Sueña con un pequeño ángel, rechoncho con alas blancas y un halo dorado sobre la cabeza.

El angelito lleva en la mano una espada que zarandea mientras vuela entre las nubes.

Lázaro está tirado, desnudo. Siente el pasto mojado. Ve que el angelito da vueltas en lo alto y de a poco empieza a bajar, con la espada apuntándole.

Lázaro mira la espada hundirse en su panza, y se despierta. Se siente una bolsa llena de tijeras.

Se ve en su cama, bañado de sangre, semidesnudo. Lleva puesto un gran remerón que supo ser blanco y ahora está teñido de un color rojo oscuro.

Siente electricidad, pequeñas descargas por todo su cuerpo.

 

Sangre pegada a las paredes sobre las manchas de humedad, el piso salpicado de sangre

 

La cama es una pileta, un charco pegajoso, marrón rojizo.

De entre sus piernas sale una fina tira de carne, larga, pura sangre. La tira pasa por entre sus piernas y se pierde entre las sábanas sucias.

Lázaro ve aquel bulto

—Hijo mío —dice.

Y aquello se mueve

Lázaro toma entre sus manos a esa  bola roja, la envuelve entre las telas y la acuna en su pecho.

—Mi niño —le susurra.

Afuera el viento sopla y mueve los árboles

Lázaro escucha que lo llaman. Se levanta con eso en las manos y sale.

Se mueve lento, con pasos trabados entre sábanas y el hilo de carne que va y viene por sus piernas, se mete entre sus muslos.

Lázaro, los pies sucios, camina por las calles vacías de su barrio.

 

Arrastra la tira de carne, sucia de pelos y mugre, a través de la tierra y el pasto.

 

Un perro se le acerca, lo olfatea, siguiendo el rastro que lázaro dejo en sus pisadas.

El perro gruñe y ladra, Lázaro lo ignora y continúa caminando. Siente el latir de eso que lleva como a un bebe entre sus brazos.

—Mi hijo —le dice, y del cielo descienden lanzas de luz que pegan en su cuerpo y en el piso, le marcan el camino.

A pocos pasos ve a un joven. Se le acerca. Lázaro pregunta:

—¿Dónde queda el cementerio, joven?

Y el joven grita y sale corriendo.

— Qué elocuente —dice lázaro con una pequeña sonrisa entre dientes, y sigue camino.

Suena una trompeta.

Inmensa.

Estruendosa.

Lázaro la escucha y la siente como un mensaje que cae de los cielos directamente hacia él, y aprieta la masa de carne contra su pecho.

Le duele.

Llora. Lo abraza aún más fuerte y le duele aún más. Lo besa. Un beso cordial y redentor.

A su alrededor comienzan a rodearlo. Lo señalan, se tapan la boca y los ojos con las manos, otros ponen unas caras de gritos mudos. Lázaro solo escucha la trompeta, celestial, divina.

El viento mueve los árboles y la sabana que envuelve a Lázaro.

Los perros regresan

Se acercan despacio, agachados, con las colas paradas, muestran los dientes.

—Animales del señor —dice Lázaro.

Un perro se le tira encima, y es como un temblor de dientes que muerde aquello que Lázaro carga en sus brazos. Otros perros huelen la sangre y  suman sus mordiscos.

Lázaro grita y la gente grita, la trompeta suena, alguien dispara su arma de fuego a los cielos y silencia a la gente y ahuyenta a los perros que escapan arrastrando a Lázaro por sus intestinos prolapsados, a través de la tierra y el pasto.

 

a través de la tierra y el pasto.

a través de la tierra y el pasto.

a través de la tierra y el pasto.

a través de la tierra y el pasto.

a través de la tierra y el pasto.

Sobre El Autor

Shuel Duo. 1985. Berisso, Argentina. Estudiante de arte. Solo busca hacer de este mundo un lugar peor.

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