Drama queen de alma, Jotaele Andrade nació en La Plata en 1974. A los seis años se mudó a la ciudad de Azul, donde desarrolló una intensa labor cultural.

Su poética se despliega en torno a diversos ejes que constituyen el mapa de su propia simbología: la abeja, la existencia, la piedra y el polvo, el metal, la avidez de la vida, la máscara, la flor, el cuervo.

En cuervo negro, cuervo blanco, publicado este año por añosluz, la mitología ocupa un lugar central y es también punto de vista, perspectiva desde la cual el poema dice. La fe, el amor y la muerte, pilares de su obra, no faltan tampoco a esta cita.

“Desde que hice un tajo en la tierra y puse agua y peces sabiendo que estaba creando un arroyo, la ficción poética es mi realidad de mundo”, dispara Jotaele, para quien la teoría de las cuerdas bien podría ser su teoría del alma: “un filamento de energía que vibra y da todas las partículas elementales que conocemos, desde la materia de lo real hasta la materia de la energía que emanamos”. 

 

Empecemos por el principio: ¿por qué la figura del cuervo?

Es un ave que lleva un tocado mitológico y es un animal que existe. No es el Fénix o el Unicornio, que incluso van en sentido opuesto. Difundida en diversas culturas. Y en casi todas lleva, además, un halo de prestigio simbólico. Y todavía hoy tiene resabios de oscuridad y acarrea cierto dramatismo atávico.

Grafica muy bien la idea de lo oscuro y sus vertientes ominosas aunque para este libro también lo llevé para el lado de la inteligencia, del poseedor de la luz. Por eso la idea de la existencia arranca con un cuervo-universo que deja caer un grano de oro en la nada y su estallido hace que todo lo que habrá de ser, sea. Pero además un cuervo de tres patas, cada una aferrada al pasado, al presente y el futuro, que todavía es la nada.

Luego fui ampliando el concepto e hice ese juego del cuervo negro y el cuervo blanco, como un modo de criticar el binarismo extremo del bien y el mal, la luz y la sombra, etc.

El feligrés recorre las páginas de este poemario: “¿qué es mi rezo? / dije / y tembló el polvo que soy / la arena de mi vida // y me hinqué”. ¿Cómo entiende tu poética la fe?

El feligrés es posiblemente una suerte de heterónimo más espiritual que carnal. Cuando era jovencito tenía heterónimos, siempre los tuve. Y no tenía idea de la existencia de Pessoa. Y esos tenían sus nacionalidades, sus modos de cantar. Este Feligrés es alguien que se mueve entre lo que todavía no nació, en ese mundo no real o real posible. Tiene una predilección por ciertas preguntas y su fe es una fe algo desconsolada y, aunque sostiene que las vigas de la casa reverdezcan, sabe que pertenece a la materia, a lo degradable, a lo que ha tardado millones de años en evolucionar y es tan frágil. Y peor aún, pertenece a la especie más destructiva. A pesar de esto creo que su fe no vacila ante la coreografía de la crueldad que es la vida. Cree que siempre logrará salir adelante, que es tan insistente que logrará, incluso, sobrepasarnos. Y mi poética tiene esa misma sustancia de trágica belleza.

Alguna vez vi un caballo dando vueltas en redondo en un baldío, en Azul. Era domingo y todo estaba casi abandonado y el galope retumbaba en ese abandono y estremecía. No estaba atado a objeto alguno aunque tenía una soga. Me quedé un rato mirando y preguntándome cosas, ¿que por qué no se iba en línea recta o por qué no cruzaba en zigzag el terreno? Después ya me preguntaba qué me significaba a mí esa imagen, muchas preguntas cuyas respuestas no recuerdo pero sí sé que escribí un poema. De ese modo yo me subí a ese caballo para siempre; así se articula la fe en mi poética, una especie de jinete sobre lo que proyecta el mundo, sus conjugaciones.

“Escucha esto: el cuervo es un dios”. ¿En qué términos se articulan ambas figuras?

Creo que como mito, ambos, se articulan. Claro que hay diferencias entre mito y dios si vamos a las papeletas tradicionales o antropológicas. Pero en mi poesía ambos son mitos, figuras potentes que llenan de preguntas mi búsqueda. Uno puede creer en una gallina si le sucede un acto extraordinario con una gallina o cree que vio algo extraordinario en ella. Y si, además, viene cargada de diferentes significaciones culturales como el cuervo, ya sólo queda componer los himnos. También mi escritura está llena de tótems particulares que hacen su propia simbología: la abeja, por ejemplo, la existencia, la piedra y el polvo, el metal, la avidez de la vida, la máscara, la flor, etc.

Puedo nombrar muchos tópicos y se pueden encontrar redefinidos, mutados porque busco escribir una obra. Esa es mi modesta ambición literaria o poética. Y en una obra se articula un cuervo con un despliegue de dios, una estrella rota a una luciérnaga aplastada en una mano, hasta una canilla goteando con una medida horaria en otro plano.

