Fotografía de portada: Xavier Martín 

En la poética de Laura Wittner (Buenos Aires, 1967), lo diminuto y lo cotidiano se abren paso como lo irrevocable. Los viajes, los lugares, las listas, la infancia, la vida doméstica, los hijos, el movimiento y la quietud anidan para dejarse atravesar por la luz, que vacila, decide, varía, desiste, es amarilla, artificial, un desconsuelo, pero siempre está pues “como en todo, la luz / triunfará”. 

Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016) y Traducción de la ruta, publicados por Gog y Magog en 2017 y 2020 respectivamente, son un recorrido por un universo en el que la percepción es protagonista y no hay, en principio, nada que entender. O entender es apenas un acto fugaz.

Aeropuertos, edificios, la ruta, la terraza, un museo, el balcón, una bañera, son algunos de los escenarios que hacen de los versos de Wittner un espacio íntimo donde “el viento sacude la ropa a secar” y su proyección en la pared crea un teatro de sombras. En sus páginas las cosas se mueven y permanecen, están ahí siempre, podamos o no verlas, pues constituyen un mundo.

La tinta me afirma sobre algo

y ya no creo que me haga tatuajes.

Más bien voy a entonar

leyendo de una hoja

acompañada por la voz cantante.

Así como pongo hielitos en el té

y los miro disolverse en su espuma

justo después de crujir y ceder.

Así como apoyo los pies

en el límite entre las baldosas

o sobre esta huella húmeda

que va secándose a medida que se aleja.

“Por qué cuando me gusta mucho una canción tengo que imprimir la letra”

 

Tu poética se nutre de pequeñas escenas de la vida cotidiana: “Café y duraznos en un sillón al sol”; “Pongo el agua a calentar, toco / tarros, frascos, muevo cosas”; “El viento sacude la ropa a secar / que hace figuras sobre la pared de enfrente”; “Así como pongo hielitos en el té / y los miro disolverse en su espuma / justo después de crujir y ceder”. O: “A veces pasa / que todo lo que podemos saber / de alguien en el mundo / es esto: se sienta junto a la ventana, / toma café, mastica, busca / con el cuchillo el punto tierno / de la fruta”. ¿Cómo deviene poema la simple vida?

No sé. Naturalmente, sin esfuerzo. Supongo que ya la percepción me vino seteada así y elegí la palabra como manera de encaminarla. Siempre me sorprendió cada cosita. Los objetos, los gestos, los olores, los climas. Lo que le dice alguien que pasa a la persona con quien camina. Lo que le hace la luz a una pared. Y como escribo, escribo sobre eso.

“Se hace evidente que no hay nada que entender” son los últimos versos de “Verano puro”; “Pero entender fue tan fugaz / como el grito del pájaro” son los últimos de “Los chicos juegan en la plaza”. ¿Cuánto de esa idea podría aplicarse a la poesía?

Mucho, ¿no? Todas esas veces que leemos un poema, levantamos la mirada y nos decimos claro, es esto, es así, estas palabras lograron descifrarlo. Y al rato olvidamos las palabras, el poema; otra vez no entendemos. Y otro día agarramos el libro y vemos que tiene un poema marcado. ¿Qué había marcado acá? Ah, claro. Y volvemos a entender. Y así.

Desde el comienzo, el viaje es figura fundamental en tu poética: “En el pasillo del tren / las voces cambian de idioma / y entre sueños aprobás haber cruzado otra frontera / como podrías tachar una tarea realizada / de la larga lista” (“Every Moment Will Melt”). Movimiento y quietud construyen un tándem a lo largo de tus páginas… ¿En qué términos se configura, en esa relación, el poema?

El poema –su clic, su chispazo—suele aparecérseme en movimiento para más tarde –una hora, dos días, cinco años después—ser escrito en la quietud. El movimiento puede ser caminar hasta la parada del 151, salir del subte en Pueyrredón, ver pasar pueblos desde la ventanilla de un tren, cruzar un puente por sobre un río de nombre seductor.

