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Prólogo:

“La fábula y los versos dice el P. Blas Valera que halló en los ñudos y cuentas de unos anales antiguos que estaban en hilos de diversos colores, y que la tradición de los versos y de la fábula se la dijeron los indios contadores que tenían a cargo de los ñudos y cuentas historiales, y que admirado de que los amautas hubiesen alcanzado tanto, escribió los versos.”

Inca Garcilaso De La Vega
(extraído de “Comentarios Reales” año 1617.)

Mucho se ha discutido y se ha dicho sobre la intensa vida de mi tatarabuelo, el zoólogo, botánico y escritor eslavo, Wenceslaw T. Hartz (¿1812-1895?), desde las más efusivas exclamaciones de admiración y respeto, hasta algunas aisladas críticas, devenidas de la envidia y la perfidia.

Ahora en una suerte de ajusticiamiento revisionista se pretende excluirlo directamente de la gran Historia de América, pues dicen renombrados estudiosos, que Wenceslaw Hartz no es más que un seudónimo utilizado por un grupo de escritores argentinos entre los que estarían Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Rojas, Díaz Vélez, Moreno, Taboada, según la simpatía o empatía de cada historiador y sus compromisos políticos, económicos o de alcoba.

Wenceslaw, aventurero incansable, recorre la inhóspita Patagonia, convive con los aborígenes de la zona y realiza un relevamiento exhaustivo y minucioso de sus costumbres.

Una patraña seudohumorística pretende un encuentro entre mi tatarabuelo y Sarmiento, como corresponsal de la prensa europea. No hay un solo documento que pruebe este infundio, pues gracias a la posición familiar no era necesaria otra actividad o preocupación para Hartz que la ciencia.

Todos los textos escritos por mi tatarabuelo están realizados en latín y en griego (nunca en ladino como llegué a oír hace poco), evitando de esta manera cualquier tipo de censura o plagio.

El ánimo que me lleva a publicar estos escritos es el de terminar con estas absurdas y patéticas discusiones sobre la memoria de un hombre de ciencia injustamente ajusticiado por un pasquín literario en boga y su hégira de mediocres.

El orden de aparición de estos seres fantasiosos es el que respeta la copia N° XIX, del original bilingüe existente en poder de la colección privada de la Casa Rodriguez Múxica & Arnó, los que, generosamente, han donado todos los derechos y cánones de la presente edición ilustrada al Cotolengo San Martín de Tours de la Provincia.

NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN CASTELLANA

Entiéndase el vocablo “pampa” como sinónimo de inmensidad, y como lugar geográfico al mismo tiempo e indistintamente, agréguesele al significante, para mejor comprensión, totorales, nagüeles o jaguares, tábanos, coraje, cardales, charque, vizcacheras, insolación y largas cabalgatas en la descampada o en el salitral.

También interprétese acertadamente como “puebleros e indios de estas o aquestas lejanías entretenidos a vacas, media libra de yerba mensual, tres anegas de maíz, un peso de vela, alguna libra de azúcar, aves, un peso de pan y farina y algún entierro casual abonado al Señor Cura tres pesos.”

EL ICTIOPECARÍ

Mitad chancho salvaje (o jabalí o pecarí), mitad pez, este animal habitó profusamente las gélidas aguas de los mares del sur, hasta los confines mismos del polo.

En infinidad de mapas portugueses, italianos y españoles del siglo XVI, aparecen grandes ictiopecarí de figura y aspecto amenazante, delimitando con sus escamas las rutas conocidas y navegadas hacia el sur geométrico.

Este animal soporta, en un cuerpo de pez de gran envergadura, una cabezota de chancho salvaje provista de feroces dientes en forma de cuña, capaces de triturar el acero más duro y de mejor temple.

Poseen también un par de patas delanteras, terminadas en manos de seis dedos muy dúctiles.

Salvajes en extremo, solitarios, de carácter temerario y guerrero, no rehuyen al enfrentamiento encarnizado con ningún animal marino.