Todo este libro se posiciona entre la vida y la muerte: “yo andaba donde vida y muerte / entretejen / sus fronteras”. Ese territorio en el que transcurre la existencia… “y nadie sale en la noche lunar // salvo el amor / que es un muerto / incesante”. O: “por la muerte preguntas / acaso // por la dicha / que es tibia y viscosa // es solo el amor / y su ternera que pastan / en estos campos / verdes”. ¿Cuál es el tándem misterioso entre amor y muerte?

¿Qué no lo hace, no? A mí me gusta mucho esa teoría griega del fuego espontáneo. Encuentro ahí bien dicha esa tensión entre vida y muerte. La tragedia, el cambio irreversible. Y esa es la posición donde la poesía se nos revela. Traer esa revelación a nuestro lenguaje es lo menos importante. Ese viaje en el parpadeo del misterio lo es todo. ¿Y para qué? Quizás para poder llevarnos hacia el amor a pesar de la pesada carga metafísica, ontológica de la humanidad, y esto dicho sin creer que la humanidad es lo más importante del mundo, para nada. Hay algo hondo en el amor, cuando es un amor vivo, que está todo el tiempo en una especie de limbo agónico y de plenitud. En mi amor, al menos.

Lo cóncavo y lo convexo del tiempo, sus brazos, “sus olas invisibles”, “el inmóvil aleteo del tiempo”. ¿Qué es el tiempo, Jota?

Hay una canción de Juan Gabriel, “Abrázame muy fuerte” —si pueden escuchen la versión en vivo desde el Bellas Artes, en México, en 2013—, que responde muy bien qué es el tiempo y qué somos en el tiempo: maravilla que se incendia y baila y canta mientras tanto.

No sé qué es el tiempo. Tengo sospechas pero que tienen que ver con la materialidad de lo real. Hace poco por casualidad me vi andando por ciertos sitios en los que anduve en la infancia. Lugares que hace mucho, mucho, no desandaba, y pude ver detrás de la realidad, de los cambios, los escombros de aquellos días, una especie de borbotonar de materia traslucida que mostraba lo que era y lo que había sido simultáneamente. Fue asombroso. Ojalá pudiera decirlo de modo exacto para que se pudiera ver, sentir.

El tiempo es un globo que se le escapa de las manos a la vida humana.

Muchos de tus textos tienen una vertiente narrativa, ¿dónde encontrás los límites entre la narración y el poema? “y vi las palabras y su sonido y dije: / el lenguaje es ficción”. ¿De qué modo construye ficción el poema?

Hay chistes que nos hemos tomado en serio, ya sea para establecernos culturalmente desde esas estructuras, ya para apartarnos asqueados. Pienso en “Ceci n’est pas une pipe”, o en el mingitorio que se expuso en su momento, o en mucha de la antipoesía de Parra, manifestaciones paródicas contra ciertos prestigios del arte en su momento inamovibles. Ser artista debería contener la furia de dios, la predilección del diablo por el cuerpo y por el alma, la vocación de carne entregada al cuchillo de ónix. Sí, el lenguaje es ficción, la representación es ficción pero con esas cosas establecemos lo que llamamos nuestra realidad. Somos producto de una ficción que llamamos mundo y sus ficciones mayores, el universo, las galaxias, el átomo, la teoría de cuerdas, etc.; y las menores: el barrio, el amor, la madre, el padre, el trabajo, el yo —la mayor de nuestras ficciones menores—.

Hay quienes ficcionalizan su vida escribiendo: “mi abuelita dijo que hay que llevarse una campera aun en verano” o “tu olor está como el humo del asado, Arnaldo”, ese llamado objetivismo, que a mí no me interesa. Pero no deja de ser ficción, porque la experiencia es intransferible. Se ofrece el frasco vacío para que uno lo llene con su propia experiencia. Creo que en la polémica con el FNA primó la mirada desconfiada ante ese tipo de escritura. Aunque también existe el absoluto desconocimiento que se tiene sobre la poesía, no actual, porque no es muy interesante la actualidad poética, sino la que ha sido escrita décadas atrás, e incluso los años noventa fuera de eso que se llamó el realismo sucio, otro chiste.

La narrativa se encuentra en mucha de mi escritura porque he tratado de relatarme el mundo. Si no fuera por el atractivo poético musical de Los Redondos que me dio un cimbronazo en la médula dorsal jamás hubiera asistido a un lugar con muchas personas. Mi mundo es un mundo cómodo en lo pequeño. Desde que hice un tajo en la tierra y puse agua y peces sabiendo que estaba creando un arroyo, desde entonces, la ficción poética es mi realidad de mundo. Y mi ficción de mundo es una realidad poética. No le encuentro diferencias.

