La India siempre ha maravillado. Su genio inagotable no conoció fronteras, se expandió a Oriente y Occidente. La literatura, entre muchas manifestaciones artísticas de aquel país, llegó a nosotros en su forma original o bien adaptada a lo largo de su camino hacia Europa (tanto que muchas veces desconocemos nuestra deuda cultural para con esa nación). Algunos monumentos literarios indios, sin embargo, extrañamente permanecen desconocidos en el mundo hispanoparlante. Éste es el caso de los Cuentos del Siddhi-kur, una zaga de historias concatenadas, que en Asia sorprende a una generación tras otra de niños, desde hace centurias.

Como en Las Mil y Una Noches, existe un relator, el Siddhi-kur, y un escucha, el Príncipe. Éste intenta llevar al Siddhi-kur hasta los pies del sabio Nagarjuna. La dificultad radica en que no debe pronunciar palabra durante su travesía, pues si así lo hiciera esta volvería a su sitio de partida. El Siddhi-kur no opone resistencia a su traslado, antes bien utiliza su tiempo para narrar, de propia inventiva, alguna historia encantadora. Tarde o temprano el Príncipe no puede evitar intrigarse en la narración y entonces pregunta algo.

La respuesta por supuesto no llega. Su viaje vuelve a empezar, y con él claro, surge una nueva y encantadora historia del Siddhi-kur.

Bajo el aparentemente inocente esquema, se esconde en realidad, la teoría india de la reencarnación. El momento final de esta vida condiciona el inicial de la próxima. Quien quiera salir del samsara (la rueda de muertes y renacimientos), deberá en el instante último identificarse con la luz. De tentarse, en cambio, con una forma sensoria, el resultado sería una nueva reencarnación.

El presente capítulo, es la segunda parte de la introducción a los personajes (si se perdió la primera, lo invitamos a retomarla en: http://www.revistaseda.com.ar/seda_17/nota_08.htm). Como ya nos tiene acostumbrados, Irene Lo Coco ha realizado la bella adaptación inaugural a la lengua española.

Hacia el norte rumbeó el Príncipe, hacia el norte en una línea recta, como vuelan los cuervos. Y el camino se hizo duro y peligroso, y en muchas ocasiones no encontró refugio ante la lluvia y la noche. Y cuando hubo recorrido un centenar de millas, se encontró con un profundo, oscuro y misterioso valle. Bien sabía que era ese el punto en donde Nagarjuna le había advertido que se encontraría con su primera aventura. Asiendo fuertemente el saco, el hacha, la cuerda y la canasta, comenzó a descender por las rocas y a cada paso la oscuridad iba ganando terreno. Las piedras sueltas resbalaban bajo sus pies, y del fondo subía el sonido rugiente de un río turbio que por allí pasaba. Finalmente llegó a la orilla de este arroyo y se quedó allí parado un momento, extrañado ante el ruido y la velocidad de sus aguas y ante la semi-oscuridad que lo rodeaba. De pronto el rumor del río se hizo más y más fuerte, y de las profundidades surgieron unas grandísimas criaturas fantasmales, muy altas y feroces, que se abalanzaron sobre el Príncipe como si quisieran matarlo.

Estos son los espíritus de gigantes que vivieron aquí hace mucho mucho tiempo. -pensó el muchacho recordando las palabras de Nagarjuna– ¡No debo temerles!

Y cubriéndose los ojos con un brazo, esparció algunos granos de cebada mágica

en el aire y esperó, escuchando atentamente. El extraño y fantasmal sonido fue desapareciendo. Incluso el rugido del río pareció hacerse más distante. Esperó el Príncipe unos minutos aún con el brazo cubriendo sus ojos hasta que ya no se escucho nada. Entonces miró a su alrededor y notó que ya no estaba en el fondo del oscuro valle con el turbio río corriendo a su lado. Para su asombro se encontraba, en cambio, en la cima de una colina con el sol brillante y cálido sobre él, con un prado amplio abriéndose delante. Miró hacia atrás, y allí estaban las profundidades del valle y del turbio río; volviéndole la espalda suspiró aliviado.

¡He aquí la primer aventura superada!- se dijo a sí mismo, y comenzó a caminar.

Una vez más se encontró con largos caminos, muchas veces duros y peligrosos, en otras ocasiones más hospitalarios y placenteros, siempre dirigiéndose hacia el norte en línea recta. Cuando hubo recorrido otras cien millas el Príncipe, ya muy cansado, se encontró con la segunda aventura.

Había llegado a otro prado de altos pastizales, con un pequeño afluente serpenteando en el centro, y en el borde de éste se paró el joven preguntándose porque el sol que hasta hacía un momento estaba alto y brillante de repente parecía apagarse. El suave susurro del agua se tornó de pronto estrepitoso, el aire oscuro y tenebroso, y de los altos pastizales surgió una horda de horribles espectros. Eran pequeños y vagos, pero sus rostros eran desagradables y pululaban alrededor del Príncipe de a montones, abrumándolo. Respiró profundamente y se dijo:

Estos deben ser aquellos de los que me habló Nagarjuna: los espíritus de enanos malvados que vivieron y murieron hace mucho mucho tiempo.

Se cubrió los ojos con un brazo y con el otro esparció los granos de la cebada mágica, escuchando atentamente. El sonido del arroyo pareció extinguirse, como así también el ruido de los fantasmas. Y cuando el Príncipe miró a su alrededor se halló del otro lado del pequeño afluente, con la tibieza del sol en el rostro.

¡He aquí la segunda aventura superada!– pensó, y prosiguió su camino.

