo, el stress acumulado por frustraciones personales y un matrimonio semi bogus con un neet seguramente la empujaron in crescendo hasta darme bandera negra y que el libro en mis manos (esta joya) recomendada a mí por un docente de idioma japonés judío (Andrés Mena) este fantástico manifiesto del corazón de la mujer china, no se detenga en dejar entrar lo que queda de mi por la puerta rota hacia el umbral del recuerdo y la apatía en relación a otros de los suyos con quiénes me conocí también aquí, en la tierra donde nace el Sol.

 

Pronto a beber (suelo preparar cuatro o cinco diferentes variedades por día) trabajo en la traducción del Sutra del Té, obra en manos del llamado Santo del Té, reviso la genealogía del cine búdico (como novedad, la trilogía de la enseñanza secreta dedicada a Kukai, o Kobo Daishi con la última parte que retrata su vida a ser estrenada en Febrero de 2018) ingiero un chai original indio y este me seduce con su delicado y áspero aroma a canela picante (y todo lo que ello deparará) recordando adrede, la llamada de Yoshimoto consultando por la entrevista que contemplamos llevar a cabo con Damian Blas Vives en su próximo viaje a Japón y sigue aún en el tintero; es por demás encantadora, Banana. Mi teléfono sonó a los pocos minutos; era Sakamoto, un ex empleado de mi empresa quién me pedía encontrarnos en el restaurante Gasto lindante a la salida Yaesu de la estación Tokio. Desde Ikebukuro, pasando por Akihabara logré encontrarme con Makoto. El humo del cigarrillo y sus enigmáticas figuras en su casi decir, sumando los cafés llevaron a una charla en relación con la empresa que compartimos, el semi lisboeta me describía el fruto de disposiciones empresariales oscurantistas que yo no había compartido y su relato emplazaba algo así como, una alegre aventura en el Titanic. Sakamoto se retiró de improviso prometiendo una siguiente llamada, algo quedaba en el tintero, algo delicado. La Embajada de España me contactó para entregarme las entradas para el concierto de Akino Arai y me fui cantando bajito. Brillaba la hermosa noche tokiota.

 

Conocí a U en el barrio gay, donde trabajé durante veintisiete meses o algo así (siendo u, la nomenclatura de su nombre en lectura nipona) era un chico delicado, fino, sus rasgos no eran de la isla. Hablaba muy bien inglés y solía preguntarme por aspectos de la cultura occidental que para el remitían a un contexto seductor de libertad. Las comidas que compartimos, las charlas en las que caminando por el barrio para homosexuales compartíamos incluían a T, un tailandés con quién contemplábamos fotos del Buda esmeralda y además del viaje a Singapur e Indonesia que juntos hicimos, nos revelaba aspectos terabata y del ocultismo siamés, en especial sobre los fetos revestidos en láminas de oro a quiénes, mediante ritos esotéricos se les encomendaban misiones. Parece ser que en Hong Kong este boom del ocultismo siamés procuro situaciones algo fuera de control, dado que al no dialogar certeramente con los malvenidos resulta que dichos espíritus repentinamente se revelaban en contra de sus amos causando brutales venganzas (el caso llegó a la primera plana de Hong Kong y un policía fue detenido, las fotos de los fetos revestidos en oro incautados por la policía superan cualquier guión de horror asiático habido y por haber). Entre tanto esas solitarias calles de Nichoume (la zona roja) nos llevaron también a dar con el célebre café comunista sudaca (que bien retrata Mat Chiappe en un artículo para Anden) donde compartimos charlas entre otras cosas que acortaban mutua distancia. Algunos clubs privados de sospechosa fachada decoraban entre sex shops y reflejos de ojos dorados, un aire algo misterioso que se sentía por el lugar donde alguna noche camino un Mishima errante y algo secreto, también. Fue durante una cena en la que me encontraba revisando unos artículos de cine de Guillermo Quartucci junto a U (quién me declaraba su admiración absoluta por Guillermo) que lo dejé interceder en mi obra pronto a ser publicada llamada Nuevo cine búdico: La pantalla vacua. El título estaba inspirado en La pantalla vacía, un escrito de Quartucci dedicado al cine japonés que no veían ni los argentinos de la UBA, y U me explicaba por debajo de la mesa profundos conceptos del budismo chan enraizados, paradójicamente, con pasión tras el paso de Bodhidarma por su mismo pueblo.