Su alimento predilecto es la ballena, a la que mata y devora, con saña, en alta mar.

Su piel, durísima, está recubierta por unos pinchos óseos, y su único punto vulnerable es la nuca.

Su carne, de aspecto muy desagradable, es incomible. Su cabeza por el contrario es de un sabor exquisito, similar a la centolla rosada, sumamente apreciada por los balleneros.

Paradójicamente los ictiopecarí son domesticados con gran facilidad por los indios patagones, quienes, mediante ceremonias donde pulsan rítmicamente sus tamborcillos y cepillan las cabezas a las bestias con pieles de foca, durante largas y agotadoras jornadas, logran inducirlas a una completa sumisión. Llegan, incluso, a montarse en ellos, y realizan destrezas y otras suertes sobre el lomo de los ictiopecarí.

Creen los patagones que montados en estas bestias cruzarán la gran tierra entre témpanos donde mora Dios, y éste, en recompensa a su valentía, los hará inmortales y convertirá en chanchos y en peces nuevamente a los ictiopecarí.

EL CUADRICORPIO DE LOS SUEÑOS

Este animal prolifera en las regiones donde se retira la cabeza cuando sueña.

Es de forma variable y de los colores más diversos.

Siempre es poseedor de una larga lengua roja que exhibe en todo momento, al costado derecho de su gran fauce.

Es cortés y educado en demasía.

Su debilidad más notoria es comerse los malos pensamientos y las pesadillas nocturnas. Hecho esto, canta con voz aguardentosa alegres cancioncillas de Marsella, lo que invariablemente despierta al durmiente con una increíble sensación de beatitud y esperanza.

EL ÑANDUZÓN

Este animal sobrenatural es producto del influjo de las fuerzas de la naturaleza sobre los hombres.

El ñanduzón es un ñandú de dimensiones espantosas, con una cola peluda de lobo que arrastra produciendo un sonido muy peculiar. Esta particular reverberancia provoca escalofríos, fiebres furibundas y vómitos a aquel que lo escucha imprudentemente o sin tomar los recaudos necesarios: taponarse los oídos con cera de avispa o abeja.

Tal ser extraordinario no es ni más ni menos que una niña gemela, que en las noches de eclipse se convierte en ñanduzón y asola los poblados destrozando las herramientas y el  ganado que encuentra a su paso.

Si un ser humano tiene la desgracia de cruzarse en su loca carrera, debe hacerse el distraído y pasar tranquilamente a su lado, como si no se lo hubiera visto, pues al igual que el puma o el jaguareté, este animal ataca cuando percibe temor.

Para que una niña gemela no corra peligro de convertirse en esta terrible bestia, debe dársele un tecito de raíces de tuí tuí o de yerba mela las noches de eclipse.

LA YERBA MELA (Y LAS IGUANAS VOLADORAS)

Esta yerba de color rojizo en verano, y azulino en invierno, crece en las condiciones más adversas, hasta en medio del desierto o en el salitral, y no precisa agua para sobrevivir.

Su fruto, el emela, es alucinógeno, y según afirman los payasos sagrados es el único sendero que permite comunicarse con los muertos, sin que los guardianes del cielo se molesten.

A los extranjeros les está vedada la ingesta de la yerba mela, pues según la costumbre, ellos no saben volar alrededor de la planta y morirían al caer a tierra.

Esta planta tiene los más variados usos medicinales, y se ha visto hacer cicatrizar en minutos una herida terrible.

Las iguanas alimentadas con emela desarrollan la capacidad de volar y, de a poco, les crecen alas de color celeste en la espalda.

EL TEUCOTILEDÁN

Cualquier orate sabe que la pampa es infinita, y que nunca nada se puede deslizar de ella, porque jamás se quebrantará o se echará a andar en forma alguna.

Pues bien, a esta sabiduría anónima corresponde la parición de una bestia subterránea, desmesurada e impensable, dueña de una infinidad de cabezas dentadas: el teucotiledán.

