Le adjudicaron los más extravagantes nombres. Los preferidos eran secta, escuela de psicópatas, pandilla de asesinos. Tergiversaron sus orígenes, confundieron sus motivos, inventaron historias sobre la vida del creador de la Escuela de Suicidas, Federico Aroldi, un ignoto uruguayo que carecía de datos biográficos comprobables. Los medios de comunicación decían que su vida fue mediocre y vacilante; sus discípulos le regalaron un mítico pasado de acción y rebeldía. Lo cierto es que muy poco se sabe sobre Aroldi. Efectivamente fue un hombre misterioso por omisión, que vivió en soledad el entorno gris de su ciudad natal, Montevideo.

Lo que importa es su legado y las bases a través de las cuales llamó a destruir a la humanidad. Este propósito, dado el imparable avance de la Escuela en diversos países, trasciende su supuesta vida contemplativa. Existen versiones que afirman que él en persona se encargó de arratonar su pasado, conciente de que debía superar los individualismos. Su objetivo era aplastar la moral humana por medio de la anulación física de cada individuo; es comprensible que el culto al ego lo tuviera sin cuidado.

Se ha escrito mucho -se sigue escribiendo- sobre las consecuencias sociales y políticas de la autodenominada Escuela de Suicidas, poco se ha dicho de su porqué y sus metas. Aroldi previó que esto pasaría: “Los hechos tarde o temprano hablan por sí mismos. Estamos creando la muerte más pura que la raza humana haya experimentado alguna vez, da igual lo que piensen o digan de nosotros”.

Los primeros suicidios se dieron en Uruguay y atrajeron a la prensa local. En las ropas de los dieciséis muertos se encontró la copia de una misma nota: “Sólo matándonos a nosotros los matamos a ustedes”. Los cronistas entrevistaron a familiares y amigos de los suicidas sin encontrar una pista, ni siquiera un chisme digno de publicación. Días después abandonaron la noticia por otras más cotidianas, fáciles de moldear.

De haber tenido un mínimo de criterio o memoria podrían haber interrogado a Federico Aroldi, que había deslizado alguna vez sus pensamientos en un diario de provincia cuando trabajaba como columnista de opinión. Allí había hecho un elogio del suicidio, considerándolo una acción con consecuencias profundas en la vida de los otros, no en el suicida. “El suicidio no tiene que ver con matarse por enfado o rechazo a la vida, eso es una banalidad nacida del prejuicio. Lo que genera este acto, si es aprovechado, es un gran poder en mano del que muere”. Podrían haberle preguntado a Aroldi sobre el grupo de suicidas que conmovía a Montevideo y, con apacible brutalidad, habría admitido que era él su mentor. Esto y más podrían haberle preguntado de haber sabido que existía, y, claro, de haber estado él con vida, ya que cuando ocurrieron estos sucesos llevaba seis meses muerto. Se había suicidado frente a las mismas personas que acababan de matarse en grupo, después de ofrecer el discurso que dio inicio a la Escuela. No puede negarse que predicó con el ejemplo.

Sus alumnos se encargaron de dispersar hábilmente sus ideas. Parte de ellas fueron escondidas para ser descubiertas por nuevas generaciones. Por previo acuerdo, una persona de este grupo no se mató para poder llevar la doctrina a otros lugares. Se trataba de Mabel Lombardi, una argentina que había vivido muchos años en Estados Unidos. Mientras los diarios uruguayos hablaban del “hecho terrible”, regocijándose en lo obvio y lo macabro, Lombardi viajaba a California con un plan de acción perfectamente diagramado. Su llegada a Los Angeles no fue espectacular, nadie la esperaba. Al reconstruir sus movimientos en la costa oeste no se encontraron escritos ni señales de querer diseminar las bases de la Escuela de manera abierta. El recorrido de Lombardi no distó del de cualquier turista: idas, venidas, estadías breves. Tampoco pudieron interrogarla porque cuando se enteraron de su existencia ya había muerto por mano propia.