Dirigiéndose todavía al norte, y del mismo modo que antes, se encontró con que el camino era diez veces más difícil. Trepando accidentados peñascos, o atravesando extensos desiertos, sin agua ni descanso para sus cansados pies, -tan solo arena, arena, arena y un incansable viento-. Siguió, sin embargo, con voluntad de acero hasta que habiendo cubierto otras cien millas se encontró con un hermoso jardín. A medida que se acercaba pensó que nunca antes había visto algo tan encantador. Extrañas y brillantes flores crecían en él, llenando el ambiente de una dulce y suave fragancia. Aves con plumajes de vivos colores y melodioso cantar se mezclaban entre las flores y la frescura del agua de la fuente. El Príncipe recorrió los pasillos encantado, bebiendo toda la belleza de aromas, sonidos y colores y finalmente llegó a la gran fuente de aguas cristalinas, y a su lado había un banco de mármol en el cual se sentó. Pero apenas se hubo sentado, sintió de pronto un cansancio extremo, y el sol que hasta ese momento brillaba desapareció y dio lugar a la semi oscuridad. El sonido del agua chapoteando en la fuente se hizo más y más fuerte, y se escucharon también murmullos y susurros de agudas voces y pequeños pasos, y movimientos detrás de los arbustos. El joven miró a su alrededor y se paró para ver mejor, y detrás de cada flor y arbusto vio una pequeña forma brillante y hermosa.

¡Oh, bellas, bellas criaturas!- exclamó el Príncipe. –Pero no debo mirarlas, pues deben ser ustedes aquellas de las que me hablaron: ¡los fantasmas de niños que vivieron y murieron mucho tiempo atrás y que fueron olvidados!

Lentamente y un poco reacio, el Príncipe se cubrió los ojos con un brazo, y con el otro esparció algunos granos de cebada en el aire y esperó. Los agudos y sedosos sonidos se desvanecieron, el agua se aquietó, y cuando por fin abrió los ojos se encontró parado del otro lado de la fuente, con el jardín detrás suyo y una abundante y fresca arboleda por delante. ¡Y parado en el primer árbol, mirándolo fijamente, se encontraba el Siddhi-kur!

El Príncipe lo reconoció enseguida por su cuerpo del color del más brillante oro y las más verdes esmeraldas, por su cabeza de perlas y por la bella corona también de oro sobre ella; y cuando el joven se acercó, el Siddhi-kur se dio la vuelta y comenzó a correr. Corriendo detrás suyo y adentrándose cada vez más en el bosque, llegaron finalmente a un gran árbol de mango al cual el Siddhi-kur trepó velozmente, y allí en su frondosa copa se sentó, mirando hacia abajo y riendo satisfecho.

El Príncipe frenó un instante, tan solo para recobrar el aliento, y luego sacando su hacha, la elevó por sobre su hombro diciendo:

¡Oh, Siddhi-kur, baja ya! Nagarjuna, el ermitaño, te necesita. Baja ya, te pido, o sino tendré que usar a Luna Blanca, mi hacha mágica, para derribar este hermoso árbol.

¡No! ¡No lo hagas!- exclamó el Siddhi-kur, aterrorizado por el hacha en alto. –No derribes mi hermoso árbol de mango con tu Luna Blanca; prefiero bajar yo.

Baja entonces, ¡rápido!– dijo el Príncipe, haciendo a un lado su hacha y tomando el saco y la cuerda.

El Siddhi-kur bajó enseguida y se paró al lado del Príncipe, temblando de miedo.

Verás,– le dijo éste –es inútil que te resistas, porque tengo conmigo este saco mágico que aunque parezca pequeño, tiene el suficiente espacio para albergar a cientos de criaturas. Viajarás sobre mi espalda entonces, el cuello de este saco atado a tu cuello con mi cuerda mágica de miles de hilos, cada uno de distinto tipo y suficientemente fuertes como para atar a un lobo salvaje. No temas, entonces, ven conmigo y podrás vivir feliz en la gran montaña, junto a Nagarjuna.

El Siddhi-kur suspiró profundamente.

Resistirse es evidentemente inútil,– dijo –ya que tienes el hacha, el saco y la cuerda. Súbeme a tu espalda entonces y comencemos el viaje, si no puedo cambiar mi fortuna, entonces hagamos lo mejor de ésta.

El Príncipe estaba rebosante de alegría ante el éxito de su misión, y se preparó enseguida para retomar el camino a casa. Muy orgulloso y satisfecho estaba, y comió un poco de su torta mágica, y estando mucho más tranquilo, caminó con bravura por las más difíciles rutas, aguantando el peso en su espalda.

Luego de haber recorrido un largo trecho en completo silencio, el Siddhi-kur habló:

Para decir verdad,- dijo –el camino es largo y ya estoy bastante cansado. Te suplico, Príncipe, cuéntame una historia para que las horas se pasen más rápido.

Pero el Príncipe, recordando las palabras de Nagarjuna y su advertencia de no abrir la boca ante esta criatura, sacudió la cabeza en negativa.

¡Oh! ¡El Príncipe es sabio a pesar de su corta edad! Ha aprendido la lección del silencio… Mantén, entonces, tus pensamientos para ti, pero como aún puedes escuchar, te contaré una historia, un cuento maravilloso que nos hará pasar el tiempo más rápido y ameno. Solo tienes que mover tu cabeza en afirmación si así lo deseas, y comenzaré el relato.

El Príncipe estaba ahora muy casado, y también él sentía que las horas se hacían largas.

Seguramente,– pensó –no haré ningún mal por escuchar simplemente, y quizá el Siddhi-kur me cuente realmente una maravillosa historia.

Entonces afirmando con un simple movimiento, el Siddhi-kur comenzó a contar.

Textos de la siguiente obra
MYERS JEWETT, Eleonore; Wonder tales from Tibet; Little, Brown & Co; Boston; 1922

Traducción al español por Irene Lo Coco

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