Percepciones, emociones, fantasías, pensamientos, sueños y recuerdos. La naturaleza de los estados mentales. La capacidad de la memoria.

Finalmente, la tarea cumplida. Dice el autor: Lo que plantea el libro es que el acto de soñar, el acto de recordar y el acto de inventar son como complementarios, sinónimos, y opuestos que se atraen. Son como los tres tipos de combustibles con los cuales podés echar a andar el automóvil de una determinada historia. Por eso se confunden, porque al inventar estás soñando un poco despierto, cuando recordás también estás inventando. Hay una especie de relación promiscuo simbiótica interesante”

Tres partes; una trilogía, un tríptico y, hasta cierto punto, un tripous (un trípode) que sostiene la idea, el proyecto y, finalmente, la obra-.  De esto quisiera que hablemos hoy, pero también de la iniciativa que derivó en un trabajo de largo aliento.

Toda la percepción de magna obra que yo pueda tener ahora del libro es toda a posterior, no es durante. Es como un proceso bastante largo, fueron diez años, pero también muy divertido con momentos de zozobra y de desconciertos, pero son, me parece, inherentes a la escritura como corresponde. Y recién ahora tengo la perspectiva que puede tener un lector. Siempre digo hay una especie de contradicción en la idea de ir al Empire State, cuando estás dentro del Empire State no sos consciente del Empire State. En realidad, todos los monumentos históricos deberían verse desde afuera y no penetrarlos. El trabajo del escritor está en el adentro del monumento histórico. Pero, además, para empezar yo no me lo propuse como una trilogía inicialmente ni como un tríptico ni como nada. Fue algo que se fue dando. Tengo una visión bastante silvestre del tema y no muy épica.

En alguna de las entrevistas anteriores hablamos de la estructura de uno de los libros. Ahora, ya cumplido el ciclo, quisiera poner el acento sobre la “articulación”, sobre el “tejido de la obra” en sí. Y preguntarte si todo salió tal cual lo imaginaste al tiempo de decidir dar un mayor despliegue tras La parte inventada.

No, yo no tengo una imaginación previa y panorámica de cómo van a ser los libros. De hecho, no me interesa tenerla. En tanto escritor, cuando estoy escribiendo no me gusta tampoco sacrificar mi parte de lector y de preguntarme qué pasará en la próxima página, incluso con el libro que estoy escribiendo. Tengo algunos parámetros y algunas certezas, pero no son inamovibles, son simplemente como antorchas encendidas en la noche que te pueden guiar hasta un punto, pero una vez que llegás ahí podés descubrir que es un punto muerto o un atajo que te llevó a un lugar que no sospechabas que tenías ganas de ir ahí. En ese sentido, yo soy un gran defensor del “no saber”. Hay un ensayo de un escritor norteamericano, que se llama Donald Barthelme, que a mí me gusta mucho, Not Knowing, donde se hace una defensa justamente de eso, de ir enterándote a medida que vas escribiendo. En el caso puntual de estos tres libros, la propia temática y la propia escritura amorfa, en fragmentos y en base a listas también contribuía a eso.

En base a eso, qué rol juega la reescritura.

Ahora es muy difícil definir la reescritura, estás reescribiendo constantemente. Ya no está la idea de que terminaste de escribir el libro y lo pasás en limpio. Ya todo el tiempo hay un trabajo constante, no sé cuántas veces se edita el libro ahora. A mí la reescritura me interesa desde el punto que le interesaba a Nabokov cuando hablaba de la relectura también, cuando releés un libro realmente terminás de ver su verdadero significado y cuando reescribís o cuando volvés sobre algo, y en este caso, los tres libros están volviendo sobre sí mismos, ves zonas de mayor claridad y de mayor oscuridad alternativamente.

El estilo ensambla con una lógica que enhebra esta experiencia atravesando las tres partes. Te propongo que nos comentes, aunque más no sea a grandes rasgos, cómo fue imponiéndose esta lógica en tu mente, la mente de un escritor ingenioso.