 

Los días pasaron y una nieve áspera cayó en Tokio. A fin de que me devuelva mi copia autografiada de El Señor de los venenos volvimos a encontrarnos y por esos días me confesó la muerte de su mejor amigo en China, a causa del VIH. También hablamos sobre las estudiantes de intercambio chinas que aun siendo menores se prostituyen en sopas a fin de poder adquirir un Iphone 8 y pagar la cuota escolar (al tocar tales temas, recordaba una frase de Quique Symns proveniente del libro que transportaba en mis manos: yo me ganaba la vida honestamente vendiendo cocaína). El trabajo que compartimos con U, como traductores en tiempo real (algo así como cantaniños alquimistas) entrelazó una amistad en la que pude observar la nobleza y categoría de su persona, el día que me case no falto un hermoso regalo de su parte. Su impecable traje gris de seda chijimi emanando un aura solitaria de ojos como con alguna pena, que rodea a todo homosexual; de su parte sin falta, las preguntas acerca del barrio chino de Belgrano, la carne argentina. Su deseo de visitar el país. En el estante, el ideograma de lealtad se desdibujaba detrás de un libro dedicado a los leales ronin: al morir el líder se lo seguirá con la propia muerte, rezaba un párrafo. En una visita a la embajada de Italia al contemplar su hermoso jardín encontramos una piedra que detallaba que uno de los cuarenta y siete se había quitado la vida en ese mismo punto, observé en los ojos de U un brillo. Nos indicó el dato histórico un hombre bastante elegante quién se presentó como descendiente del ronin en cuestión; con el debatimos la lealtad y sus pendularidades, pero el concepto proviene pretéritamente del general chino a quien un templo se le dedica en el Barrio sinocéntrico de Yokohama. Las historias de suicidio por lealtad nos resultaban atractivas y difícil era evitarlas al caminar por Nogi-zaka. La colina del General Nogi.

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Mi esposa me llamó una tarde antes de mis clases de sánscrito y discutimos sobre mi actual situación en la empresa. Luego del entredicho con mi jefa china determiné que sería mejor alejarme de ese lugar y negociar nuevos proyectos. Los días que compartíamos con U me llevaron a comprobar que él se percataba completamente del malestar que provocaba la jefatura de Pan y Tei, las ejecutivas chinas (la primera había recibido la compañía de cinco hermanos antes de que la ley china sea modificada, por ende su familia empobreció fatalmente por la multa que se obligaba a pagar a quiénes tengan más de un hijo; así fue que ella, de casta caída, había cruzado a Japón a buscar fortuna para revertir aquella misiadura). La visión de U era muy clara, me confesó que era homosexual y que serlo en china había sido un surrealismo como quizá podría serlo en cualquier parte del planeta, solo por un detalle algo estridente: sus padres habían armado un plan para casarlo por obligación y esa tarde decidió escapar de su casa saltando desde una ventana, arriesgando su vida para demorarse algunos días de torrencial lluvia atravesando prolongados kilómetros a fin de depositarse en una cueva donde según cuenta la tradición, fue el lugar donde se iluminó un monje tamil adepto a la escritura sagrada del ascenso a Lanka. Cuenta la leyenda en relación con la iluminación de Bodhidarma que esa luz que no es luz y que es la mente, dejó su rostro gravado en la piedra frente a la cuál meditaba (esto impactó profundamente al filósofo que dió por muerto a dios, es sabido). La piedra aún se conserva, la he visto en mi viaje por China. Desconozco como U se sintió al ser golpeado brutalmente por su padre en relación con las obligadas nupcias, más pude comprobar con pavor las cicatrices que quedaron luego de lastimarse durante el desesperante viaje de escape hacía la zona shaolin donde se encuentra la cueva del Damo.

 

Luego de algunos días recibí una llamada desde el interior del país y nuevos proyectos llegaban para refrescar las situaciones tormentosas. La partida de la empresa resultó dolorosa. Hablamos con U una tarde en una calle muy angosta y le indiqué: debía eludir cualquier conflicto con las doncellas chinas, que en cierto modo me habían emboscado por celos. Esa tarde permaneció callado. Le expliqué el tema, las chinas habían jugado sucio en mi contra, pero él no debería involucrarse, de hacerlo su estancia en la isla correría peligro y si retornase a China quizá debería comparecer nupcias con una mujer. Su pálido rostro se encendió y vi una expresión soteriológica, casi mahayanica que no pude comprender desde lo conceptual, detrás de sus ojos vacuos, ideogramas de los más bellos trazos, quizá. Los días pasaron y mi viaje a la prefectura de Iwate en tren bala para encontrarme con la solitaria figura otrora ausente del escritor-bodhisatva Kenji Miyazawa quitó de mi mente a la empresa, sus embrollos y a todos en relación a ella. En Sendai participe del aniversario búdico y comencé a trabajar el campo tal como si cargase un relicario: trabajo de granja; el esfuerzo conjunto me unificaba a la tierra japonesa y olvidaba la pesadilla del yo (implore a los más de treinta y tres cuerpos transformados de Kannon que vacíen mi corazón). Las tardes de lluvia luego de una visita al cementerio bajo un cielo encapotado mostraban los enormes arrozales ya crecidos como prolongados campos verdes de eterna belleza (o-jodo) un oasis crepuscular en este mundo. Kukai decía que el paraíso es en este mundo, recordé. En las aguas termales recibí un llamado, era Sakamoto con intención de finalizar la charla en el café de Tokio, miré por la más grande ventana de las termas cercana a una angosta cascada, la voz de Sakamoto resonó: a pocos días de irte U renunció a la empresa.

Sobre El Autor

Ex docente FFyL UBA; Traductor en Japón desde 2007.

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