En verdad nunca hubo, en ningún lugar y bajo ninguna circunstancia, más que una o dos charlas entre un integrante-guía de la Escuela (así denominaban a sus voceros de ideas) y nuevos discípulos. A causa de este silencio, diarios y programas de televisión exageraron las historias sobre llamada secta. Era inevitable que cualquier lector informado sobre el tema terminara repitiendo las mentiras aprendidas. Lo curioso fue que la instalación del mito de Aroldi se dio en parte gracias a escritores famosos y ensayistas. Ávidos de ganar un lugar mediático, se sucedieron una tras otra las versiones subjetivas y caprichosas de lo que fue o debió haber sido Federico Aroldi. Vargas llosa habló con desprecio de él, citando ejemplos de terrorismo histórico (nihilistas rusos) con resultados poco afortunados. García Márquez retrató a Aroldi como un profeta con ínfulas mágicas sin hacer caso del cerebral y canallesco espíritu rioplatense, tan alejado de la retórica caribeña del colombiano. En Argentina, Ernesto Sábato, antes de morir, redactó una elegía sobre el romanticismo de Aroldi -no tuvo tiempo de arrepentirse, ya no estaba en este mundo cuando se develaron los maquiavélicos planes del uruguayo- aunque se manifestó en contra del suicidio, diciendo que era un “acto de cobardes”.

No acababa la polémica de los autores latinoamericanos cuando cincuenta y cuatro personas se suicidaron en un barrio de clase media de Los Angeles. La Escuela empezaba a desperdigarse por el mundo. Enseguida se dieron suicidios masivos en Europa, y esta vez reaccionaron más los gobiernos que los multimedia. Estados Unidos envió agentes de la CIA a Montevideo sin notificar al gobierno uruguayo. Sus investigadores no hallaron nada. Gracias a un contacto en Washington, el que esto escribe revisó los informes enviados por los agentes: se trataba de docenas de papeles plagados de formalismos, un acopio de rumores sin una sola fuente fidedigna. “Bullshit”, como bien dijeron.

Aunque Estados Unidos abundó en suicidios en masa, ninguna de las células de la Escuela instaladas en ese país entendió verdaderamente el sentido de la propuesta de Aroldi. Él hacía hincapié en la autoeliminación conciente con un inequívoco trasfondo ideológico, algo que la cultura de Norteamérica, pragmática y esquiva a la contradicción, hacía difícil de digerir. Sin embargo, aceptaban morir. Los cadáveres fueron encontrados con los consabidos mensajes de “sólo matándonos a nosotros los matamos a ustedes”, sin que los propios ejecutores hubieran entendido bien de qué se trataba. El periodista francés Michel Roland, el más inteligente de los investigadores de la Escuela, afirmó que para una sociedad materialista y decadente como la norteamericana la filosofía extrema y existencialista de Aroldi no podía ser absorbida. “Asumen el costado violento del suicidio, cosa que cualquier estúpido puede hacer, pero no el significado, que al fin y al cabo es lo único que cuenta para este refinadísimo grupo de locos”. Esta despolitización era peligrosa para el éxito filosófico de Aroldi, ya que la propuesta debía ser letal, no las muertes en sí.

El otro argumento esgrimido para explicar la Escuela y reducirla a una cosa digerible fue la manipulación de los guías sobre los discípulos. Hubo que esperar a que tanto los suicidios grupales como los individuales (sugerencia de Aroldi, que quería golpear sin detenerse y no crear únicos eventos) contaminaran las ciudades de Europa y de Asia[1] para que el argumento de secta controladora perdiera solidez. Cuando los suicidios en masa llegaron a setecientos cincuenta mil a nivel global, el pánico ya no pudo banalizarse con excusas. La filosofía existencialista del siglo veinte tuvo que sacudirse el polvo y ser discutida como tema nuevo, pero -signo de los tiempos- el análisis cayó en saco roto. Las muertes continuaron y no se halló cómo desactivar a la Escuela ni comprender donde residía su misterio y su contagioso horror. La psicología y la sociología acabaron en el mismo basural que los informes de los servicios secretos. Los suicidios ininterrumpidos vaciaron de significado las palabras y abrieron paso a un mudo terror, llegó el momento donde no hubo respiro entre un suicidio y otro. Cada día llegaba desde alguna parte la noticia de un nuevo contingente de cincuenta, cien, doscientos suicidios simultáneos. Las poblaciones de los países más afectados comenzaban a sentir un profundo malestar, mezcla de culpa y resignación. Aroldi, anticipando esto, dejó en claro que al llegar a este punto habría que cerrar el círculo.

