Cuando salí de la cárcel, llegué a mi casa, miré mi casa, y le dije a mi papá: ‘ahora me acuerdo porqué empecé a robar’”, expresa un joven detenido de origen humilde. La referencia pertenece a Pabellón 4, película de Diego Gachassin realizada en 2017 y estrenada con buena recepción del público hace pocas semanas en el Cine Gaumont, y cuya historia gira en torno a una iniciativa poco frecuente en los contextos de encierro de la Argentina: el acercamiento del arte y la cultura a hombres catalogados de alta peligrosidad.

La cinta focaliza en el día a día de los encargados de llevar adelante un taller de filosofía, literatura y boxeo al que asisten 52 detenidos de la Unidad 23 del Complejo de Máxima Seguridad de Florencio Varela, en la provincia de Buenos Aires. Y profundiza en las historias, reflexiones, producciones, entrenamientos y también en las expectativas que estos tienen una vez que se hallen del otro lado de las rejas.

El escritor y abogado Alberto Sarlo le dio impulso a este espacio que hace de la educación y el deporte estímulos para el desarrollo personal y el fomento, en el mejor de los casos, de una nueva subjetividad que les permita vincularse positivamente en sociedad.

Carlos “Kongo” Mena, otro de los protagonistas, retorna al penal para cumplir con la promesa de brindar ayuda a sus antiguos compañeros de celdas. El trabajo de este ex ladrón, cantante y talentoso ilustrador, es fundamental al servir de nexo entre la formación crítica y la expresión artística que se busca promover y la dura realidad de los internos que observan en él a la figura de que la emancipación es posible.

La historia de Carlos podría replicarse en muchos miembros de la población carcelaria. Y aunque su pasado lo haya condenado, su presente lo encuentra (merced a la ayuda de Sarlo) contratado por el Ministerio de Justicia (por un magro sueldo, vale decirlo) para enseñar a personas privadas de su libertad, convirtiéndose así en el primer ex presidiario en cumplir esa función. Mientras, hace algunas changas para poder solventar sus gastos, enarbola en su cabeza nuevos planes de solidaridad y entona su hip-hop de denuncia para que lo escuchen desde las “tumbas” hasta las cercanías del río de Quilmes.

El discurso de Sarlo, por su parte, está a tono con un documental que se manifiesta sin paternalismos humillantes ni falsas esperanzas: “Yo no vengo a darles lecciones de moral. No sé cómo hacer para que ustedes dejen de robar”, se sincera e imagina el siguiente diálogo: “‘Acá tengo la receta para que no roben más y cuando estén cagados de hambre no van a volver a robar nunca más’. ‘¿Y cuál es la receta, Sarlo?’ ‘Lean a Bioy Casares’. ‘¡Andate a la concha de tu hermana, boludo!’”, grita con su vozarrón.

Como si tiempo y esfuerzo no les pesaran, Sarlo se divide entre su familia, su actividad en el derecho penal y el dictado ad honorem de estas clases donde se promueve la discusión de Derrida, Heidegger, Foucault, Sartre, y otros pensadores, entre detenidos ávidos de conocimiento y agradecidos porque pueden expresarse sin mediaciones y al menos contar sus propias experiencias de encierro.

Temas urticantes, como el castigo de la pena de muerte o la responsabilidad del Estado en la existencia del delito, surgen libremente en este Salón de Usos Múltiples, espacio fundado y financiado por este letrado platense, también fundador de la editorial cooperativa Cuentos, Verseros y Poetas, que se encarga de difundir el material artístico del pabellón.

Allí, ellos comparten no solo sus textos sino también sus turbaciones más personales: “¿Vos aguantarías ver a tu hijo descalzo en invierno?”, le dice un detenido a otro mientras le apunta con el dedo. A lo que este le responde con un gesto de entereza: “No, no lo aguantaría. Pero peor sería ver a ese hijo descalzo en invierno y a su padre en la cárcel”.

En contrapartida con la construcción del mundo carcelario que hacen los actuales medios, los cuales privilegian la exaltación de la violencia y la marginalidad, Gachassin (quien se ha encargado también del guion, la fotografía y la edición) prefiere apuntar en Pabellón 4 a una dimensión humanista del asunto. Y en los 70 minutos que tiene de duración lo hace con unas cámaras que registran los acontecimientos en su plena cotidianidad, sin sonidos ni subtextos agregados, mediante las voces de hombres que confían en las nuevas oportunidades, y sobre todo con la virtud de carecer de ese asalto emocional que en ficción y no ficción se ha impuesto a fuerza de tanto sensacionalismo.

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