También la escena aparece en tu poética. ¿Dónde comulgan teatro y poesía?

Amo el teatro. La teatralidad dramática de la lírica. Síiiii, en El psicólogo de dios está ese encuentro. Tan es así que terminé escribiendo la versión teatral de esa obra. Y también tengo escrito un guión llamado Fijman, sobre él, claro. Teatro y poesía, esa unión me interesa en la plasticidad dramática del yo poético en tanto ficción. Amo el drama en esa plasticidad. Es un poco esa imagen de “el pájaro canta hasta morir” la que me interesa. Cuando escribo un poema y va hacia la teatralidad sé que funciona si hay algo vivo, si es “una máquina de existencia”, por así decirlo. Y evitar el sentido de las palabras como lo envasado. Creo que muchas escrituras fracasan porque se quedan en ese sentido. No es lo mismo decir músculo que ponerlo en acción.

Y me gusta lo teatral porque mi alma es una drama queen. Canto a todo lo que da con Juan Gabriel, me divierto y quito cosas que de otro modo podrían caer en mi escritura. Creo que la teatralización de la poética o la poética teatral hace que yo casi no esté en lo que escribo. O al menos no esté ahí adelante saltando como un perrito que quiere atención. Mi yo poético apela al pudor de mí mismo. Y también me recuerda que no soy importante, y mucho menos en lo que a la poesía se refiere.

Sanzuwu, Yatagarasu, Jinwu, Samjok-o, Tántalo, Sísifo… ¿Desde qué perspectiva te interesa el diálogo entre la mitología y el poema?

Vivimos dentro de una cultura que se reinventa, se copia, se reedita, muta, vuelve en parodia, disfraza, manipulada. Hay distintas capas de lo cultural, así como el cuervo viene a mí desde distintas manifestaciones, la mitológica en los cuervos de Odín, la literaria en el cuervo que grazna “never more”, la popular que dice que son aves agoreras, la de ciertos dibujos animados donde se los pinta como cínicos, el dicho “cría cuervos y te arrancarán los ojos”, etc. La capa mitológica es una que está y cada tanto surge porque no la desprecio ni me parece cosa vieja o pasada de moda, como se suele decir. Para mí es una perspectiva desde donde decir lo que encontré para decir, algo que se hace necesario en ese momento, en esa escritura. El saber sí ocupa lugar y cuando no tenés las dendritas conectadas a esa multiplicidad se nota en lo que hagas. Aunque sea un poco no ir a la fiesta decir estas cosas porque hay un “hagamos desde nuestros conocimientos genuinos”, como si poder patear una pelota te convirtiera automáticamente en Maradona. O estar alfabetizadx en poeta.

¿Quién te dio los símbolos, las alegorías, el arquetipo, si no la mitología, toda, sea cual sea?

Cuerpo y alma son también protagonistas de estas páginas: “antes de tu vida / ya estabas (…) y eras el mar (…) la dispersión de lo real (…) estabas en el azufre / en el humo gordo y lento / que ascendía / como una tela húmeda / como el pelaje animal del miedo // ¿estabas en el fuego? (…) ¿recuerdas? (…) a la piedra del cuerpo te atan (…) ¿ocurrió todo y todo dejó de suceder en ese despertar?”. ¿Cómo entendés esa dupla tan vapuleada a lo largo de historia?

Me pasa que cuando escucho la voz de Beth Gibbons o de Lhasa de Sela, siento que hay algo que las anima, algo vital, que crepita, y claro, si hay algo crepitando en nuestra existencia vital, quizás sea por eso que lo material se desgasta, en ese existir. Bueno, puede ser que seamos carbones encendidos calentando, iluminando nuestra parte de mundo, ¿por qué no?

Me he llevado una especie de comentario mordaz en facebook en una charla sobre el concepto dios porque yo quitaba el alma de ahí y trasladaba su noción a esta que digo de especie de fluido animador. Aunque reconozco que, simbólicamente, el uso que hago del concepto viene bastante desde esas, para mí ya, mitologías. Hace poco charlábamos con una poeta amiga y le decía que yo no podía dejar de ser cristiano aunque ya no creyera en la religión pues gran parte de mi acervo cultural lo es.

Creo que entiendo el alma como eso que anima y moviliza, una especie de componente vital. Quizás la teoría de las cuerdas bien podría ser mi teoría del alma: un filamento de energía que vibra y da todas las partículas elementales que conocemos, desde la materia de lo real hasta la materia de la energía que emanamos.

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro, y dirige una Compañía de teatro adolescente. Co-fundadora y Jefa de Redacción del portal Evaristo cultural, es editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; Hablar de Poesía -Argentina-, entre otras). Se dedica también al trabajo social. En 2019 recibió la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes para su proyecto Poéticas de la percepción / Entrevistas sobre poesía, actualmente en desarrollo.

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