Soy una persona quieta que necesita el movimiento, y tal vez sea en esa crucecita que producen las dos corrientes donde se me acomodan las palabras.

También la luz atraviesa tu poética como un leit motiv: los colores y cambios de la luz, conos de luz, la luz artificial… “… Y de pronto / creo ver con claridad / el pasadizo (en las relaciones humanas) donde la línea entre creatividad y luz y oscuridad / y desastre / es fina / como un pelo. Y pienso / que es una carga heredada, / que mi madre ya cargaba con ella, / y que, como en todo, la luz / triunfará.” (“Cheever vuelve de Manhattan y se acuesta”). Se me ocurre que quizá se trate del lugar que la mirada ocupa en tus versos… ¿Qué pensás?

Mientras leía tu pregunta creía que ese era un poema que había escrito hace muchos años, pero después entendí que es un poema-versión: es una traducción apoemada de una entrada del diario de John Cheever. Que también escribí hace muchos años.

Pero sí, la luz está siempre ahí (ahora mientras respondo recuerdo que tengo por la mitad una serie de poemas para chicxs que es justamente sobre la luz y la oscuridad). Justo nombré la luz al pasar en una respuesta anterior.

¿Vos decís que mi mirada ocupa el lugar de la luz en lo que escribo? No sé si es eso lo que decías; si fuera así sería un gran piropo, del que sin embargo me permito dudar. Tal vez más bien mi mirada cambie según cambia la luz; se deje influenciar por la luz, se deje transformar.

La casa, la terraza, los edificios, aeropuertos, trenes, hoteles, son escenarios que vuelven siempre a tus versos… Espacios que se habitan de múltiples maneras: “¿En un aeropuerto quién no tiembla?”. Y sin embargo tu poesía reunida se titula Lugares donde una no está: “Como siempre, titilan sobre el mapa / los lugares donde una no está”. ¿Por qué?

Bueno, no es una decisión, es lo que me sale, y temo que cualquier intento de teorizar sobre eso sea una falsedad (si no una chantada).

Sí puedo responder por esos versos: tienen que ver con el cambio de estado, con alejarse y volver, con la atracción y el anhelo que me produce lo extraño, la lejanía, la soledad, y la atracción que me produce la casa, el amor, lo conocido. Lo de antes, ¿no? La quietud y el movimiento. Ese cruce.

Lamento siempre todo lo que pasa ahí donde no puedo verlo: las personas que entran a un café en una ciudad que no conozco y piden algo raro, relleno con pasta de almendras, rociado de pistachos, y conversan en un idioma que no entiendo; el ave acuática cuyo nombre todavía no me aprendí y sale volando de entre unos juncos en un río chiquito del Delta; la tormenta de verano que cae sobre unos tejados de Londres que sí conocí, pero cae cuando yo no estoy. Qué picardía no ver todo eso. Algo así siento.

“Todo emana un perfume repleto y activo: / no se le puede dar más tratamiento / (un tratamiento mejor) que percibirlo”. (“La tomadora de café”). ¿Cómo entendés la relación entre percepción y lenguaje? ¿Dónde nace el poema?

Sigue siendo un misterio para mí. Si lo entendiera tal vez escribiría mucho más o –quién sabe—tal vez no escribiría más.

¿Cómo trabajás con el sonido de la palabra, con las posibilidades musicales del poema? ¿Cómo se articulan en vos música y poesía?

Son una única cosa. Si no escucho la música de lo que quiero decir el poema ni empieza. Bueno, ahí nace un poco el poema, tal vez (respondo con retraso): en una línea sonora que con suerte se despliega y da lugar a otras.

Si la palabra no encuentra su sonido, si el verso no encuentra su tuntún tampoco encuentro yo nada que quiera decir.

Hablemos del oficio de la traducción. ¿Qué significa para vos? ¿Qué resortes activa en tu propia escritura? En Lugares donde una no está (Poemas 1996 y 2016), “Algunas traducciones” reúne una selección de poemas de nueve autorxs, ¿de qué modo se configura ese pequeño mapa?

