Parece un rodaje antiguo, en sepia, con imágenes que se precipitan y ya no sé dónde tengo la cabeza. ¿Por qué chistás? No me creés. Era de imaginar. No sé para qué te llamé. Te conozco, Tania. No, no te miento. Además, no tengo por qué contarte todo. No te enojes. Sigo, pero no me interrumpas. Fui a ese bar porque quedé en encontrarme con alguien. Con Isabel, no. Sabés que no. Estaba esperando a Alexis. ¿Te acordás de él? No tenés idea de cómo cambió. Ya no es el flaco escuálido que conocimos en la secundaria. ¿Qué importa cuándo lo volví a encontrar, Tania? Quedamos en vernos ayer. Y sí, me siguen gustando. Igual, después de Isabel, prefiero que fluya sin enredarme. Sí, Alexis se casó, se divorció, está solo, es un divino y vos estás loca, ¿cómo le iba a decir que también me gustan las minas y que acabo de cortar una relación? Basta. No la extraño a Isabel, no fui a encontrarme con él para darle celos a ella. Ya fue, caducó, nos hicimos mal, quedamos mal, ya está. Alexis es un tierno y es muy divertido. Chateamos, nos pasamos el celu, y si vieras las fotos que me mandó, te morís. No, no te las voy a pasar. No sé cómo explicarte qué fue lo que movió en mí. No es el target del tipo que cuando lo escuchás se te viene a la cabeza un pene que escupe hacia arriba. Con él no me pasó eso, ¿entendés? Es fresco, mueve una energía diferente, yo qué sé. No hablés de despecho, no es eso. ¿Ves por qué dudo en contarte? Isabel no tiene nada que ver y siempre te vas por las ramas. Sí, vos, Tania. Igual no, no pasó nada. O sí, pasó de todo, pero no con Alexis. Eso es lo que te quería contar.

Dejé que eligiera el lugar para no ir donde vamos siempre, por las dudas, no quería cruzarme con nadie conocido. Por suerte me dijo de un bar cerca. Quince cuadras de casa. Nunca había ido. Él dijo que le quedaba de pasada cuando salía del trabajo. ¿Qué? Asesor de imagen me contó que es, ¿qué te importa? Concentrate. Quedamos en almorzar a la una en ese bar que ni me acuerdo el nombre. A la mañana puse ropa a lavar y me senté con la novela. Sí, avanza. No, no la vas a leer hasta que esté lista. ¿Querés que hablemos de eso o te sigo contando? Bien. Aguantá que pongo la pava para el mate, tengo el estómago vacío, no comí ni tomé nada desde ayer. No, no corto, esperá, Tania, sos imposible. Sí, puedo hacer las dos cosas, te cuento, ¿está bien?

