En la poética de Diego Alfaro Palma, la naturaleza cumple un rol dominante, y junto a ella el amor, la infancia y la familia traman un tejido en el que no quedan afuera la política ni la reflexión sobre escritura y belleza.

Nacido en Limache, Chile, en 1984, creció en un jardín poema creado por su madre, entre cantos e historias de mares y barcos perdidos. “El amor es la práctica de lo salvaje”, sentencia el poeta. Y arroja, entre otras cosas, una visión crítica en torno a la liviandad de cierta poesía contemporánea que permite una domesticación del lenguaje. En su ars poética, declara, late la intención de “hacer de un poema una capa geológica, un farellón desde el cual leer la costa”.

Presentamos aquí Litoral central, su nuevo libro publicado en Chile y Argentina por Pez Espiral y Audisea respectivamente.

 

Estoy seguro de que él buscó todas las soluciones
y que podía beber en el cansancio de los ojos
la sal de las desembocaduras
playas desiertas donde pescar”

Richard Brautighan y La pesca de trucha, Christina Ricci en Búfalo 66, Bolaño, Charles Wright, Zurita, Roberto Matta, un canto selknam… ¿En qué términos concebís el trabajo con la intertextualidad en tu poética?

Para mí es completamente natural, es incluir la lectura como un acto cotidiano más, y sumarla en un proceso creativo, es una manera de dialogar con ciertas obsesiones, con los temas que circundan la escritura; para mí puede ser la mitología selknam, el libro de Brautighan, alguna investigación sobre geología. Por ejemplo, Litoral Central en un momento se pensó como una reescritura de la película de Vincent Gallo Búfalo 66, pero pronto abandoné esa opción, me estaba yendo al carajo, ya que los personajes daban más para discutir la construcción de una intimidad que seguir ese plan demente: el hecho de construir una vida con otro, y en eso surgió una exploración mucho más profunda de la cotidianidad, de las estructuras de pensamiento que se ponen en juego: cómo fuimos criados, las historias de los países donde crecimos, la geografía, la educación y también el hecho de elegir de qué objetos nos acompañamos en esa aventura. Litoral Central lo veo como ese epígrafe que elegí de las conversaciones del pintor Roberto Matta: un poeta es quien repara cosas, cualquier cosa, y su meta es crecer, salir cada vez más fuerte de la inmersión en las fosas abisales.

Los que no tuvimos una infancia con efectos especiales / buscamos un café en medio de la noche con barcos cargados de / semillas”, “El mío es un niño tímido que juega solo en un jardín / araña la tierra para crear un río falso y siembra cebollas en miniatura / para alimentar a sus soldados”, ¿cómo se construye la infancia del poeta?

Ese es un tema bien delicado; por ahí Andrés Urzúa –quien fue el editor de la edición chilena del libro- decía en la contratapa que construir una infancia verosímil debiera de ser una premisa importante del ejercicio de la escritura. Creo que si algo es verosímil es porque es honesto y si es honesto es porque pones a conversar a todos tus monstruos en la página, a todos tus miedos, tus fracasos personales y sobre todo los emocionales. Para mí este libro fue encontrarme con ese niño que jugaba solo en un jardín en Limache, que prefería mil veces pasar horas moviendo soldaditos que jugar un partido de futbol o salir al barrio a encontrar a otros niños. Bueno, encontrarme con ese que fui me ha permitido entender ese que soy y el por qué protejo con llaves mi mundo interno o por qué me cuesta expresar determinadas cosas en el cotidiano. Siempre les digo a los que hacen taller conmigo que en el poema no hay que guardarse nada, porque es un espacio de libertad total, es un lugar para abrir cajones, no para cerrarlos.

Sin duda la naturaleza ocupa un lugar central en tu poética, en este libro hay plantas medicinales, montañas que se deshacen cada verano, aguas vivas, estrellas de mar… “En la alfombra creo reconocer el bosque del que estás hecha / te digo hay robles peumos y boldos para regenerar la tierra / y una flor de azar me respondes una flor de azar una flor de azar / y me calmo”. También el amor, que por momentos se entrelaza con natura, tiene un rol fuerte en estas páginas: “… nunca había salido con una / mujer tan hermosa tengo todas estas semillas brotando en mis / bolsillos hagamos un almácigo…”. ¿Hay un tándem entre amor y naturaleza?

El amor es la práctica de lo salvaje. Qué más radical que explorar un territorio desconocido que empezar a conocer a otra persona. Y como te decía antes en ese desarrollo de la escritura -que también es el desarrollo de un relato personal- uno se ve envuelto por una morfología, por un paisaje mental con el que uno creció. En el cuerpo del otro están los naranjos madurando, los trigales moviéndose con el viento, el sonido de los caballos pastando. En el de uno, el mar revolviéndose, el eco de los fuegos artificiales rebotando entre las montañas, los peumos botando su flor.