Son traducciones que hice por puro deseo a lo largo de los años. Traduzco novelas por encargo y me encanta, pero casi nunca me contratan para traducir poesía. Así que esas traducciones que aparecen en el libro son algunos de los muchos poemas que traduje en distintos momentos porque me gustaron mucho y necesité adueñármelos un poco. Supongo, volviendo a tu pregunta, que ése es el resorte que se activa cuando traduzco cosas porque sí («música vana»): el del deseo. Haber querido escribir yo algo así. Necesitar ver cómo me queda aunque sea de prestado.

Te dedicás también a la literatura infantil, ¿cómo entendés la relación entre literatura e infancia? ¿Cuál es el núcleo que comparten poesía y literatura infantil?

Literatura e infancia me parece que se llevan excelentemente; y poesía e infancia ni hablar. Todavía más cerca de las palabras en su materialidad, una nena o un nene suelen ser muy capaces de apropiarse de una retahíla de palabras danzantes, de verles los colores, las texturas.

Cuando empiezo a escribir algo muchas veces no sé si va a estar dirigido a un público adulto o a les niñes: voy viendo; el núcleo y ciertas formas son parecidos. Y lo cierto es que muchas veces tampoco al final estoy segura de si es necesario elegir un segmento etario para eso que escribí. A veces sí, claro; pero a veces no tanto.

“y no entendí, / si es que el azar / produjo algo tan exacto / porque justo / dos palomas / en un árbol / se pusieron a gritar / muy muy / agudo” ¿Hay azar en el acto poético?

Muchísimo. Al menos en mi experiencia. ¿Tal vez quise hablar de eso en ese poema que citás? No lo había pensado. Pero es así: algo que veo, algo que escucho: me lo trae el azar y después el azar logra que dé con unas primeras palabras que me sirvan para decirlo. Después ya no: a partir de ese primer azar ya interviene más el trabajo, el oficio. Pero a veces ese azar de las palabras no llega y lo visto, lo oído no pasan al poema.

También de “cosas” está hecha tu poética: playmóbiles, la vieja combi Lego, la pluma, la hamaca, el chorro que cae sobre el molino de juguete… “Es que las cosas no son signos. / Andan solas, tan sueltas / que pueden deshacerse” (“Mis padres bailan jazz en el Café Orión”) o “Que no haya ideas salvo en las cosas / pero llené las cosas de ideas / hasta dejarlas tan tirantes / que se vuelven polvo / si las rozo con un dedo” (“Williams y yo”). Ideas, cosas, palabras… ¿Cómo confluyen en el poema?

Como dice Roberta Iannamico en ese poema hermoso: «Siempre con las cosas». Y dice también, al final de ese poema: «eso es lo que tengo / para armar un mundo». Y así, supongo, armo ese mundo que es mi escritura, en el que también las palabras son cosas: grandes, chicas, suaves, ásperas, huecas, macizas, resonantes, susurradas. ¿Y las ideas? Bueno, las ideas de a poquito; son apenas pensamientos fugaces que se reflejan en ese mundo de materia.

“Quiero una vida imposiblemente simple. / Y no lo digo yo; estoy citando”. ¿Podrían leerse esos versos de La tomadora de café como un ars poética?

Seguro, ¿por qué no? Vida simple y palabras de otres que me hacen feliz.

Sobre El Autor

Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, literatura infanto juvenil, y se dedica también a la dramaturgia. Se formó como actriz con Carlos Gandolfo, Augusto Fernándes y Pompeyo Audivert, entre otros maestros. Da clases de literatura, talleres de escritura y de teatro. Co-fundadora y Jefa de Redacción del portal Evaristo cultural, es editora del sello Evaristo Editorial. Como periodista cultural, colaboró a su vez en diversas publicaciones (Revista Crítica de la Universidad Autónoma de Puebla -México-; Agulha Revista de Cultura -Brasil-; Hablar de Poesía -Argentina-, entre otras). Se dedica también al trabajo social. En 2019 recibió la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes para su proyecto Poéticas de la percepción / Entrevistas sobre poesía, actualmente en desarrollo. Es parte del equipo de Gestión y políticas culturales de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

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