(A Amalia Sato)

“Los vietnameros no hablan un chino entorpecido?” me dijo Albert mientras caminábamos fumando lento, por la capital. Me dirigía a la terminal, rumbo a Brasil. Todo se esfumaría en la ventana del micro. Retiro. Lo que buscaba, en esta muchedumbre latina, era una gema. La nueva situación política me empujaba. Algo inusual. La imagen fantasmal de Albert descalificando films y series animadas arbitrariamente no desaparecía. Esa amistad, esfumándose. Nuestras conjeturas sobre oriente se dejaban adivinar rasgando un velo. Lastima. Me encontraba sorprendido por los contornos orientales, el rojo latente de un lugar «perto». Inimaginado en el mundo. No podia quedarme en la esquina. Oscuridad. Me fascinaba estar en un lugar que “es sin ser”. La noche crucial vestía, su grave traje de luces. Ahi me dirigía. Okumi. Solo la vi una vez. Liberdade. Okumi es, la parte de adelante, de una mujer. Así se llama, al corte de la yukata. De lo poco que sentía de otras corporaciones, estaba aquello por la mujer japonesa. Que me seguia como polvo del cosmos. La yukata nace, como un traje para utilizar, al salir de las grandes piletas, duchas. De ahi, su enlance a lo vivido, fresco. Lo indigo. Extendiendo esa frescura. Lo bello. Lo único que recuerdo de otra vidas. Las mujeres tan hermosas por no ser. Azul. Solo pude enamorarme de mujeres. Japonesas. No encarnando el envase, de su belleza. Como si habitasen flotando. Delicadamente. Sin tocarlo. Sin encarnarlo todo, totalmente. Esa delicadeza japonesa, en su forma de asentarse, en esa belleza. Liberdade. Brasil. Buscando los rincones mas escondidos y menos pretenciosos. Barrio Libertad. La conocí en la roja puerta torii del Barrio. Lluvia. Conservo las flores (que nunca corte). En verano. Para observarlas. Las mangas de la yukata y lo vivido del color de una yukata o kimono, dependen de la edad y estado civil. Matsuri. El cuello del kimono solo se invierte. En un difunto.

Un día nublado. Por fuera, rasgos japoneses (distintos a los vietnamitas, a los coreanos). Delicados. Llevaba entre sus libros, el Auto da Compadecida. Sei Shonagon. Me encantaba ese lugar, que era realmente “sin ser”. Estación Japón, Libertad. Me fascinaba su juego de luces rebotando en mis ojos. Esta cultura. Esta mezcla de orígenes, lenguas, tradiciones. Replantearnos la existencia, entre suposiciones. Ser, sin terminar de “ser”. Sin ninguna certeza. Juntos. Siendo y dejando ser. Al mismo tiempo. Sigo conociendo todas la tardes, ahí, a la mama de mi hija.

Sobre El Autor

Ex docente FFyL UBA; Traductor en Japón desde 2007.

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