En mi caso particular se da el hecho de que mi pareja, Claudia, es una gran ilustradora de plantas y animales (ella es la que hizo la tapa de la edición de Audisea y las ilustraciones de la edición chilena); el espacio en que vivimos más parece un gabinete de curiosidades que un departamento, lleno de caracolas, semillas, libros de animales, plantas y sus dibujos; nuestro espacio es como abrir Litoral Central.

En el poema que da nombre al libro, “Los movimientos maquinales horadan la piel de los riscos”, “Bancos de residuos químicos diseñan su propia existencia”, “También hay días que son como un derrame de petróleo en Quintero” y “La política acuerda una hidroeléctrica”. La naturaleza, que “se articula en una serie de relaciones”, ¿qué diálogos establece con la política?

Un territorio es una capa de fuerzas humanas, animales, vegetales y minerales. Es la acción de los elementos en la materia y también la acción de todo ello en el pensamiento. El poema “Litoral Central” es un recorrido por esa zona de Chile y para mí era imposible no contrarrestar mis descubrimientos sobre esas capas con los acontecimientos históricos que allí ocurrieron, de no contrarrestar críticamente los resultados una política en ese espacio: la contaminación, la guerra, los desaparecidos de la dictadura, la destrucción de las fuentes de pesca, etc. Y me parece que esa es una tarea fundamental de la poesía: trabajar con la mayor cantidad de discursos que pretenden definir lo real, desarticularlos, traer de vuelta belleza o al menos una imagen que salve un fragmento. Hoy por hoy hay mucha liviandad en la poesía, mucha falta de profundidad, falta de elementos críticos y eso permite que se domestique el lenguaje; eso también permite que discursos igualmente livianos, pero inhumanos en su accionar, puedan instalarse políticamente y sentir que el arte no le hace ni cosquillas, incluso que se sientan cómodos con esa liviandad: nada más lejos de lo que está pasando en nuestro continente. Es un proceso similar al que se vive en las artes visuales, sólo hay que ver el vaciamiento que se produjo ahí y lo doméstico que resultan muchas experiencias estéticas: la verdad es que para animales domésticos, mejor uno se va al campo. Y eso está pasando muy fuertemente en Argentina, y lo digo porque he estado dando charlas y vendiendo libros por distintos lados del país y mi tema es la poesía chilena, y ahí llegan muchos jóvenes buscando otra fuente (que tampoco creo que sea la salvación), pero que ofrece otra manera de hacer poesía para hablar de lo que está pasando, que es fatal, y que en cierta forma se trata de romper con esa cosa tan naif e intimista light a la que llegaron ciertos referentes y que se vuelve insuficiente para dar cuenta de la debacle. No hablo de hacer panfletos -nada más alejado- sino que más allá de las prácticas personales, hacer que la obra dé cuenta y que no sea cómplice.

También la guerra civil de 1891 y el presidente Balmaceda aparecen en “Litoral central”, ¿dónde, más allá de las costas de Valparaíso, nace este poema?

T.S. Eliot en los Cuatro Cuartetos define mejor que cualquier filósofo o físico el hecho de que todos los tiempos están concentrados en el tiempo presente, que a la vez es tan fugaz como una bandada de pájaros. Eso también lo descubrí leyendo varias cosmogonías indígenas, es decir, el hecho que los antepasados están presentes en cada ritual y que se los convoca a través de la palabra o la danza -y que también ellos nos visitan en los sueños-. Hay un libro maravilloso de John Gray llamado La comisión de la inmortalidad que habla de cómo durante la modernidad la tecnología se generó en gran medida por la necesidad de comunicarse con los muertos o de romper las cadenas del espacio-tiempo. Y ese es el gran fracaso del racionalismo, que sus fundamentos están en prácticas completamente alejadas a lo que pretende establecer. Entonces, volviendo al poema, entendí que si quería hablar de las playas y de la locomotora de la vía costera, tenía que hacer que esta pasara junto a los pueblos recolectores que allí vivieron o junto a los campamentos de los soldados de la Guerra Civil de 1891, que fue un hecho decisivo en la interrupción de la transformación social de Chile. Balmaceda es su ícono, y hay mucho para hablar sobre él, pero lo que quería lograr era esa posibilidad de hacer de un poema una capa geológica, un farellón desde el cual leer la costa.

La familia es otra de las figuras presentes en tu obra: “Hay barcos que a esta hora zarpan desde Shanghái en uno de ellos está mi papá”, “Mi hermano mira por la ventana del tren enfoca esa imagen sacudirse”, “Mamá detente ahí la luz del sol es la misma que te iluminó hace treinta años”, “Mientras mi mamá cocinaba o le escribía una carta a papá yo me / sentaba a oír los temblores pasar bajo la alfombra”… ¿Qué relación encontrás entre familia y poesía?