Son preguntas todas interesantes y que me obligan a pensar la respuesta en el momento, y pensar en cosas que no pensé nunca y que no sé si tengo ganas de pensar y de responderlas. No porque no me parezca que sean dignas de respuestas, sino porque me da un poco de miedo responder. Que en el acto de responder estas preguntas alcance algún tipo de certeza, y alguna revelación de alguno de mis trucos y que eso automáticamente se automatice, se convierta en un tic. Así que no voy a responder por eso, no quiero pensar en la posible respuesta a esa pregunta.

Tus influencias literarias asoman entre líneas sin evidenciar vicios de alarde u ostentación. Hablemos, si te parece, de tu formación y del equilibrio logrado a lo largo de tu trayectoria.

Yo siempre digo que están los escritores que leen y los lectores que escriben. Yo soy claramente un lector que escribe y parte de mi estilo es el modo en las influencias que irradian sobre mí y me hacen mutar. Pero también es una cosa extraliteraria y que tiene que ver con Los Beatles, con la portada del Sargent Pepper´s, y con el modo que cierto pop inglés de los años sesenta exploraba antiguas tradiciones del music hall y las electrificaba. Bob Dylan, también. Hay una cantidad de factores y de mezcla de elementos aparentemente irreconciliables que acaban configurando un todo. El cine de Kubrick. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Etcétera.

Quiero decir, soy un maníaco referencial orgulloso de serlo, quizás, por la imposibilidad de no serlo. No me queda nada más que convencerme que estoy orgulloso de eso. Cuando a veces leo, de tanto en tanto, escritores muy despojados, muy desnudos, de una prosa muy cristalina, tipo James Salter, y me digo: ¿Cómo será escribir así? Me asombra la verdad. no sé si me da envidia o miedo. Pero me produce una cierta inquietud. Por suerte, hay grandes escritores que lo hicieron para que yo pueda leerlo y no tenga que intentarlo, porque sería peor.

¿Te animás a trazar un paralelo entre esta “entrega tripartita” y Esperanto, por ejemplo?

Bueno, Esperanto aparece mencionado en el libro. Lo que pasa es que Esperanto es un libro que es una aberración -todos mis libros son un poco aberraciones dentro de un sistema-, pero Esperanto es el que probablemente lo sea más, porque es un libro que lo escribí en una semana a partir de un sueño que tuve y me fue como dictado. Mi experiencia de escritura de Esperanto es como estar leyendo un libro y estar copiándolo. Me da un poco de miedo hablar de Esperanto en realidad porque es algo que me pasó una vez y nunca más me va a volver a pasar. No entiendo qué fue lo que me pasó. Fue una reacción a que estuve durante quince días leyendo En Busca del Tiempo Perdido en un hotel de la sierra de Córdoba. Me parece que eso me cargó las baterías de tal manera que salió Esperanto.

También creo que todos mis libros están conectados. Siempre uso la misma imagen, que son como habitaciones de una misma casa que yo voy recorriendo y prendiendo y apagando las luces.

Si hablamos de la mente (en este caso, del escritor), lo hacemos teniendo en cuenta la naturaleza de los estados mentales en general. Ello incluye pensamientos, percepciones, emociones, fantasías, también sueños y recuerdos. Ahora, ¿en qué medida todo ello se conecta con la realidad? Y, en todo caso, ¿en qué medida la constituye?, si es que lo hace.

No lo sé. Me parece que el verdadero desafío de toda ficción es que acabe siendo parte de la realidad, que esa ficción adquiera un significado de este lado del río y se instale en los lectores en el sentido de leí esto y para mí esto es real ahora. Hay determinados libros que yo leí a lo largo de mi vida, que pueden ser El Gran Gatsby, Matadero Cinco, Pálido Fuego, La Invención de Morel, o Cumbres Borrascosas, que son más parte de la realidad que lo que se reporta en el noticiero de la noche.

Inventar, soñar, recordar; ¿cómo juega, en cada caso, la voluntad y el discernimiento del escritor en crisis?; ¿cómo describirías, en lo que a vos respecta, el fenómeno de la inspiración, el “unicornio azul”, según Silvio Rogríguez.

