Solo una cosa no hay. Es el olvido. Durante su ir y venir lo pertenecieron movidas literarias que no nos importan y hoy lo representan trozos de mármol, placas. Ostentan, el que fue su nombre parcial. No sabemos más, que los supuestos caminos, desbordamientos que estas pistas nos brindan para dirigirnos a la que fue su representación corpórea. Ese representante no confirma ser quien se supuso fue. Borges acepto ser la internet humana hasta que esta apareciera. Una internet que caminaba, semi ciega. El modem dial-up que hacía, de ruido, el canto de un ser electrónico. A 120 años de su natalicio diremos, semos (con «e»; el autor se omite a si mismo) lectores de Borges.

 

La primera vez que decidí leer a Borges sabía que en la biblioteca familiar existía un ejemplar de color naranja (color importante para mí, a posteriori) gastado, realmente deshilachado. Irradiaba luminosidad del arhat ciego. No sabía que la contingencia e increíble volición del universo borgeano abrirían su aleph dentro de mi cabeza en ese momento como un arco iris, un verdadero cambio de paradigma total, inmortal.

El cuento «El Inmortal» fue mi primera experiencia borgeana. Recuerdo ese cuento inyectado de realismo, la tremenda soledad, épica. Mejor que un filme. Cumplió la expectativa dejando el efecto de una sutil constelación frente al sorprendente uso del idioma por parte del autor, su estructura y la fuente de impresiones personales que este inyecta, invisiblemente (seguramente, mucho más también). Basto ese cuento para decidir que no deseaba un “Greatest Hits” borgeano, más leer todo su repertorio, completo. Una jornada que cambio mi vida. «Everness» y «Spinoza» son mis sonetos preferidos, inolvidables. ¿Cuentos? “El Inmortal”, “Los teólogos”, “Las ruinas circulares”, “El Informe de Brodie”, “Pierre Menard” (¡francés chorro!), “Juan Muraña” (siempre me provoco pánico este cuento, al imaginarlo por Hitchcock), “El evangelio según Marcos” (imperdible) y “El Sur” me impresionaron, perdurablemente. Para las seis cuerdas y el librito ¿Que es el Budismo? merecen mención con respecto a todo lo que un libro provoca, no solo respecto a su contenido, antes bien el contenido “satélite” o indirecto, de su existencia física (del ultimo diré que al Borges viajar a Japón le pregunta a un monje, si ha alcanzado el estado de cesación de percepción-latencias, a lo que el monje respondió que no podía explicar algo semejante en términos propios del razonar, es decir, con palabras. Mucho tiempo después entendí que dicho estado, en pali nirodha samapatti “cesación de fruición” es similar al pali utilizado por Borges en su pregunta, “nibbāna”. Nibbāna resultaría un coloquialismo de mística vacua, explicativo para referir básicamente, lo mismo. Estado sin estado, completa cesación, de arquetipos y esplendores).

Conclusivamente, Borges provoca el arte de no persuadir o fustigar a la capacidad para recordar. Dejarla suelta a su olear, dejar manifestar lo que ella desee. La analogía de los pájaros Jivatman y Brahman. El no forzar a lo primario que nos compone y que no funciona “a la orden métrica del estúpido reloj del siglo XXII. Entender la volición, contingencia, contemplando el ejercicio de la obra borgeana como un artificio para despertar la conciencia de todos y cada uno de los seres sintientes. De la internet análoga y caminante, al absurdo de forzarse a «todo esto». El ideal borgeano plantea el arte como volición/cesación, creación y su indispensable destrucción, al ardid de su propia contingencia. La premisa artaudiana de “no más obras maestras” de El Teatro y su doble, 1937 (claro, Borges y Artaud coinciden mucho, aunque a Spinetta le dijo, que no lo conocía). A nuestro querido taoísta Juanele lo desconoció, lo manifestó éter (“¿Es que de verdad existe?”). Un extraño aun bello cumplido. Borges siempre supo su propio destino y solo eso lo diferencia de otros. El resto son las puertas que encierran a su paso, los arquetipos y esplendores.

Sobre El Autor

Ex docente FFyL UBA; Traductor en Japón desde 2007.

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