Cuando uno entra con el narrador al bar parisino Sunset y lo ve sentarse junto a su banda, no puedo dejar de ver a esos hombres que se sostienen la cabeza con una mano, con un puño, que bien supo retratar Paul Cézanne. Pueden estar juntos, pero lo único que comparten es una botella o —varias— antes de volver a sus casas. Hablarán poco y nada, algunos argentinos que conversarán de su patria sin saber qué los une a ella, charlas descartables que serán reemplazadas por otras charlas descartables y otras botellas. Ahí adentro se bebe con más desesperación que con sed.

Sobrevivir en silencio.

Esperando su chance.

Habrá historias, claro, que se van tejiendo.

O deshilachando.

La de Alterio, narrador, protagonista, periodista deportivo apasionado por el boxeo y por la historia de Castro, compañero de mesa, boxeador que busca la redención en el ring, porque sabe que es en el único lugar donde la puede encontrar. Alterio buscará en esa épica una manera de esquivar su propia historia. Contar el ascenso. La vuelta.

Narrar la redención —imposible / improbable— de un boxeador.

Y también la propia —también imposible e improbable—.

O tardía. Que sería lo mismo.

Y hay un crimen. Muere uno de la banda —que no es de amigos—, Frank, un pintor. Alterio será primero sospechoso y después investigador, porque los problemas de los demás son más fáciles de resolver que los propios. Pistas: unos cuadros, un encargo de falsificación, una mujer.

Es en esos dos ejes donde el narrador irá yendo y viniendo. De la pelea de Castro y la oportunidad de volver a que su nombre signifique algo, y del crimen de un conocido, resolverlo, o estirar su resolución para no tener que volver a los problemas propios, a un exmujer que se va con su hija, a una vida en extinción.

Pateará Pigalle. Montmartre, el barrio bohemio, artistas, cuna de Degas o Toulouse—Lautrec, donde trata de vender sus cuadros Frank. La figura de Delacroix. Prolífico, desordenado, celebre y desconocido. El hueco posible. El vacío desde el cual construir algo: una falsificación.

“Uno está condenando a no comprender lo que le sucede”

Hay algo de la épica de la mediocridad. Frank no tuvo su día, su pintura famosa, y llega la estafa como una gloria inalcanzable. Castro tuvo algo parecido. Y Alterio no anda muy lejos. Una crónica sobre algo que ya no importa, porque nadie quiere el boxeo, nadie quiere la violencia, le dice un editor, que no sabe lo que se mueve allá afuera y allá adentro de algunos.

Estafa.

Redención.

Naufragio.

Desaparición

Las palabras irán rebotando a lo ancho de la novela, como si esas fueran las cuerdas del ring en las que está atrapado el protagonista, no hay esquinas ni campanas, solo esperar que llegue un golpe final y lo tumbe.

O encontrar la fuerza o la rabia para darlo él.

 

Título: Roña

Autor: Fernando Stefanich

Editorial Recovecos

148 páginas.

Sobre El Autor

(Buenos Aires, 1986) Trabaja en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Participa en RASTROS: Observatorio Hispanoamericano de Novela Negra y Criminal. Dogo (2016, Del Nuevo Extremo), su primera novela, fue finalista del concurso Extremo Negro. En 2017, Editorial Revólver publicó Cruz, finalista del premio Dashiell Hammett a mejor novela negra que otorga la Semana Negra de Gijón. Es hincha de George V. Higgins, Donald Ray Pollock, Edward Bunker, James Sallis, David Goodis, Raymond Chandler, Jeff Nichols, Kike Ferrari, Leonardo Oyola, James Crumley, Ben Affleck, Daniel Woodrell, Taylor Sheridan, Vern Smith, Newton Thornburg, Jason Aaron, RM Guera, entre otros.

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