Estaba en que salí de casa y fui caminando. Llegué temprano, me senté afuera, pedí un agua y me relajé. Cuando lo vi cruzar la calle no lo podía creer. No te miento. Ya no es tan flaco ni siquiera altísimo como lo veíamos de chicas. El aspecto, Tania, brillaba de sencillo: remera, jeans, zapatillas, barba de varios días, los dientes blanquísimos. Lo vi diferente, no sé cómo explicarte eso. Se me movió todo cuando me dio un abrazo. Y me dio hambre. La ansiedad me volvió famélica, comí lo que había en la panera y me devoré el tostado. No fumé nada, de verdad, y menos mal, porque si no, lo que pasó después… No llegué a eso, esperá. No me hago la graciosa, estoy tratando de pensar, Tania. Todavía no entiendo. Él no me cree y yo no sé en qué creer. Alexis me estaba contando algo de su ex, de cómo fue que las cosas empezaron a no funcionar, cuando vimos que un colectivo frenó justo en el cordón de la vereda frente a nosotros, y bajó una nena. Los dos la vimos bajar. Nueve, diez años, supuse que tendría. Llevaba puesto el uniforme de la escuela. Ella me miró, se acercó, se dirigió a mí y me llamó mamá. Fue ahí donde comencé a ver todo en sepia: la vereda de un gris terroso, las hojas de los árboles marrones, el cielo té con leche, y los brazos flacos de la nena que se me echó encima. “¿Por qué no me fuiste a buscar, mamá?”, dijo, y yo lo miré a él y él me miró y cerré los ojos. Conté hasta diez mientras pensaba qué sustancia, tal vez, le habrían puesto a la harina de las tablitas, o podría haber sido el brócoli que había en el tostado vegetariano; algo que comí y que estaba en mal estado y que me hacía alucinar, pero la voz insistente de la nena que me llamaba mamá, no se iba. Alexis se paró y yo abrí los ojos. “¿Te perdiste?, ¿dónde está tu mamá?”, le pregunté y la voz me salió falsa, indiferente. “Nunca me prestás atención, te olvidás de irme a buscar, ahora quiero ir a casa, mamá”. No te miento, Tania. ¿Cómo iba a deshacerme? Te quisiera ver en mi lugar. Encima él, antes de irse, me dijo que nos parecíamos. Nada que ver. Ella tenía rulos, la piel más oscura, y era cachetona. No veía nada mío en ella. Le dije a Alexis que lo llamaba y me ocupé de asegurarle de que no la conocía, pero fue peor. Él me miró raro. “Llamame”, dijo y se fue. Decime que no me creés y no sigo. Sigo, entonces. Comencé a caminar hacia casa y la nena me seguía. Le pregunté qué le pasaba y no me contestó. Parecía enojada. Enojada conmigo, ¿entendés? No sabía qué decir ni qué hacer. Caminé agitada mirándola de reojo, me costaba respirar y sentí la boca seca, pastosa. Paré en el quiosco que está a cinco cuadras de casa, al que vos le comprás cigarrillos porque decís que los venden más barato. Pedí un agua. Le pregunté a la chica si quería algo. Ella negó con la cabeza. Igual compré chicles, necesitaba masticar, hacer algún movimiento con la mandíbula a ver si las ideas se me acomodaban, no sé, no sabía qué carajo estaba haciendo con esa piba que me seguía y me daba una entidad desconocida, me llamaba mamá, mamá, y me volvía loca. Encima, cuando la vieja pelotuda me dio el vuelto, dijo: “se parece mucho a vos”. En cualquier otro momento la habría dejado hablando sola, pero en ese instante necesité explicarle de que no la conocía. La nena no me dejó terminar: “dale, vamos, mamá, quiero llegar a casa”. Quedé como una demente, y no quieras imaginar la cara de la vieja chusma. Seguí caminando, ella no quiso agua ni chicles. Ya no iba detrás, se puso a mi lado, no nos mirábamos. Veía los pies lentos que me secundaban y me atraganté con el agua. La nena me palmeó la espalda. Dijo que levantara el brazo, que eso era lo que yo le hacía hacer a ella cuando tosía. No lo hice. Apuré el paso. En la puerta ella se quedó a un costado y esperó a que yo abriera. “Vos no vivís acá, no jodas”, le dije, y esto sí que no lo vas a poder creer, ¿sabés lo que hizo?, resopló como si yo fuera un estorbo y pasó primera. Me sentí aturdida. Miré hacia ambos lados de la calle, no había nadie cerca. Entré y cerré la puerta con llave. No quise llamar a la policía, primero quería que me contara quién era. La confundida parecía yo, no ella. Vi cómo se echó en el sofá, lo hizo como si fuera habitual, suyo, su lugar. Me senté frente a ella. La miré atenta. El jumper del colegio era gris, llevaba medias blancas hasta las rodillas y zapatos con hebilla, ¿te acordás que nosotras también usábamos de esos? Tenía la piel fresca y los cachetes colorados. Los rulos le caían sobre las cejas. Cuando soplaba hacia arriba, esos bucles apenas se elevaban y le volvían a cubrir la frente. “A ver, contame de dónde saliste, ¿quién sos?”, dije. Ella me miró y respondió que siempre le hacía lo mismo, que estaba cansada, y le brillaron los ojos. El pecho se me estrujó. Le pregunté si tenía hambre y me levanté del sillón. No contestó. “Hacemos esto, preparo una leche con tostadas, hay queso blanco y un poco de dulce, comés algo y después hablamos tranquilas, ¿te parece bien?”, creo que le dije algo así. Ella siguió imperturbable, aunque, su atención sobre mí, te juro, Tania, era imponente. Tenía los ojos de un marrón ácido, imposible ver detrás de ellos. No supe si estaba enojada o simplemente loca. Le pedí que me acompañara. “Me quedo acá, estoy cansada, mamá”, respondió y, no sé por qué, creí que no jugaba. Cuando entré a la cocina me estallaba la cabeza. Saqué una taza de la alacena, era rosa, yo detesto el rosa, vos lo sabés, igual no me detuve en eso. Pensé que sería de Isabel y que se la había olvidado cuando vino a buscar sus cosas. Había salido tan enloquecida ese día…, en fin, busqué el cacao como si fuese algo común que siempre hay en la alacena. Sí, sí, no cabe dudas, era obvio que estaba alteradísima. Me acordé que tenía una tableta de chocolate amargo arriba de la heladera, calenté la leche con una barrita dentro de la taza. Mientras pensaba de dónde habría salido esa chica, encontré en el segundo cajón de la mesada, un paquete de vainillas que estaba abierto. Saqué una, la apreté apenas, seguía esponjosa, la olí y se me vino a la boca el gusto a Isabel. Fue un instante, nada especial, eso ya fue, Tania, ya fue. No sé por qué te lo cuento. Saqué dos vainillas del paquete, las puse en la bandeja junto con las tostadas y el queso. Quise llamar a la nena, pero no sabía el nombre. Nunca me lo dijo. Cargué la bandeja, fui hacia el comedor. “No sé cuánta azúcar querés ponerle, querida”, levanté los ojos de la leche y ya no estaba. El sillón vacío, apenas hundido con la marca de su cuerpo. Dejé la bandeja sobre la mesita, comencé a llamarla: “¿dónde te metiste?”. Entré al baño, luego fui a mi habitación, miré detrás de las cortinas, debajo de la mesa, revisé todos los recovecos como si estuviese buscando una mascota y no a una nena regordeta, llena de rulos, que me llamaba mamá. En ese momento creo que no pensé en nada, corrí de un lado a otro como una desquiciada, y no hubiese mirado el celular, si no fuera porque vi un mensaje de Alexis. “Me fui mal, estuve mal con vos, cuando quieras charlamos y me contás de tu hija”. Tiré el teléfono sobre la mesa, corrí hacia la puerta, salí a la calle. Llegué a la esquina, miré a un lado y a otro. No estaba. Corrí una cuadra más. Tampoco. Ni un rastro dejó. Nada. No, Tania, no me robó, está todo en su lugar. Ni siquiera alcanzó a probar la leche con vainillas. No apareció más, ¿entendés? Nunca. Igual que Isabel.

Sobre El Autor

Sabrina Álvarez, (9 de Julio, Buenos Aires, 1968) Sus cuentos fueron antologados en Cuento digital Fundación Itaú, Antología Federal, 2020. Cuentos a la calle, UnaBrecha, 2021. Obtuvo primeros premios en concursos literarios de Argentina, Colombia y España. Publicó la novela Piacenza, (Ed. Modesto Rimba), 2018.

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