El teucotiledán es un animal horrendo, al que le brotan anualmente cabezas sin ojos, de color cobrizo, que se prenden con sanguinarios mordiscones a sí mismo y se alimentan de su propio plasma dulzón.

Construyendo con su cuerpo un tejido de incalculable dureza y resistencia, soporta con indiferente y tranquilo talante el peso de todos los objetos que se posan sobre la tierra.

Los mineros, precavidos, para cavar cualquier pozo ofrecen obsequios al teucotiledán, talismanes o elementos de valor de quienes se aventuran en los socavones; fotos, yerberos, coca, ofrendas, calzados, algunas bebidas espirituosas. El animal ante el convite, deja el espacio libre de sus pescuezos y de sus testuces, posibilitando así una perforación segura, rápida y por demás “muy mucho más práctica”.

Sosteniendo todo el mundo hay siete teucotiledán, que se mezclan entre sí sin la menor molestia, hecha la salvedad de que cuando, a causa de la ceguera, alguna de las cabezas de un teucotiledán muerde a otro provoca nimios sacudones de estos animales o de cualquier extremidad dentada, motivo suficiente para que la tierra se hunda, se levante, se mueva, o se agriete en algún sitio del planeta.

EL YAPAÉ AMARILLO

El yapaé amarillo es un papagayo de dimensiones corrientes en la selva, un metro a un metro cincuenta desde la cola hasta su cresta; con un grueso pico de oro, y un penacho muy vistoso, semejando una corona, que brilla en la sombra.

Aparece en las tardes muy asoleadas desde la copa de los árboles más comunes, e interrumpe el camino del que suele deambular por los matorrales, sin motivo alguno.

Este yapaé posee el don del habla, y se atribuye a sí mismo ser el hijo primogénito del Gran Dios Sol, hacedor de todas las cosas, así como haber bajado a la tierra por mandato de su padre a enseñarle a las bestias el orden y el arte de todas las cosas.

Muy capaz de pasarse horas charlando con quien halle en la enramada, contesta todas las preguntas que se le realizan con ironías y dislates.

El yapaé amarillo es amistoso e inofensivo, aun cuando se lo abandone en mitad de una charla; él sólo atina, como medida extrema de su ira, a hacer correr rumores maliciosos en los poblados sobre la persona que desoye su plática ilustrada y aleccionadora.

EL YAPAÉ PÚRPURA

Poco y nada se comenta del yapaé púrpura.

Algunos afirman, con voz apenas audible, que el yapaé mamón o púrpura es el mensajero de la desgracia, y que, cuando uno lo percibe, algo malo ha de ocurrir indefectiblemente.

El pequeño yapaé púrpura tendría entre veinte y treinta centímetros de porte, de color purpúreo, preso de costumbres nocturnas y de siniestras influencias.

Grazna de una manera similar a los cuervos y anda a los saltos por las ramas, jamás se lo menciona volando.

Cuando se oye el áspero graznido de este yapaé o su figura aparece súbitamente, debe encenderse de inmediato alguna luz o fogata, pues según conocen, el yapaé mamón no tolera la claridad y escapa raudo hacia la negrura de la selva, con sus malos presagios.

EL MARIHJÚ

Donde no hay más palabras, donde el viento es arenoso, donde no termina el mundo, se encuentra una aldea repleta de mujeres hermosas, un cántaro de chicha y un brujo. El que se dé por contento con estas sencillas palabras, está a salvo del marihjú, bajo las alas de la Gran Bestia.

Este conjuro es dicho por los adoradores del Gran Cuntur, antes de entregarse a la placidez del sueño, colgados de los talones a grandes árboles petrificados donde no llega el ánima del marihjú.

Según relatan algunos chamanes, el marihjú es un espíritu que toma la forma de “mujer jaguar que atormenta”, y se dedica a perseguir, en sueños y en el desvelo, a los malvados.

