La gracia residual de una ecuación divina

Quizás no exista una relación tan singular como la presente entre los museos y los juguetes. Por un lado, el acto consagratorio de objetos expuestos en vitrinas para no ser tocados, dispuestos solo para el contacto visual, y por otro, la dispersión, la pura potencia material e imaginaria que esconden otros objetos que pueden estar en cualquier lado, ya sea en estanterías o en el mismo piso, en perfectas condiciones o rotos. Claro que no es el único vínculo posible que aparece en La chispa de las cosas (Azogue Libros, 2021) de Mariana Robles, pero un gesto fundador comienza con esa pregunta: ¿Cómo hace la mirada de la infancia en un museo, mirada que no distingue entre lo sacro y lo lúdico y puede, entre tantas cosas, usar monumentos para jugar? La primera parte del poemario, llamada Un museo habita en mí, muestra cómo esa forma de ver emerge en reflejos de vitrinas:

 

El museo contraído como juguete

cabe en mí, la perspectiva eclosiona

y una niña

reflejada en las vitrinas lee

los surcos de mi mano.

 

Los poemas de Mariana Robles aparecen así de forma similar a esos momentos en los que vamos de una obra a otra en un museo. No se trata de la mera observación sino de lo que de ella se desprende y aparece como destello, relámpago o puntada en lugares menos esperados. La proliferación de objetos se transforma, entonces, en algo más que un inventario o un recorrido. Vasijas, cuadros, puntas de flecha y hasta revistas antiguas proyectan referencias históricas pero también el rostro de quien las observa. Desde la guía que acompaña ese circuito poético hasta los reflejos que aparecen en los aparadores y espejos aúnan la pregunta por el paso del tiempo, que es a la vez personal y universal: “El reflejo de mi cuerpo invade el orden ingrávido/ de los decorados capilares y en la descarnada/ ficción de mi presencia/ ocupo el lugar de un fantasma”. Se podría decir simplemente que se trata del relato de una experiencia primaria, una visita a un museo camuflado en las sierras de Córdoba. Pero, también, Un museo habita en mí extiende una búsqueda arqueológica sobre la historia de esos objetos y sobre la mirada de la infancia en un museo que ofrece sólo la visión como forma de calmar esa explosión de sentidos. Una de las tantas búsquedas aparece en este poema:

 

Puntas de flecha

 

En las puntas de flecha mi guía

se detiene como si una de ellas

hubiese clavado su ojo o su carne.

Piedras afiladas usadas para

cazar animales

los quejidos atraviesan la sala

y la herida otra vez en el centro

de la escena, alrededor de un fuego

y con el cuerpo doblegado

sobre las flechas incendiarias

los hombres en la neblina

inventan el lenguaje.

 

¿Cuál sería entonces la singularidad de la infancia en un lugar tan consagrado, canonizado y cristalizado como un museo histórico? Nada menos que experimentar la posibilidad de habitar ese espacio con la desafectación de no depender de las herencias enciclopédicas, de ver en un soldadito de plomo o en una cuchara de madera la misma posibilidad: la de jugar, la de leer con una “voluntad geométrica pero caprichosa/ que en lo vacuo inventa/ la gracia residual de una ecuación divina”.

Las ilustraciones de María José Cabral participan en la óptica de esa experiencia primaria: candelabros, abanicos y vasijas aparecen suspendidos en el aire como si nada las sostuviera, desprendidas en su mayor parte del aura consagratoria de un museo histórico. Como cuando se abre un libro-álbum, la relación entre palabra e imagen está ahí no para complementarse sino para contar otra cosa. Convierten así a La chispa de las cosas en un museo portátil que puede leerse, subrayarse y dibujar encima. Precisamente esas acciones que la mirada museada suele cohibir.

El segundo chispazo después de Un museo habita en mí se llama Tres mujeres planchadoras. Aquellos indicios que aparecían esporádicamente en las vitrinas o en los vestidos antiguos se traslada ahora con una presencia permanente sobre las mujeres de familia. No se trata de una herencia ni de la continuidad  de un linaje, esas tres mujeres se funden en una fragilidad que traspasa las marcas generacionales para confundirse en un solo tiempo. Esa mirada sobre los museos es ahora una mirada sobre las raíces, una mirada hacia la arqueología familiar y su devenir.

 

Las mujeres me parieron

en ellas pende un cordón umbilical

que me une a la tierra y a la vida.

Alguna vez mi madre me albergó en su vientre

y mi abuela a ella, y a mi abuela su madre.

Y ahora que crecí como árbol-mujer

madre-pájaro o bruja, retengo

las pulsaciones de sus cuerpos

en el mío. Sus rostros y sus manos

se alojan en mis órganos, en mi sangre

y habitan una dimensión que florece

con sus recuerdos; para seguir muriendo

o naciendo, que es lo mismo.

 

La chispa de las cosas entonces empieza como un recorrido por un museo, pero su segundo movimiento hace de esa mirada una forma de leer una historia particular. Como museo portátil o como álbum de tiempo, el libro de Mariana Robles y María José Cabral no deja de ser un chispero que da claridad a objetos guardados en cápsulas de vidrio y también a eso que excede a la materia de los objetos y los cuerpos.

 

 

Título: La chispa de las cosas

Autora: Mariana Robles

Ilustradora: María José Cabral

Editorial: Azogue Libros

70 páginas.

Sobre El Autor

Eric Hernán Hirschfeld nació en la ciudad de Paraná en 1994. Es profesor de Letras (UNL) y doctorando en Semiótica (UNC). Es becario doctoral del CONICET y estudia la Tecnicatura en Producción Editorial (UNER). Sus artículos han sido publicados en Revista Paco, Períodico Pausa y Revista Ñ. También escribe las contratapas de la revista de la Asociación Civil Barriletes. Foto de autor: Erika Vernay

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