Mi lectura de Un artista del mundo flotante, de Kazuo Ishiguro.

Hace cosa de quince años me anoté en un curso sobre Kazuo Ishiguro. El profesor se llamaba Daniel Ferreyra y supo, de entrada, contagiarnos su entusiasmo (o fanatismo) por el autor. Leímos y analizamos tres novelas: Un artista del mundo flotante, Pálida luz en las colinas y Lo que queda del día. Se me viene la imagen de una carpeta azul repleta de fotocopias y un anotador con apuntes, pero no los encuentro y, aunque haga un gran esfuerzo, de todo lo que el profesor nos dijo en aquel momento sobre estas maravillosas obras, las únicas palabras que recuerdo con claridad son an unreliable narrator; es decir: un narrador en el que no podemos confiar. El narrador al que se refería era el que relata la primera de las tres novelas, An artist of the floating world, en su título original.

Hace unos días, decidí reencontrarme con la novela, releerla y sacar mis propias conclusiones, sin los apuntes pero, seguramente, con recuerdos inconscientes de aquellas lecturas guiadas por el apasionado profesor. Sin duda, Ferreyra tenía razón en hacer tanto énfasis en la cuestión del narrador protagonista poco confiable. Es el mismísimo Señor Ono, un artista del mundo flotante, al menos por un lapso de su trayectoria. Ishiguro logró con absoluta maestría que este anciano, viudo-padre-abuelo-Sensei nos haga sentir, a los lectores y a sus co-protagonistas, que siempre está escondiendo algo o que hay detalles que prefiere no recordar. Su justificación es la edad y los vericuetos de la memoria, y entonces cuando describe diálogos que mantuvo en el pasado, se vale de frases como “no puedo dar fe de que esas hayan sido las palabras exactas, pero…” o “tal vez lo imaginé, pero…”. ¿Qué es lo que pretende ocultar?

La novela tiene lugar en Japón entre 1948 y 1950, en los años de la ocupación y reconstrucción a la americana. En la guerra, el Señor Ono perdió a su mujer y a Kenji, su hijo varón. Sin embargo, más que el dolor, reluce el orgullo porque su hijo haya muerto “como un héroe” en defensa de su país. Sus hijas, Setsuko y Noriko, en la otra vereda, son, en esta historia, dos de los tantos jóvenes que repudian la experiencia bélica y celebran las novedades que el mundo occidental trajo a su isla, como la modernización en la arquitectura con edificios de departamentos chicos y prácticos, sin veranda ni puertas de papel.

En su relato, que fluctúa con naturalidad, un oleaje que oscila continuamente entre momentos presentes y flashbacks, el Señor Ono va armando su historia, como padre de familia, como discípulo, como Sensei y, finalmente, como defensor activo (pero tal vez no tan  influyente como él cree) del Emperador. En sus comienzos, fue un artista que se dedicó a pintar por encargo; esto es, se las arreglaba para vivir; pero ni bien pudo, el joven Ono fue detrás de Mori-san, un artista reconocido por seguir la línea del famoso Utamaro, perfeccionando el uso de las luces y las sombras en la noche. En la noche, sí, ya que la escuela de Mori-san era, precisamente, la del “mundo flotante”: el mundo de la noche, la bebida, las geishas. Con el tiempo, el joven Ono se convirtió en su discípulo más fino, el favorito. Los artistas del mundo flotante, entonces, lograban captar la belleza de ese mundo que ocupaba, especialmente, el “distrito de  placer”. Sin embargo, el joven Ono, el discípulo favorito del “Utamaro moderno”, empieza a cansarse de esa línea artística que, ve o alguien le hace ver, no aporta nada a la sociedad japonesa, cada vez más empobrecida en manos de los empresarios y políticos que realmente manejaban un país donde el Emperador era una mera figurita decorativa.

El Señor Ono va a revelarse, a convertirse en Sensei y a defender sus ideas, pero tal vez se arrepienta de algunas de sus acciones. Todo esto se va revelando de a poco, en párrafos concisos, entre recuerdos (repito, siempre dudosos) de los años previos a la guerra y diálogos actuales entre sobrevivientes. Esta es, a mi entender, una novela ejemplo en la ruptura de la narración lineal o cronológica. Las idas y vueltas en la memoria del Señor Ono le dan ritmo a la lectura y logran algo que no es nada fácil: no hay meseta, no hay ningún momento en el que el lector necesite bostezar.

Recuerdo con mucho cariño ese curso de hace quince años, el entusiasmo del profesor y mi propio entusiasmo. En ese momento, me volví fanática de Ishiguro y seguí leyendo por mi cuenta. Sin embargo, como el Señor Ono, mi memoria parece ser bastante débil y, la verdad, no recordaba casi nada de esta gran novela, diferente de cualquier otra novela que haya leído sobre la guerra y la posguerra, y que pone en foco el gran cuestionamiento sobre el lugar del arte y de los artistas en la sociedad.

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