Lo que plantea el libro es que el acto de soñar, el acto de recordar y el acto de inventar son como complementarios, sinónimos, y opuestos que se atraen. Son como los tres tipos de combustibles con los cuales podés echar a andar el automóvil de una determinada historia. Por eso se confunden, porque al inventar estás soñando un poco despierto, cuando recordás también estás inventando. Hay una especie de relación promiscuo simbiótica interesante.

¿Qué podés decirnos, teniendo en cuenta tu experiencia personal, acerca del sentido de los recuerdos en general y, en particular, del recuerdo como recreación?

Ahí el caso más evidente del recuerdo como recreación, que es un tema que está presente en todos mis libros, es el tema de la infancia. La infancia acaba siendo una construcción que recién la hacemos de adultos, esta idea de cómo fue nuestra infancia. Y nuestra certeza final de que todo nos sucedió entonces y a partir de ahí todas son variaciones sobre diferentes temas que se repiten a lo largo de nuestra vida de diferentes maneras. En el recuerdo y en la evocación de la infancia está el ejemplo más claro de esto.

Un tema ineludible es el que tiene que ver con los personajes. Hablemos, por favor, de su aparición en tu mente, de su lugar en el argumento y de su rol en cada caso. En La parte recordada parece ser que algunos de ellos (con asuntos pendientes) se reconocen en un ir “hacia atrás”.  “Velo”, acción y efecto, en consecuencia un impacto en el lector. Si estás de acuerdo, me gustaría que ampliaras la idea de la “revelación” en la resolución, tomando como ejemplos a Penélope (a su hijo), a Karma (o mejor digo los Karma) y, por qué no, a Mamabuela con su particular impronta; ¿te parece?

Todos los personajes míos tienen la cara de Bill Murray cuando los escribo. Incluso los bebés y las mujeres. Una especie de cara de nada, pero que es muy expresiva al mismo tiempo. El personaje protagónico de los tres libros, este escritor que ya no escribe, es una versión alternativa mía, elevada con el volumen a 12, un poco Mr Hyde, que por una cantidad de decisiones que tomó y, que son casi opuestas a las que yo tomé a lo largo de mi vida, se convirtió en un tipo bastante desagradable. Pero también perteneciendo un poco a ese linaje de canallas simpáticos de la literatura judío norteamericana, Saul Bellow, Philip Roth, que a mí me gustan mucho. A mí me gusta mucho la idea esta de un personaje que es como una especie de catastrofista, alguien que está girando todo el tiempo impulsado por una especie de fuente centrífuga y entonces los personajes que están alrededor de él accionan o reaccionan según lo que él determina. Generalmente van hacia una especie de abismo.

En lo que hace a los personajes estos de los tres libros, me parece que todos tienen una cosa en común que son personajes tesis o ideas hechos personajes. La hermana loca escritora, la familia política, son seres que yo utilizo para comunicar ideas. Es algo que también hace mucho Saul Bellow y la literatura judío norteamericana.

¿Cómo calificarías el estado actual de la industria editorial y el de la literatura en general?

No lo veo mucho, la verdad. Estoy demasiado concentrado en la parte que me toca. La literatura siempre va a estar bien y siempre va a existir, y siempre van a haber lectores para Joyce, para Proust, para Kafka y para todos los escritores más crípticos y vanguardistas que se te ocurran. Lo que sí me parece es que el problema pasa porque los bestsellers son cada vez peores. Antes los bestsellers eran buenos y eran una estación de transito que te llevaban a otro lado, ahora me parece que son libros muy inmediatos y callejones sin salida. La industria editorial, el negocio en sí, es parte y asunto de los editores. Me niego a asumir eso también como una de mis preocupaciones. Ya tengo demasiado.

¿Cómo imaginás que sigue tu camino después de semejante desafío?, ¿qué proyecto tenés en mente?

Hay un libro que se lo prometí a mi editor Claudio López Lamadrid, que murió a principios de este año, es un libro un poco anecdotario de mis encuentros con celebridades. Un libro, se supone, más sencillo, más ligero y más amable, pero que, seguramente, no acabará siéndolo de ningún modo.

 

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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