Sin que nadie se enterara, los estados poderosos del globo se reunieron para intercambiar información. En verdad, se trató de un encuentro extraoficial del Grupo de los Ocho. Para todos, sin excepción, este flagelo surrealista resultaba imposible de manejar políticamente. La gente empezaba a cansarse de hipótesis televisadas. El miedo había clavado sus raíces y lo que espantaba era no entender qué ocurría, premisa básica del plan de Aroldi (esbozado en unos papeles aparentemente encontrados en su pequeño departamento de Montevideo, nunca mostrados de forma pública).

La Interpol y sus derivados Europol, Ameripol, los servicios secretos MI6, CIA, FSB, BND, DGSE, Mossad, impotentes frente a algo tan inasible como el suicidio injustificado[2], se reunieron con investigadores de diversas áreas sociales que fueron obligados a dejar sus organismos estatales o privados para trabajar en secreto y con exigencia de soldado de elite, las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Por ley, un agente de esta nueva organización anti suicidio (sin nombre oficial) ya no podía investigar solo, debía hacerlo acompañado por un trabajador social. El agente seguía las pistas y el sociólogo o psicólogo ensayaba una conclusión a partir de los datos encontrados. Los agentes medianamente cumplieron con su encargo, los investigadores sociales nunca, o no aportaron más que un descriptivo informe de la situación sin echar luz sobre la esencia del fenómeno. Luego de diez meses de acción se abortó esta aventura bicéfala, se canceló la organización sin nombre y, en represalia, fueron reducidos los subsidios y becas para áreas sociales y educativas de los Estados Unidos y países de la comunidad europea.

Y fue justo cuando los servicios secretos rastreaban el mundo en busca de respuestas que empezaron a darse los suicidios individuales. La sensación de caos se expandió como nunca. De nuevo se cumplía otro punto del plan de acción de Aroldi: “primero habrá suicidios en masa, clásicos, evidentes, para generar inquietud e ideas de conspiración. Llegado a este punto, vendrán los suicidios individuales, que serán los definitorios, y tendrán la única intención de revertir la ilusoria seguridad de las sociedades. Cuando un primo, un vecino, un portero, un ministro se suiciden sin aviso no habrá tiempo de reacción y el miedo será imparable. Los incautos -la mayoría- creerán que se trata de una especie de virus y llegarán a pensar que quizá un día ellos mismos se maten sin saber porqué. Pero no apuntamos a que se autoeliminen los imbéciles sino a aislar a los especuladores, a los depravados, a los cínicos que llevan las riendas de este mundo sin arreglo. Su desesperación es nuestra meta”.

Llegó el momento en que la Escuela dejó de ser una anécdota siniestra para convertirse en una epidemia. Daba la sensación de ser la misma muerte la que pasaba de un cuerpo a otro, desbocada. Un temor reverencial se esparció por Occidente, que hacía siglos se jactaba de haber enterrado el miedo a lo desconocido. Por primera vez en la historia no era una guerra o una enfermedad la que sacudía al mundo sino una muerte optativa, particular. Los sitios turísticos (Caribe, Aspen, Patagonia, las playas de Indonesia, etc) eran abandonados por los visitantes como si se tratara de ratas escapando del fuego, una vez que los suicidas los contaminaban con sus desapariciones en hoteles, calles, bares, iglesias, barcos, aviones. Los suicidios se daban en cualquier parte, a cualquier hora, de cualquier manera.

Se amontonaron las cartas con la frase iniciática de la Escuela; los disparos, los venenos, los cortes de venas, las lanzadas al vacío, las vías del tren, las ruedas de los autos siempre estaban a mano del que quisiera utilizarlas. Las ciudades con mayor índice de suicidios individuales en ese primer año fueron San Pablo, Buenos Aires, París, Londres, Viena, Estocolmo, Budapest, Barcelona, Hamburgo, Berlín, New York, Chicago, Los Angeles, Moscú, San Petersburgo, Tokyo, Beijing, Hong Kong. Muchas otras tuvieron altos índices de decesos, los suficientes para aterrar a los vivos, que a pesar de ser mayoría se arrinconaban como minoría perseguida.

