Aquí el tema principal, no el único, obviamente es el elegido como título del libro. Siendo así, bien podríamos iniciar esta reseña rescatando una reflexión del profesor Johnmarshall Reeve acerca de la emoción básica que llamamos alegría:

“Además de los efectos sobre la memoria, aumenta su flexibilidad cognitiva, promoviendo una mayor ductilidad y amplitud en la organización y delimitación de las categorías mentales, facilitando así la génesis de soluciones creativas e innovadoras a los problemas”.

Otro tema sería el pasado. Por ello apelamos a una frase, en este caso, del escritor Carlos Fuentes: “El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo”.

Ahora bien, el pasado, como suceso, lógicamente coincide con otros sucesos que se inscriben en una misma coordenada temporal. Es así que cobra importancia el hecho de poder reconocer los puntos exactos, de espacio-tiempo, que puedan influir en el recuerdo. Y estos no serían los únicos puntos a tener en cuenta; también importa detectar los puntos flojos, los puntos de inflexión y, desde luego, los puntos de vista. Todo ello incide en la memoria.

Entrando ya de lleno en el libro que nos ocupa – Alegría, de Manuel Vilas -Finalista Premio Planeta 2019-, podríamos decir que el mismo opera como un abanico de recuerdos y, cada uno de ellos, a su vez, presenta más temas que invitan al lector a recordar, a comparar, a reflexionar. En definitiva, nos incita a peregrinar por el pasado, por ese lugar sagrado, muchas veces convertido en tierra extraña.

Manuel Vilas, por ejemplo, escribe sobre el rastro de los reyes en la historia de España; así relaciona  el transcurso de la vida de una persona con el espacio político correspondiente. Señas de identidad. “… son buena gente nuestros reyes, porque nos acompañan desde sus graves responsabilidades, y dan veracidad histórica a nuestras existencias.” Cada uno vivió bajo el reinado de…o bajo la dictadura de Franco, por ejemplo. Vale ver el recuerdo como un aporte esencial en la reconstrucción histórica, tanto personal como colectiva.

En este caso, el protagonista va de ciudad en ciudad presentando el libro que publicó, conociendo gente que lo leyó y le da su impresión; él escucha con suma atención, y sigue firmando ejemplares. En ese libro, que circula en el presente, sus padres tienen cabida. Él decidió regresarlos a la vida.

La ausencia del padre, que ya no vive, sugiere ante el hijo una supuesta irrealidad que lo cubre todo.

Es la historia de un hombre memorioso. De sus pilares y fantasmas. De ecos y muecas del pasado.

Y es una historia de familia. Y de la necesidad de reinventar la propia vida en un retorno sabio.

Este hombre va de ciudad en ciudad, pidiendo alegría. Reminiscencias. Recreaciones y nuevos significados. Los reproches, las culpas y los miedos. Las obsesión. La incertidumbre.

Nostalgia. Melancolía. La idea de la muerte, los símbolos de la muerte. Y el abuelo que se suicidó.

Entre los recuerdos, los colegios: el de los Escolapios y el colegio de la Asunción. Verano del´75. Dos semanas de retiro pedagógico y espiritual en el monasterio de Ayalante. El viento, las nubes, los árboles, las piedras, los caminos, las aguas de los ríos. Todo, una belleza.

Sus compañeros en el campamento, y los aviones de papel. Perseverancia e instinto. La inocencia.

La oportunidad de contemplar por primera vez “la hermosura de la existencia humana”. Vio, ahí, que él existía, tomó conciencia de su condición humana y, también ahí, advirtió que tenía un alma, un cuerpo y un destino.

 No consigo averiguar qué hacer con todos estos recuerdos. Porque me parece que están inacabados. Por eso los escribo, para intentar acabarlos y que acaben teniendo un sentido, y por lo tanto una dignidad.

Que los recuerdos mueran con dignidad, ese es mi cometido.

 Las reparaciones; y la posibilidad de la reparación de una vida.

Un homenaje a la vida, mediante la capacidad de superar el carácter trágico de la existencia.

En estos términos: la alegría entendida como conducto emancipador. La búsqueda de esta emoción.

La fe, la memoria, la soledad. Los detalles de la vida. La verdad que se esconde en pequeños gestos.

La autoestima; el merecimiento. Y la falta de claridad en los actos de la vida. Los misterios.

La oscuridad en la que vivimos. La ausencia de discernimiento. Y entre todo ello, Arnold Schönberg, encarnando una patología que afecta al protagonista de esta historia.

El espejo universal del tiempo. La atomización del tiempo; una otomización de la vida y de la identidad. La idea de duración, la de fugacidad, la de algo pasajero.

La noción de pérdida, a la luz del espíritu del capitalismo, es otro de los grandes temas que entran en esta historia. Al capitalismo  hay que robarle siempre, porque por mucho que le robes jamás podrás robarle tanto como él te roba a ti, pues te roba la alegría, y la alegría tiene un precio incalculable.

El capitalismo, como sistema que no se interesa en la reforma del ser (dice Walter Benjamin) sino que apuesta a su destrucción, dejando de lado la promesa de la trascendencia divina.

El filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, explica la ausencia del rumbo de la vida; habla del comportamiento humano, de un aspecto económico-temporal, de la laboriosidad y del ritmo impuesto. De la vida al compás del proceso de producción.

Los hijos; una gran ilusión. El deseo permanente de verlos felices, alegres; ¿la alegría es mejor?…

Y, la protección debida. Por otro lado, las inseguridades, las decepciones. El fracaso de los padres.