Se aparece indiscriminadamente y a cualquier hora a los que han hecho algún acto deshonroso para con su gente. El marihjú es inimaginablemente hermoso, de ojos azules y cabellera oscura. En un cuerpo de jaguar negro, corona una cabeza bellísima de india, que deslumbra y aterroriza.

Los que la ven sin reverenciarse hasta besar el piso, quedan convertidos en vasijas de barro. En cambio, si se lo seduce mascando alguna yerba mágica o pronunciando en voz alta, para que escuche, galanterías y guisas, el marihjú se vuelve mujer de carne y hueso; y se queda, para siempre, con el que haya conquistado su corazón.

Algunos indios araucanos lo nombran “la cautiva encantada”, y lo homenajean poniéndole frutos y flores en los lugares donde esta aparición hace su ronda.

Se ha anoticiado de un europeo perdido en la serranía grande que fue rescatado por una mujer morena extraordinariamente bella, la cual, según sus palabras, andaba en cueros a pesar del intenso frío, y lo guió hasta la huella más cercana sin hablar ni volverse nunca a mirarlo.

Cuando se lo hace enojar, el marihjú destroza todo lo que se interponga en su enjundia. Relatan algunos payadores que hubo un gaucho muy floreado con la guitarra que cantaba canciones a la gringa encantada (el marihjú), hasta que ésta se enamoró de él. El gaucho, amigo de la vida de la pulpería, supo tener asuntos con otra china, sin temer lo que podría suceder. Ese mismito anochecer, un jaguar negro de tamaño descomunal atacó la pulpería, mató a todos los parroquianos, destripó la hacienda de la zona, y atacó al gaucho al final; lo mutiló de una forma espantosa, y lo abandonó malherido a su suerte con los caranchos.

EL MOSCOTE

Cuando sopla el viento sur, o pampareador, más de un mes seguido, una nube blanca insondable de varias leguas de largo se abalanza sobre todas las cosas, ocultando la limpidez del cielo e infectando la extensión a su paso, es la invasión del voraz moscote.

El moscote es una mosca blanca de dimensiones destempladas, de unas seis pulgadas de largo (unos quince centímetros) y un peso aproximado de una libra y media (unos seiscientos setenta gramos).

Posee fuertes mandíbulas y es capaz de comer, en medio de la vorágine de sus hordas conquistadoras, un ñandú grande en dos o tres minutos, dejando los huesos agujereados con sus larvas insaciables.

El moscote ataca preferentemente a los animales de sangre caliente, pero no desdeña las plantaciones o los pastizales para dejar descendencia. Su larva tarda en desarrollarse dos años, y vive sólo como insecto adulto seis horas. Aprende a volar si es remontada por una fuerte corriente de aire, si no, muere en el piso sin batir las alas jamás.

Al ser humano la picadura del un moscote puede transmitirle la enfermedad del carcajeo; el infectado no puede dejar de reír compulsivamente hasta que pierde la razón o muere con el diafragma partido en mil pedazos. Este mal no tiene cura conocida.

Los indios patagones se protegen de esta alimaña poniendo un zorrino colorado delante de las tolderías, o en medio de las nubes de moscote, pues, según se demuestra, el olor de este animal los repele inmediatamente.

También el humo de bosta quemada, de guanaco o de llama, espanta al moscote; y es de mucha utilidad saber también que la grasa de ballenato untada en el cuerpo, impide la picadura de esta plaga.

Las patas, las alas y los ojos de este insecto descomunal son utilizados por las mujeres vírgenes, con el fin de hacer máscaras y otros ornamentos infalibles, para las fiestas de fertilidad y abundancia.

poeta

RICARDO ROJAS AYRALA:

Nació ciertamente.

Escribió yambos criollos en profusión.

Publicó un rato y no publicó otros.

Si ganó algún premio fue gracias al equívoco que provoca su nombre.

Vivió mucho, pero mucho tiempo, en Quilmes.

Actualmente continúa obcecadamente haciendo alguna que otra de esas cosas, además de practicar con éxito dudoso el football inglés.

 

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