India, Corea del Sur, Irán, Egipto, Emiratos Árabes, Taiwán y otros países de Medio y Extremo Oriente, que originalmente habían estado fuera de las investigaciones, acabaron por ayudar en inteligencia. Se urdió un plan de desinformación masiva que superara en logística al de Aroldi. Se invirtieron miles de millones de dólares para callar por cualquier medio lo que los gobiernos más temían: el motivo. Los multimedia anglosajones pusieron manos a la obra, mintieron en las cifras de muertos, minimizaron el alcance de la escuela, anunciaron su fin y fracasaron antes de lo que se temía. Se fundieron varias cadenas informativas y grupos económicos poderosos se fraccionaron en empresas medianas; el miedo alcanzaba a las altas esferas. De alguna manera, padecían un suicidio inducido.

Se dio la orden a nivel mundial de perseguir a posibles suicidas como si fueran ladrones callejeros. Agentes infiltrados crearon falsos grupos de suicidas para intentar acercarse a los cabecillas reales de la Escuela. Su misión consistía en matarlos antes de que se mataran ellos. La idea era asesinar dejando en claro que se trataba de un asesinato, y así evitar la muerte por mano propia. Curiosamente, estos agentes, que se habían pasado la vida ocultando las pruebas de sus crímenes políticos, ahora debían hacerlas públicas. Aparecieron hombres y mujeres degollados, baleados, descuartizados en casas, campos, rutas, callejones. Se capturaban posibles seguidores de la Escuela y se los torturaba para conseguir información. Los supuestos seguidores, que aunque lo fueran poco sabían porque no había gran cosa que saber, no hablaban y morían en las sesiones de tortura. Tiempo después, los agentes interpretaron que al no hablar y dejarse morir estaban, en efecto, suicidándose. La tortura como método fue eliminado y también los interrogatorios; cualquier amenaza de muerte, si se estaba frente a un discípulo de Aroldi, sólo servía para evitarle el trabajo de matarse a sí mismo. Asesinos profesionales y mercenarios se vieron de pronto atados de manos, a merced de suicidas que los usaban como instrumento para sus fines.

En una medida desesperada, encerraron a los posibles suicidas en calabozos de centros clandestinos para impedirles que se mataran. Se crearon programas de rehabilitación donde se trató de entretenerlos, divertirlos y satisfacer sus deseos, fueran cuales fueran. Pero los suicidas no tenían deseos, sólo se dedicaban a esperar con paciencia su oportunidad. Luego de dos años de tener al mundo bajo asalto, y por votación unánime de los países participantes, dieron por terminada la misión. Se dejó constancia de que “ningún individuo puede evitar que otro se mate. Se puede perseguir, torturar, asesinar pero impedir que alguien se dé muerte por mano propia es humanamente imposible”. Muchos prisioneros, discípulos de la Escuela o convertidos a ella durante el cautiverio, se suicidaron instantes después de ser liberados.

Las Naciones Unidas, oficiando de vocero planetario (en verdad forzada por Estados Unidos y la Unión Europea que no querían exponerse otra vez al ridículo), decretaron que de ahora en adelante cada país debería lidiar con este flagelo por su cuenta y que los estados poderosos no podrían ayudar a otros menos poderosos porque en este tema en particular estaban igualados. La palabra igualdad nunca fue usada por las grandes potencias con tanta sinceridad como aquella vez.

Siguieron las muertes y la vida diaria se contaminó de paranoia, transformando la relación entre las personas. En cada reunión, en el trabajo, y en especial en las redes sociales, la conversación derivaba en los inexplicables actos de la Escuela. Nadie sabía quién podía ser el próximo suicida. Las familias temían por sus hijos, creyendo que los jóvenes eran más susceptibles a las ideologías perversas, hasta que se comprobó que padres y madres de familia se suicidaban en igual proporción que los hijos. El prejuicio desapareció; padres e hijos se recelaron como si no se conocieran en absoluto.