Entre mi familia y la poesía no sé si hay tanta relación, más bien entre mi familia y la antipoesía; yo soy el único “humanista” de la camada, todos los demás rodean la biología o las matemáticas. Pero compartimos la gracia de ser buenos para reírnos y de que podemos discutir temas profundos sin exaltarnos; tal vez más que gracia eso es un don. Mi mamá es tal vez la más poeta porque además es la que trajo el canto a la casa, nos trajo a Violeta Parra y a Víctor Jara y a María Elena Walsh, entre otros. Y como ella ensayó durante casi diez años en el living con sus amigas terminamos interiorizando (aunque no quisiéramos) todas esas canciones del neofolklore. Y también es posible que el jardín que ella creó haya sido un verdadero poema para que nosotros creciéramos; mi papá por otra parte traía las historias del mar, de barcos perdidos en tormentas o de pueblos con costumbres extrañísimas. Pero al final, todos tenemos algo de poetas: mi hermano tiene a la fotografía y mi hermana la artesanía y la cerámica. Y por más que estemos todos en lugares distintos, la familia es la que te entrega las primeras palabras y son ellas las que te van a perseguir para bien o para mal toda tu vida.

En cuanto al acto de la escritura: “Escribir es captar la vida de las cosas cuando las dejamos de mirar”, ¿podrías desarrollar esa idea? Por otra parte: “No teníamos ni la menor idea de qué tipo de aparato era un poema / pero sabíamos que abrían partes de una casa a la que nos daba / miedo pasar”. ¿Cuáles son los miedos a los que la escritura te enfrenta?

Lo que yo me imagino con ese verso es que cuando uno escribe da con la relación secreta que hay entre un objeto y otro, establece ese “mundo circundante” como el que describía el biólogo Von Uexkull: una línea invisible une nuestro pensamiento con la materia y de ahí surgen una serie de enlaces a nuestra vida personal, a experiencias que creíamos perdidas en la memoria. Yo creo en eso que pensaban los mapuches del “alhué” o del alma de los muertos que circundan las cosas y que se quedan dando vueltas en una casa hasta que encuentran reposo y viajan a otro mundo. Y un poema es en cierta forma una especie de médium que nos contacta con esas zonas oscuras no sólo de ese plano, sino también del plano social. Hoy con tanta inmediatez y generación de datos insustanciales -pero de los que nos llenamos la cabeza- la energía de un poema, y su poder de convocar con los objetos a un mundo submarino, puede ser una verdadera bomba de tiempo, un llamado de alerta, una señal en el camino que nos llama a detenernos y a respirar de otro modo.

Si “El arte no es un remedio ni podrás salvar a ninguno si eso buscas”, ¿existe función, fin o utilidad del arte?

No creo que un libro de poemas pueda cambiar el mundo. No creo en el poeta como un ser venido del terreno de los dioses, ni con ninguna función metafísica. No creo en el poeta como un ser de boina listo para vociferar panfletos al aire. No creo en el poeta como una estrella de rock listo para putear al que se le planta enfrente. No creo en el poeta como un recitador de currículos y premios y toda esa faramalla. Tampoco creo en ese acto de vanidad infantil que es hablar de la intimidad como si afuera no ocurriera nada. Creo que si hay una función del poeta es la de mantener al lenguaje en un estado salvaje y al poema como un animal movedizo, un organismo que se escapa de las manos. No podemos cambiar el mundo, pero podemos abrir un portal que interrogue lo que estamos haciendo con el que tenemos y habitamos y que estamos depravando a la velocidad de mil misiles nucleares por segundo.

El libro cierra -en diálogo con In Memoriam de Raúl Zurita- con “Los sueños de los sueños de Kurosawa”, ¿cómo se constituye esa coda?

Esa coda fue una plaquett que se agregó a la edición de Audisea, pero que en Chile salió de manera independiente por Cuadro de Tiza y que pronto sale en España. Fue una idea de ellos, y a mí me gusta cuando los editores sugieren algo, porque al final un libro es una suma de conversaciones. No porque yo la haya escrito voy a tener, literalmente, la última palabra. Los sueños de los sueños nacieron en un momento de alienación galopante: escribí cada fragmento en mis minutos de descanso en el trabajo: me iba a una plaza, comía un sándwich o una fruta y comenzaba a escribir. De a poco me iban rodeando mendigos, niños de la calle, jubilados y empleados de limpieza. Era una fauna increíble que me acompañaba a pensar cómo sueñan las plantas, las sombras, el agua, los perros. Y Kurosawa con su película Los sueños estaba siempre ahí, una película que por casualidad vi de niño y me marcó muchísimo, y también estaba Zurita con sus reescrituras de esos mismos sueños del director japonés y al mismo tiempo mis sueños, la anotación de lo poco o nada que podía soñar y que tenía que ver con mis familiares muertos. Esa coda, Los sueños de los sueños de Kurosawa, fue no sólo un encuentro con esos maestros del arte, sino también con los antepasados, y un zambullirme en el sueño como en un agua mansa pero oscura.

Fotos: Juan Ignacio Alfaro Palma

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Jefa de Redacción durante años del portal Evaristo cultural, es actualmente editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; El ojo de la tormenta, y Metaliteratura -Argentina-, entre otras). Desde su rol docente, se dedica también al trabajo social.

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