El protagonista recuerda que durante su niñez era su padre el que quería estar con él. En la madurez, fue la madre. Dice que su padre era un explorador de la sencillez del mundo. Sueña que al morir volverá a verlo. Dice que si cierra los ojos y lo piensa, él regresa a la edad de cuarenta y cinco años, más o menos, pareciéndose al Elvis Presley, en el tiempo en que cantaba Unchained Melody.

Ahora busca, en uno de sus hijos, los recuerdos de la relación que tuvo con su padre:…

los busco con una desesperación llena de sonidos, llena de hallazgos luminosos sobre quién soy, sobre mi identidad.

Son tantos los temas que giran alrededor de esta historia; son tantas las caras que muestra, que cuesta decidir cuáles dejar al descubierto en esta breve reseña. Pero, bueno, sigamos adelante con:

      No soy un hombre. Soy un cuerpo, eso es una revelación. Por eso me he sentido siempre fuera del debate y de las luchas de poder entre hombres y mujeres. No soy un hombre. No soy una mujer. Soy un cuerpo que envejece, que reclama más cuidados.

    Para sentirse un hombre o una mujer hay que tener vanidad.

    Yo no tengo vanidad.

    La vanidad que hay en decir “soy un hombre” o en decir “soy una mujer”.

    La vanidad que todos aceptamos para que haya descendencia, lucha, movimiento, agresión, crimen, pasión, injusticia.

    Yo solo tengo vida, vida sin identificar, vida sin alegato, vida sin vanidad.

El protagonista, dice acerca de su padre: No ejerció de abuelo, como yo tampoco lo haré, porque no haré nada que mi padre no hiciera. No ejerció de abuelo porque en el fondo de su alma  mi padre nunca creyó en los valores pequeñoburgueses que el mundo le daba.

Aquí quisiera hacer un paréntesis, porque me parece atinado sumar una reflexión que vuelca García Wehbi en la Trilogía de la Columna Durruti. “El padre siempre hace sombra. Mejor dicho: el padre es siempre la sombra muerta del hijo. Es un doppelgänger viejo, oscuro e incorpóreo que camina a su lado, que no lo abandona nunca y que lo guía siempre hacia el pasado (…) Siempre es un representante exclusivo de Tánatos que duerme con el uniforme puesto y caga con la puerta abierta, listo para acudir al entierro de su hijo con lágrimas de cocodrilo y un puñado de tierra en su mano cuando sea necesario, una amenaza al yo incluso en las horas en las que Morfeo se apiada de las pobres almas y nos ofrece un breve lapso de sosiego. Conoce de memoria el camino del cementerio puesto que de allí viene…”

Piensa en su madre, y dice que: en sus últimos años, no se portó bien con todo cuanto la rodeaba. Podía llegar a ser muy dura y cruel. Yo no sabía qué hacer. Me hundía verla así. Nos hundíamos los dos, madre e hijo.

        En la vejez, se agarró a mi hermano y a mí, en alguna medida, y quiso que le resolviéramos la vida.

        Mi hermano se la resolvió más que yo, aunque las soluciones de mi hermano le resultasen poco festivas. A mi madre le hubieran gustado grandes soluciones, basadas en el lujo, la celebración, la fiesta y el regreso de la juventud

        Pero eso era imposible.

        Mi hermano le ofrecía reparaciones de sentido común. Pero mi madre siempre vivió lejos del sentido común, esa fue su marca, su estilo, su temperamento.

 No obstante la decadencia en la recta final, el protagonista expresa en otro pasaje de esta historia:

Todo ha sido como si mi madre hubiera estado detrás de cuanto iba a ocurrir. Seguro que lo hizo, estoy completamente seguro de su fuerza sobrenatural.

Por otro lado aclara que la madre y él eran la misma cosa. Su padre tenía razón cuando afirmaba que no se le parecía a él, sino a su madre  Era igual que ella. Y tuvo que escribir una novela para darse cuenta de eso.

A veces pienso que no he sabido entender nada. Y ahora que tengo cincuenta y seis años, y dentro de cinco meses tendré cincuenta y siete, veo que desde las cenizas de mi pasado se levanta un ansia que no sé qué es.

Pensé que ya había visto muchas cosas en la vida, y era mentira. No había visto nada, hasta que no me topé con esto, que es nuevo, y que acaba de aparecer en mí.

Es la belleza.

 

 

Título: Alegría

Autor: Manuel Vilas

Editorial: Planeta

352 págs.

Sobre El Autor

Ex funcionario de carrera en la Biblioteca del Congreso de la Nación. Desempeñó el cargo de Jefe de Difusión entre 1988 y 1995. Se retiró computando veinticinco años de antigüedad, en octubre de 2000, habiendo ejercido desde 1995 la función de Jefe del Departamento de Técnica Legislativa y Jurisprudencia Parlamentaria. Fue delegado de Unión Personal Civil de la Nación (UPCN) - Responsable del Área Profesionales- en el Poder Legislativo Nacional. Abogado egresado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.B.A. Asesor de promotores culturales. Ensayista. Expositor en Jornadas y Encuentros de interés cultural. Integró el Programa de Literatura de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña en el Centro de Narrativa Policial H. Bustos Domecq. Es secretario de Redacción de Evaristo Cultural, revista de arte y cultura que cuenta con auspicio institucional de la Biblioteca Nacional (M.M.)

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