En ese preciso momento comenzó otra fase del plan de Aroldi: millones de panfletos, cartas, mails, discursos grabados y publicaciones en internet invadieron ciudades y pueblos del mundo con mensajes de liberación suicida. Era la hora de la verdad, como había predicho el uruguayo, y la verdad sería “peor que la muerte”. Siguiendo una orden prefijada, entre la Navidad y el año nuevo -cualquiera podrá recordar ese momento- miles de discípulos de la Escuela desperdigados por el globo, que aguardaban como células dormidas, regaron la tierra con su sangre y sus porqués.

Aroldi advirtió que al emprender esta última acción era posible que la gente tampoco quisiera entender. “El miedo ciega con una fuerza que no tiene ningún otro sentimiento humano, por eso tenemos que ser frontales, ineludibles, declamar nuestros motivos reales”. A la semana de hacer saber los motivos por escrito, los suicidas empezaron a repetirlos en voz alta antes de matarse: el que iba a saltar por el balcón gritaba el motivo a la gente que pasaba en la calle; el que se iba a disparar se lo gritaba a un familiar o al amigo que tuviera a la mano; el que se cortaba las venas salía a la calle gritando su explicación mientras se desangraba, el que ingería veneno elegía una fórmula que le dejara unos minutos de vida para decir lo suyo, y así según el caso. Los más efectivos, claro, resultaron los suicidas en lugares públicos. Tan eficaz y generalizado se volvió este método, que cuando alguien abría la boca o llamaba mínimamente la atención en un sitio abierto las multitudes corrían despavoridas. No se pudo detener a los suicidas pero fueron multados los que, por equivocación o para molestar, gritaban. Las ciudades se volvieron silenciosas, los transeúntes se arrastraban desconfiados, vigilando posibles gritones.

Lo narrado hasta aquí es, en mayor o menor medida, de alcance público. Al margen de los hechos, lo que no logró trascender fueron las razones por las que Aroldi, siendo un insignificante desconocido, pudo llegar a millones de personas en cualquier parte del mundo con un mensaje tan desesperado. La clave residía en las palabras que este hombre (del que no se conserva ni una foto porque, posiblemente, nunca se dejó tomar una) dejó flotando en el aire, ese mismo aire que respiran los individuos sin esperanza, los amargados, los resentidos, los que no tienen voz, los que son demasiado cobardes o demasiado éticos -Aroldi apuntó que estos extremos eran la misma cosa- para asesinar sin remordimientos a sus congéneres.

Aroldi ideó la mejor arma de destrucción masiva de la Historia de la humanidad, superó la noción de muerte que las sociedades acostumbran a aceptar. Las armas están hechas para matar a otros, la idea básica de dominar las armas es que unos vivan para que otros mueran. Tirar del gatillo simboliza el hecho de salir indemne. Aroldi destrozó este concepto al crear un mecanismo de gatillo doble: uno muere para que los demás mueran. De esta forma, los demás serán las víctimas: la soledad y no la muerte los hará víctimas, la misma soledad que llevó a sus victimarios a matarse, sólo que sin su ética, su honestidad. ¿Quién puede sentirse fuerte y poderoso si está solo en el mundo?

Un pequeño equipo de los miles de agentes especiales que rondaban el planeta pudo encontrar -años después de que el descubrimiento pudiera servir de algo- una de las supuestas guaridas de Aroldi en Montevideo, aunque lo más probable era que fuese de un discípulo cercano. Allí encontraron máquinas de imprenta, impresoras y pilas de panfletos, claramente de un momento pre internet, en el que Aroldi todavía estaba vivo. Millares de manuscritos se apilaban en la minúscula pieza, al punto que se creyó que el lugar había sido montado especialmente para ser descubierto. Por supuesto, ayudaron de manera impensada para hacer nuevos adeptos. Los agentes que entraron a ese lugar se tomaron horas en leer todo antes de informar a sus superiores -método usual debido a las repetidas falsificaciones de la Escuela-, y eso hizo que algunos quedaran hipnotizados con la demoledora honestidad de Aroldi. Comenzaron los suicidios dentro de las filas de los agentes. El que escribe estas líneas (que no serán firmadas) fue uno de los integrantes del grupo que entró a la guarida. Perdonando la intromisión, estas líneas son el resultado de otro convencido que dejará el mundo con dolor y la peor de las penas, igual que Aroldi y sus millones de hijos e hijas muertas. Ahora serán los escritos completos de Aroldi, que ya circulan libremente por el mundo, los que convenzan a nuestros hermanos entristecidos, esos solitarios que se pudren en el anonimato y que sufren el desprecio de sus congéneres, para que accionen. Todos fuimos miserables y cómplices antes de atacar a la sociedad en conjunto, hoy somos protagonistas, y para seguir siéndolo debemos morir. Yo no soy un teórico, apenas un individuo que creyó entender cuál era la forma justa de protestar frente a un mundo degradado. Cada integrante de la Escuela interpreta la degradación del mundo según su moral, su cosmovisión, y al matarse intenta demostrarlo honestamente. Aroldi tenía una visión anarquizante, intelectual; yo, ex policía, tengo otra distinta, sin embargo, nos une el sufrimiento por la injusticia del universo, no sólo la injusticia humana. La lucidez que ostentamos es la de aceptar que por no saber controlar nuestras limitaciones morales nos asesinamos desde el inicio de los tiempos. No somos capaces de cambiar, la naturaleza nos rechaza. El hallazgo de Aroldi fue interrumpir tanta violencia descarnada y suicida (de verdad suicida) con nuestra desaparición física.

El párrafo siguiente pertenece al escrito que, se cree, fue el último firmado por Federico Aroldi. Pude memorizar algunos fragmentos antes de escapar de la guarida, justo cuando nuestros jefes entendieron que nos habían perdido para siempre y enviaban un escuadrón de ataque para eliminarnos. Por desgracia, se perdió el cuaderno al incendiarse el cuarto pero mi entrenada memoria no falla, la cita es textual:

“Matar y querer vivir es una infamia. Si no hay posibilidad de evolución para la humanidad entonces el suicidio será su única transformación. El hombre nuevo será cadáver, su última palabra flotará en el aire de un planeta vacío. Abandonemos a los asesinos a su suerte, no les demos de comer con nuestros cuerpos lastimados, dejémoslos morir en soledad para que la tierra esté limpia. Son los poderosos los que no pueden existir sin nosotros, son ellos los que nos utilizan y degradan a pesar de que nos necesitan para vivir sanos y cómodos. La moral humana se definirá cuando la población depredadora haya desaparecido, y si para eso debemos morir y dejar solos a los canallas (llámenlos capitalistas si quieren, para mí ese término perdió sentido al asumir que son individuos y no únicamente parte de un sistema), que así sea. Propongo pensar el suicidio como una ética absoluta de nuestra especie, como un acto de amor. Y es que la justicia verdadera no es más que un exigente acto de amor.”

[1] En Oriente no terminó de cuajar la filosofía de negación absoluta de Aroldi. La tradición judeo-cristiana está plagada de matices existencialistas que demuestran, en suma, que no se busca una fe verdadera, lo contrario a religiones y posturas orientales que sí lo hacen. Aroldi atacó estas últimas alegando que eran “hipócritas y retrasadas como cualquier cultura que se acomoda a designios divinos”. Aun así, los suicidios se contaban de a miles. Para los grandes poderes del mundo el concepto de la propuesta de Aroldi no importaba, lo que importaba -y los aterraba- era la incesante epidemia de muertos. En el fondo, concepto y resultado se juntaban en un mismo callejón sin salida. “El suicidio es un hecho innegable y supera el sentido que creyó tener la persona que se suicidó”, dijo Giorgio Agamben, al analizar la Escuela y su alcance en las sociedades.

[2] “El suicidio siempre acarrea un motivo y es responsabilidad del suicida hacérselo saber a los demás” señaló Aroldi, refutando, otra vez, la noción generalizada del sinsentido de este acto.

Sobre El Autor

Alejandro Hosne (1971) nació en Argentina, se naturalizó mexicano. En 2014 publicó en Alfaguara México una novela titulada Todo lo demás es mentira. En 2015 y 2016 se publicó su novela Ningún Infierno en Alfaguara México y Alfaguara Argentina, respectivamente. En 2017 editó en México el libro de ensayos satíricos titulado “Diatribas contra el Trabajo”, por Librosampleados. A fines de 2020 se publicará en Evaristo Editorial su novela inédita Mientras Vivas. Trabaja como guionista de cine y coordina talleres de narrativa y guión en la Ciudad de México, donde reside actualmente.

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